La selección implacable de los peores

lo único positivo de la irrupción en la vida política de Venezuela de Chávez Frías y de su fracasado intento de imponer un sistema totalitario, es el despertar de una sociedad civil adormecida, indiferente a la vida pública.

Lo único positivo de la irrupción en la vida política de Venezuela de Chávez Frías y de su fracasado intento de imponer un sistema totalitario, es el despertar de una sociedad civil adormecida, indiferente a la vida pública.


Extracto de mi libro “Seguridad, Estado, Sociedad y Derecho”, Ediciones Homero, publicado en Caracas en enero de 2004 [1]


Henrique Meier
/ Soberania.org

El régimen de Chávez Frías confirma un axioma antropológico: siempre se puede ir hacia lo peor.

La vuelta al caudillismo militarista

El drama que hoy vive el país confirma el axioma antropológico -la experiencia histórica es irrefutable -de las potencialidades limitadas de crecimiento y progreso, y a la inversa, las ilimitadas de degradación. Hacia arriba siempre hay límites, tanto individual como colectivamente la humanidad tiene techos históricos; en cambio, hacia abajo la caída es libre cuando el síndrome de la autodestrucción se apodera de un individuo o de un pueblo. Siempre se puede estar peor. 

No hacen falta grandes esfuerzos. La elección de Chávez Frías en 1998 y su “relegitimación” en el 2000[2], constituyen la más elocuente prueba de un pueblo que se decidió por la peor de las opciones electorales: poner en manos de un demagogo sin par, un hombre de claras, evidentes y notorias tendencias autoritarias y autocráticas, y con un discurso contrario a la cultura democrática del país, que jamás ocultó, el destino del Estado y la sociedad. La anticultura del caudillismo mesiánico, del cesarismo democrático, del militarismo, del hombre fuerte, el salvador de turno, pudo más que la cultura democrática, que la sensatez y el apego a las libertades ciudadanas. 

Bastó un minuto del 4 de febrero de 1992, cuando el derrotado teniente coronel Hugo Chávez Frías dijese su famoso “por ahora” ante las cámaras y los micrófonos del circuito de la radio y la televisión, para que la imagen del aventurero, del hombre arriesgado, el que tira una parada, el héroe militar (Bolívar) se interiorizase en el inconsciente colectivo del pueblo y se despertase el culto al más atávico caudillismo autoritario. El hecho del golpe militar fracasado, la violación a la Constitución Nacional, la sangre derramada por Chávez Frías en nada importó a un pueblo ávido de soluciones milagrosas a la crisis. A ello se refiere Naomi Daremblum en un artículo publicado en el The New Republic en febrero de 2003 y reproducido en la edición de El Nacional de fecha 30 mayo de ese mismo año:

“Hugo Chávez hizo su debut político como líder de un golpe en 1992. Siendo entonces un teniente coronel en la armada venezolana, Chávez se dirigió a sus camaradas, en una transmisión para todo el territorio nacional, para que depusieran sus armas y se rindieran. Concordando con lo folklórico del evento, su mensaje tomo sólo cerca de un minuto pero fue suficiente para capturar la imaginación del colectivo nacional y propulsarlo en la política venezolana… Chávez se convirtió en el salvador de las masas y no se contuvo en desarrollar esta percepción mesiánica”[3].

Cuarenta años de vivencia democrática ininterrumpida no fueron suficientes para crear los antídotos contra el pasado atávico de la Nación, los sucesivos seudo-gobiernos populistas, militaristas, y caudillistas del siglo XIX. Hoy el país madura con dolor y sangre la vía para recobrar una vida colectiva sensata, democrática y civilizada, y dejar atrás este bochornoso retroceso histórico que nos llena de vergüenza. En su momento alertamos en un artículo de prensa, cómo la “relegitimación” de Chávez Frías significaría lanzarnos por un risco, pues en tiempos de incertidumbre los humanos somos proclives, al igual que las cabras, a seguir al macho cabrío que se sube a lo alto del despeñadero, y desde allí observa impávido como el rebaño se lanza al abismo[4].

“Del pasado parece resucitar la Venezuela hirsuta,-comenta el historiador y ex Presidente de la República Ramón J. Velásquez-, dominada por la violencia ciega e incesante que vino a cerrar su ciclo el 21 de junio de 1903 en la batalla de Ciudad Bolívar. El próximo julio cumple Venezuela, cien años de paz política que no pudieron interrumpir ni los diecisiete intentos de alzamientos e invasiones en la época de Gómez (1903-1935) ni la guerra de guerrillas fidelistas de los años sesenta… El Teniente Coronel Hugo Chávez Frías elegido Presidente de Venezuela en diciembre de 1998 por más de tres millones de votos, había fundado en 1983 una logia militar, MBR-200, destinada a preparar la toma del poder para implantar un sistema de gobierno inspirado en el socialismo marxista…”[5].

Mientras no cambie ese régimen y las atávicas creencias asociadas al caudillismo mesiánico no podremos crear una base de estabilidad institucional, condición sine qua non para el desarrollo humano integral.

No se requiere de mayores argumentos para demostrar que, hasta tanto persistan y se agraven las causas que impiden la conformación de un marco básico o mínimo de estabilidad institucional, no será factible, por ningún respecto, transitar el camino del desarrollo político, económico, social y cultural, el “desarrollo humano integral”, previsto en el artículo 299 de la Constitución Nacional como finalidad esencial del régimen socio-económico de la República, el objetivo histórico de una sociedad más integrada y justa, donde se garantice a toda persona, conforme al principio de la progresividad y sin discriminación alguna, el goce y ejercicio irrenunciable, indivisible e interdependiente de los derechos humanos.

La posibilidad de un crecimiento sostenido, diversificado y equitativo de la economía, con fundamento en los principios de justicia social, democracia, eficiencia, libre competencia, protección del ambiente, productividad, solidaridad y seguridad jurídica (Art.299 Constitución Nacional), única alternativa para disminuir los índices de pobreza y de exclusión social mediante el estímulo a la iniciativa individual y colectiva, la organización de las fuerzas productivas, del ingenio y la creatividad de nuestro pueblo, a fin de generar fuentes de trabajo, alto valor agregado nacional y elevar el nivel de vida de la población (calidad de vida), exige superar las condiciones objetivas y psico-sociales del subdesarrollo, entre ellas, la desconfianza social y el exceso de pugnacidad, el débil sentido de la asociatividad, de la solidaridad, del espíritu de cooperación y de la iniciativa individual y colectiva, el temor a la libre y sana competencia, el precario concepto de la responsabilidad individual y social, o el “síndrome del factor externo” (la culpa de los errores propios es siempre de otro), y en general, la resistencia cultural a los valores que forman parte de los novedosos conceptos de la “teoría del desarrollo” del “capital social”.

La inseguridad en todas las esferas del quehacer individual y colectivo es la más contundente demostración del menguado capital social de la sociedad venezolana. No de su inexistencia, pues los valores que lo conforman son parte de las creencias de nuestro pueblo, sólo que se hallan en un segundo plano de la conciencia colectiva; pero podrían convertirse en la fuerza motriz de cambios positivos siempre que se superen las condiciones, factores y circunstancias que están al origen de la actual realidad, cuyo rasgo más notorio es la involución política, social, económica, institucional y jurídica.

El estrepitoso fracaso social y económico del desgobierno de Chávez Frías queda al descubierto en cifras que hablan por si solas. Aunque volveremos sobre este tópico al tratar el tema de seguridad respecto de la sociedad, conviene adelantar algunos datos significativos que revelan la verdad sobre las políticas sociales y económicas de la revolución bolivariana.

Según el informe “La pobreza en el trienio 1999-2002” del profesor M. Riutort del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello, en ese periodo se ha reducido el poder adquisitivo de los hogares entre 8,9% y 11,7%, la pobreza se ha incrementado entre 3,8% y 4,6% (cerca de 15 millones de personas no cuentan con los recursos para cubrir la cesta básica: alimento, educación, salud y vivienda), el desempleo (más del 22% de la población activa, equivalente a 2.400.000,oo de la personas en edad laboral).

Además, han cerrado sus puertas más de 5.000 empresas, básicamente pequeñas y medianas, la moneda se ha devaluado más de 150%, las inversiones extranjeras han descendido en más de un 80% con respecto al trienio 1995-98. A raíz de las consecuencias del paro cívico nacional de los meses de diciembre de 2002 y enero de 2003, el desgobierno de Chávez Frías suspendió la venta de divisas extranjeras, alegando la necesidad de un control estricto de cambio para evitar la fuga de capitales, dada la merma de las reservas en dólares de la República, producto del descenso de la producción petrolera.

Desde hace tres meses no se realizan operaciones de compraventa oficial de dólares, la industria y el comercio se encuentran paralizados, se cierne una severa amenaza de desabastecimiento de productos alimenticios de primera necesidad y de medicinas. El cierre de empresas y el desempleo aumentan vertiginosamente. 

La insólita antipolítica apocalíptica y catastrófica del “fabricante de miseria” está llevando al país, hay que reiterar la denuncia, al caos, la anarquía, la violencia, a la más absoluta ingobernabilidad. Estamos a las puertas de un estallido social provocado por el hambre y la desesperación que comienza a sentirse en los estratos populares, pues aunque no podemos negar las injusticias, la exclusión social y la pobreza generalizada que vienen del pasado inmediato, jamás se llegó al extremo de miseria y de hambre como en este presente bolivariano. En el primer trimestre de 2003 la economía cayó en el índice más bajo de la historia de las relaciones de producción en el país:-29%. 

Agréguese a esa dramática realidad socioeconómica el vertiginoso aumento de la inseguridad personal, un promedio de 26 muertos al día, 780 por mes, durante el 2002 producto de la violencia criminal, el incremento del robo de vehículos, del tráfico de drogas (país puente), de los asaltos a bancos y a los vehículos (blindados) que transportan dinero, de los secuestros en las regiones fronterizas, el empleo de bandas de delincuentes comunes como instrumentos de la acción atemorizadora del régimen contra la sociedad civil en la ejecución de los hechos delictivos perpetrados los días 13 y 14 de abril de 2002 (los saqueos, robos e incendio a los establecimientos comerciales del oeste y el este de la Ciudad de Caracas).

Durante los meses de enero a marzo de 2003 se cometieron 12.000 delitos en el territorio nacional. La mayoría de los hechos delictivos quedan impunes, por lo que hoy la terrible frase expresiva de la ineficacia e ineficiencia del Estado en la prevención y represión del delito “delitos sin delincuentes”, adquiere proporciones inimaginables en el peor de los regímenes gubernamentales del pasado.

Porque esa impunidad no es sólo la consecuencia de la incapacidad o incompetencia técnica de los organismos de seguridad ciudadana, del Ministerio Público y de los tribunales penales, en una palabra, del llamado “sistema de la justicia penal”, sino el resultado, además, de la acción deliberada de un régimen que promueve la violencia, la delincuencia, el caos y la anarquía como “estrategia revolucionaria” destinada a quebrar la “relaciones de poder social y económico” de la IV República, vale decir, destruir toda la estructura institucional de la sociedad venezolana con el sólo propósito criminal de la dominación absoluta de un pueblo que, sumido en la miseria, el desconcierto y la anarquía, no pueda ofrecer resistencia al poderío y la fuerza bruta. El pretendido proceso revolucionario, como antes ya destacamos, es un mero pretexto ideológico para ocultar un designio puramente criminal de poder primitivo carente de cualquier consideración axiológica. 

Los delitos contra la cosa pública (corrupción administrativa), como por ejemplo, los casos de la extinta gobernación del Distrito Federal (sobreprecio en la adquisición de medicinas y equipos médicos para los hospitales, desaparición de 26.000 millones de bolívares que nunca fueron transferidos a la Alcaldía del Municipio Libertador), el Plan Bolívar 2000, y el manejo sin control de un presupuesto paralelo multimillonario, los pagos en efectivo la Alcaldía del Municipio Libertador), el Plan Bolívar 2000, la adquisición de lujosos inmuebles por parte de oficiales de la Fuerza Armada responsables de dicho Plan, los desfalcos continuados en los bancos oficiales (Banco Industrial de Venezuela, Banco del Pueblo, Banco de la Mujer), en el FUS, Setra y en particular, los 4,3 billones de bolívares en créditos aprobados por la Asamblea Nacional para el año 2002 para ser destinados al Fondo de Inversión para la Estabilización Macroeconómica (FIEM), que nunca llegaron a dicho Fondo y tampoco a la Tesorería Nacional, el descarado financiamiento y el manejo sin control de un presupuesto paralelo multimillonario, los pagos en efectivo, con los recursos del presupuesto nacional de los grupos para militares del régimen chavista, los círculos bolivarianos, a los cuales se le asignaron para el 2002, según anuncio del propio Presidente de la República, la suma de 140.000 millones de bolívares, etc.

Como parte de esa atávica creencia del Estado y sus recursos cual botín del dueño del poder, que se manifiesta en la disposición ilegal de los ingresos públicos, Chávez Frías, en 47 viajes realizados al exterior desde la toma de posesión del cargo de Presidente de la República en febrero de 1999, hace cuatro años, ha gastado 14.510.400 dólares americanos, que al cambio vigente (febrero de 2003) se traducen en más de 29 millardos de bolívares. Según la fuente (EL Universal del 23/02/2003, Expediente), en cada trayecto el jefe de la “revolución” lleva consigo una caja chica en efectivo de 500.000 mil dólares, cuyo uso no es controlado ni previa, ni posteriormente, como corresponde a quien actúa sin límite institucional, jurídico y ético alguno. Dueño también de su tiempo como los antiguos tiranos, los príncipes feudales, y los dictadores tercermundistas, Chávez ha dilapidado siete meses de su “mandato” en ese “turismo político”.

“En cuanto al plano interno se refiere- afirma el politólogo Aníbal Romero (en ensayo de reciente publicación- el romanticismo izquierdista de Chávez y sus seguidores en el gobierno ha significado la parálisis económica, la huida de las inversiones y el acentuado aumento del desempleo. La ‘democracia participativa’ se ha traducido realmente en un clima de aguda y perenne tensión política, que ha dividido al país en dos bloques irreconciliables y hecho muy difícil la tarea de implementar un programa de reformas con base en el consenso democrático de la mayoría. Después de casi tres años de gobierno, el ‘proceso’ se encuentra estancado, y es cada día más evidente la pérdida de lo que una vez fue un inmenso capital político por parte de Chávez, materializado en términos de un indudable fervor popular hacia su figura. La magia del caudillo parece haberse esfumado casi por completo, y el horizonte político se llena de nubarrones, mientras proliferan las voces que piden la renuncia o sustitución del Presidente y las calles se inundan de diarias manifestaciones contra el régimen”[6].

Por esas razones, alcanzar niveles básicos de seguridad en sociedades como la nuestra en la que los valores que conforman el “capital social”, lejos de ser estimulados son objeto de permanente agresión por parte de los personeros del Estado, es un reto colectivo de enormes dificultades, por no decir de imposible realización mientras no cambie el régimen político que propicia la destrucción de esos valores.

El primero y descomunal escollo, no nos dejemos seducir por las fórmulas simplistas del “reformismo legal”, el cínico discurso del Poder que le asigna al ordenamiento legal (formal) del Estado el carácter de elemento determinante del grado de seguridad jurídica (y así, se pretende atraer la inversión extranjera sancionando una ley para otorgar protección a esas inversiones, como si la vertiginosa caída de las mismas pudiere revertirse con la mera vigencia formal de una ley) , tiene que ver con la cultura ético-jurídica que aún predomina entre nosotros.

El despertar de la sociedad civil y la necesidad de reconstruir una comunidad política civilizada y democrática

La miseria ética que tradicionalmente ha caracterizado nuestra realidad cultural, la tendencia colectiva a aceptar resignadamente las conductas sociales y las prácticas gubernamentales expresivas de la negación y violación a los valores proclamados en la Constitución Nacional (y de la indiferencia, el desdén hacia esos valores ), el llamado doble discurso, o la contradicción insalvable entre el dicho y el hecho, explica el que durante mucho tiempo hayamos percibido como normal la rutinaria violación al ordenamiento jurídico, y por el contrario, como excepcional, raro y extraño, el cumplimiento voluntario, espontáneo de las normas, o su aplicación coactiva por parte de las autoridades competentes del Estado, acostumbrados, como hemos estado, a la impunidad. 

Es justo acotar, no obstante, punto señalado anteriormente, que esa actitud colectiva ha comenzado a cambiar radicalmente. El reciente despertar y la consiguiente movilización política de la sociedad civil tienen un fundamento ético-democrático. La parte más lúcida de esta sociedad se está cansando de la anticultura de la resignación.

Las expresiones colectivas de rechazo contra el discurso y las prácticas autoritarias de las autoridades gubernamentales, en especial las manifestaciones y concentraciones públicas multitudinarias realizadas en las calles, avenidas y plazas públicas de la Ciudad Capital, como las que tuvieron lugar el 23 de enero, el 11 de abril , el 1° y el 11 de mayo, el 11 de junio, el 11 de julio, el 10 de octubre, el 4 y el 10 de noviembre, el 14 y 20 de diciembre de 2002, el 25, el 31 de enero y el 1 de mayo de 2003 constituyen, sin duda, un signo esperanzador.

Cientos de miles de ciudadanos que en el pasado reciente eran reacios a cualquier modalidad de participación política, se están volcando a las calles para reivindicar la condición de la ciudadanía activa. Al fin está surgiendo una auténtica sociedad civil, único contrapeso contra el caudillismo mesiánico de cualquier tipo. Así lo reconoce el historiador Ramón J. Velásquez en el artículo de prensa, antes citado:

“La crisis que envuelve al país desde el año 1999 y que se acentúa en los últimos años con la presencia constante y organizada de la sociedad civil en las calles de todas las ciudades venezolanas constituye un hecho sin antecedentes por esa misma presencia multitudinaria… Esta que ha sido la más larga de las crisis desde 1899-1903 ha puesto de manifiesto los grandes cambios en la educación y en la formación cívica y política de esa nueva sociedad venezolana integrada por hombre y mujeres de todas las edades, de toda condición social, profesionales que día a día han tomado parte en los debates, interesándose en problemas nacionales y de orden constitucional que antes desconocían..”[7].

El pueblo está en la calle como lo estuvo en el 36 (después de la muerte de Gómez) y en el 58 (a la caída de Pérez Jiménez), exigiendo la renuncia a Chávez Frías, y un cambio radical del régimen político. Estamos en presencia de una movilización ciudadana con rasgos de una auténtica insurrección civil. Ya no son protestas aisladas, son marchas y concentraciones públicas masivas diarias. Hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños, de todos los estratos sociales, unidos en un sentimiento a la vez de rechazo contra un gobierno y un régimen autoritario, y expresivo de una cultura democrática, de libertad, paz, y pluralismo, es decir, una movilización que no se limita a reaccionar contra un hombre, unos hombres, un estilo y métodos de gobierno, pues en el fondo se trata de la defensa de un sistema de valores compartidos, de una cultura amenazada en sus cimientos.

Por esa razón, se ha dicho que lo único positivo de la irrupción en la vida política de Venezuela de Chávez Frías y de su fracasado intento de imponer un sistema totalitario, es el despertar de una sociedad civil adormecida, indiferente a la vida pública, que se restringía a cambiar gobiernos mediante el voto castigo, pero que dejó en los políticos de oficio y en los partidos políticos el destino del Estado y de las instituciones públicas. 

El año 2002 pasará a la historia como el nacimiento de la sociedad civil, porque la sociedad política, que se conforma por los partidos y organizaciones que luchan por el poder, ya había nacido en el 36 y se había desarrollado a partir del 58. Esa sociedad política que confiscó la democracia representativa, se alejó del pueblo, se adueñó del Estado, utilizó sus recursos para mantener su clientela política (clientelismo). 

Esa sociedad que provocó la crisis de legitimidad, que permitió a Chávez Frías acceder al poder con un discurso “antipartido”, y “antipolítica”, hoy ha sido superada por la ciudadanía activa, se halla en un segundo plano, y a menos que cambie su percepción de este nacimiento de la sociedad civil, así como su discurso tradicional y su ética política, pasará mucho tiempo antes de que pueda recobrar la legitimidad y ganar el espacio que le habrá de corresponder en una nueva sociedad democrática, donde la participación directa de los ciudadanos y las organizaciones de la sociedad civil en la vida pública, no podría implicar, por ningún respecto, la negación de la necesaria presencia de los partidos políticos y los políticos de oficio para garantizar la viabilidad de la democracia representativa, y por tanto, la legitimidad de origen de las autoridades del Estado.

El protagonista de la oposición al régimen Chavista es una ciudadanía activa que no reclama, ni requiere en estos momentos de liderazgos, que se cansó de los liderazgos tradicionales, del caudillismo histriónico y demagógico de un Chávez Frías, como también de los dirigentes tradicionales de los partidos con su pretendida supremacía moral y su doble discurso. En las marchas y concentraciones públicas no hay masas indiferenciadas, uniformizadas, manipuladas por un discurso ideológico. Son ciudadanos conscientes de su individualidad, de sus derechos y de los valores que los mueven a protagonizar esta lucha inédita. No salen a defender intereses económicos o reivindicaciones laborales o gremiales, o una determinada ideología, sino unos valores que por cierto se hallan plasmados en la actual Constitución. 

La misma práctica social, política de esta movilización, caracterizada por una disciplina espontánea y un espíritu cívico incuestionable, por la civilidad democrática, es la mejor prueba de los valores que se defienden, que ya estaban allí en la conciencia individual y colectiva, pero que mientras no se planteó una situación de grave riesgo de su pérdida, parecía que no existían, se daba como un hecho natural, normal, la convivencia pacífica y democrática, bastó que Chávez Frías y su camarilla tratase de implantar un sistema totalitario en el país, para que emergiese esta fuerza social, esta movilización social sin precedentes.

La futura reconstrucción de una comunidad política civilizada, democrática, en el país, deberá fundamentarse en tres pilares: la sociedad civil y su participación protagónica, no en la lucha por el poder, sino en el control y vigilancia de los actores de una nueva sociedad política integrada por los partidos y organizaciones políticas, inspirados en una ética basada en relaciones directas y transparentes con la sociedad civil, a fin de prevenir que se mediaticen y confisquen los mecanismos de la democracia representativa, y un auténtico Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que sea el resultado de un nuevo pacto político y social inclusivo y no excluyente. La tarea no será fácil, requerirá un esfuerzo sostenido en el tiempo y la cooperación de todos los sectores y fuerzas democráticas de la Nación que hoy enfrentamos a este brutal régimen autoritario.


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Referencias:

[1] Al publicarse ese libro en enero de 2004, el editor me comentó que algunos dirigentes de la oposición consideraron los párrafos que integran este extracto, así como otras afirmaciones del suscrito acerca del régimen que Francis Delgado llamaría con posterioridad la “secta destructiva”, exageradas y expresivas de una posición radical.
[2] Así como su reelección en el 2006 y en el 2012, con las dudas acerca de la transparencia de este último proceso electoral, al igual que le elección de Maduro en abril de 2013, avalada con posterioridad por el candidato de la oposición Henrique Capriles y la MUD, no obstante haber denunciado un supuesto fraude el mismo día de los comicios, el 14 de abril del referido año.
[3] El Nacional, edición del 30 de mayo de 2003.
[4] Las Trompetas del profeta. Notitarde, edición del 16 de julio del 2000, p A/7.
[5] Velázquez, Ramón J (2002). Venezuela en una revuelta entre ayer y el presente. El Nacional, edición especial, 13 de diciembre de 2002, p A/ 14.
[6] Romero, Aníbal (2002).Del equívoco a la paradoja. La FAN y la revolución bolivariana. En Chávez, sociedad civil y el estamento militar. Obra colectiva. Alfadil. Caracas, pp. 19-20.
[7] Velázquez, Ramón J. (2002). Venezuela en una revuelta entre ayer y el presente. El Nacional, edición especial. Caracas 13 de diciembre de 2002, p A/14.

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E-mailhmeier@unimet.edu.ve / Twitter: @MeierHenrique / Director del Área de Estudios Jurídicos y Políticos del Decanato de Estudios de Postgrado de la Universidad Metropolitana.

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