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Tiempos
de Calígula
Heinz
Dieterich Steffan / Soberania.info
- 17/03/03
Un
sistema político que permite que un caballo sea nombrado
cónsul, como sucedió en tiempos del emperador romano
Calígula, o que George W. Bush sea Presidente de la nación
que posee la mayor cantidad de armas destructivas en el mundo, es
de suma preocupación para la humanidad. Desde el punto de
vista de la sobrevivencia de la humanidad es mucho más lógico,
poner a Estados Unidos bajo tutela de las Naciones Unidas (ONU),
que a Irak.
La democratización de Estados Unidos, es decir, el desalojo
del bizarro equipo de Bush --- Donald
Rumsfeld, Dick Cheney, Condoleeza
Rize y Colin Powell
--- del poder, es una tarea de máxima urgencia
para las fuerzas democráticas del mundo. El impeachment
de Bush, su destitución por vía constitucional, y
el de sus cuatro jinetes apocalípticos es tan imperioso para
la salud política de la aldea global, como lo fueron el desalojo
del poder de Adolf Hitler y de Calígula,
en sus tiempos.
En beneficio de Calígula puede decirse que fue un emperador
benévolo hasta que una enfermedad mental lo incapacitó
para su puesto. De Bush no se puede decir nada semejante
al respeto. Desde sus primeros días como gobernador
de Texas ha sido el campeón de la pena de la muerte
(ya van 300 ejecuciones en Texas desde la restitución del
castigo capital, desde 1982), de la destrucción ecológica,
de los intereses de la plutocracia y de la abolición de los
derechos de la mujer y de los pobres.
En la presidencia ha seguido la misma trayectoria, con una creciente
tendencia hacia el totalitarismo político y el solipsismo
religioso fundamentalista. Si Calígula se consideraba
divino, proclamándose dios, erigiendo templos y ordenando
sacrificios en su honor, Bush se considera poco menos que un instrumento
de la providencia divina.
Según el presidente estadounidense, los eventos del universo
no suceden al azar ni por el cambio ciego, sino por "la mano
de un justo y fiel dios". Esa versión sacralizada
de la "mano invisible" (invisible hand) del mercado de
Adam Smith, se amalgama en el oscuro software de Bush con la idea
de la predestinación judía-católica-calvinista
de la "nación escogida", en su forma imperialista
del "destino manifiesto", y con la filosofía bíblica
del patrón de los banqueros, San Mateo, de que "él
que no está conmigo, está contra mí"
(12;30).
Si en el siglo XIX, la población indígena
norteamericana pagó con el precio del etnocidio su mala suerte,
de encontrarse en el camino de la divina providencia; si en el siglo
XX la mala suerte fue de los vietnamitas, hoy es el turno
de Irak. Dios labora intensamente en los asuntos mundiales,
sabe Bush, y ha convocado a una cruzada libertadora en Medio Oriente,
encabezada por Estados Unidos. Y ese "encargo de la
historia ha llegado al país más indicado".
De hecho, el mandato divino de Bush es un déjà-vu
(repetición) de un "encargo de la historia"
que le llegó en 1963 a su antecesor, el presidente John F.
Kennedy, acerca de la remoción forzada del presidente-general
iraqui Abdel Karim Kassem. Kennedy, con la misma piedad cristiana
que caracteriza a Bush, le hizo caso a la voz divina y mediante
la Central de Inteligencia (CIA), apoyada por los gobiernos de Londres
e Israel, realizó un golpe de Estado en Bagdad, el 8 de febrero
de 1963.
El instrumento celestial nacional de los conspiradores fue el Partido
Baath, que estrenaba a un joven talento político de nombre
Saddam Hussein. Utilizando listas de "comunistas"
e "izquierdistas" proporcionadas por la CIA,
el Partido Baath y, se supone, Saddam personalmente, se encargaron
de limpiar el país de estos elementos indeseables, cometiendo
un baño de sangre en Irak.
Otra bandera que comparte Bush con Calígula, es el verso
de la tragedia romana del Accius, oderint, dum metuant: mientras
nos teman, no importa que nos odien. Esa era la consigna
favorita del emperador, pero, de hecho puede entenderse como la
esencia del imperio romano, cuyo poder y enorme brutalidad era temido
en todo el mundo mediterráneo.
La amenaza de la guerra nuclear preventiva; los viles intentos de
corrupción, de chantajes mercantiles y militares a los países
débiles del Consejo de Seguridad de la ONU; las descaradas
amenazas públicas contra potencias mundiales como Rusia;
el vilipendio de Francia que conquistó con su ejército
y flota la independencia de Estados Unidos, al liberar las 13 colonias
inglesas en Norteamérica en la batalla de Yorktown de 1781;
la amenaza de sustituir la ONU con "otra organización
internacional", si no se pliega a los designios del
nuevo fascismo, todas estas son manifestaciones de un síndrome
clínico de separación de la realidad, digno de figuras
como Calígula y Mussolini.
Tal delirio de los Césares es contagioso para aquello que
la biología de los grandes depredadores llama "fauna
de acompañamiento", lo que equivale, en el
contexto político actual a políticos como José
Maria Aznar, Silvio Berlusconi y Tony Blair.
"Hemos
trabajado mucho para que España sea un país de primera
división en el ámbito internacional, con todas sus
consecuencias", justificó el presidente español
Aznar su apoyo a la guerra de agresión contra Irak, revelando
una alucinante percepción del papel de España en la
política internacional.
Se trata del delirio de la rémora que se confunde con el
tiburón. La firma de España apareció en la
nueva resolución que buscaban Bush y Blair, porque, como
declaró el embajador británico en el Consejo de Seguridad,
Jeremy Greenstock, España "preguntó
si podía unirse y la dejamos".
Es el síndrome de la rémora delirante que anda pegada
al gran tiburón ---viviendo de los desperdicios de la víctima
que deja el depredador mayor--- y que con el tiempo empieza a olvidar
que es parte de la fauna de acompañamiento, más no
el temible depredador mismo. Tal confusión mental
sobre las verdaderas relaciones de poder es particularmente virulenta
en los políticos de los imperios venidos a menos.
De ahí, que probablemente no sea casual que sean Berlusconi,
Aznar, Blair y su colega portugués, los más fieles
acompañantes del gran tiburón del norte.
Con todo, el problema de fondo, por supuesto, no es la persona de
Bush o los delirios de grandeza imperial de Berlusconi, Aznar y
Blair. El problema de fondo es la democracia política
burguesa que permite que lleguen emperadores a la cima del poder,
cuyo desprecio para los ciudadanos y la vida humana es tan grande,
como el del decadente Imperio Romano.
Es por eso, que los Calígulas de habla inglesa, española,
italiana y portuguesa, están dispuestos a desatar la maquinaria
bélica más destructiva de todos los tiempos sobre
una nación de 24 millones de personas, al borde del colapso,
cuya mitad es menor de 18 años, en la cual la cuarta parte
de los niños nace desnutrido, donde la octava parte de los
niños muere antes de llegar a los 5 años y en cuyos
hospitales no se encuentran ni los medicamentos más básicos
para atender a los enfermos.
Mientras este sistema político permita que personajes como
Bush y sus cuatro jinetes de la Apocalipsis tengan el control sobre
las armas más destructivas de la tierra, o que los fascismos
reciclados de España, Italia y Portugal, junto con el cínico
inventor de la "Tercera Vía",
puedan volver a "misiones civilizatorias"
con gas letal en Medio Oriente, como Italia e Inglaterra en los
años veinte y treinta, no tiene razón ya de existir.
Se acerca la hora de su sustitución por el Nuevo
Proyecto Histórico de las mayorías, la Democracia
Participativa poscapitalista.
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