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Entrevista a Gore Vidal, escritor estadounidense
El Misterio del 11-S...
...“Hay
aspectos misteriosos del 11-S que convendría esclarecer”
Kenneth
Hubbard / Soberania.info
- 06/03/03
El
escritor norteamericano Gore Vidal analiza en esta entrevista las
zonas más oscuras de la sociedad y el Gobierno de Estados
Unidos. Gore Vidal afirma que la prensa norteamericana informa parcialmente
sobre la realidad, y revela hechos muy graves, como una posible
conexión triangular entre la CIA, el espionaje pakistaní
y uno de los terroristas del 11-S. El escritor
estadounidense habla también de los intereses petroleros
que se esconden detrás de una guerra en Iraq.
–¿Qué opina de la televisión
norteamericana, especialmente de los noticiarios y los canales de
televisión por cable?
–Creo que están haciendo su trabajo de manera tal que
nadie entienda nada. Tal vez ésa sea la magia de la televisión.
Nunca se hizo realmente un gran esfuerzo para dar información
y elementos de juicio que explicaran lo que pasa. El pueblo norteamericano,
al menos por lo que indican los datos de la CNN, todavía
no se enteró de que Saddam Hussein no es precisamente el
mejor amigo de Ossama Bin Laden. Creen que funcionan como una sola
persona y que ambos nos atacaron el 11 de septiembre. Pero la idea
de que si se ataca a uno también se está atacando
al otro viene como anillo al dedo para los propósitos de
los partidarios de la guerra. Desde que el presidente anunció
que sólo él puede decidir qué es una guerra
y sólo él puede decidir un ataque preventivo contra
otro país, Estados Unidos dejó de ser el país
que yo conocía.
–¿Lo han acusado de adherirse a las teorías
conspirativas?
–Nunca fui periodista, aunque los respeto y los adoro. Por
eso no suelo dar opiniones como si se tratara de hechos. En mi nuevo
libro, “Dreaming war” (“Soñando
la guerra”), me esforcé mucho por plantear
hechos. El año pasado escribí otro llamado “Perpetual
war for perpetual peace” (“Guerra perpetua por paz perpetua”).
En ese libro me preguntaba por qué hace 50 años que
estamos ante una guerra inminente. Primero venían los rusos...
y, finalmente, nunca vinieron. Ahora son otros los que nos amenazan
y están por llegar en cualquier momento. Se trata de un buen
negocio cuyos motivos no son difíciles de adivinar. Para
dejar claro de que trabajo con hechos, tomo los datos de diarios
como “The Wall Street Journal”. Y me preocupo mucho
por ser preciso. A mí me gusta mucho Arthur Schlesinger en
cierto sentido mórbido. Arthur siempre dice que sí
al poder, y los historiadores no deben hacer eso si quieren contar
la historia real, ya que el poder tiene sus propios intereses. Él
se enamoró de la familia Kennedy y se puso en situaciones
incómodas. También estaba enamorado de la familia
Roosevelt. Yo soy un gran admirador tanto de Franklin como de Eleanor
Roosevelt, pero él se extralimita. Hay que adoptar una posición
más equilibrada sobre lo que hizo la gente (algo que a nadie
parece seguirle importando) y por qué lo hizo. Sobre la teoría
de la conspiración. Somos un país de accidentes. Seguimos
asesinando hombres públicos y nunca descubrimos quién
lo hizo. Tampoco parece que eso importe mucho. Después la
gente me dice: “Ah, usted es un teórico de la conspiración”,
y empieza a reír de forma histérica. Hay otra cosa
extraordinaria que señalé hace poco por televisión.
Fíjese: Bush padre
estuvo en el grupo petrolero Carlyle; Bush
hijo, en Harkins Oil; el vicepresidente Cheney,
en Halliburton Oil; Gale Norton,
la secretaria de Interior, también está vinculada
al petróleo; Condoleezza Rice
tiene relación con Exxon y Texaco, y el jefe del Pentágono,
Donald Rumsfeld, fue un hombre
de la petrolera Occidental. Mientras yo enumeraba, veía
que ya empezaban a minimizarlo. Entonces dije: “No voy a decir
que hay una conspiración. Yo no creo en conspiraciones. Pero,
¿me van a decir que es una coincidencia que estén
al frente de EE.UU. y que estemos a punto de ir a la guerra por
el petróleo de Iraq?
–Hace un tiempo usted dijo que Bush Jr. sabía
de antemano lo que pasaría el 11 de septiembre. ¿Sigue
sosteniendo eso?
–Todo está explicado en mi libro “Dreaming war”
(“Soñando la guerra”). Tiene como subtítulo:
“Blood for oil and the Cheney-Bush junta” (“Sangre
por petróleo y la camarilla Cheney-Bush”). Así
nos gobiernan en la actualidad. Obtuve mucha información
a través de los distintos diarios del mundo, a los que cualquiera
puede tener acceso. Pasaron dos cosas, y las cuento en detalle basándome
en información oficial. Durante una hora y media supieron
que los aviones que habían despegado de Boston habían
sido secuestrados. La Dirección Federal de Aeronáutica
(FAA, sus siglas en inglés) los siguió en el radar
y vio que se dirigían a Washington. En la FAA existe una
ley que exige (mi padre fue director del organismo y creo que fue
él quien impuso esa ley) que, en casos de secuestros de cualquier
tipo, la fuerza aérea debe intervenir en cuestión
de cuatro o cinco minutos. No lo hizo. Eso me llamó la atención.
No llegaría al extremo de calificar la situación de
conspiración. ¿Conspiración de quién?
¿Por qué no intervinieron?
–¿Por qué no intervinieron?
–La situación era muy clara, sobre todo en el caso
del avión que se dirigía al Pentágono. En Washington,
la oficina del general Maher permaneció muda. Pensaron que
se dirigía a la Casa Blanca, pero la dejó atrás
y avanzó muy rápido, a más de 700 kilómetros
por hora, hacia el Pentágono. Pero tampoco entonces hubo
reacción. Es la capital del mundo, pero nadie respondió.
Y luego... bang, bang, bang, los impactos: las Torres Gemelas, el
Pentágono y el avión que cayó en Filadelfia.
–¿Ahí nace su deseo de investigar?
–Pensé que eso bien merecía una investigación.
Como tengo muy mal carácter y soy un norteamericano atípico,
solicité una investigación. El 12 de setiembre, George
W. Bush convocó al Congreso y consiguió que la Comisión
Conjunta del Senado y la Cámara de Representantes no celebrara
audiencias. El argumento fue: “Eso haría que distrajéramos
fuerzas de la lucha contra el terrorismo”. Yo habría
dicho: “Éste será el comienzo de la lucha contra
el terrorismo”. Pero él pensaba lo contrario, de modo
que decidió que dos pequeñas comisiones se ocuparan
del terror. No se hizo nada. Consiguió que legisladores como
(Tom) Daschle, (Trent) Lott, (Dick) Gephardt y otros aceptaran eso.
O sea, nunca se investigó nada, a pesar de que se trataba
del golpe más grande que habían sufrido EE.UU. en
su historia, más grave incluso que Pearl Harbor. Hay muchas
cosas turbias al respecto. Por lo menos Roosevelt se apuró
a crear un grupo que investigara por qué los japoneses nos
habían atacado en Pearl Harbor, y lo mismo hizo el Congreso,
que, como no confiaba en Roosevelt, creó su propia comisión.
Esta vez no se hizo ningún intento de investigar.
–Es una acusación grave...
–Hay algo todavía peor que revelo en este libro. Algo
que realmente me asusta. Lo publicó el periódico “Times
of India” unos días después. El diario informaba
que el director del servicio secreto pakistaní (agencia que
venía trabajando estrechamente con la CIA) se reunió
con Tenet, su homólogo norteamericano, en Washington. Hasta
ahí, se trataba de una de las habituales reuniones entre
ambos servicios secretos. Pero en ese momento (y tomo esto del diario
conservador “The Wall Street Journal”) el pakistaní
dispuso que Islamabad girara a Estados Unidos 100.000 dólares
para Mohammed Atta, uno de los atacantes de las Torres Gemelas.
¿No merece eso una investigación? ¿Es antinorteamericano
proponer una cosa así? Todo eso quedó atrás
y nunca sabremos qué paso a menos que haya algún tipo
de juicio donde podamos hacer preguntas. Pero tenemos un Gobierno
que gobierna con un grado de secretismo tal, que no nos dice nada
de nada. Están pasando cosas muy descabelladas. Como usted
sabe se suspendieron nuestras libertades civiles a partir de la
ley Patriótica. Yo lo único que quiero es saber por
qué pasan esas cosas en mi país, sobre todo cuando
hay ciertos poderes que, cuando uno quiere averiguar, empiezan a
gritar “traición”, “teoría conspirativa”...
para evitar que se investigue. Esto es lo más grave que ha
pasado en EE.UU. en los 77 años que tengo de vida. Pasé
tres años en el Pacífico durante la Segunda Guerra
Mundial y nunca vi nada tan grave. La gente parece estar descerebrada.
Se limita a ir a la deriva y permite que un presidente diga: “Soy
yo el que decide sobre la guerra”.
–¿Cómo elige sus proyectos?
–Ellos me eligen a mí. ¿Usted cree que me divierte
perder el tiempo preocupándome por la ausencia de reacción
de los aviones de la fuerza aérea norteamericana o que me
fascina analizar todas las órdenes que emitió el Pentágono?
–¿Y, finalmente, qué pasó?
–Durante una hora y veinte minutos después de producidos
los secuestros no pasó nada y luego enviaron un par de aviones
cuando ya era todo inútil. Pero la historia de Mohammed Atta
es mucho más interesante, y nadie se dedicó a seguirla.
Es una gran historia. Lo es en India, en Asia y en Europa. pero
en EE.UU. no hay ninguna historia. Un periodista podría ganar
una fortuna si se dispusiera a descubrir qué pasó.
El tipo que dirigía la inteligencia de la CIA en Pakistán
se encuentra en una especie de arresto domiciliario. Hice una tarea
de periodismo de investigación (algo para lo que no soy nada
bueno). Por lo menos conseguí que alguien en Islamabad se
ocupara de descubrir qué había pasado con ese hombre.
Lo destituyeron “a petición nuestra, de los norteamericanos”.
Ésa es la expresión que usan. Y se encuentra detenido
en su domicilio. El diario inglés “The Observer”,
que fue el primero que publicó un artículo mío
sobre Mohammed Atta, señaló: “Bueno, pero eso
es difamatorio. Aquí no podemos hacer algo así. Tenemos
leyes diferentes sobre calumnia”. Lo que contesté fue:
“Si Atta derribó una torre y si el servicio secreto
de Islamabad le mandó dinero a Estados Unidos, estamos ante
un hecho verdaderamente escandaloso. ¿No es eso lo que llamamos
una noticia? ¿Y acaso ustedes no son un diario?”.
–Usted
está tan familiarizado con Europa como con Estados Unidos.
¿Por qué cree que los europeos se muestran más
renuentes a la guerra que el Gobierno estadounidense y sus ciudadanos?
–Los países europeos padecieron la guerra de forma
más directa. Me refiero a la Segunda Guerra Mundial. Nosotros,
hasta la llegada de los muchachos de las petroleras, teníamos
una vida color de rosa. Pero eso se acabó. Ahora sufrimos
reveses a los que los europeos están habituados. Los europeos
saben de qué se trata. Hasta la feliz Inglaterra sufre –o
sufría– los golpes permanentes del IRA. Por eso a Europa
no le hace gracia ir a la guerra. Los norteamericanos que ven y
hablan de esto por televisión no tienen idea de que, por
ejemplo, en las guerras se puede morir.
–Pero los norteamericanos también han luchado
en guerras...
–Nosotros
tenemos un presidente y un vice que se ocuparon muy bien de no ir
a pelear a Vietnam. Durante la campaña le preguntaron a Cheney
cómo se explicaba que no hubiera hecho el más mínimo
intento de servir a su país en Vietnam. Contestó que
tenía otras prioridades. Yo también tenía muchas
otras prioridades, al igual que mucha gente que murió en
la Segunda Guerra Mundial, pero no pudimos respetarlas. Nos faltó
empuje, o fuerza de voluntad. Era mal visto no pelear por el país.
Ahora parece ser lo más indicado. A veces hablo con chicos
que por casualidad se enteran de que yo me enrolé para luchar
en la Segunda Guerra Mundial y me preguntan cómo se me pudo
ocurrir algo así. Es muy difícil explicarles que eso
es lo que hay que hacer cuando el país de uno es atacado.
No se tiene conciencia de eso.
Por eso pienso que el patriotismo está muerto. Nadie cree
más en eso. Piensan que tenemos la fuerza suficiente
para ir, derribar edificios y que nadie saldrá herido. Pero
mucha gente va a morir. En julio hablé contra la
guerra en Oslo. También en Gran Bretaña, Italia, Alemania.
Y los europeos, no importa de qué país sean, están
contra la guerra. Los políticos ingleses están aliados
con Bush por motivos políticos, pero no les gusta la idea
de la guerra. El Partido Laborista está a punto de dividirse
debido a la posición belicista de Blair. Habrá muchos
enfrentamientos por esa razón. Porque ellos no son frívolos;
nosotros, sí. Tenemos una política frívola.
No tenemos a nadie que hable con seriedad, que nos resulte importante,
que represente algo. Los desafortunados Clinton hicieron un intento.
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