Antes
de la guerra
Ignacio
Ramonet / Le Monde Diplomatique - 28/02/03
Todo
indica ahora que estallará la guerra de Estados Unidos
y algunos de sus vasallos contra Iraq.
Por tierra, mar y aire la formidable maquinaria militar está
en pleno y la logística preparada. También las cámaras
de televisión del mundo están dispuestas. La orden
de abrir el fuego no se debería demorar.
Sin
embargo, nada hasta hoy autoriza el ataque a los ojos de la legalidad
internacional. Los inspectores enviados por la ONU para descubrir
eventuales armas de destrucción masiva siguen con las manos
vacías. Su informe entregado a la ONU el 27 de enero
es por así decirlo vacuo. Por otra parte, no se ha podido
establecer ningún vínculo entre Bagdad y las redes
terroristas islámicas, especialmente Al-Qaeda, autora de
los atroces atentados del 11 de septiembre de 2001, y convertida
desde entonces en el enemigo público número uno de
Washington. Por consiguiente, la opinión pública
mundial sigue reclamando las pruebas indiscutibles que justificarían
la inminente agresión.
El
régimen iraquí es por cierto odioso, y Saddam
Hussein es un autócrata particularmente detestable,
que no vaciló en masacrar en varias oportunidades a su propia
población, habiendo llegado a utilizar contra ella gases
de combate prohibidos por los tratados internacionales. ¿Justifica
eso una "guerra preventiva"? Desgraciadamente,
no es el único dirigente de índole tan siniestra.
Cuando servía a sus intereses, Washington nunca tuvo el menor
escrúpulo en apoyar a Saddam Hussein en la década
de 1980, así como a otros dictadores igualmente abominables:
Marcos en Filipinas, Suharto en Indonesia, el Sha en Irán,
Somoza en Nicaragua, Batista en Cuba, Trujillo en Santo Domingo,
Pinochet en Chile, Mobutu en Congo-Zaire, etc.
Algunos
de los tiranos más sanguinarios y repugnantes siguen siendo
apoyados por Estados Unidos, como el delirante Teodoro Obiang (1)
de Guinea ecuatorial (2), a quien el presidente George W. Bush recibió
con todos los honores en la Casa Blanca en septiembre de 2002…
Ante
tanta arbitrariedad por parte de Washington, incluso viejos aliados
de Estados Unidos se resisten a apoyarlo en su cruzada contra Iraq.
Dos de ellos, Francia y Alemania, en un movimiento casi de insubordinación,
afirmaron a fines de enero que no se habían reunido pruebas
que justificaran una intervención militar. Exigen que los
inspectores de la ONU prolonguen su tarea hasta despejar toda duda
sobre la posibilidad de que Bagdad tenga armas de destrucción
masiva. Y en todo caso exigen que una segunda resolución
de la ONU autorice explícitamente el empleo de la fuerza
contra Bagdad. Francia no descarta el recurso a su derecho
de veto, llegado el caso. Esta posición franco-alemana parece
haber alentado a Rusia y China, miembros permanentes del Consejo
de Seguridad, a adoptar posiciones menos tímidas y a exigir
también una segunda resolución de la ONU.
Todo
eso irritó sobremanera a Washington, cuyo enojo especialmente
con Berlín, a quien acusa de deslealtad, lo mismo que a París,
no cede. Pero no parece haber modificado su decisión de invadir
Iraq. El secretario de Estado estadounidense Colin
Powell, al llegar el 25 de enero al Foro económico
mundial de Davos, confirmó que Estados Unidos podía
contar con una docena de países "amigos",
lo cual según él basta para constituir una coalición
internacional contra Iraq.
El
mundo sigue preguntándose con inquietud sobre las verdaderas
razones de esta intervención militar. En el Foro social mundial
de Porto Alegre, por ejemplo, que reúne a los principales
actores de la sociedad civil planetaria, esta preocupación
pesó en el conjunto de los debates. Muchos intelectuales
presentes - Noam Chomsky, Tariq Ali, Naomi Klein, Adolfo
Pérez Esquivel, Eduardo Galeano - se preguntaban
si no es absurdo, incluso criminal, dedicar decenas de miles de
millones de dólares a hacer esa guerra que nada parece justificar
cuando esas sumas serían tan útiles dedicadas a la
educación, la salud, la alimentación, la vivienda
y la alfabetización de los tres mil millones de pobres que
hay en el planeta. Ese es el mensaje que transmitió el presidente
de Brasil Lula da Silva en nombre de todos los desheredados a los
dueños del mundo reunidos en Davos.
Para
gran parte de la opinión pública internacional este
conflicto no tiene otro objetivo que el petróleo. El verdadero
fin es adueñarse de una de las principales reservas de hidrocarburos
del mundo. Esta estrategia aparece como una manifestación
de la nueva arrogancia imperial de Estados Unidos, como una suerte
de "capricho de poderoso" cuyas consecuencias geopolíticas
(sumadas a millares de víctimas humanas) podrían ser
desastrosas.
Una
guerra querida por la reducida camarilla de halcones de extrema
derecha (Richard Cheney,
Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz,
Richard Perle, Douglas Feith, Jack D. Crouch, John R. Bolton)
que rodea al presidente
Bush, y que cree, como todos los embriagados de poder,
que a todo problema político, económico o social siempre
se puede aportar una solución militar…
Notas:
1 El general Obiang llegó al poder mediante
un golpe de Estado en 1979; el 15 de diciembre de 2002 fue "reelecto"
por un período de 7 años con el 97,1% de los votos.
2 Jean Christophe Servant, “Ofensiva sobre el oro negro africano”,
Info-Diplo 10-1-2003.
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