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Petromotivos
Ignacio
Avalos Gutierrez / El
Universal - 04/03/03
En
medio de nuestros agobios políticos, debiéramos guardarnos
un tiempito para pensar cuál podría ser la suerte
de nuestro petróleo una vez que Estados Unidos tome control
de Irak'
I
Que
la crisis petrolera está casi a la vuelta de la esquina,
dice un número cada vez mayor de expertos. De acuerdo a Colin
Campbell, miembro del Centro de Análisis del Agotamiento
del Petróleo, una organización inglesa dedicada a
la tarea que indica su nombre, ya todo el planeta ha sido explorado
en sus entrañas y debemos dar por seguro que no quedan nuevos
yacimientos importantes por descubrir, apreciación esta que
es compartida por otras cuantas organizaciones especializadas, entre
ellas la Oficina de Estudios Geológicos de Estados Unidos.
A lo anterior, súmese el hecho de que, por supuesto, la demanda
continúa creciendo (el patrón civilizatorio sigue
siendo muy dependiente de los hidrocarburos) al punto de que, si
a China y a la India, por ejemplo, se les ocurriera hacer crecer
su economía, como ya se les está ocurriendo hacer,
hasta llegar a tener el mismo consumo energético de Corea
del Sur (que, convendrá conmigo, no es que sea lo máximo
de lo máximo en materia de desarrollo) necesitarían,
según la revista Fortune , un total de 119 millones de barriles
diarios, es decir, casi un 50% más del total de lo que digiere
en la actualidad todo el planeta. Cabría añadir, para
redondear la profecía de la crisis, que las alternativas
energéticas no terminan de estar claras, ni siquiera la del
hidrógeno, aún lejos de ser una certeza que tranquilice.
II
Estados
Unidos tiene el 5% de la población terrícola y emplea
cerca de un tercio de la producción mundial de petróleo,
a la vez que produce apenas alrededor del 10% y posee sólo
el 2% de las reservas. No sé si queda claro, entonces, que
el llamado oro negro es asunto que toca la médula misma del
presente y del futuro inmediato del desarrollo de esa nación
y como los pronósticos son allí en donde más
aprietan. Y si se deja entender, asimismo, el hecho de que el gobierno
estadounidense venga gastando cada año, desde los ya no tan
cercanos tiempos de la Guerra del Golfo, entre 30.000 y 60.000 millones
de dólares para defender 'sus' intereses petroleros en el
Oriente Medio, cifras que, no obstante las discrepancias entre los
entendidos por aquello del secreto militar, nadie podrá negar
que se trata, en cualquier caso, de una suma de dinero descomunal.
III
Las
consideraciones anteriores vienen a colación por la guerra
que, pésele a quien le pese, por ejemplo a la mayor parte
de los que habitamos en la Tierra, cada vez más, por cierto,
parecida a un valle de lágrimas, el presidente Bush
ha decidido librar contra Irak, país
que, favor no olvidar el dato, dispone del 10% de las reservas mundiales
de petróleo, mientras los reflectores tratan de hacernos
voltear la mirada hacia la lucha contra el terrorismo, mal de vieja
data, por cierto, pero descubierto por los americanos hace poco,
gracias, sobre todo, a lo de las Torres Gemelas y el Pentágono
y, también hacia la defensa de los derechos humanos de los
iraquíes, pisoteados por Saddam Hussein como si fueran grama,
amparado por un silencio largo y cómplice, occidental, cristiano
y civilizado, ignorante de las denuncias persistentes y documentadas
de Amnistía Internacional y de otras organizaciones similares.
Así, aunque los inspectores de armas no encuentran lo que
se sospecha que debe haber (y que, por cierto, también se
sospecha que debe haber, como indica Vargas Llosa, en India, Pakistán
o Israel, a quienes Bush no ha tenido la ocurrencia de declararles
la guerra), no obstante ello, digo, a Irak no hay quien lo salve
del bombardeo norteamericano. En semejante escenario, en el que
al parecer no hay ONU que valga, los llamados 'efectos colaterales
de la guerra', es decir, y en primer lugar, un montón de
prójimos inocentes muertos, terminan siendo sólo eso,
'efectos colaterales', aunque menos mal que ya se está, desde
ahora, preparando la ayuda humanitaria para subsanar equivocaciones
y, sobre todo, calmar conciencias escrupulosas (si las hubiera del
lado de los que ordenan disparar), según nos hace saber el
presidente Aznar, más muñequito de torta que nunca,
compitiendo con Tony Blair por la media sonrisa que Bush suele dispensar
a los que le apoyan sin rezongar.
IV
En
Venezuela no hemos dicho ni pío, cosa comprensible por la
crisis que nos arropa. Ni el gobierno ni tampoco, que se
sepa, algún sector importante de nuestra sociedad,
ha añadido su voz a la condena mundial de la guerra. Razones
morales aparte, aun en medio de nuestros propios agobios políticos,
debiéramos guardarnos un tiempito, por lo menos, para
pensar cuál podría ser la suerte del primer renglón
de exportación nacional una vez que Estados Unidos tome control
de Irak.
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