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Cuba
y nuestro petróleo
Domingo
Alberto Rangel / Quinto
Día - 24/01/03
Si existiera un premio Nobel de la Ignorancia es posible que la
casi totalidad de los políticos venezolanos fueran candidatos
a recibirlo. Son contados entre nosotros aquellos políticos
que leen un libro con ánimo de captar en él las realidades
de nuestra época o conocer los últimos giros del pensamiento
universal. El político venezolano más típico
o representativo es el que va desenvolviéndose en la vida
con el bagaje de conocimientos percibidos en el bachillerato y la
universidad ya lejanos. Al salir de las aulas, nuestros políticos
se divorcian del libro, de la revista ilustrada, del debate teórico
y de la indagación sistemática de las realidades en
cuanto ellas guarden giros nuevos o desenlaces inesperados.
Nada ilustra mejor la ignorancia de nuestros políticos que
el tema de Cuba cuando se convierte en manzana de la discordia entre
nuestros tirios y nuestros troyanos. Hay un sector de la oposición,
de tinte fascista bastante acusado, que considera infame al señor
Chávez, como lo llama Carlos Ortega, porque envía
petróleo a Cuba. Nos resistiremos a la venta de Venezuela
a Cuba, claman los señores de la plaza Francia de Altamira.
Ninguno de ellos se ha tomado la molestia, empero, de leer los acuerdos
internacionales suscritos por Venezuela con otros países
latinoamericanos, uno de ellos Cuba, para suministrarles petróleo
a precios excepcionales. Las condiciones en que reciben ese petróleo
las naciones centroamericanas son más benévolas, por
ejemplo, que las de Cuba. En la oposición nadie ha levantado
una pancarta pidiendo luchar contra la entrega de la riqueza venezolana
a El Salvador o a Honduras, beneficiarios de aquellos convenios,
o mejor todavía, nadie ha decidido retirar las impertinencias
que se dicen a propósito del petróleo y de Cuba sin
fundamento alguno.
Cuba
y el petróleo
Cuba ha hecho en el petróleo uno de los esfuerzos más
saludables de los últimos tiempos latinoamericanos. Viviendo
una de las crisis más devastadoras de su historia cuando
la URSS se evaporó como humareda que dispersa el viento,
comenzó Cuba, hacia 1990, la búsqueda de petróleo
en su plataforma submarina. No tenía Cuba en aquel momento
experiencia alguna en lo concerniente a exploraciones petroleras
ni contaba, como cualquiera adivinaría, con capitales suficientes
o siquiera aproximados. Pero tenía Cuba imaginación
y dos manos inquietas. Contando con la asistencia técnica
de la Total de Francia y de la Petrobrás de Brasil, no tardaron
los cubanos en localizar mantos de petróleos en las zonas
submarinas del golfo de México que forman parte de su territorio.
Hoy, a poco más de diez años de iniciadas aquellas
faenas exploratorias, Cuba satisface 92% de la demanda de petróleo
emanada de sus plantas electrónicas y 52% de su demanda total
de petróleo. Es una hazaña para un país de
modestos recursos, sitiado por un bloqueo implacable y sentenciado
al ahogo, carente de tradiciones en el ámbito del petróleo
y acosado, en 1990, por la catástrofe del mundo socialista
de Europa Oriental. Es que los pueblos crean sólo cuando
los amenazan o los acorralan.
El
gobernador de Minnesota y Bush
El renacer de Cuba, cómo ese país en diez años
o poco más ha superado el cataclismo que significó
el derrumbe de la URSS, constituye uno de esos milagros callados,
más valiosos entre más discretos sean. La economía
cubana ha crecido, desde 1995, año en que arranca la recuperación
tras el desastre soviético, a ritmos anuales muy superiores
a los vigentes en el resto de América Latina. No lo dice
Fidel Castro, lo registran publicaciones tan acreditadas como el
Anuario Estadístico Mundial de las Naciones Unidas o los
Informes del Programa sobre Desarrollo Humano de las mismas Naciones
Unidas. Mientras Venezuela, sobrancera de petróleo, no ha
crecido nada o casi nada desde 1998, Cuba cada año, desde
entonces, crece al 6% en un caso y entre 2 y 3% en otros. Este proceso
no pasa inadvertido para los observadores internacionales. De allí
que intereses y sectores norteamericanos muy influyentes promovieran
hace meses una feria agrícola de Estados Unidos en La Habana.
A ella concurrió el señor Ventura, gobernador de Minnesota,
quien, cuando Bush lo censuró por tal conducta, le dio una
respuesta elocuente: “Voy a donde haya un mercado para nuestros
granjeros y Cuba es, señor Presidente, el mejor mercado del
Caribe para nuestros productores de trigo”. La verdad es que
la respuesta parece digna de un varón romano.
¿Cómo
salir del bloqueo?
Estados Unidos, en la preocupación de sus gentes más
esclarecidas o en los planes de sus sectores más laboriosos
o emprendedores, ve el progreso de Cuba, su resurrección
tras el colapso de la URSS, y busca cómo eliminar el bloqueo
sin daño a su reputación o perjuicio a su decoro.
Hoy, quien necesita la suspensión del bloqueo, aunque parezca
mentira, es Estados Unidos. Cuba se ha recuperado y produce hoy
bastante más que en 1990, como lo demuestra el aumento increíble
de la producción interna de petróleo. Estados Unidos,
en cuanto tiene de sagaz o de previsor, ve cómo el mercado
cubano es abastecido por empresas europeas o asiáticas en
detrimento de sus similares norteamericanas. ¿Cómo
salir del bloqueo, se preguntan en Washington, sin aboyar en algo
el prestigio de la única superpotencia? En Brasilia se rumoraba
hace quince días, que Lula negociará con Estados Unidos
el ingreso de Brasil a un ALCA muy modificado al cual pudiera incorporarse
Cuba. Ya dentro del ALCA, Cuba, no resultaría tan humillante
para Estados Unidos suspender el bloqueo. El ALCA proporcionaría
el subterfugio honorable. Son rumores, pero toda noticia importante
comienza siendo rumor. A nosotros nos puede pasar lo mismo que a
Estados Unidos. Por mojigatos o por mediocres, quedaríamos
condenados a no participar en un floreciente mercado cubano. Hasta
que venga un gobernador Ventura y nos abra los ojos. En esta materia
hay que distinguir entre los intereses de Venezuela como nación
y los de pequeños grupúsculos opositores que comadrean
en torno a la plaza Francia de Altamira.
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