El aprendizaje de la resistencia

El de los venezolanos ha sido un largo camino para ir conquistando espacios, un largo camino hacia la libertad y la democracia.

El de los venezolanos ha sido un largo camino para ir conquistando espacios, un largo camino hacia la libertad y la democracia.

 

El aprendizaje de la resistencia que usualmente se transforma en rebeldía y desafío al poderoso y los poderosos es lento, contradictorio, doloroso, angustioso, dialéctico

 

Henrique Meier / Soberania.org

“Yo digo que la injusticia es nuestra, del Sur, debemos expiarla y abolirla nosotros mismos solos y sin ayuda, se lo debemos a Lucas lo quiera él o no, no por su pasado, pues ni un hombre, ni una raza puede si no sirve para sobrevivir a su pasado sin necesitar siquiera huir de él y no por esa retórica de la humanidad en general, sólo además retorica, sino por la simple razón práctica indudable de su futuro: esa capacidad de sobrevivir y asimilar y resistir y mantenerse inmutable”. William Faulkner[1].

Leyendo “Intruso en el polvo”, esa novela del magnífico escritor William Faulkner, el párrafo citado me inspiró escribir estas líneas sobre el proceso de aprendizaje del pueblo de Venezuela, del que soy un centro consciente como individuo autónomo, pero en interacción permanente con el entorno social, a resistir los abusos, atropellos, desafueros (y la pretensión de instaurar en el país un “Estado totalitario a imagen y semejanza del cubano”) de un régimen de poder que, surgido de las urnas con la elección de Chávez Frías en 1998 (legitimidad de origen), progresivamente (como la boa que lentamente va ahogando su presa para aniquilarla y engullirla: Tulio Hernández dixit) se fue transformando en autoritario hasta culminar en la actual narcodictadura militarista, corrupta, bárbara, primitiva, carente de cualquier grado de “legitimidad de actuación o desempeño” conforme a los valores, principios, y derechos humanos garantizados en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, por la reiterada y sistemática violación a ese basamento axiológico (El Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, arts. 2 y 3 CRBV), así como por al abandono de las más básicas responsabilidades de cualquier Estado y Gobierno que merezcan ese calificativo institucional (inseguridad radical en todas las esferas de la vida social: inseguridad ciudadana, económica, social, institucional, jurídica)[2].

Esto último, en especial el grado dela violencia criminal promovida por el propio régimen (unas 285.000 personas asesinadas en 17 años, 96% de impunidad), la hambruna que padece la mayoría de la población por la escasez de los productos de la dieta alimenticia básica, aunado a una hiperinflación indetenible mientras la “secta destructiva” (Francis Delgado) se mantenga en el poder, los decesos que se multiplican a diario por la ausencia de fármacos y de insumos necesarios para atender la salud, en particular de niños y ancianos (“Crisis humanitaria o genocidio en cámara lenta”), ha provocado el rechazo de más del 80% del pueblo a la persona y gestión de quien hace las veces de “presidente de la república” (así en minúscula) y de sus cómplices, y por tanto, la pérdida absoluta de la “legitimidad social”, es decir, del apoyo, sobre la base del consenso, que cualquier régimen de poder, aunque no sea democrático, requiere para su sustentabilidad, porque como lo ha demostrado la historia, con la sola amenaza de la represión (la fuerza bruta) y su efectivo ejercicio (encarcelamiento de disidentes, uso de armas de fuego para disolver manifestaciones, acoso a los dirigentes visibles de la resistencia, restricción y eliminación de la libertad de información, opinión y expresión, etc.), no hay manera que pueda mantenerse por mucho tiempo.

Los hombres no somos meros animales, somos una entidad biosíquica, animales simbólicos (Savater); en consecuencia, el poder no puede basarse sólo en el poderío o fuerza material, exige del consenso o aceptación de la mayoría de los “gobernados” porque quien o quienes lo detentan (los “gobernantes”) se identifican con el sistema de creencias, símbolos, mitos, representaciones colectivas (el imaginario colectivo): la percepción respecto de la legitimidad de la titularidad y ejercicio del poder de esa mayoría.

Pero, aunque un régimen careza de legitimidad de origen, de desempeño y social, puede prolongar el sufrimiento individual y social por un tiempo por el temor que inspira la represión (nadie quiere morir, tampoco ser apresado, ni torturado, salvo heroicas excepciones) y porque, además, el aprendizaje de la resistencia que usualmente se transforma en rebeldía y desafío al poderoso y los poderosos es lento, contradictorio, doloroso, angustioso, dialéctico (la constante contradicción entre esperanza y desespero,  paciencia e impaciencia, euforia y decepción, optimismo y pesimismo).

La mayoría de los venezolanos y extranjeros residentes no estábamos preparados para “resistir” un tipo de relación de poder despótica, tiránica, arbitraria, sólo la generación anterior a la mía padeció la dictadura de Pérez Jiménez. Tengo 70 años, y cuando huyó el dictador (enero de 1958) y se reestableció la democracia experimentada durante el Gobierno de Isaías Medina Angarita (1941-45) y el Trienio adeco (1945-48), tenía 12 años cumplidos en el mes de diciembre de 1957. A esa edad, poco me interesaba la política, inmerso en mis estudios, en el deporte, en las locuras de un adolescente, no fui como algunos, militante de un partido a tan temprana edad. De manera que me hice adulto durante la vigencia de la democracia, disfrutando de las libertades y oportunidades, con todos los errores que se le puedan endilgar (no existen democracias “perfectas”) a ese excepcional período de esta historia de caudillos militares (de batallas y academias) que han asolado al país. Conocí la libertad, la seguridad y la prosperidad.

De ahí, pues, que tanto mi generación (1945) como la subsiguiente (1970), no sabíamos, salvo por los libros de historia de la Venezuela contemporánea, y la tradición oral de padres y abuelos, lo que era “vivir” las inexorables limitaciones a los derechos, legítimos intereses y expectativas que caracterizan a un régimen autoritario (los nacidos desde finales de la década de los 90 si han crecido en el contexto de un régimen de esa naturaleza).  Durante 40 años nos habíamos acostumbrado a la alternabilidad en el poder (el reloj biológico de la democracia, en la expresión de Manuel Caballero: cada 5 años, cambio de gobierno), a la libertad de información y opinión, al pluralismo de los medios de comunicación social, a la oportunidad de estudiar en liceos públicos y universidades gratuitas y adquirir un título universitario, o una sólida formación técnica en aquella excelente Institución como lo fue el INCE (en particular, cuando estuvo al frente Oscar Palacios Herrera), a la posibilidad de adquirir productos de la dieta básica sin necesidad de hacer colas de 8, 10, 12 y más horas, a disfrutar viajando por este hermoso país sin temor de ser atracados, secuestrados, asesinados, disponiendo del mejor sistema de carreteras de América Latina, así como adquirir vivienda propia con préstamos hipotecarios al 12% anual (al menos hasta 1992) y en mejores términos para las de “interés social”, (la formidable obra del Banco Obrero y luego del INAVI), vehículos y televisores a crédito, etc.; en fin, a la garantía de la salud pública por la encomiable actividad del entonces Ministerio de Sanidad y Asistencia Social y el sistema hospitales públicos.

Hay que recordar, y recordar y recordar, es tan frágil la memoria histórica. Por supuesto que en ese tiempo había pobreza (la marginalidad), y que tal vez los sucesivos gobiernos de la democracia no hicieron lo suficiente para aminorarla; sin embargo, lo que nadie, pero nadie, podría aseverar sin mentir, es que en ese período hubiese una situación de hambre generalizada, ni de escasez de productos alimenticios y fármacos, ni el grado de inseguridad personal al que hemos llegado en el periodo supuestamente “revolucionario” del “proyecto” chavista.

Estoy acostumbrada a que mi familia me diga cómo era la Venezuela en la que vivían antes. Una en la que la escasez no los afectaba, que podían salir de sus casas a la hora que les diera la gana sin temerle a la inseguridad”, declaró una joven de 18 años entrevistada[3] en la movilización de la resistencia el pasado viernes 16 de septiembre, convocada por la Unidad Democrática para exigirle al “ministerio de las elecciones” la publicación de la fecha definitiva para la recolección de firmas de 20%, exigidas para la realización del Referendo Revocatorio del mandato del llamado “Ilegítimo”, la habilitación de un número de máquinas y centros electorales adecuado a la densidad de votantes de cada circunscripción. Esa movilización cuyo objetivo era llegar hasta la Avenida Libertador, específicamente a la altura de la sede de la CANTV, fue “frustrada” por agentes de la Policía Nacional Bolivariana cuya única función es reprimir al pueblo democrático, por órdenes del aterrorizado inquilino de Miraflores, mientras crece la criminalidad ante la indiferencia del poder ilegítimo.

Por esa razón, no es justa la crítica de quienes, con absoluta ignorancia de la complejidad de las relaciones de poder y de la historia, nos califican como temerosos, cobardes, faltos de coraje para enfrentar al actual régimen de poder (un poder armado frente a un pueblo cuya única arma es, precisamente, el coraje cívico arriesgando vida e integridad física). Usualmente quien o quienes así califican a este “bravo pueblo” no han hecho nada, pero nada a favor del movimiento social de resistencia. Críticos y analistas de Internet, se sienten “imparciales”, observando los “toros desde la barrera”, diagnosticando, pronosticando, como si no padecieran los efectos de esta catástrofe política, institucional, económica, social, cultural, humana en una palabra.

Como pueblo y “sociedad civil” hemos venido aprendiendo a resistir, a no doblegarnos a pesar del agravamiento de las condiciones asociadas a la calidad de la vida. Diría, utilizando las palabras de Faulkner, que somos un pueblo que ha demostrado capacidad para sobrevivir, asimilar los aparentes “fracasos” para expulsar del poder a quienes se convirtieron en nuestro azote (como Atila) y permanecer inmutables en esta lucha cívica y pacífica, pero activa. La resistencia comenzó desde que el régimen pretendió controlar la educación de los niños y jóvenes: la Resolución 058 (el Estado “docente”), y su frontal rechazo por parte de las valerosas madres, y no pocos maestros; siguió el 23 de enero  de 2002 con una importante movilización (marcha) ciudadana que precedió a aquella multitudinaria del 11 de abril de ese año que forzó la renuncia de Hugo Chávez Frías, pero el pueblo democrático fue traicionado por quienes “creyeron” que habían asumido el poder por confundirlo con el espacio emblemático de una forma de gobierno presidencialista: el Palacio de Miraflores. No los voy a nombrar, quienes lean este artículo saben sus nombres. El patético espectáculo de la “derecha económica” que conspiró contra Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato (por no aceptar la pérdida de sus privilegios y la protección estatal al promover CAP y su excelente gabinete económico una economía abierta, de libre competencia) aplaudiendo desde un salón del palacio presidencial cuando el que fuera nombrado “procurador de la república” leía el infausto decreto, mal redactado, que convertía en dictador a un supuesto “dirigente empresarial” atribuyéndole potestades inconstitucionales para deponer a legisladores, gobernadores de estado y alcaldes municipales electos por el pueblo (hasta ese momento no podía hablarse de dictadura, sino de una tendencia hacia el ejercicio autoritario del poder presidencial).

Y desde que Chávez Frías reasumió el poder (por las insólitas torpezas y ambición de poder desmedida de un grupo de civiles y militares, protagonistas del típico “quítate tu, para ponerme yo”), la resistencia continuó, a pesar de los inauditos errores de la llamada “Coordinadora Democrática” que pareciera que la actual Unidad Democrática está repitiendo con las actuaciones y declaraciones contradictorias de algunos de sus personeros. Cada vez que se convocó una marcha el pueblo democrático respondió con creces, no obstante el recrudecimiento de la represión. En el 2014, no hay que olvidar, nunca olvidar, jamás olvidar, murieron 43 estudiantes asesinados por las llamadas “fuerzas del orden” y los colectivos paramilitares del régimen, además del aumento significativo del número de  presos políticos, la “restauración” de la tortura como método inhumano de represión -como en los tiempos de la vergonzosa “Seguridad Nacional” de la otrora dictadura militar (1948-58)-,  y esa desgracia del “exilio por motivos políticos” (que había desaparecido durante los 40 años de la democracia).

Cada vez que se convocaron elecciones, salvo aquellas en la que los partidos políticos que poco han aprendido de sus errores en estos 17 años llamaron a la abstención (2005: Acción Democrática, Copei, Proyecto Venezuela y Primero Justicia), y a pesar del control del sistema electoral por parte del denominado “gobierno” o poder ejecutivo y del PSUV (“partido de estado”), y del inaudito ventajismo del oficialismo, de las trampas y fraudes electorales, el pueblo democrático acudió a las urnas. Y así derrotamos el proyecto de Reforma Constitucional que quería imponerle al país Chávez Frías para “legitimar” un estado socialista (Referendo Consultivo de 2007), logramos la conquista electoral de varias gobernaciones y alcaldías emblemáticas (elecciones regionales del 2008), aumentamos el número de representantes de la “oposición” en la Asamblea Nacional (elecciones legislativas del 2010, la oposición con el 52% de los votos obtuvo 59 escaños y el chavismo con el 48% obtuvo 90: el ministerio de las elecciones modificó las circunscripciones electorales para garantizarle al régimen la mayoría legislativa, pues ya se estimaba, conforme a las encuestas serias, que la oposición lograría mayor votación), hasta lograr que nuestros representantes obtuvieran una mayoría calificada en las elecciones del 6 de abril. Ha sido un largo camino, no tanto como el de Mandela y la mayoría del pueblo sudafricano, para ir conquistando espacios, un largo camino hacia la libertad y la democracia.

Y qué decir de la majestuosa Toma de Caracas el 1º de septiembre de este año, un millón o más individuos, hombres y mujeres de todas las edades, estratos sociales, colores de piel, ejerciendo la “ciudadanía”, confundidos en esa fiesta cívica, demostrándole al ilegítimo poder que no pudo -no obstante las amenazas y acciones represivas contra dirigentes de la Unidad Democrática y los obstáculos para impedir que ciudadanos de interior del país estuviesen presente en ese acto de afirmación democrática, desactivar a esa fuerza, ese contra-poder social, democrático, libertario e igualitario. Poco se ha escrito sobre la democracia en marcha, la democracia restaurándose desde abajo, no por la acción de algunos salvadores de turno, este movimiento no tiene padres, es la respuesta masiva de un pueblo ansioso de libertad, paz (convivencia pacífica), democracia, seguridad y prosperidad.

Ojalá que tanto los escépticos que creen que todo está perdido porque los árboles le impiden ver el bosque, como la MUD, comprendan la naturaleza y características de este proceso de resistencia; que no se equivoquen con el pueblo, no nos subestimen, no es un asunto de protagonismos mediáticos, ni de cuotas de poder, es una lucha que trasciende lo meramente político, es una confrontación no sólo axiológica, de valores (democracia vs. dictadura), es una confrontación espiritual, pues este régimen representa no sólo la negación de la libertad, la democracia, el Estado de Derecho, el bienestar, la prosperidad y la calidad de la vida, sino el Mal, así en mayúsculas. Como se expresa en el Libro de la Vida, la Biblia, el objetivo del demonio, de lucifer es matar, robar y mentir; en suma, DESTRUIR. ¿Acaso no es eso lo que caracteriza al actual régimen de poder?

Finalizo con Faulkner:

“Hay cosas que uno no debe aguantar jamás. Hay cosas que debemos siempre negarnos a soportar. La injusticia y la ofensa y la deshonra y la vergüenza. Por muy joven que uno sea o por muy viejo que ya sea. Ni por fama ni por dinero: ni por tu foto en el periódico, ni por dinero en el banco. Sencillamente hay que negarse a soportarlo” [4] .

 

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Referencias:

[1] Faulkner, William. Intruso en el polvo. DEBOLSILLO. Traducción de José Manuel Álvarez. España, 2015, p. 205

[2] Meier, Henrique. Seguridad, Estado, Sociedad y Derecho. Homero. Caracas, 2004.

[3] Disponible en http://elnacional.com, edición del 17 de septiembre de 2016

[4] Ibídem, p. 207

Henrique Meier | Director del Área de Estudios Jurídicos y Políticos del Decanato de Estudios de Postgrado de la Universidad Metropolitana.
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