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Apertura
petrolera: nombre de estreno para un viejo proyecto antinacional*
Carlos
Mendoza Pottellá** / Soberanía.info
- 13/03/03
*
Fecha de publicación: 1 de abril de 1996
"La apertura petrolera deberá apuntar hacia
una política de privatización de Petróleos
de Venezuela (Pdvsa) y sus empresas filiales, aseguró ayer
el presidente del holding estatal, Luis Giusti. 'Debemos diseñar
una política más agresiva para la apertura de Pdvsa
y las empresas filiales al sector privado' dijo el máximo
representante de la petrolera estatal... al referirse a la significación
del proceso de licitación que se viene realizando para la
adjudicación de las 10 áreas con potenciales reservas
de crudos livianos y medianos."
(Economía Hoy, 25-1-1996, p. 10)
Emprendimos la elaboración de este trabajo en diciembre de
1995. En el mismo, y como podrá constatarse en las páginas
que siguen, hacemos esfuerzos argumentales y sometemos al juicio
del lector cifras y testimonios, para sustentar nuestros asertos
sobre el carácter desnacionalizador del proyecto
aperturista. Pero el futuro nos alcanzó en enero
de 1996 con la licitación de los diez lotes y... como en
las películas de Hitchcock, los acontecimientos se precipitaron:
todo lo que hasta ahora había sido sugerencia, indicio, propuesta
a largo plazo, planteamiento ideológico, aparece ahora de
cuerpo entero ante los ojos de los que todavía pueden y quieren
ver.
La reseña de la intervención de Luis Giusti en el
foro de VenAmCham no puede ser más ilustrativa. En ese evento,
el dirigente petrolero quitó el tenue velo que ocultaba púdicamente
la realidad en cuanto a la orientación de la actual política
petrolera venezolana. Dejó claro, de paso, que ahora
son ellos, los gerentes petroleros, y sus clientes, representados
en el selecto auditorio, quienes tienen el poder para decidir sobre
el destino de lo que antes había sido definido como patrimonio
colectivo de los venezolanos. En consecuencia, el flamígero
heraldo del fin de la historia dictaminó que el sueño
nacionalizador terminó... para gloria eterna del negocio
globalizado.
Pero
siempre quedamos los dogmáticos y empecinados adoradores
del pasado. Que nos perdone pues, el nuevo evangelista -y
su Dios, el gran capital petrolero- por empeñarnos
en transcribir lo que habíamos pergeñado en la oscuridad,
antes de recibir la luz de sus palabras sobre el Apocalipsis privatizador.
Y que nos perdone el lector por contarle el final y quitarle todo
el suspense a la cuestión. Confiados en que podremos contar
con su indulgencia, volvemos a nuestra antigua reláfica,
donde tratábamos de demostrar lo que ya hoy es evidente y
público. Precisar los alcances y la significación
de la llamada apertura petrolera es una tarea que trasciende a la
simple semántica o al poner puntos sobre las íes.
Representa, por el contrario, una empresa de primera magnitud, cual
es la de develar su carácter como el mayor y más lesivo
proyecto desnacionalizador, plataforma para hacer más elitista
y antinacional el ya de por sí injusto aprovechamiento privado
del más valioso bien público.
Se
trata de la revancha definitiva del poder petrolero, que ha visto
llegada la hora de acabar de una vez por todas con los sueños
populistas y socialistoides que todavía obstaculizan la integración
del país en el escenario mundial unipolar, donde
se impone a los pequeños el "libre mercado" de
las transnacionales y las grandes naciones que fundamentan
su poderío económico y político precisamente
en la disposición de mercados externos irrestrictamente
abiertos y el resguardo proteccionista de sus economías domésticas.
"La
apertura petrolera forma parte de una estrategia internacional de
apertura económica, que lideriza el capital transnacional,
especialmente el de los Estados Unidos de Norteamérica, en
la búsqueda de un reacomodo de las grandes potencias económicas
mundiales para optimizar su tasa de ganancia en el mercado internacional.
Esta situación, que se inscribe dentro de una política
de globalización, tiende a reducir el papel de los Estados
del llamado tercer mundo dentro del proceso económico, y
muy especialmente, el rol de los Estados productores de petróleo
puesto que serán éstos quienes apuntalarán
las demandas y necesidades energéticas de los países
industrializados. A nivel nacional esta estrategia capitalista pretende
en Venezuela, dedicarse a la fase más rentable de la industria
petrolera (la explotación) y aun mucho más: la explotación
de los crudos livianos y medianos que requieren de proceso de refinación
menos sofisticados que los crudos pesados." (Padrón,
1995)
Estas
circunstancias se pueden identificar claramente en el proceso que
estudiamos y tienen su expresión en la versión "comunicacional"
corporativa, según la cual:
"Es
necesario entender, que la Nacionalización no es ni puede
ser una condición estática, sino un proceso dinámico.
El acto, el 1 ° de enero de 1976, de traspaso de las operaciones
petroleras a manos venezolanas, fue sin duda un acto nacionalizador
pero pretender trasladar las condiciones de aquel entonces a las
realidades de hoy, sería metemos en una especie de callejón
de autarquía, ubicándonos al margen de las oportunidades
que nos ofrecen las tendencias de globalización."
(Giusti, 1995)
Por
eso su principal embate -con una inconstitucionalidad que parece
más buscada que accidental- es contra la Carta Magna vigente,
esa que define su orientación económica al disponer,
en su Artículo No. 97, que "el Estado podrá
reservarse determinadas industrias, explotaciones o servicios de
interés público por razones de conveniencia nacional
y propenderá a la creación y desarrollo de una industria
básica pesada bajo su control".
La negación de esta Constitución como rasgo definitorio
de la política aperturista, ha sido expuesto por un conspicuo
exponente del poder petrolero, Andrés Sosa Pietri,
quien, en reciente artículo de prensa, esgrime su criterio
de que la soberanía no reside en el Estado o en "el
pueblo", sino en el individuo. A partir de ese postulado
determina el carácter absolutista, socialista, marxista-leninista,
fascista, de nuestras tradiciones jurídicas y las contrapone
a las muy libertarias que permitieron a los Estados Unidos ser una
gran nación. Todo ello le sirve para calificar como
exabrupto carente de cultura democrática a la impugnación
de la apertura petrolera por inconstitucional:
"Impugnar
la apertura petrolera, o algunos de sus aspectos, por violar nuestra
Constitución o la soberanía nacional es un contrasentido...
nuestra historia republicana evidencia el tránsito del soberano-rey
al soberano-civil, ya sea éste el dictador-déspota
antes o el dictador partidos políticos ahora. 'Influenciados
además por las doctrinas marxista-leninista y fascista, igualmente
absolutistas, muchos de nuestros pensadores se apartaron de las
ideas liberales de Bolívar y Sucre, tomando la noción
de que la soberanía descansa en el Estado o el pueblo como
un todo... los Estados Unidos florecieron porque, en verdad, dieron
la soberanía al individuo... No reservaron al Estado ningún
bien material (a excepción de algunos parques naturales),
o actividad industrial, comercial o de servicios. Cada quien produciría
prioritariamente para sí y su familia, y subsidiariamente
para la comunidad. ¡Gran distinción con el absolutismol
Pues en éste el trabajo pertenece primero al soberano-rey,
al soberano-Estado o al soberano-pueblo y sólo después
al trabajador y su familia." (Sosa Pietri; 1996)
Dada
esta fundamentación, para ser libertario y moderno, para
encontrar la senda del progreso y la multiplicación de los
panes, hay que dar la batalla contra esa Constitución estatista
y fascista que hoy nos rige.
Limitando el enfoque a lo estrictamente petrolero, la proclamada
apertura no es más que un nuevo escalón, otra
vuelta de la rosca, en un proceso que se inició
simultánea y paradójicamente con la "nacionalización".
Ese proceso, ya se avizora, continuará con la minimización
y autocastración de la empresa petrolera estatal
y la vuelta a un régimen concesionario en condiciones peores
a las prevalecientes en los tiempos de Juan Vicente Gómez.
"...en
la proposición actual del Ejecutivo Nacional de licitar diez
áreas exploratorias, de una extensión típica
de unos dos mil kilómetros cuadrados' , aunque suman un total
de 17,6 mil km2, no se prevé ni el pago de un bono, ni la
reversión de tierras valorizadas por la actividad exploratoria
de las contratistas (o 'inversionistas' como se denominan). Además
de extenderse el periodo de exploración a nueve años,
en ningún momento se definen lotes de explotación.
A las contratistas se les concede la explotación de los yacimientos,
hecho sin precedente en nuestra legislación."
(Mommer, 1995, 295-296)
En
efecto, desde 1920, con la promulgación de la primera Ley
de Hidrocarburos, se estableció que una concesión
era un lote definido -diez mil hectáreas o 100 km2 según
la nueva unidad de superficie que utiliza Pdvsa- sobre el cual se
realizaría -durante. sólo tres años- una labor
exploratoria, al cabo de la cual se repartirían 10 parcelas
de explotación -500 has. cada una- en la mitad de su superficie,
intercaladas con las 10 parcelas de reserva nacional, tal como en
un tablero de ajedrez las blancas y las negras. El Dr. Mommer realizó
en el trabajo referido el primer y más completo análisis
crítico comparativo del esquema de ganancias compartidas
con los instrumentos concesionarios y de contratos de servicios
establecidos en nuestra legislación. Mommer demuestra
como el sistema adoptado para instrumentar la política de
apertura es un engendro concebido a espaldas de toda nuestra tradición
jurídica y política en materia petrolera. Ya
sean concesiones, contratos de servicio o convenios de asociación,
ninguna figura contractual petrolera conocida otorga tantas
ventajas al socio extranjero y retrocede tanto en las conquistas
históricas en esa materia, satisfaciendo, a priori, las aspiraciones
máximas del capital transnacional.
La consideración fundamental que debe tenerse en cuenta para
el análisis de estas circunstancia es la de que se trata
de un problema político, de un problema de relaciones de
poder, en el cual una peculiar agrupación, integrada
por factores privados nacionales y extranjeros vinculados al negocio
petrolero y cúpulas gerenciales de la empresa pública,
ha logrado imponer como verdades indiscutidas un conjunto de postulados
que mezclan circunstancias objetivas con una carga considerable
de falacia. Dichos postulados forman parte de un programa
definido, que tiene como norte la expansión constante del
negocio petrolero -independientemente de la pertinencia macroeconómica
y rendimiento fiscal de esa expansión- y la creciente
privatización de las actividades primarias y fundamentales
de esa industria. Ese conjunto de verdades establecidas,
que parte de concepciones hoy de moda en cuanto a la incapacidad
del Estado para gerenciar actividades productivas, tiene un expresión
particular, a saber:
La
carga fiscal sobre Pdvsa es excesiva. Pdvsa es la empresa
petrolera que paga más impuestos en el mundo. Mantener esa
carga fiscal equivale a perpetuar el ya fracasado modelo de rentismo
parasitario y continuar alimentando a un Estado paternalista e ineficiente.
El control "político" sobre la industria
obstaculiza el desarrollo eficiente de sus programas. Las
trabas burocráticas que imponen los distintos organismos
contralores, ejecutivos y legislativos, deben ser eliminadas en
beneficio de la autonomía gerencial para ejecutar eficientemente
sus planes y programas. Este es el camino hacia la Venezuela productiva.
El
mejor destino del ingreso petrolero es su reinversión en
el mismo sector. No existe otra actividad económica
en Venezuela que le permita obtener ventajas comparativas y competitivas
similares. Cada dólar adicional invertido en la industria
petrolera genera, directa e indirectamente, efectos multiplicadores
en el Producto Interno Bruto superiores a los de cualquiera otra
aplicación.
Venezuela
debe ir hacia una más estrecha asociación con sus
clientes desarrollados y abandonar asociaciones tercermundistas,
de subdesarrollados y de perdedores, como la OPEP. La OPEP
no ha beneficiado mucho a Venezuela y le impone trabas a un desarrollo
que la llevaría a convertirse en una de las primeras potencias
petroleras del mundo.
Para
desarrollar la inmensa base de recursos petroleros de Venezuela,
hay que desmontar todo el aparato de regulación y
fiscalización que pesa sobre esa actividad industrial,
porque ese desarrollo no es posible hacerlo con los recursos internos
y es necesario atraer al capital petrolero internacional con proposiciones
de una rentabilidad mayor a la ofrecida en otros destinos.
En
verdad, en ese instrumento se ha materializado la voluntad política
de quienes consideran que el petróleo es la única
salvación del país, y que la expansión de ese
negocio, dinamizará al resto de la economía nacional
aun cuando esa expansión se haga a costa de sacrificar
logros y principios anticuados -rentistas, estatistas o
socializantes- tales como los de maximización de la participación
fiscal y control soberano del Estado sobre el recurso y su industria.
Por el contrario, ese sacrificio será expresión de
liberalización y progreso institucional, por cuya virtud
se volcarán sobre el país flujos masivos de inversión
extranjera, los cuales inmediatamente harán positivos los
saldos de nuestra balanza de pagos, detendrán la caída
del bolívar, generarán empleo y serán el detonante
de una reactivación generalizada de nuestra economía.
Los poderosos efectos multiplicadores serían tales, que el
país se convertiría en destino privilegiado para capitales
de inversión en otras ramas y hasta sería posible
que retomaran los más de 100 mil millones de dólares
depositados en el exterior por los beneficiarios criollos de la
anterior bonanza petrolera.
El
escenario óptimo de esta concepción es el de una privatización
completa de las actividades petroleras, para permitir la convergencia
competitiva en todas ellas de los capitales nacionales y extranjeros
que quieran hacerlo. (Sosa Pietri, 1995) La participación
nacional no se centraría en una exagerada presión
fiscal, pues ello reeditaría el modelo rentista, sino en
la multiplicación de actividades productivas que se generarían.
Tal proceso podría iniciarse con un reparto del capital accionario
de Pdvsa entre todos los venezolanos, tal como lo fundamenta otro
-quizás el más aventajado- de los ideólogos
del poder petrolero:
"
Al no resolver las diferencias entre Estado y nación, le
dejará al Estado la propiedad de los yacimientos petroleros
cuando éstos deberían ser propiedad de la nación.
Es decir, de todos nosotros. El Estado es su ente regulador, mas
no su dueño.
'Mientras no entendamos que el Estado es parte de nosotros,
pero no es todos nosotros, y que todos nosotros somos la Nación,
seguiremos leyendo declaraciones como la de la UCV en relación
con la apertura petrolera, en la cual se sugiere que todo lo que
reste propiedad al Estado sobre la industria petrolera es `desnacionalizador',
así esa propiedad o parte de ella pase formalmente a manos
venezolanas." (Quirós, 1995)
Se
propone entonces, en nombre de la "nacionalización",
la desestatización, pues la Nación somos
todos y cada uno de los venezolanos. Así, la empresa
y su patrimonio dejarían de ser estatales. Lo colectivo
se haría privado y las fuerzas del mercado harían
el resto: asignarían, de la manera más eficiente,
las mayores tajadas a los más capaces. Un poco más
tarde en términos históricos, centenares de millones
de ciudadanos de esa "Nación que somos todos",
incluyendo a los descendientes aún no nacidos que se encontrarán
conque alguna vez en el pasado fueron despojados de una herencia
descomunal.
Tales
son la leyes del capitalismo, y con mayor razón, en el estadio
salvaje en el que el mismo se encuentra en Venezuela. Pero, mientras
eso sucede, el país se desarrollaría, desaparecerían
la inflación y los desajustes macroeconómicos. Los
venezolanos habrían sembrado, por fin, su petróleo...
¡Claro! Será inevitable que los que tengan
más saliva traguen más harina. Ese escenario
-el "propio" sueño americano-
tiene rápida aceptación y adquiere rango de esperanza
nacional para salir de la crisis, porque la opinión
pública venezolana ha venido siendo modelada por los medios
de comunicación masiva para aceptar como excelentes todos
los emprendimientos del poder petrolero. Como ya dijéramos,
se trata de una verdad petrolera, un sentido común petrolero,
insuflado en el consciente, el subconsciente y el inconsciente de
los venezolanos, plagado de falacias y verdades a medias.[1] Es,
pues, ineludible la tarea de remontar la cuesta de la desinformación,
del palangre y las imágenes corporativas con las cuales nos
quieren hipnotizar los medios y la gerencia transnacionalizada de
Pdvsa. Para ello, debemos comenzar por las más simples
definiciones y algunos recordatorios de la historia reciente de
nuestra política petrolera.[2]
En
primer lugar sobre el término apertura: ¿qué
es lo que se quiere abrir? ¿qué es lo que
estaba cerrado? La primera aproximación a esa definición
ha sido expuesta por varios analistas, en el sentido de que se trata
de abrir lo que cerró la ley que reserva al estado la industria
y el comercio de los hidrocarburos: la participación
del capital privado en las actividades de exploración, producción,
refinación y mercadeo de los hidrocarburos en el territorio
nacional.
Este
punto de vista fue desarrollado, con mucha pertinencia jurídica,
por el Dr. Alvaro Silva Calderón en su participación
en el ciclo de foros sobre el tema, auspiciado por la Universidad
del Zulia (Silva Calderón, 1995). En el mismo sentido opina
el Dr. Luis Vallenilla, quien hace partir el proceso
de la apertura desde 1989, con la propuesta del Proyecto Cristóbal
Colón, incluyendo luego a las asociaciones estratégicas
de la Faja del Orinoco y al programa de reactivación de campos
"marginales." (Vallenilla, 1995) Así también
lo concibe Quirós Corradi, cuando habla de:
"...la
apertura petrolera, como continuación de un proceso que incluye
la operación por empresas privadas de campos marginales de
producción; asociaciones estratégicas en la Faja del
Orinoco; asociaciones para la manufactura y comercialización
de la orimulsión y proyectos especiales como el de la producción
de gas costa afuera, denominado Cristóbal Colón..."
(Quirós Corradi, 1996)
Antes, un material promocional de Pdvsa revelaba muy diáfanamente
que la apertura ha sido una estrategia largamente madurada, pensando
en la expansión del negocio y el aumento de la participación
del capital transnacional:
"A
comienzos de los ochenta, Petróleos de Venezuela identificó
la conveniencia de adelantar una estrategia de internacionalización...
'Como complemento natural de esa estrategia, a comienzos de esta
década, se inicia el proceso de apertura del negocio petrolero
en nuestro país. En respuesta a lineamientos del Ejecutivo
Nacional, Pdvsa emprende la búsqueda de fórmulas de
participación del sector privado en todos sus segmentos de
negocio. Esta apertura ha originado convenios operativos para la
reactivación de campos de producción, asociaciones
estratégicas para producir crudos de la Faja del Orinoco
y explotar gas costa afuera, y sociedades para el desarrollo de
Orimulsión, a los cuales se suman otros esfuerzos de asociación
con capital privado que se han venido adelantando en las áreas
de petroquímica, carbón y suministro de servicios
industriales." (Pdvsa, 1995)
Y,
finalmente, así lo confirma el presidente de Pdvsa en reciente
entrevista:
"La
apertura es un proceso que comienza en el país hace más
de diez años, y que probablemente continúe con otros
programas, todos ellos encausados dentro de una estrategia, cuyo
objetivo es, fundamentalmente, expandir, fortalecer y diversificar
el negocio petrolero, abriendo espacios para la participación
del capital, la tecnología y el mercado controlado por el
sector privado externo." (Giusti, 1996)
Con estas definiciones se caracteriza, en verdad, parte del proceso
aperturista, su concreción última, pero se deja de
lado al proceso mismo. En este aspecto, compartimos más bien
la opinión de Gastón Parra Luzardo:
"A
lo largo de estas dos décadas, el poder petrolero, ejercido
ahora por Pdvsa, creada por decreto del Ejecutivo Nacional el 30
de agosto de 1975, ha venido desarrollando y puesto en práctica
toda una política dirigida a profundizar, de manera progresiva,
el proceso de privatización de la industria petrolera."
[3] ( Parra Luzardo, 1995)
Porque en verdad, a nuestra manera de ver, y como ya hemos dicho,
se trata de una etapa más dentro de un curso de política
de largo aliento, cuyos primeros determinantes se manifestaron
hace más de treinta y cinco años. Aunque pueda parecer
exagerado, tal es la perspectiva que debemos tomar para analizar
el bosque de la política petrolera venezolana y no perdernos
en el follaje de los megaproyectos.[4]
Retrocedamos,
pues, unos 35 años para tomar ese punto de mira... y encontramos
nuevamente con el recién promulgado texto constitucional
y su Artículo 126, en el cual se elimina la discrecionalidad
del Poder Ejecutivo para el otorgamiento de concesiones de hidrocarburos
y se lo remite a la aprobación del Congreso en sesión
conjunta. Quedaba allí parcialmente reflejado uno de los
cinco vértices del Pentágono de Acción de Juan
Pablo Pérez Alfonso: no más concesiones.
La severidad de esa política, tal cual se percibía
públicamente en ese entonces, iba más allá
de lo dispuesto en el referido artículo constitucional, porque
la expectativa era la de que en los veintidós años
que faltaban para el término concesionario, la Nación
estaría en condiciones de asumir directamente las operaciones
de exploración, producción, refinación y sus
derivaciones.
Ese
fue el verdadero cierre. Allí comenzaron a morir las esperanzas
de las corporaciones petroleras extranjeras en el sentido de que,
llegado 1983, año cuadragésimo y terminal del 80%
de las concesiones de hidrocarburos, éstas serían
renovadas. Para mayores amenazas, en otro de sus vértices,
el pentágono perezalfoncino contemplaba la creación
de una pequeña empresa -la CVP- con lo cual se instauraba,
desde ya, el posible germen de la administración
petrolera estatal que, llegado el momento, monopolizaría
las referidas operaciones. Ante estas circunstancias, la
reacción de las concesionarias fue rápida y fulminante:
por un lado, no más inversiones, no más depreciación,
ni amortización ni agotamiento. Todas esas partidas
pasaron a engrosar el excedente oculto que se repatriaba. Menudearon
también, a partir de entonces, las denuncias sobre desmantelamiento,
venta y reexportación de equipos de la industria.
Y
por otro lado, masiva sobre-explotación,
sacar la mayor cantidad de petróleo en el menor tiempo posible,
violando todas las normas técnicas y acelerando la
irreversible declinación de los yacimientos. De
esta suerte, la producción de las concesionarias en Venezuela
-que no la producción de Venezuela, como añoran Sosa
Pietri (1990) y otros cultores de la Leyenda Dorada petrolera- pasó
de 2 millones 846 mil barriles diarios en 1960 a 3 millones 700
mil en 1970. Esa fue la cumbre irrepetida a partir de la cual se
inició un proceso de declinación de la producción,
hasta el nivel critico de 1 millón 680 mil barriles diarios
para 1985.
Para
el lapso 1965-1970 el saqueo era cada día más evidente
y el país tuvo que apretar un poco más la cerradura.
Tanto en el plano fiscal como en lo referente al deterioro de los
activos físicos de la industria. Así, en el primero
de esos campos, en materia tributaria, se produjo una escalada de
controles y fijaciones de nuevas tasas impositivas que trataban
de contener el desbordamiento de excedentes de las concesionarias.
Rememoremos un poco el proceso. Desde su instalación en el
país, las concesionarias se despachaban y se daban el vuelto
a la hora de pagar impuestos, ya que las bases para la determinación
de, por ejemplo, la renta neta gravable a los fines del impuesto
sobre la renta, no eran otras que sus propias declaraciones
de precios realizados y costos operativos incurridos. De
hecho, en 1959, el reiterado envilecimiento de los precios declarados
fue el detonante que condujo a la constitución de la Opep.
En Venezuela, con su política de "participación
razonable", eje del citado pentágono de acción,
Pérez Alfonzo intentó poner torniquetes que contuvieran
el desangramiento fiscal, promoviendo elevaciones sucesivas del
Impuesto sobre la Renta (ISLR) cuando los beneficios de las concesionarias
superaran el nivel del 15% de sus activos fijos netos. En ese contexto,
la Corporación Venezolana de Petróleo (CVP) fue concebida
más como lugar para verificar los niveles reales de los costos
de operación que como inicio de un camino alternativo al
concesionario.
De
muy poco sirvieron esas propuestas de Pérez Alfonso en manos
de gobiernos no convencidos de la pertinencia de esa política.
La Comisión interministerial prevista en su pentágono
para vigilar las magnitudes del negocio petrolero nunca
fue puesta en funcionamiento real y, para 1968, por ejemplo,
se verifica que los beneficios netos de las concesionarias montaban
al 40% de sus activos fijos netos. (Mejía Alarcón,
Cuadros IV-6 al IV-10, pp 267-273).[5]
Luis
Vallenilla dedica una sección de su ya citado trabajo sobre
la apertura a analizar la desinversión 1960-74, pidiendo
que no olvidemos esa experiencia. Remitimos al lector a ese texto.
(Vallenilla, 1995, pp. 76-94)
La
conciencia de esa inconveniente circunstancia obligó a la
revisión del esquema impositivo basado en los precios de
realización declarados por las concesionarias y, en consecuencia,
en 1 % [6], previa reforma de la Ley de ISLR, se llegó a
un acuerdo con esas compañías sobre un programa de
incrementos escalonados en los precios de referencia para fines
fiscales, programa mediante el cual el Estado comenzó
a tener ingerencia en la determinación de la base imponible.
"En
la reforma de 1966 se incluye por primera vez el llamado sistema
de los precios de referencia. En vista de que desde 1958 venían
reduciéndose constantemente los precios del petróleo
venezolano, se creó un mecanismo llamado de los convenios
o precios de referencia, para discutir y fijar con las empresas
concesionarias un nivel de precios que sirviera para el cálculo
de Los ingresos o ganancias en el pago de impuestos, a fin de evitar
que se siguieran deteriorando el precio y, en consecuencia, los
ingresos del país." (Hernández Grisanti,
1986)
Pero aún este acuerdo, firmado para un lapso de cinco años
(1% 7/1971) se convirtió en camisa de fuerza que colocaba
a los precios de referencia fiscal por debajo de los niveles determinados
por la tendencia alcista que mostraron los precios internacionales
a partir de 1968. Y así, en diciembre de 1970, el Congreso
denuncia el acuerdo y otorga al Ejecutivo, mediante reforma de la
Ley de Impuesto Sobre la Renta, la facultad de fijar unilateralmente
los precios de referencia fiscal, conocidos a partir de entonces
como Valores de Exportación. En esa misma
reforma, la escala gradual de las tasas de ese impuesto para los
distintos niveles de ingreso, que tenía para entonces un
tope del 52% en su tramo superior, es sustituida por una tasa única
del 60% para todos los niveles.
El
"cierre" impositivo llega así
a niveles formalmente impresionantes: para 1974, ya habiéndose
producido, a finales del año anterior, la primera explosión
de los precios determinada por la OPEP, la tasa del impuesto sobre
la renta venezolano alcanzaba el 70,03% y los Valores Fiscales alcanzaban
hasta un 30% por encima de los precios realizados y promediaban
un 27%. A ello se agregaba una regalía -impuesto de explotación-
del 16,66%, liquidada en boca de pozo sobre la base de un precio
calculado a partir de una mezcla de crudos norteamericanos, e impuestos
menores como los superficiales y municipales.
Pues
bien, pese a todos estos instrumentos de recaudación y control,
las compañías se daban maña para burlar
al fisco. Así, por ejemplo, aunque las cuentas oficiales
reportaban para ese año 1974 un reparto de 95% del ingreso
neto para el Estado y 5% para las concesionarias, la Creole Petroleum
Corporation representó, en el mismo lapso, la mitad de las
ganancias internacionales de la Exxon. Milagros de la prestidigitación
contable. (Mendoza Pottellá)[6]
Sin
embargo, la medida que completa el cierre, en cuanto al deterioro
físico de las instalaciones productivas, el último
broche, lo constituyó la Ley de Bienes Afectos a
Reversión, promulgada en 1971. [7] La misma estableció
la obligatoriedad de revertir, en plenas condiciones de funcionamiento,
todos los activos adquiridos por las corporaciones extranjeras para
el ejercicio de su rol concesionario, junto con el establecimiento
de un fondo para garantizar el mantenimiento de esas condiciones
hasta el término de la concesión. Llovieron demandas
de nulidad, amenazas de bloqueo y sanciones comerciales. La
cerradura se había hecho insoportable.
Mientras
eso sucedía en Venezuela, desde hacía un tiempo, y
haciendo referencia a la inestabilidad del Medio Oriente y la creciente
severidad de los instrumentos fiscales de los Estados petroleros,
habían comenzado a aparecer estudios de voceros del gran
capital petrolero internacional sobre la necesidad de barajar el
juego, de repartir de nuevo las cartas para explorar nuevas opciones...
Es así como se conocen las primeras propuestas internacionales
de nuevos tratos petroleros. De 1968 data un trabajo (Brannon, 1960)
en el cual se exponen, entre otras cosas, las conveniencias
de dejar la fase de producción en manos de países
que no tendrían otros con quienes dirigir esa industria que
no fueran los hombres formados por las compañías,
imbuidos y comprometidos con su cultura e intereses corporativos
y fieles garantes, por eso mismo, del mantenimiento de nexos con
sus casas matrices. Además, siempre urgidos de obtener
mayores ingresos forzando la producción, los gobiernos "nativos"
no observarían la disciplina requerida para mantener precios
altos. Otro destacado analista petrolero, Secretario de Energía
de Nixon por más señas, advierte, más tarde,
sobre de los peligros del creciente nacionalismo árabe y
postula la apertura de esa olla a punto de explotar, sin que ello
signifique, en verdad, una. pérdida apreciable de control
real sobre el negocio (Atkins, 1973).[8]
En
el plano de los hechos, primero fue el Acuerdo General de Participación
en el Medio Oriente (1971) mediante el cual las "majors"
petroleras iniciaron un programa de cesión escalonada -previa
indemnización- de sus activos en las actividades "upstream"
a los países ribereños del golfo arábigo-persa
y a los libios. Y luego vino el adelanto de la reversión
para Venezuela. A finales de 1973, en el ambiente caldeado por el
enfrentamiento sobre la Ley de Bienes Afectos a Reversión,
perfilándose claramente la conflictiva posibilidad de acortar
unilateralmente el plazo que comenzaba a vencerse en 1983, aparecen
las refrescantes declaraciones de Kenneth Wetherell, Presidente
de la Compañía Shell de Venezuela y Robert N. Dolph,
su par de la Creole,
"a
la luz de lo que ocurre en el mundo es de suponer que las relaciones
entre las concesionarias y el gobierno puedan cambiar quizás
mucho antes de 1983." (Dolph)
"La empresa está dispuesta y preparada a examinar
cualquier nuevo esquema de relaciones para las actividades petroleras,
a fin de cumplir con las aspiraciones y objetivos de la nación
venezolana." (Wetherell)(Rodríguez Gallad y
Yáñez, 1977, pp. 137-138, 144-145) [9]
En
cada una de las cuales se hace explícita la voluntad de sus
respectivas compañías de seguir cooperando
con Venezuela ...aún después de las trascendentes
decisiones que soberanamente tomen su pueblo y Gobierno en materia
petrolera.
Se
inician entonces las negociaciones trascorrales que, con el nombre
de "avenimiento", dieron luz verde al adelanto de la reversión
y garantizaron a las concesionarias jugosas indemnizaciones sobre
activos largamente depreciados, contratos de asistencia técnica
y comercialización mediante los cuales se les remuneró
con creces su tan reclamado, cuan inmerecido, lucro cesante y permanencia
en todos los emprendimientos de sus antiguas filiales, ahora "operadoras"
nacionalizadas. (Maza Zavala, 1977)
Comenzó a funcionar el conocido esquema umbilical Shell-Maraven,
Exxon-Lagoven, Mobil-Llanoven,
Gulf-Meneven y así sucesivamente, que se
manifestó de manera expresa, además de los referidos
contratos, en los programas de cambio de patrón de refinación
y en los "megaproyectos" de la Faja del Orinoco.
Las corporaciones habían accedido, por estas nuevas vías,
a zonas que antes les estaban vedadas por encontrarse limitadas
a las fronteras de sus parcelas concesionarias.
De
tal suerte que, cosas veredes, Sancho amigo, la apertura se inicia
en Venezuela con la Ley que Reserva al Estado la Industria y el
Comercio de los Hidrocarburos. Y justamente, los contratos de Asistencia
Técnica y Comercialización constituyen el primer eslabón
de esa apertura, que continúa y profundiza la participación
transnacional en el negocio petrolero venezolano. Atrincheradas
en el privilegiado papel de asesores tecnológicos, convidados
permanentes en todas las actividades de sus antiguas filiales y
comercializadores de la producción exportable de crudos y
derivados, las más poderosas de las antiguas concesionarias
se mantienen a la espera de su reinserción como protagonistas
directas en las operaciones petroleras venezolanas. El atajo
lo constituyen los contratos de servicios y empresas mixtas que
permite el Artículo Quinto de la mencionada Ley, y las primeras
excusas se buscan en la complejidad tecnológica implícita
en el desarrollo de los crudos de la Faja, en la posibilidad de
reactivar difíciles campos marginales y la explotación
del gas no asociado costa afuera de Paria.
Antes
de continuar con el análisis de estos y otros escalones de
la apertura, es necesario hacer referencia a un elemento, quizás
el más importante de todos, en el proceso estudiado: el
desmantelamiento del sistema tributario petrolero. Ese
objetivo se encuentra abiertamente expuesto en las primeras y ya
citadas propuestas aperturistas (Brannon y Akins). Veamos algunos
hitos de ese desmoronamiento fiscal. Una de las nuevas obligaciones
que debe asumir el Estado al reservarse la industria y el comercio
de los hidrocarburos es la de proveer los fondos para el mantenimiento
y subsiguiente desarrollo de esas actividades. Y para ello se establece
un aporte legal que deben realizar las operadoras para la constitución
de esos fondos,
"...
a los fines de proveer a la empresa prevista en la base Segunda
de recursos suficientes para desarrollar la industria petrolera
nacional, las empresas operadoras constituidas conforme a las bases
Primera, Tercera y Cuarta, según sea el caso, entregarán
mensualmente a aquélla una cantidad de dinero equivalente
al diez por ciento (10%) de los ingresos netos provenientes del
petróleo exportado por ellas durante el mes inmediatamente
anterior. Las cantidades así entregadas estarán exentas
del pago de impuesto y contribuciones nacionales y serán
deducibles para las operadoras a los fines del impuesto sobre la
renta." (Artículo 6, Base Quinta)
Esta es la primera modificación sustancial del esquema impositivo
vigente durante el régimen concesionario: con este aporte,
Pdvsa tenía garantizados, de arrancada y por voluntario
sacrificio del fisco nacional, los fondos para realizar las necesarias
inversiones que las concesionarias habían dejado de hacer
durante los quince años previos.
Pero
ello no bastó. Promediando 1976 se constató
que, de mantenerse invariables los demás elementos del sistema
impositivo, las nuevas operadoras -con la excepción
de la antigua CVP- registrarían pérdidas contables.
Y de nuevo operó el sacrificio fiscal: la tasa del impuesto
sobre la renta fue reducida de 70,03% (nivel 1975) a 65,13%. Los
Valores de Exportación, con un promedio de 27% sobre los
precios realizados de 1975, fueron reducidos, entre 1977 y 1979
a niveles entre el 11 y el 14%. (Mendoza Pottellá, 1995b,
107).
Ese
sacrificio fiscal no se ha detenido en ninguno de los veinte años
siguientes. Como exponemos en la obra citada, imponiendo
como verdad la falacia de la exacción fiscal que estrangula
a Pdvsa y que le impide desarrollar sus megaproyectos, todos los
instrumentos de percepción impositiva han sido envilecidos
para dar un respiro al comprometido flujo de caja de la industria.
La regalía, por ejemplo, se liquidó entre 1979 y 1985,
a precios inferiores a los de realización, cosa que no había
sucedido nunca en la era concesionaria. La diferencia unitaria fue
de diecisiete dólares por barril en el año pico de
1981 y promedió unos doce dólares en el resto del
período. Las ganancias cambiarias del Banco Central, eliminadas,
y el Impuesto sobre la Renta (ISLR) a las empresas suministradoras
de asistencia técnica y servicios tecnológicos, minimizado,
fueron otros de los campos por donde pasó la podadora fiscal
del poder petrolero.
La
reducción escalonada del Valor Fiscal de Exportación
(VFE), que ha conducido hasta su eliminación definitiva a
partir del presente año, fue aprobada entre gallos
y medianoche por un Congreso de salida -en pleno interinato
de Ramón Velásquez- acosado por las presiones de Fedecamaras
y todos los demás voceros del poder petrolero, en orquestada
campaña sobre la delicada salud de la gallina de los huevos
de oro. Ese proceso fue estudiado por nosotros en los trabajos citados
arriba.
Pero
existe otro elemento de merma impositiva, cual es el denominado
"factor fiscal para el cálculo del valor mercantil
de la producción a los fines de liquidar la Regalía".
De esta suerte, y por convenio entre el Ministerio de Energía
y Minas y las operadoras, para reconocer costos de recolección
y transporte por oleoducto hasta el puerto de embarque, la regalía
no se calcula directamente como el 16 2/3% del precio de realización
en boca de pozo, tal como establece la Ley de Hidrocarburos vigente,
sino que, previamente, a este precio se le aplica un factor fiscal,
el cual, para 1994, se determinó como 0,86079. Con este mecanismo,
el impuesto de explotación o regalía para ese año
fue en realidad de 14,34%.
Los
cálculos hechos para 1996, con las presunciones oficiales
de precio de realización promedio de 14,50 $/bl y al tipo
de cambio vigente de 290 Bs./$, reflejan que la eliminación
de los VFE comportará una merma de 494 mil millones
de bolívares en la percepción fiscal. Y el
"factor fiscal" aplicado a la regalía
reducirá el monto recaudado por este concepto
en 105 mil millones de bolívares. Es decir, que por el sólo
concepto de estas dos graciosas concesiones, Pdvsa deja
de aportar al fisco 600 millardos de bolívares.
Pero ni siquiera éste, es el escalón final de la degradación
impositiva en materia petrolera. Porque precisamente en los más
recientes esquemas del proceso aperturista se consagran reducciones
adicionales de las tasas del ISLR, del 65,7 al 34%.
Tal el caso de las "asociaciones estratégicas"
para la explotación de crudos extrapesados, para la reactivación
de campos "marginales" y el proyecto
Cristóbal Colón en particular, en el cual se adquirió
además el compromiso de que en tal rebaja no habría
vuelta atrás, ya que de suceder algún imprevisto legislativo
en esta materia, Lagoven indemnizaría a sus socios.
En
perspectiva, ya se conocen las solicitudes, hechas por Pdvsa al
Ministerio de Energía y Minas[10] de reducción del
ya mencionado factor fiscal aplicable a la regalía que se
genere en las áreas nuevas, para llevarlo hasta niveles de
0,76 -en el caso de los lotes orientales- en consideración
de lo remoto de las áreas concedidas, y una fórmula
de ajuste del mismo impuesto de explotación en los desarrollos
de baja rentabilidad. En cuanto a la primera de estas solicitudes,
debemos remitir a los lectores a la revisión de los sitios
donde se encuentran los lotes que se entregarán a las compañías
extranjeras, para que verifiquen que los mismos -y en particular
los orientales- se encuentran muy cerca, cuando
no encima, de áreas petroleras tradicionales y de sus medios
de transporte. Sobre esta materia, y a manera de ratificación
de lo dicho, es pertinente trascribir la descripción de los
lotes "La Ceiba" y "Guanare", publicadas al
día siguiente de sus respectivas licitaciones y que revelan
que las nuevas concesionarias no necesitarán -como las de
hace 70 años- contratar baquianos lugareños para llegar
al sitio:
"La
Ceiba, con 1.742 kilómetros cuadrados ... Reveló ser
una de las áreas de mayor interés por poseer una infraestructura
de comunicaciones, dos aeropuertos y el puerto de La Ceiba a 80
kilómetros. Cuenta con instalaciones petroleras adyacentes
de los campos Tomoporo, Barúa y Motatán y tres estaciones
de flujo en un sistema de transporte con capacidad de 115.000 barriles
diarios hasta Bachaquero." (El Nacional, 23-01-1996,
D-5)
"En
materia de vialidad, el área [Guanare] se incorpora a la
red vial nacional a través de autopistas y carreteras principales.
Una vía férrea ...aeropuertos comerciales en Acarigua,
Guanare, Barquisimeto y Valencia... proximidad de servicios telefónicos
en toda (a región ... servicios bancarios, comerciales, hospitales,
hoteles e instituciones educativas de nivel superior y técnico
... cuenta con infraestructura petrolera adyacente. Por el extremo
oriental con el Oleoducto La Victoria (Apure)-El Palito (Carabobo),
con capacidad de transporte de 190.000 barriles diarios. Ochenta
kilómetros al norte pasa el gasducto Nurgas, con capacidad
de transporte de 1.000 millones de pies cúbicos diarios;
y 180 kilómetros al noreste, se halla el terminal de embar-
que y al Refinería El Palito, cuya capacidad de procesamiento
es de 110.000 barriles diarios. En dirección suroeste se
encuentran los campos de Barinas-Apure, con infraestructura para
manejar su producción actual que es de 140.000 barriles diarios
de crudos livianos y medianos." (El Nacional, 24-01-1996)
Por
lo demás, ni aunque se encontraran en el corazón del
Amazonas incurrirían en costos de transporte que justificaran
una reducción de la regalía en un 24%. Lo más
grave de esta propuesta está en el hecho de que de sus resultados
nos enteraremos en unos cuantos años, pues como se
trata de un convenio entre el Ministerio de Energía y Minas
y Pdvsa, los mismos pueden ser mantenidos, por razones de confidencialidad,
lejos del escrutinio público.
Respecto
a la segunda de estas propuestas estimulantes de la inversión
extranjera, consideramos que hablar de desarrollos de baja rentabilidad
es prácticamente tentar al demonio, porque si alguna habilidad
demostraron las concesionarias extranjeras durante siete décadas
en Venezuela, fue esa de hacer aparecer como ínfimas
sus descomunales ganancias. (Ya citamos el botón
de muestra de 1974, cuando el supuesto reparto del ingreso neto
de 955 a favor del Estado escondía colosales ingresos de
las concesionarias.) Esta fórmula, como todo el esquema de
ganancias compartidas, peca precisamente de un aparente desconocimiento
de la historia petrolera venezolana. Pero no podemos asumir esa
hipótesis benévola. Consideramos que se trata de un
descarado entreguismo, pues ya se sabe que se contrató a
una empresa extranjera para que formulara una propuesta que recogiera
los más modernos instrumentos contractuales, vale decir,
los términos más atractivos para el inversionista
extranjero. Y es que es en este punto donde se encuentra
la mayor evidencia de la inconveniencia del referido esquema: desmontado
completamente, como ha sido, el sistema de control y participación
fiscal que se estableció trabajosamente en el país
a partir de 1920, volveremos a la época en que las
concesionarias se despachaban a placer.
Ese
desmontaje, que se inició también tempranamente, con
el planteamiento de permanentes conflictos de competencia entre
Pdvsa y el Ministerio de Energía y Minas (MEM), tuvo su momento
culminante en la gestión de Humberto Calderón
Bertí, quien provocó la salida de ese Ministerio
de más de 300 funcionarios profesionales y técnicos
-liquidando de hecho la capacidad fiscalizadora del MEM-
y transfirió a Pdvsa muchas funciones, con la justificación
a posteriori de que él aspiraba, como en efecto hizo, pasar
de Ministro a Presidente de Pdvsa.
Pero
todavía hoy, el escaso y acosado personal técnico
que queda en ese Ministerio se resiste a aceptar su frustrante destino.
Así lo testimonia uno de sus dirigentes, quien se refiere
a las condiciones de los Convenios de Asociación
presentadas por el Ejecutivo al Congreso en diciembre de 1994 en
los siguientes términos:
"Este
documento fue elaborado por Pdvsa y, avalado por el MEM (sic). Es
inadmisible que siendo el MEM el organismo encargado de la fijación
de políticas, fiscalización, control y conservación
de la industria petrolera, no haya participado activamente en su
formulación: ni sus profesionales, técnicos y directivos
medios tuvieron acceso a esa discusiones. De hecho esta nueva política
post-nacionalización fue formulada por la industria, una
vez más se margina a los funcionarios del MEM en la elaboración
de decisiones fundamentales para el país."
(Rodríguez Muller, 1995) [11]
La evidencia de que la capacidad fiscalizadora del MEM ha
desaparecido -o es eludida, como acabamos de leer- se encuentra
en las propias estadísticas oficiales, según las cuales,
a partir de 1990 se ha producido una explosión de costos
que va mucho más allá de los incrementos naturales
derivados de la declinación de los yacimientos y que ha determinado
que, por ejemplo, en el año que acaba de transcurrir
se alcanzaron las cifras máximas de producción y mínimas
de participación fiscal en los últimos veinte años.
Finalmente
ello ha sido admitido pública y oficialmente, cuando se hace
circular una propuesta del Seniat en el sentido de que la Asamblea
de Pdvsa sea presidida por el Ministro de Hacienda por la incapacidad
del MEM para cumplir con sus responsabilidades en esta
materia:
"El
planteamiento ... persigue fortalecer los controles del fisco sobre
la industria petrolera, aspecto que ha estado en la discusión
pública durante los últimos años, especialmente
después de que el aporte fiscal interanual de Pdvsa comenzara
a caer dramáticamente.
'El propio ejecutivo planteó en ocasiones su incapacidad
para establecer controles estrictos sobre las finanzas de Pdvsa,
que durante años ejecutó sus planes de manera completamente
autónoma.
'En
la actualidad la asamblea de la casa matriz es presidida por el
Ministro de Energía y Minas. Desde ese organismo, precisamente,
surgen observaciones en tomo a la incapacidad técnica del
despacho para supervisar eficientemente las finanzas de la industria."
(El Nacional, 15-01-1996, E-12)
Entonces,
si esta ancestral técnica ha venido siendo aplicada impunemente
al fisco por la gerencia de Pdvsa ¿qué se puede esperar
de sus maestros en la materia?
Colocados
ya en la fase final de la licitación de los diez lotes ¿cuál
empresa va a ofrecer el mayor nivel de participación del
Estado en las ganancias? Con seguridad, todas las concurrentes
lo harán en los lotes de mayor prospectividad. Llegarán
al máximo y ofrecerán las bonificaciones adicionales
previstas, porque es muy fácil ofrecer el 120% de
una base imponible que perfectamente puede ser minimizada hasta
llegar a niveles negativos.
Por
todas las razones anteriores, varios analistas hemos denunciado
que con la negociación de las diez áreas nuevas se
trata de entregar lo mejor de lo que nos queda en crudos livianos
y medianos, en condiciones inaceptables: vender el lomito, no ya
a precios de lagarto, sino de huesos para la sopa. Pues
bien, en la medida que nos acercábamos al 22 de enero, se
comenzaron a producir las confirmaciones de que ello sería
así:
"La
calidad de las áreas nuevas de crudos livianos, medianos
y condensados bajo el esquema de ganancias compartidas hace prever
que será muy competida la licitación para las empresas
participantes, según el Presidente del Grupo Veba AG, Ulrich
Hartmann." (El Nacional, 14-01-1996, E-4)
Y al momento de reescribir estas líneas -25 de enero- ya
han sido licitados seis lotes, en cuatro de los cuales las licitantes
ofrecieron el PEG máximo de 50% y en tres de estos, bonos
extras. En el quinto de esos bloques (Golfo de Paria Este) se presentó
un sólo consorcio licitante, el cual ofreció un PEG
del 29% y en el sexto (El Sombrero) la licitación fue declarada
desierta.
Los
rostros desafiantes y las demostraciones de alegría de los
petroleros nativos, contrastan con el hecho nada enorgullecedor
de que ése es y será el resultado de haber aceptado,
de antemano, las aspiraciones máximas de los potenciales
socios. Y que los aparentemente suculentos bonos son apenas
unas vergonzosas migajas que podrán ser
recuperadas -de acuerdo con las propias estimaciones preliminares
de reservas en cada lote- en uno o dos meses de una producción
sobre la cual las nuevas concesionarias tendrán el control
por casi cuarenta años. Tal nivel de complacencia,
inadmisible en una negociación donde estaba en juego el mayor
patrimonio colectivo de los venezolanos, nos lleva a colegir que
los autores de esta propuesta simplemente se adscribieron, sin ninguna
resistencia, a términos establecidos por intereses extranjeros,
tal cual como hicieron los negociadores oficiales en los catorce
contratos de asistencia técnica suscritos en 1975.
En nuestra opinión -dejando de lado fundadas reservas sobre
la inevitabilidad de esa negociación- en estas ofertas al
capital extranjero los representantes oficiales de Venezuela no
tenían que colocarse contra la pared, como lo hicieron. Las
condiciones mismas de las áreas que se licitan justifican,
por el contrario, la exigencia de una justa compensación
por los trabajos que ya han sido realizados en ellas y que han permitido
su delimitación y el establecimiento de sus posibilidades
productivas. Esto lo revela el propio documento que se sometió
a discusión, al mencionar la cuantía de los recursos
que se espera localizar en cada bloque y lo confirman luego los
materiales que se entregaron a las empresas licitantes, contentivos
de auspiciosos registros sísmicos y columnas estratigráficas.
Tales fueron sólo los indicios y muestras para orientar el
proceso, puesto que a los ganadores de las licitaciones se les hará
entrega de paquetes detallados con los resultados de esos muchos
años de actividad exploratoria.
Para
constataciones de última hora, volvamos a la información
ya citada sobre los lotes La Ceiba y Guanare, al día siguiente
de sus respectivas licitaciones:
"Menegrande
y Maraven grabaron en La Ceiba, con expectativas de reservas por
791 millones de barriles, 1.061 kilómetros de líneas
sísmicas 2D (bidimensional)." (El Nacional,
23-01-1996)
Obsérvese que la información disponible sobre el lote
comienza a producirse hace más de veinte años, pues
se cita a la concesionaria Mene Grande como realizadora de una parte
del programa exploratorio. Lo peor de esta referencia periodística
es lo que no dice. Resulta que el "Comunicado de Prensa"
emitido con los sellos MEM-PDVSA-CVP dice además lo siguiente:
"El
área ha tenido cierta actividad exploratoria en los últimos
50 años. 1000 km de sísmica 2D han sido grabados y
se han perforado 10 pozos. El más reciente, La Ceiba-1X perforado
en 1992, probó hidrocarburos en las arenas del Eoceno de
la Formación Misoa." [12]
Esas cuatro líneas confirman irrefutablemente el aserto intuitivo
y apenas certificado nebulosamente por referencias verbales de funcionarios
de los niveles operativos, de que las licitadas no eran
áreas de "riesgo", tal como se le hizo
tragar al desprevenido Congreso Nacional, para que diera su beneplácito.
Algo semejante ocurrió con la información aparecida
en El Universal sobre el lote de Guanare: "olvidaron"
que el Comunicado de Prensa hablaba, además de "sísmica
2D", de un pozo exploratorio perforado en 1965.
¿Y
qué diremos del área de Guarapiche? En ella se encuentra
ubicado Guanoco, con el lago de asfalto más grande del mundo,
en donde se perforó y probó, en 1913, el primer pozo
petrolero venezolano, el Bababuy N° 1, y en cuyos límites
dos de las empresas del consorcio licitante triunfador, British
Petróleum y Maxus operan los "campos marginales"
de Pedernales y Quiriquire con reservas superiores a 1.000 millones
de barriles de crudos medianos y livianos.
"El
consorcio British Petroleum, Amoco y Maxus ganó ayer el área
Guarapiche (Lagoven) considerada la más promisoria del programa
de licitación petrolera al ofertar un bono especial de 109
millones de dólares. ... el área ganada puede ser,
geológicamente, una proyección de El Furrial, el último
campo gigante detectado en Venezuela y del cual se encuentra bastante
próximo".(Economía Hoy, 25-01-1996,
1)
"A esta área de Guarapiche los expertos de Pdvsa
les estiman 'conservadoramente' no menos de 1.000 millones de barriles."
(El Universal, 25-01-1996, 2-11)
Ahora
bien, si Venezuela no está en guerra, si su industria petrolera
tiene un potencial excedentario que la lleva a violar flagrantemente
las cuotas admitidas dentro de la OPEP, si alrededor y dentro de
ellos existe una infraestructura petrolera y una base de recursos
humanos no despreciable, si se tienen recursos para mantener inversiones
gigantescas en negocios en el exterior con rentabilidad marginal
y negativa, ¿por qué fue aceptado un instrumento
que desmejora los términos en que se negociaba el petróleo
venezolano en 1920? Intentaremos dar respuesta a esa interrogante
en lo que sigue.
La
apertura es apenas el capítulo contemporáneo de una
política que ha tenido siempre el mismo signo: la expropiación
del patrimonio colectivo en beneficio del gran capital transnacional
y de las élites aprovechadoras criollas, cuya punta
de lanza la constituyen hoy, y desde hace veinte años, las
cúpulas gerenciales de mentalidad privatista enquistadas
en los puestos de comando de la empresa estatal. En los últimos
eventos de esa política -prólogos de la privatización
que anuncia formalmente Giusti- hubo todo un proceso previo de preparación
y ensayo general. En cada escaramuza por la internacionalización,
la orimulsión, el Cristóbal Colón, el mejoramiento
de crudos extrapesados y los campos marginales, se quedaron pedazos
de soberanía, de capacidad de control y fiscalización,
jurisdicción de las leyes y tribunales nacionales y, como
se constata en las cifras oficiales, de integridad de la participación
fiscal. Todo ello, en nombre del mantenimiento de la autonomía
operativa y financiera de Pdvsa y sus filiales, pero con los propósitos
reales abiertamente planteados por su Presidente: expansión
del negocio y "estímulo" a la participación
del capital extranjero. De esta manera es que llegamos
"preparados" para negociar con nuestros
antiguos y nuevos socios: con un viejo cuerpo legal, reglamentario
y de control desmantelado, pero con un instrumento completamente
nuevo y aceitado, "traje a la medida de las transnacionales",
según el titular de Reporte Petrolero. (Apertura Petrolera...,
1995)
Un
evento destacado de esta preparación es el denunciado por
Luis Vallenilla en su obra ya citada: de como Lagoven interpuso,
el 26 de noviembre de 1990, un recurso ante la Corte Suprema de
Justicia para solicitar derogaciones de los artículos 2°
y 5° de la Ley que Reserva al Estado la industria del Gas Natural
y 3° de la Ley de Hidrocarburos. Solicitud que se hace supuestamente-
para evitar la prohibición de licuar el gas libre y poder
promover el Proyecto Cristóbal Colón. Los entretelones
de esta diligencia judicial, por sí solos, constituyen uno
de los capítulos más oscuros en la historia de una
Corte que no destaca precisamente por su verticalidad frente a los
poderosos, sobre todo, si éstos son petroleros. En esa oportunidad,
la Corte no sólo dictaminó las derogatorias pedidas,
sino que se extralimitó, otorgando más de lo que se
le pedía y lo que no se le pedía, incurriendo en las
causales de nulidad que los juristas denominan ultrapetita y extrapetita.
Analizando
todas las "ventajas" adquiridas por Lagoven con estas
derogatorias, Luis Vallenilla explica que
"En
efecto, de haberse aplicado el artículo 3°, el Proyecto
Cristóbal Colón habría tenido que someterse
a un plazo más corto y a la jurisdicción de los tribunales
venezolanos y no a un arbitraje, práctica que rompiendo una
tradición de 90 años (desde el decreto de Cipriano
Castro de 1904), viene utilizándose recientemente. Por otra
parte los contratos operativos, que son calificados "de servicio"
en documentación de Pdvsa, posiblemente tendrían que
haber sido aprobados por el Congreso Nacional y haberse sometido
a las disposiciones del artículo 3° aplicables, lo que
hubiera permitido que sus condiciones económicas hubiesen
sido mejor conocidas. Por ejemplo, en lo que respecta a la remuneración
a los contratistas, que se calcula en fórmulas complicadas
que aparecen en los apéndices de los contratos y no son conocidas
por nadie, o casi nadie, fuera del alto nivel de Pdvsa; y ni siquiera,
posiblemente, por los directores externos de la Corporación.
'Finalmente, lo más importante de todo: de estar vigentes
las normas del artículo 3° de la Ley de Hidrocarburos
aplicables, no hubiera sido posible presentar a la consideración
del Congreso Nacional los Convenios para crudos livianos y medianos
en la forma como han sido concebidos." (Vallenilla,
1995, 42-43)
Es
así, pues, como Pdvsa ha devenido en la antítesis
de lo que debería ser y lo que el común de la gente
piensa que es: la empresa del Estado para la administración
eficiente de los recursos públicos de hidrocarburos se transforma
en facilitadora de oportunidades de negocios privados.
Tal
como queda demostrado al inicio de este trabajo, la realidad fundamental
que pretenden eludir nuestros gerentes petroleros es la de la propiedad
del Estado sobre los recursos de hidrocarburos y los derechos que
como propietario le corresponden. Pese a la anómala
condición de compañía anónima que se
le confirió a Pdvsa, [13] sus ejecutivos no son otra cosa
-aunque les pese- que funcionarios públicos
y, en tanto que tales, ejecutores de la política estatal,
de la política de los propietarios, en la gestión
de esa industria. Pdvsa no es una empresa que deba buscar cobijo
en Fedecamaras o en VenAmCham, es una empresa estatal. Parecería
una verdad de perogrullo, pero éste es uno de los problemas
más delicados que se le plantean al país en materia
de política petrolera. Las prioridades de los gerentes de
Pdvsa se orientan según los intereses de sus clientes, socios
internacionales, proveedores y contratistas; con los cuales no tiene
secretos y con cuyo concurso planifica estrategias para enfrentar
las políticas y orientaciones estatales. Por eso
mismo, recela de los poderes públicos, esconde información
a sus legítimos contralores y reniega de su condición
estatal. En su visión corporativa lo importante
es la expansión del negocio, aún al precio de minimizar
los dividendos a repartir entre los propietarios. Como queda más
que demostrado, el más importante foco generador
de tendencias privatistas de la industria petrolera nacional se
encuentra en sus cúpulas gerenciales. En efecto, durante
todos los años de existencia de Pdvsa, los esfuerzos de su
gerencia transnacional han estado enfrentados al más acendrado
interés nacional: bajar la participación fiscal, boicotear
a la OPEP, hacer descuentos a los "clientes tradicionales"
y a "nuestras filiales en el exterior", fomentar negocios
inviables para la Nación pero lucrativos para el capital
privado.
La
política de expansión a todo trance de la producción
es característica. No importa si en esa expansión
se violan normas técnicas, con lo cual se acelera
el agotamiento de los yacimientos, no importa si esa expansión
va a sobrealimentar a un mercado estructuralmente saturado y a convertirse
en factor de debilitamiento de los precios, no importa
violar los topes asumidos en el seno de la Opep -en realidad, es
lo que menos importa. [14] No importa si crecen los costos y las
posiciones competitivas del país a mediano plazo se comprometen.
No importa si, para garantizar esa expansión se ofrecen condiciones
exageradamente generosas al capital petrolero internacional,
en desmedro de la participación nacional. Lo único
que importa es que florezcan los negocios que alimentan el poder
y las fortunas de los particulares y las corporaciones que los proponen
y ejecutan.
Aclaremos,
de paso, que no nos estamos refiriendo a las pequeñas raterías
-aquéllas que hoy pueden llegar hasta las decenas y centenas
de millones de bolívares- que se denuncian en los niveles
operativos intermedios, de contratación y supervisión
de proyectos, servicios, asesorías, construcciones civiles,
donde, ha comenzado a institucionalizarse el ¿Cuánto
hay pa'eso?", Quirós dixit (Quirós Corradi, 1995).
A diferencia de nuestro citado, nos referimos a fiascos
nacionales donde si está involucrada la alta gerencia de
Pdvsa. En El Poder Petrolero... (Mendoza Pottellá,
19956) analizamos varios de esos negocios ruinosos para el país,
-megaproyectos de la Faja, Orimulsión, internacionalización-
que se han convertido en fuente del déficit fiscal y de los
problemas de flujo de caja de la industria. Aquí volveremos
brevemente sobre uno de ellos por su carácter paradigmático:
la internacionalización.
Hoy
ya no se trata simplemente y tal como denunciáramos en el
V Congreso Venezolano del Petróleo, (Mendoza Pottellá,
1994; ver también Mendoza Pottellá, 1995a) de pírricas
ganancias de decenas de millones de dólares frente a ventas
y activos de decenas de millardos, sino, peor aún, de que
esas supuestas ganancias constituyen apenas la púdica
cobertura de los colosales descuentos de tres, cuatro y hasta siete
dólares el barril, con los cuales se entrega el petróleo
a "nuestras filiales en el exterior". Esto le
consta ya a muchos funcionarios del MEM y de otros despachos oficiales
que han tenido que ver con las cuentas de esas operaciones, pero
que aún no se sienten con las fuerzas suficientes como para
enfrentarse al poder petrolero. Como ha señalado Iván
Pulido Mora: "...Pdvsa ha modificado la forma de presentación
de sus estadísticas, para que el país no sepa cuánto
es lo que la industria gasta en divisas en el exterior. Utilizan
el concepto de ingresos netos de divisas, como resultado de restarle
al ingreso por exportaciones petroleras, los gastos de Pdvsa en
el exterior. Eso lo hacen porque sencillamente no le rinden cuentas
a nadie." (El Nacional, 17-09-1995, D-1)
No
vamos a repetir los cuadros y gráficos que incluimos en los
trabajos referidos, pero sí debemos insistir que esta es
una situación que clama a la responsabilidad nacional. Que
no es posible admitir la callada por respuesta.[15]
La
ceguera de nuestros políticos sólo nos permite desgarrarnos
en estás páginas con la esperanza de que algún
día esta denuncia pueda ser reivindicada. Pero entonces será
tarde y las pérdidas de la Nación habrán sido
irremediables.
"...la inercia de la internacionalización a
ciegas ha conducido al contrasentido ya indicado: a la sobre expansión
en refinación y mercadeo externo, con cero creación
de empleo en el país y márgenes de utilidad estrechos,
nulos o negativos. Al mismo tiempo se descuidó la debida
atención a la búsqueda de los crudos livianos y medianos
remanentes en el país, los más valiosos en rendimiento
económico, cuya explotación Pdvsa pretende ahora entregar
a las transnacionales, con pérdida apreciable de beneficios
para el país." (Mieres, 1995)
Desde el punto de vista estrictamente político, en todos
estos veinte años, las fuerzas de la apertura transnacional
han tenido como gran acierto la imposición, a la sociedad
venezolana, de su visión corporativa -la "verdad
petrolera" tantas veces mencionada aquí- como
axioma incontrovertible. Y uno de los principales pilares
del imperio de esta visión acrítica y deformada de
la realidad lo constituyó el pacto de los máximos
líderes de AD y Copei para sacar al petróleo del debate
político.
De
tal manera, en nombre de la importancia para el país de la
actividad petrolera, de la necesidad de alejarla de la politiquería
y el clientelismo partidista, se permitió que la
más antinacional de las políticas, la de las transnacionales
y las mafias aprovechadoras, se apoderara de ella. En nombre de
la meritocracia se ha permitido
el enquistamiento de una dinastía gerencial que reproduce
su filosofía y patrones de conducta antinacionales, a través
de un sistema de premios y castigos que privilegia la incondicionalidad
y el acriticismo y crea una verdadera cadena de complicidades y
favoritismos dignos del más rancio régimen feudal.
Como afirmamos en el trabajo ya citado, la verdad petrolera
tiene potencialidades de inundación amazónica y capacidad
de penetración de vaso capilar. Ella está plenamente
instalada en la mente de todos los directivos de medios de comunicación[16]
y en la de la mayoría de los dirigentes políticos
del país, aún en los más radicales y contestatarios.
En
general, ese nuevo paradigma, que pretende encontrar soluciones
teóricas universales, dentro del marco de la globalización
que se nos quiere imponer, desprecia olímpicamente todo lo
que sea un matiz nacional que interfiera con la eficiente aplicación
de sus desempolvados dogmas. Venezuela, como los demás países
exportadores netos de petróleo, es una sociedad esencialmente
anómala. Esa anomalía la aporta la disposición
de una fuente generadora de ingresos sin contrapartida en el empleo
de sus fuerzas productivas, de una renta, cuyos efectos se conocen
en el país desde hace más de setenta años.
Pero eso no necesitan estudiarlo nuestros modernos economistas:
les parece preferible ir, desarmados del conocimiento de su propia
realidad, a las fuentes del conocimiento económico puro.
Mientras tanto, la política económica que
más interesa al país, la relativa a la disposición
y destino de los recursos generados por el petróleo, se los
dejamos a los que siempre han sabido sobre la materia, a esos míticos
"expertos petroleros" que sólo son el mascarón
de proa del club -gang, mafia, cartel o como quiera llamarse a esa
agrupación irregular de aprovechadores privados del patrimonio
público. La industria petrolera, atrincherada tras
su condición de compañía anónima que
maneja asuntos de alta complejidad técnica, ha convertido
en coto cerrado el proceso de toma de decisiones estratégicas
que comprometen al recurso fundamental de la Nación. El
ámbito de discusión de estos temas se ha restringido
a la cúpula gerencial y a sus asesores externos, debido al
premeditado desmantelamiento del órgano legal para la fijación
de las políticas aplicables al sector.
Los
poderes públicos nacionales, y en particular el Congreso
Nacional, consumen mucho de su tiempo discutiendo, por ejemplo,
el déficit fiscal o la asignación del presupuesto
nacional. Pero lo hacen a partir de datos sobre cuya génesis
no tienen ninguna posibilidad de modificación. Es
decir, "planifican" a partir de parámetros que
son fijados de manera independiente por los petroleros.
Es en este ambiente de ignorancia y complicidad como se
ha constituido, en torno al petróleo, el mayor centro de
desviación de los bienes públicos hacia privilegiadas
alforjas. Que no hay Recadi, ni banquero corrupto, ni beneficiario
irregular del financiamiento estatal, que alcance siquiera a un
punto porcentual de las perversas cumbres dé enriquecimiento
privado, nacional y extranjero, generadas por el poder petrolero.
Tal es el trasfondo de esa vieja política que reaparece cada
mañana con un nuevo nombre o moda. Ahora es el turno
de la apertura y dentro de muy pronto -ya está en camino-
será el de la privatización de Pdvsa.
Es
así como hemos llegado a tener, supuestamente,
la segunda empresa petrolera a nivel mundial y, al mismo tiempo,
cinco sextas partes de la población venezolana colocada entre
los estratos de necesidades básicas insatisfechas, pobreza
critica y miseria extrema. Es así, también,
como en 1994, un negocio que movilizó 22 mil millones de
dólares en sus operaciones nacionales e internacionales,
y alcanzó las cifras máximas en producción
de crudo y refinación en veinte años, reportó
la mínima participación fiscal en ese mismo lapso,
de 4,98 mil millones de dólares y retuvo para sí ganancias
netas máximas. (Considérese, en contraposición,
las cifras de 1976, cuando con ingresos de apenas 9 mil millones
se generaba una participación fiscal de 7 mil millones.)
La
responsabilidad de que éstas y todas las ya expuestas tropelías
aperturistas sucedan impunemente (aunque parcialmente puede atribuirse
al pacto "institucional" que tendió un manto cómplice
sobre esas actividades irregulares) alcanza también a la
voluntaria incultura petrolera de casi toda la dirigencia política
y económica del país y a la inercia de sus universidades,
que las ha llevado a dejarse imponer una emasculación de
su capacidad analítica y crítica en esta materia.
"La
sustitución del análisis por la fe proviene en mucho
del abandono por las fuerzas políticas populares, por las
universidades y por los medios de la cuestión petrolera nacional,
luego de la nacionalización, en la creencia ingenua de que
con ella todo estaba resuelto, porque supuestamente "el petróleo
estaba en buenas manos". Con alivio, los nacionalistas cerraron
los libros y se echaron a dormir. Así dejaron al "caballo
de Troya" en Pdvsa actuar a sus anchas. Ahora Ministros, congresantes,
dirigentes, profesores se sienten sorprendidos, perplejos, aún
semidormidos. Su reacción es de desaliento y derrotismo."
(Mieres, 1995)
La crisis nacional exige a los poderes públicos y a las colectividades
políticas que pretenden encarnar la voluntad popular una
asunción plena de sus responsabilidades
en esta materia. Ello pasa por tomar una decisión política
de amplias repercusiones, que afectaría a otros poderes constituidos
y que sería duramente combatida.
El
caso lamentable es que en la actualidad el país no cuenta
con un liderazgo político capaz de emprender semejante tarea.
Debemos empezar a construirlo. Y el primer paso en ese camino es
delinear una política alternativa a la que se ha impuesto
en los últimos veinte años. La política petrolera
venezolana debe formularse claramente a nivel Estatal, es decir,
debe ser establecida con la participación de todos los poderes
públicos. La justificación es doble: la primera se
refiere a que, cualesquiera sean los titulares de la propiedad sobre
los recursos del subsuelo y los activos de esa industria,
el Estado está en la obligación, claramente establecida
en la Constitución y las leyes, de controlar, regular y fiscalizar
a una actividad productiva que se desarrolla en su territorio.
La segunda se refiere a esa condición actual que puede revertirse
en el tiempo, pero mientras exista debe ser ejercida plenamente
y sin complejos: el Estado es el propietario de los recursos
y de la industria erigida para su explotación.
En
el plano técnico-operativo de esa reivindicación,
es necesario desmontar las bases de desinformación
sobre las cuales se fundamenta la "verdad petrolera".
Se hace necesario, por tanto, recabar toda la información
disponible y contrastarla con las presentaciones voluntariamente
sesgadas que se hacen de la misma. Hay que hacer evidentes los detalles
que se ocultan detrás de las prácticas de agregación
de las cifras. Analizar cada negocio, cada sector de actividad de
manera de establecer la eficiencia particular de cada uno de ellos.
La
situación conforma un serio problema político que
sólo puede ser encarado teniendo todos los ases en la mano:
Información certera y precisa como instrumento fundamental
para la sustentación de una voluntad política y búsqueda
de un apropiado nivel de consenso en tomo a las propuestas concretas.
Por lo demás, esa política petrolera, en tanto que
política reivindicadora de los vulnerados derechos de los
propietarios colectivos, debe ser también el producto de
una amplia consulta en todos los estamentos de la sociedad. Para
ello, debe dársele participación cierta a todas las
organizaciones representativas que no lo hacen directamente en los
poderes públicos centrales, como la CTV, Fedecámaras,
gremios profesionales, universidades, corporaciones de desarrollo
regional, estados y municipios, sin olvidar, desde luego,
a ese poder público no deliberante que son las Fuerzas Armadas.
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Notas:
[1]
El tema de la "verdad petrolera" es desarrollado con más
detalles en Mendoza Pottellá, 1995b.
[2] Una historia bastante conocida hace unos años por cualquier
estudiante de Economía, pero que hoy, por la voluntaria omisión
de las Escuelas y Facultades de Economía de las Universidades
Nacionales, se ha incorporado al baúl de las cosas olvidadas
por pasadas de moda. Aunque sea inusitado en un trabajo de esta
naturaleza, nos referimos especialmente a la Escuela de Economía
de la Universidad Central de Venezuela, porque es la de nuestra
adscripción.
[3]. El Dr. D. F. Maza Zavala, comentando el libro de Parra Luzardo
sostiene, pertinentemente, que "el artículo 5 preanunciaba
hace veinte años, la llamada apertura petrolera, ahora de
actualidad." (Maza Zavala, 1996)
[4].
Esa ha sido siempre característica fundamental del comportamiento
político del capital petrolero: planificación sobre
una base global y a muy largo plazo, mucho más allá
de las narices de los políticos de los países donde
le toca moverse.
[5].
El profesor Mejía realiza una estimación tomando como
base, no los precios de realización declarados a los fines
del ISLR, sino los precios de liquidación de la regalía
y los resultados son terroríficos. Como puede observarse
en su cuadro IV-10, el porcentaje de utilidades netas de la industria
petrolera respecto al valor neto de sus activos fijos, tiene como
nivel mínimo el 26, 93 por ciento |