No vale, yo no creo

Orlando Urdaneta ya ejerció las artes de la profecía y de la memoria, ahora sigue su lucha personal contra el olvido.

Orlando Urdaneta ya ejerció las artes de la profecía y de la memoria, ahora sigue su lucha personal contra el olvido.


 
En Venezuela se acuñó la consigna “prohibido olvidar”; pero ya no recordamos qué era lo que no debíamos olvidar

 

Luis Marín / Soberania.org

Luis_Marin_1

La frase se asocia inmediatamente con Orlando Urdaneta aunque él no la decía, más bien al contrario, se cansó de escucharla como respuesta a sus profecías sobre lo que ocurriría en Venezuela bajo la tiranía de Chávez: “Tú sabes que el tercio es comunista, ahijado de Castro, le va a agregar a tu bandera la estrella solitaria de la bandera cubana, va a uniformar de rojo a los empleados públicos y a poner a desfilar a todo el mundo el 4F o cuándo le dé la gana y… no vale, yo no creo”. Y como corolario: “Venezuela no es Cuba”.

Lo inquietante de la frase es su versatilidad, los sucesos y declaraciones inconcebibles que se han sucedido en este país en diecisiete años son innumerables, al punto que cualquiera puede hacer su propia lista de Ripley “aunque  usted no lo crea” y nadie quitaría una sino que agregaría otras más, por lo que podemos ahorrarnos ese esfuerzo.

La Cátedra Pío Tamayo y el Centro de Estudios de Historia Actual de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela le ha dedicado todo un volumen de 450 páginas, titulado “No vale, yo no creo”, a recoger el testimonio del conocido actor y humorista venezolano, hoy exiliado en Miami, con la esperanza manifiesta de que “lo que interesa es que esta experiencia va a quedar registrada y que alguien algún día nos va a leer y cuando nos lea entenderá muchas cosas que le contaron de otra manera” (p. 307).

Urdaneta mide con la misma vara al gobierno que a su alternativa, al dúo Maduro-Cabello como a Ramos Allup-Capriles Radonsky, lo que lo convierte en una refutación viviente de la polarización, la mentira más repetida y consolidada tanto al interior como al exterior, de que Venezuela está dividida en “dos mitades”, con un tercero excluido que no existe ni puede existir, falacia bendecida por la Conferencia Episcopal.

Esta postura tiene garantizada la censura, no sólo que ninguno quiera oírlo sino que se esfuerzan por impedir que alguien lo escuche, por un lado, los rojos con su hegemonía comunicacional, por el otro, la agenda ‘pink’: “no te ponen en sus canales de televisión, no te publican en sus periódicos, no te llevan a sus web, porque también te están censurando las web” (p.179).

Tanto el gobierno como su alternativa comparten la firme convicción de que lo que no aparece en sus medios objetiva y materialmente no existe y actúan en consecuencia, ambos socialistas, bolivarianos, despóticos y totalitarios en escalas respectivas.

Sin proponérselo Orlando Urdaneta evidencia el hecho de que los venezolanos estamos atrapados en una operación de pinzas entre dos internacionales, la roja comunista de Castro y la rosa de la Internacional Socialista.

Su exilio entraña un doble extrañamiento, uno, de su geografía, de su espacio familiar, de la comunicación con el público por causa de la censura; otro, de sí mismo, ¿hicimos lo correcto? ¿Podía hacerse otra cosa? ¿Qué hubiera pasado si…? Nunca se sabrá. Esto es lo esencialmente grave de la experiencia humana: cuando se toma un camino se dejan atrás los demás, una decisión implica abandonar en el acto las otras opciones.

Los judíos, que ya lo han vivido y sufrido todo, pensado y escrito todo, dicen: “Junto a los ríos de Babilonia estábamos sentados y llorábamos, recordando a Sión”.

¿Cómo no sucumbir a la tristeza de la que, según Baruch Spinoza, no puede surgir nada bueno? La alegría es la fuente del bien. Pero, ¿cómo separar el llanto del recuerdo?

Humor y Política

Urdaneta no tiene una Teoría del Humor, no puede exponerla y en realidad no es necesario que lo haga, así como los políticos prácticos no tienen que tener una teoría de la política. Sin embargo, hace una distinción entre el cómico, que se limita a hacer reír, del humorista que tendría una dignidad que aquél no tiene. En particular el humorismo político envuelve intenciones a veces ocultas o bien explícitas de denunciar o esclarecer, como ocurre con los caricaturistas cuyas viñetas no rara vez resultan ser tan o más ilustrativas que el editorial del periódico.

Los filósofos no ayudan mucho porque por razones completamente obvias ninguno se ha ocupado de reflexionar seriamente sobre un objeto que, por definición, no es serio. Todos los comentarios de los pensadores son despectivos y como al pasar, la mayoría desecha la comedia como un género menor inferior a la tragedia, así como el lamento es a la gravedad lo que la risa es a la ligereza, a la frivolidad.

Los textos clásicos como el chiste y su relación con el inconsciente es una digresión de Freud; la risa, de Henri Bergson, es un libro terriblemente desafortunado que no define nada de lo que promete y ni siquiera aclara el porqué reímos.

En Venezuela quizás el primero que se tomó el humor en serio fue Pedro León Zapata, que no había sino que verlo para advertir con admiración cómo hacía y decía las cosas más desternillantes con una perfecta cara de palo, sin que se le moviera ni un músculo.

Pedro_Leon_Zapata_Zapatazos_1Fue precisamente un Zapatazo el que marcó el punto de inflexión de las relaciones de Orlando con la tiranía de Chávez. Era el dibujo de un sable que decía: “A mí la sociedad civil me gusta firme y a discreción”. Es imposible saber porqué le molestaría tanto una caricatura tan inofensiva, pero lo cierto es que Chávez, que ya daba ostensibles muestras de soberbia, le preguntó desafiante: ¿Cuánto te pagaron, Zapata? La respuesta de Zapata es impecable y debería estar escrita en bronce: “Si a mí me pagan por criticar al gobierno, a los que lo apoyan también y deberían pagarles más porque es más difícil”.

Quizás por allí comenzó a agriarse la corta luna de miel del régimen comunista con El Nacional, el Ateneo de Caracas, en fin, con el mundo de la cultura que hasta ese momento se ufanaba de izquierdista y fidelista, pasando a una oposición cada vez más enconada y radical, al punto que todavía expresan la ansiedad de que pase esta pesadilla para volver a ser de izquierda sin vergüenza.

Los pocos intelectuales que permanecen del lado del régimen afrontan una paradoja insoluble: ¿Se puede ser humorista desde el gobierno, tanto menos si éste es una tiranía militar? Por lo pronto es contrario a toda la tradición venezolana en que siempre se ejerció desde la oposición, por lo que cabe preguntarse si esto será un rasgo esencial al humorismo o una coincidencia histórica.

En principio, el humor se asocia con el juego, con la broma, la chanza, lo que no debe tomarse en serio; al contrario, el poder está indisolublemente ligado a la seriedad, al trabajo, pero sobre todo a la solemnidad que acompaña a las formas, nada puede ser menos humorístico que el protocolo propio de la burocracia, del Estado.

El humorismo venezolano se construyó con un pie en la cárcel y el otro en el exilio, muchos humoristas pagaron con la vida sus ocurrencias; por otra parte, resulta grotesco y no es nada gracioso que alguien pretenda hacer chistes y reírse de quienes son maltratados y humillados por autoridades arrogantes e insensibles.

Aquí la lucha es del ingenio contra la fuerza y el humor tras un parapeto militar y policial resulta más bien una mueca o un remedo ofensivo, encubridor y cobarde. Quizás el humor sea el último recurso del débil, que opere como compensación de la impotencia, que sea el anti-poder por excelencia.

Orlando con Orlando

En Venezuela se ha hecho popular el mito de Casandra, referido a quienes tienen el don de predecir el futuro pero están condenados a que nadie les crea. De lo ocurrido nunca podrá decirse que no se sabía, si hasta los planes estrafalarios de Chávez los confesó él mismo; pero nadie ve sino lo que quiere ver, ni escucha sino la música que le gusta.

Aún en ese ambiente de mutua complacencia, de no pisar callos y cada uno a lo suyo, se tropieza con límites, como en eso de ir a elecciones, llamar a votar, competir con criminales, eso es hacerse cómplice y entonces es inevitable deslindarse, aunque cueste.

“Mira, yo entiendo que Teodoro Petkoff actúe de esa manera y haya estado en cuanta campaña electoral haya podido como candidato o jefe de campaña, buscando siempre posiciones para mantener su difícil y lamentable figuración, pero que se lleve en los cachos a Laureano (Márquez), un tipo con la formación política, intelectual y religiosa de él, es algo que no puedo entender. Si papá Dios está de acuerdo con eso yo ese día no fui al catecismo. De allí que terminas tú trazando una raya  dolorosa, porque aunque yo  quiero mucho a Laureano y lo admiro mucho, es necesario trazarla. Si cree en los Teodoro, yo lo lamento” (p.180).

“Kiko Bautista ha resultado para mí una desagradable sorpresa. Estábamos un grupo, me puso la mano en el hombro y dijo: éste es el hombre que va a poner de acuerdo a Venezuela, chavistas y no chavistas, porque la oposición y el gobierno están de acuerdo en que la única manera de unir a Venezuela es ¡matando a este carajo!” (pgs. 183, 184 y 251).

Sería muy arduo pasar revista a todos los personajes y anécdotas que desfilan por la memoria de Orlando Urdaneta y que quedan aquí registrados para la otra Historia, la que hoy se omite deliberadamente; pero, cómo dejar pasar que “hay que reconocerle a José Antonio Abreu que ha sido uno de los ‘corchos’ más importantes que ha tenido la política venezolana, porque ha sobrevivido a todos los presidentes venezolanos, inclusive estos dos últimos. Y si Gustavo Dudamel ha sido su arma más poderosa, pues lo ha utilizado muy bien. José Antonio Abreu fue y es un burócrata palaciego, con una gran habilidad para sobrevivir en cualquier agua” (pgs. 164 y 167).

O bien que “Jimmy Carter es un bandido, que (César) Gaviria es un sinvergüenza” (p. 181).

Filosóficamente, la memoria no es menos prodigiosa que la imaginación, ha escrito José Luis Borges en el Informe de Brodie, que es la reseña ficticia de un texto fantástico; habría que añadirles el olvido, igualmente sorprendente y sin duda más extenso, porque son más las cosas que olvidamos que las que recordamos.

En Venezuela se acuñó la consigna “prohibido olvidar”; pero ya no recordamos qué era lo que no debíamos olvidar.

Orlando Urdaneta ya ejerció las artes de la profecía y de la memoria, ahora sigue su lucha personal contra el olvido.

Luis Marín | Abogado. Profesor de la Universidad Central de Venezuela.
• Artículos recientes de Luis Marín
Artículos anteriores (2007-2012) de Luis Marín
E-maillumarinre@gmail.com

Leave a Comment

Complete la operación * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.