En defensa de la familia

La familia es insustituible como dadora de afectos y base de la sociabilidad cuando se trata de un grupo relativamente estable.

La familia es insustituible como dadora de afectos y base de la sociabilidad cuando se trata de un grupo relativamente estable.

 

A propósito de la ideología de género) [1]

 

Henrique Meier / Soberania.org

El hombre es naturaleza con conciencia de sí, sólo él como especie tiene conciencia de su existencia, sabe que sabe, y de lo que le rodea. Se percibe diferente al resto de lo viviente, tanto de sus semejantes como de la naturaleza. La conciencia de sí (de su ignorancia, de su impotencia, de su propio fin: la muerte), la razón, la inteligencia, la imaginación, le impiden adaptarse a las condiciones del ambiente natural que caracteriza a  la existencia animal. La aparición del hombre pareciera una anomalía, un capricho del universo (de Dios).

Él es una parte de la naturaleza, sometido a leyes físicas que es incapaz de cambiar, y no obstante la trasciende. He allí la paradoja: está aparte siendo parte; se halla sin refugio, y al mismo tiempo está encadenado al Refugio que comparte con todas las otras criaturas: la Tierra. Su existencia, a diferencia de la vida animal, es problemática. Habiendo emergido de la naturaleza, ha sido excluido de la madre-Tierra contra su voluntad, de la armonía inconsciente del animal con el entorno natural.

Y aunque quisiera regresar al estadio pre-humano del no ser “autoconsciente”, a un puro estar, no puede, ha sido expulsado de ese estadio de “hoy eterno”[2], de la ausencia de sentirse diferente en un entorno agresivo, hostil, que lo fuerza a construir su propio mundo. Consciente de si, se da cuenta de su impotencia y de los límites de su existencia, no ha podido jamás superar la dicotomía de ser y estar en el aquí y el ahora: no puede prescindir de su espíritu, aunque quisiera, tampoco de su cuerpo mientras viva, y ese cuerpo le provoca el deseo de vivir (el instinto de conservación).

En un poema expreso la angustia que crea esa dicotomía:

“Estos misterios fuegos de la eternidad. ¿Quién nos ha lanzado a esta carrera hacia parte alguna? ¿Cuál es el fin de la vida? ¿Por qué un hombre debe hacer, actuar, trabajar, programar? Toda esta febril e incesante actividad. Pensar en metas, nos impulsan a escalar, buscar posiciones, dinero, fama, poder, y los días se suceden uno y otro. Amanece y ni siquiera escuchas el canto de los pájaros. No nos percatamos del brillo de las hojas en la temprana edad del día, tampoco aspiramos el viento del atardecer y dejamos pasar el renovado misterio de la noche. ¡Cómo he luchado para no luchar!, abandonarme a las fuerzas de la vida, penetrar los secretos del mundo, descifrar el mensaje de antiguos paisajes. La angustia del hacer me impide vivir en armonía con estas misteriosas fuerzas de la eternidad. Ambiciono la perfecta identidad de las estrellas con el firmamento”[3].

La vida de cada hombre no puede vivirse por la repetición del modelo de su especie, como si es el caso de los organismos del resto de las especies. El ser humano, aún en el contexto de las sociedades de cultura comunitaria, vive  una vida que le es propia, sólo de él y nada más que de él.  En palabras de Elías Cannetti: “Cada cual es el centro del mundo, nada menos que cada cual; y el mundo es valioso porque está lleno de estos centros. Este es el sentido de la palabra ser humano: cada uno un centro al lado de muchísimos otros que son tan centros como él”[4].

Según Fromm el hombre es el único animal que no halla en la naturaleza su hábitat natural, que puede sentirse expulsado del paraíso (el mito bíblico de la expulsión de Adán y Eva del Edén), por tanto, sólo él puede sentir y saber que su existencia le plantea problemas que debe resolver y de los que no puede escapar. No puede regresar al estadio prehumano de armonía con la naturaleza, reitero, pero tampoco sabe con total certeza hacia dónde le llevarán sus pasos, si continúa avanzando en el contexto de dudas e incertidumbres que caracterizan la existencia individual y colectiva[5].

A diferencia de los humanos incapacitados para adaptarnos de manera espontánea a la naturaleza primaria, y que, por tanto, requerimos de un lento proceso de aprendizaje para sobrevivir[6] por nuestros propios medios, el código biológico en los animales, articulado a la sobrevivencia: instinto de conservación, les permite al poco tiempo de nacidos, valerse por sí mismos: arrastrarse, erigirse en dos o cuatro patas, andar, correr, volar, nadar, alimentarse, acoplarse en el acto de reproducción, defenderse de otros animales, y sin mucho éxito del más peligroso de todos: el hombre.

No sucede así con nosotros. El infante es incapaz de sobrevivir y desarrollarse sin el auxilio decisivo de la sociedad por medio de la familia (en particular la madre), o quien sustituya sus funciones. El grupo familiar nos enseña a caminar, a hablar, comer, vestirnos, a hacer las necesidades más elementales de la higiene personal, a relacionarnos con los otros (hábitos y modales), nos transmiten una cultura: usos y costumbres, valores, creencias, mitos, leyendas.

No es exageración decir que la personalidad y la conducta del individuo no son fatalmente determinadas, pero sí fuertemente condicionadas por su familia natural o adoptiva. Y de ahí el drama de la crisis familiar, de los individuos abandonados desde la infancia que terminan en la cárcel o en el cementerio. La familia es insustituible como dadora de afectos y base de la sociabilidad cuando se trata de un grupo relativamente estable.

Para ilustrar el drama de la crisis de la institución de la familia que está ocurriendo en la mayoría de las sociedades nacionales, transcribo el artículo publicado por Jorge Volpi “El fin de la inocencia”:

“El día de san Valentín de 2003, los medios británicos informaron que el cuerpo del pequeño John Burger, de 3 años, había sido descubierto en las vías del tren en un barrio de Liverpool. Si bien había sido partido en dos por una de las locomotoras, la autopsia reveló que antes había sido torturado —golpeado con una viga de acero, molido a puntapiés y tal vez abusado sexualmente— tras haber sido secuestrado en un centro comercial. Pero lo peor era que la policía había logrado identificar a los perpetradores del crimen: Robert Thompson y Jon Venable, ambos de 12 años. Los dos niños provenían, como era de esperarse, de familias desmembradas. Ann, la madre de Robert, intentaba hacerse cargo de siete hijos pero no era capaz de dominar su propio alcoholismo. Los Thompson crecieron en un ambiente de violencia cotidiana, que se traducía en un sinfín de riñas y peleas. Susana Venables, por su parte, era una mujer dura y egoísta, más preocupada por su apariencia que por el futuro de sus hijos. Jon siempre envidió los cuidados que recibían sus dos hermanos, quienes asistían a escuelas para alumnos con déficits de aprendizaje, y se distinguía por sus rabiosos exabruptos y por acosar a sus compañeros. En vez de asistir a clases, los dos compinches preferían deambular por las calles, enzarzarse en peleas con otras pandillas o robar en las tiendas de la zona. Y, como suele ocurrir en bandas como la suya, ambos se hallaban sometidos a una sádica competencia para establecer quién era el más valiente o el más duro. Se dice que una de sus aficiones consistía en torturar y matar perros y gatos, aunque bien puede tratarse de otra leyenda surgidas tras los hechos. Del mismo modo, hay quien ha querido explicar su comportamiento al señalar que Jon solía ver en casa de su padre películas gore como Child’s Play, Halloween o Predador. Pero incontables niños que provienen de familias desestructuradas, han sufrido violencia doméstica, se han aficionado a películas o videojuegos sanguinarios y se unen en bandas no terminan convertidos en homicidas. ¿Puede haber algo más perturbador que un niño que asesina a otro niño? Casos como éste —así como el reciente asesinato de Christopher Márquez Mora en Chihuahua— ponen a prueba nuestra propia idea de lo humano. ¿No son los niños inocentes por naturaleza y es la sociedad quien los corrompe? O, por el contrario, ¿será que sucesos como éstos demuestran que la maldad anida incluso en el corazón de los más jóvenes? ¿A quién debemos culpar de lo ocurrido? ¿A sus padres indolentes o abusivos? ¿A la brutal sociedad en la que se han desarrollado? ¿O sólo a esas “malas semillas” que pueden aparecer en cualquier parte? El ejemplo de Venables y Thompson no invita al optimismo. Tras ser condenados a 10 años de prisión, la Corte Europea de Derechos Humanos decretó su libertad tras 8 años. En ese tiempo, ambos recibieron la mejor atención psicológica y educativa posible. Aun así, en 2010 Venables volvió a prisión, acusado esta vez de posesión de pornografía infantil. ¿Qué les espera entonces a los asesinos de Christopher en un sistema tan corrompido como el mexicano? ¿Es posible siquiera imaginar que podrán rehabilitarse? Frente a la inevitable tentación de convertir el homicidio de Christopher en una metáfora de México y en particular del estado de Chihuahua —ningún reportaje sobre el caso ha dejado de recordar los feminicidios de Ciudad Juárez o la guerra contra el narco—, conviene señalar los paralelismos con el asesinato de John Bulger. En uno y otro caso nos hallamos frente a niños o adolescentes criados por familias disfuncionales y acostumbrados, más que a la violencia mediática —pese a que los truhanes de Chihuahua fingieran jugar a ‘los secuestros’—, a una violencia familiar e íntima. En ambos casos destaca asimismo la tortura de animales —un obvio síntoma de falta de empatía— y una situación de abandono que muy pronto los convirtió en pandilleros. Nadie duda de que el entorno de violencia extrema que vive nuestro país haya podido influir en la conducta de estos chicos, pero más relevante será desentrañar el microcosmos que habitaban. En vez de observar el caso de Chihuahua como la cristalización del horror que padecemos, habría que aceptar que es en esa violencia cotidiana y soterrada, en la que desarrollan miles de niños, donde surge, en edades apenas superiores a las de los asesinos de Christopher, esa cohorte de sicarios que se bate a diario en nuestras calles”[7].

En su Encíclica “Laudato Si” “Cuidemos nuestra casa común” del 24 de mayo de 2015, ya citada, el Papa Francisco expresa respecto a la trascendencia de la familia en el proceso de formación del individuo:

“En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados. La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados entre si, de la maduración personal. En la familia se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir ‘gracias’ como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea”[8].

En no pocos casos es un ámbito infernal que destruye la personalidad de sus miembros. Como la mayoría de las instituciones la familia y el matrimonio se hallan en una profunda crisis desde el pasado siglo. Muchos son los factores que han confluido para la transformación de la concepción clásica del modelo familiar en el Occidente Judío-Cristiano. La liberación femenina y el trabajo de la mujer, que dejó de ser “madre profesional” o a “tiempo completo” para transformarse en “madre a medio tiempo o por algunas horas al día”, pues tanto por razones que derivan de su liberación o independencia del dominio masculino (cultura machista), como por el abandono del padre del núcleo familiar (divorcios, irresponsabilidad paterna), la mujer ha salido del hogar al mundo del trabajo, a laborar, bien por motivos asociados a su anhelo de realización profesional y personal en un universo de implacable competencia entre los sexos, o para llenar el vacío dejado por el hombre que no quiso asumir la responsabilidad paterna (madres solteras), o porque el marido al divorciarse de ella, o ella de él, deja de constituir el proveedor tradicional y es entonces ella la que tiene que buscar el sustento para la familia.

No deja de carecer de importancia en esa crisis, la aceptación legal de las uniones homosexuales entre hombres (gays) y entre mujeres (lesbianas) y la posibilidad, para esas parejas de adoptar niños en algunas legislaciones, con la consiguiente confusión de los roles tradicionales del padre y de la madre[9].

Desde la familia a la escuela, desde ésta a los institutos de enseñanza superior, la sociedad nos prepara para subsistir con el trabajo propio: un oficio, una profesión, un arte[10]. En las sociedades contemporáneas donde impera la libertad de medios de comunicación (sociedades abiertas): prensa, radio, televisión, internet y redes sociales, ese sistema coadyuva en el proceso de socialización. Asimismo, el aprendizaje derivado de las relaciones interpersonales, o de la pertenencia a organizaciones de la sociedad civil: iglesias, partidos políticos, sindicatos, clubes deportivos, asociaciones culturales, etc.

“El carácter social -apunta Erich Fromm- es reforzado por todos los medios de influencia accesibles a una sociedad: su sistema educativo, su religión, su literatura, sus canciones, sus chistes, sus hábitos y, por encima de todo sus métodos familiares para criar a los niños. Este último aspecto es tan importante porque una gran parte de la estructura de carácter de los individuos se forma en los cinco o seis primeros años de vida. Pero la influencia de los padres no es esencialmente individual o accidental, como suponen los psicoanalistas clásicos; los padres son agentes de la sociedad tanto por su propio carácter como por sus métodos educativos; se diferencian los unos de los otros en grado mínimo, y generalmente estas diferencias no disminuyen en la influencia que tienen en la creación de la matriz socialmente deseable del carácter social”[11].

En suma, la sociedad, cualquier sea su forma organizativa, es el hábitat natural del individuo. Y como la sociedad implica una cultura determinada, entonces, lo socio-cultural con la especificidad tempo-espacial que lo singulariza, siempre ha sido, es y será mientras permanezca la forma humana de vida en la Tierra, el hábitat de la especie humana.

La expresión “sociosfera” o esfera de lo social comprende el complejo tejido de las relaciones intersubjetivas mediadas por los códigos de conducta (éticos, morales, religiosos, sociales, jurídicos), por las tradiciones, costumbres, mitos, leyendas, creencias comunes (compartidas) y diferenciadas, el sistema institucional, etc.

 

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Referencias:

[1] A la memoria de Mercedes Pulido de Briceño, Ministra de Estado para la Participación de la Mujer en el Desarrollo (1979-1984). Jefe Delegación de la Conferencia Mundial de la Mujer realizada en Copenhague (1980). Promotora de la reforma del Código Civil en 1982 que estableció la igualdad de derechos entre los cónyuges, reconoció formalmente al concubinato, e igualó los derechos de los hijos legítimos e ilegítimos. En 1984 impulsó el Proyecto de Subsidios Familiares, Bono Alimentario (1984). Entre 1985 y 1989 fue la Subsecretaria adjunta de la Naciones Unidas para el Desarrollo Social y la Participación de la Mujer en Nueva York. Fue la redactora del proyecto de Ley Sobre la Violencia Familiar, y entre 1994 y 1996 asumió ser la titularidad del Ministerio de la Familia, creó el Servicio Nacional Autónomo de Atención Integral a la Infancia y a la Familia (Senifa) y expansión de los multihogares y hogares de cuidado diario. Para mi fue un honor haber sido su asesor legal en 1994 en la organización jurídica del mencionado Servicio. Ejemplo de mujer integral, y de persona para la que el servicio a los demás constituyó el norte de su vida.

[2] La expulsión de los primeros padres: Adán  y Eva, del paraíso terrenal o Edén por haber comido de la fruta (la manzana) del bien y el mal infringiendo una prohibición de Jehová, según el relato bíblico, tiene en mi concepto un valor simbólico. La supuesta fruta que al comerse hizo perder la “inocencia” a la pareja originaria no es más que el despertar de la conciencia que implicó  nuestros ancestros originarios reconocerse como diferentes al resto de lo viviente, es decir, la ruptura de la armonía con la naturaleza. El homínido se transformó en humano al producirse ese quiebre, tal es el origen de la cultura y de la construcción de un hábitat ajustado a la especificidad antropológica. Por más que una persona admire y ame a la naturaleza no puede mientras viva integrarse al medio físico. Sólo con la muerte el cuerpo humano, transformado en polvo, vuelve a su patria originaria: la tierra.

[3] Meier, Henrique (1980). Viaje hacia las sombras. Ediciones Hojas Sueltas, Caracas, p. 25

[4] Canetti, Elías (2013).  Diálogo con el interlocutor cruel. La conciencia de las palabras. En Arrebatos Verbales. Obra Completa 9. Debolsillo. España, p. 339.

[5] Vid, Meier, Henrique (2014). Las relaciones individuo, sociedad y naturaleza: origen de la realidad ambiental. Bases culturales y antropológicas del Derecho Ambiental. Universidad Metropolitana. Caracas. Asimismo, “La naturaleza obra de Dios. El hombre no tiene el derecho a destruirla”. Disponible en http://www.soberania.org

[6] En efecto, como sostiene Sagesse Silvina: “El hombre carece de sentidos y de instintos naturales suficientes y, precisamente por ello, tiene- en comparación con los animales –una necesidad de dependencia durante su niñez considerablemente más larga que los animales. La falta de preparación para responder a determinado entorno hace que el hombre solo pueda existir por su indeterminación frente al mismo. Por lo tanto, el hombre es un ser actuante, es decir,  que sólo puede superar la falta de preparación frente al entorno por medio de una actividad planeada y dirigida hacia un fin y basado en la experiencia. Disponible en 29501_ bacigalupo_sagesse_silvina la responsabilidad penal de las personas jurídicas. PDF.

[7] Disponible en http://www.prodavinci.com

[8] Laudato Si, opus cit, p. 162. Respecto de la opinión del Papa de la familia como comunidad dadora de amor, a continuación transcribo un artículo de David Trueba  “El tesoro de la familia latina no debería perderse ante el canto tentador del confort”, publicado en el pais.es  en su edición del 30 de junio de 2015. No siempre lo acertamos a reconocer, pero uno de los precios que paga una sociedad por el progreso económico y la autonomía personal es la soledad. Aparenta ser un cobro cruel cuando llega la vejez. Si uno visita los países que alcanzaron la riqueza y el bienestar varias décadas antes que nosotros, lo primero que le llama la atención es la extrema soledad de algunos de sus ancianos. Es la desmembración del contrato familiar, redactado sobre el cariño, pero también sobre la necesidad, la unión y la fuerza de un destino compartido. Cuando en Francia padecieron una ola de calor veraniego inédita, la más terrible revelación fue descubrir que cientos de ancianos fallecieron sin asistencia, sin nadie que preguntara o se ocupara de ellos. España no es ajena al envejecimiento demográfico, realidad estadística que viene acompañada de una información que aún no estamos preparados para recibir y que describe un doloroso y nuevo perfil de la soledad. Ha tenido cierto éxito en estas semanas pasadas la recogida de fondos para un documental norteamericano que se titula Present Perfect. Retrata el proyecto de una residencia de ancianos en Mount St. Vincent, en Providence, que acoge durante las horas del día a los alumnos de una guardería infantil. La convivencia de los niños pequeños con los salones poblados de ancianos ha provocado una imagen emotiva y sorprendente. Antes de esta iniciativa desarrollada en ese centro de Seattle, el Ayuntamiento de París elaboró un plan de alquiler de habitaciones que ponía en comunicación a ancianos que vivían en soledad con estudiantes que aspiraban a vivienda dentro de la cara y rutilante ciudad. Siempre me pareció una idea inteligente que espero que perfiles de alcaldes como los nuevos elegidos en Madrid, Barcelona, Zaragoza y Valencia fomenten en sus ciudades, que acogen estudiantes universitarios de todo el mundo, pero también ancianos locales con los primeros síntomas de esa nueva soledad fabricada en la España rica pero insolidaria. La más interesante encrucijada de la vida consiste en la observación del paso del tiempo. Es ahí donde la convivencia entre los viejos y los niños propició una apertura de mente en las décadas del estallido de natalidad. Las casas abiertas y sobrepobladas ofrecían un contundente retrato de la vida comprimido en un pasillo y las habitaciones caseras. El tesoro de la familia latina no debería perderse ante el canto tentador del confort y el aislamiento disfrazado de socialización de las nuevas tecnologías. Viejos y niños transmiten la verdad de la vida en cada poro de sus distintas pieles. Su convivencia es la mejor información”. Disponible en http://www.elpais.es

[9] A riesgo de ser tildado de conservador, reaccionario, homofóbico, expreso sin ambigüedad mis creencias. No estoy en contra de las uniones de hecho homosexuales, pero sí contra su formalización legal porque ello significa desnaturalizar la institución del matrimonio, base de la familia. De seguir por ese camino nada de extraño tendría que en el futuro se autorizara la unión entre personas y animales, como ya ha ocurrido en la India con la celebración de un matrimonio entre un hombre y su perra.

[10] Esa “preparación” depende de cada tipo de sociedad. En algunas el Estado establece la instrucción obligatoria, en otras la instrucción de la persona es un asunto de la decisión del grupo familiar. En las sociedad organizadas políticamente como Estados democráticos tanto el Estado como la sociedad civil disponen de institutos de enseñanza; en cambio, en los sistemas estatales totalitarios o ideocráticos el Estado monopoliza la función educativa con una finalidad fundamentalmente de inculcación ideológica: los conocimientos científicos y técnicos, así como la formación cultural en general, se supeditan a los objetivos del control del individuo mediante la manipulación sicológica o lavado de cerebro. Además, con la supresión de la libertad de información y expresión mediante el control absoluto de los medios escritos, virtuales, audiovisuales y radiofónicos, la socialización del individuo sólo tiene por objeto coadyuvar al sistema educativo estatal a formar una sociabilidad estandarizada: la estatalización de la persona, la pérdida de la posibilidad de la libre autodeterminación.

[11] Fromm, Erich (1984). Sobre la desobediencia. Paidós. España, p. 25.

Henrique Meier | Director del Área de Estudios Jurídicos y Políticos del Decanato de Estudios de Postgrado de la Universidad Metropolitana.
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