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El
debut del Imperialismo
Claudio
Katz
/ Espacio Alternativo - 16/03/03
La inminente
guerra en Irak marca el debut del imperialismo del siglo XXI, porque
actualiza tres rasgos clásicos de este mecanismo de dominación:
opresión militar, sometimiento político y sustracción
de recursos económicos de un país periférico.
EL
GENOCIDIO BÉLICO
Los jefes del Pentágono no disimulan la masacre que perpetrarán
sus tropas. Han publicitado que durante los primeros días
de ataque lanzarán más proyectiles que durante toda
la expedición anterior del Golfo. Intentarán una "campaña
corta" aterrorizando a la población civil,
que ha sufrido medio millón de muertos como consecuencia
del bloqueo de la última década. La televisión
exhibe impúdicamente como se preparan los misiles de última
generación, las armas electromagnéticas y las bombas
químicas para ensangrentar al pueblo irakí.
Los
pretextos esgrimidos para consumar el genocidio son insostenibles.
Irak no es un peligro, sino un país arruinado.
Carece de las armas nucleares que posee Israel y el arsenal biológico,
que en los 80 el Pentágono le suministró a Hussein
para atacar a Irán y a los kurdos, ha sido desactivado por
los inspectores de la ONU. Las vinculaciones de Sadam con Bin Laden
son irrelevantes en comparación a la complicidad de Al Qaeda
con los jeques pro-norteamericanos de Arabia Saudita.
Irak
enfrenta la insólita situación de aguardar una invasión
inminente presentando pruebas de su desarme. Se le exige demostrar
que no dispone de armas, como si fuera posible probar la carencia
de algo. Mientras el Pentágono ultima los detalles del ataque,
los inspectores de la ONU desguarnecen a la víctima de cualquier
protección militar. Esta presión diplomática
es un complemento y no un contrapeso de la agresión, porque
apunta a viabilizar la rendición del país. Para
cumplir esta función las Naciones Unidas aplican un estándar
doble de resoluciones: las que Israel puede violar y las que Irak
debe cumplir.
Estados
Unidos ha fabricado artificialmente una crisis para rediseñar
el mapa de Oriente. Luego de instalar 13 nuevas bases militares
en Asia Central, el Pentágono busca ocupar Irak para remodelar
los protectorados petroleros de la región y para brindar,
además, cobertura al opresor sionista con chantajes sobre
Siria e Irak. La guerra es una demostración de fuerza frente
al mundo árabe, que dejará muy atrás los asaltos
de Panamá, Somalia o Kosovo. La destrucción
de la capacidad tecnológica y la autonomía económica
de un país como Irak ilustra los rasgos coloniales que presenta
el imperialismo del siglo XXI.
La
guerra constituye un componente indispensable del metabolismo imperialista.
No es tan solo una "cortina de humo"
para distraer a la población de las dificultades económicas,
ni un recurso electoral para ganar votos con discursos patrióticos.
La historia del capitalismo está signada por una compulsión
periódica hacia el exterminio de grandes poblaciones. En
algún punto de la acumulación, la competencia por
el beneficio requiere desenlaces extraeconómicos. Luego de
haber liderado en la última década. la mundialización,
la revolución informática, las transformaciones financieras
y la expansión geográfica del capital, Estados Unidos
necesita exhibir una secuencia de conquistas para reafirmar su hegemonía.
Por
eso el componente irracional de la guerra que tantos críticos
subrayaron no debe ocultar la lógica infernal de la masacre.
Los "halcones
se han lanzado a una locura histórica"[2] porque la
expansión de los mercados exige depredaciones sanguinarias.
La irracionalidad del genocidio se sustenta en la racionalidad de
la acumulación. Y si Bush encabeza el clan de funcionarios
más reaccionarios y arrogantes de las últimas administraciones
es porque este personal resulta apto para inaugurar un nuevo período
del imperialismo.
LA
"GUERRA INFINITA"
A diferencia de lo ocurrido durante la guerra del Golfo, las justificaciones
de la masacre no logran un mínimo de adhesiones. Por eso,
algunos voceros de la embajada norteamericana intentan descabelladamente
demostrar que "Sadam constituye una amenaza para el
mundo"[3], cuándo es evidente que el mayor
peligro para la humanidad habita la Casa Blanca.
Algunos pensadores sostienen que "el constitucionalismo
norteamericano es preferible a la dictadura irakí",
como si la guerra no fuera un operativo contra la democracia en
ambas regiones[4]. En Irak es obvio que el ocupante sustituirá
al tirano en desgracia por un cipayo afín, como lo demuestra
la red de monarcas, narcotraficantes y bandidos pro-norteamericanos
que gobiernan la región.
Pero la guerra también
amenaza los derechos civiles de Estados Unidos, porque un presidente
mesiánico pretende disimular su origen fraudulento creando
un clima de terror paranoico entre la población, con el auxilio
de enemigos instigados o fabulados por el FBI. La escandalosa difusión
pública de las torturas aplicadas a los prisioneros de Guantánamo
es tan solo una muestra del avance del estado policial luego del
11 de septiembre.
La guerra constituye el recurso
clásico de disciplinamiento de la población norteamericana,
que es aturdida por discursos chauvinistas destinados a realzar
las virtudes de la autosuficiencia y la fuerza bruta frente a la
cobardía y la vacilación europeas. Estos mensajes
incluyen la denigración de la inteligencia y el desprecio
por cualquier legislación que contravenga la supremacía
del gendarme.
Pero
como en el mundo predomina un generalizado descreimiento hacia la
"misión civilizadora" de Estados
Unidos, el cinismo se ha convertido en la justificación
más corriente de la guerra. Esta actitud prevalece
por ejemplo entre quiénes denuncian la complicidad de los
gobiernos europeos con el empobrecimiento de Irak para avalar resignadamente
la agresión norteamericana.
La
invasión inaugurará la vigencia de la nueva doctrina
de "guerra preventiva" que legitima el
derecho de Estados Unidos a agredir cualquier país, esgrimiendo
simples presunciones. La política de "guerra
infinita" desconoce tratados internacionales y pone
en marcha operaciones bélicas que no guardan ninguna proporción
entre los medios y los fines. Por eso Bush está actuando
como un criminal de guerra y la definición de terrorista
le calza mucho más que a su ex socio Saddam.
LA
ECONOMÍA DE LA MUERTE
Los hombres del Pentágono no disimulan el objetivo
norteamericano de apropiarse del petróleo irakí. Cómo
la principal potencia solo detenta el 2% de las reservas mundiales
de crudo y consume un cuarto de la producción total, ocupar
un país que posee el 12% de las recursos detectados se ha
vuelto una prioridad. Explotando los yacimientos conocidos, los
conquistadores esperan duplicar inmediatamente los niveles actuales
de extracción petrolera de Irak.
Estados Unidos busca asegurarse
la provisión regular de combustible para adecuar su precio
a los requerimientos del ciclo norteamericano (subir la oferta en
la recesión y bajarla en la expansión), neutralizando
de esta forma la incidencia sobre el precio del barril que actualmente
tienen los grandes productores de la OPEP.
Obviamente
también el complejo industrial militar está directamente
interesado en la guerra. Sus corporaciones ya no dependen
solo de la demanda gubernamental, sino también de la propia
concurrencia del mercado. La compulsión competitiva se ha
intensificado provocando el desgaste más acelerado del armamento
y obligando a utilizarlo con mayor frecuencia. Irak es un blanco
ideal, porque según ciertas estimaciones por cada dólar
invertido en la extracción de petróleo en el Golfo
se requieren 5 dólares adicionales de coberturas
militares. Por eso, la fiebre armamentista se ha reactivado
tan furiosamente en los últimos meses elevando el presupuesto
bélico en 11% por encima del promedio de la guerra fría.
Masacrar
a la población de Irak se perfila como un floreciente negocio
también para las compañías que participarán
en la reconstrucción. El
Pentágono planifica ambas tareas conjuntamente, siguiendo
la norma capitalista de maximizar el beneficio sobre los cadáveres
y las ciudades demolidas. Pero lo que parece un resultado previsible
en Irak es una apuesta incierta dentro de Estados Unidos, porque
nadie sabe cual será el efecto de la masacre sobre la economía
norteamericana. En Wall Street se pronostica que "un
conflicto corto tendrá efectos positivos",
mientras que una batalla prolongada descontrolaría el precio
del crudo. Más peligroso aún es el desequilibrio fiscal,
porque Bush acrecienta el gasto bélico al mismo tiempo que
recorta impuestos. Si el gasto militar tendrá el efecto reanimante
de Corea o el impacto inflacionario de Vietnam es un misterio que
se develará en el próximo período.
Aunque
Bush promueve la guerra para contrarrestar la recesión actual,
su apuesta no es coyuntural. Un clima bélico resulta
indispensable para intentar resucitar el crecimiento de los 90 con
incentivos impositivos a los grupos enriquecidos y estímulos
a la inversión empresaria basados en atropellos sociales.
Una demostración de gran poder de fuego es la forma de inducir
un precio del dólar que preserve el ingreso de capitales
a Estados Unidos y permita al mismo tiempo un relanzamiento de las
exportaciones.
IMPERIO,
SUPERIMPERIALISMO E INTERIMPERIALISMO
La guerra que comanda Estados Unidos es imperialista y no imperial
en el sentido que Negri le asigna a este término, ya que
no enfrenta a fuerzas pertenecientes a un mismo capital transnacional.
Los marines actúan al servicio de Texaco y Exxon
y no en favor de un "capital global" indiscriminado y
desterritorializado. Su acción confirma que las fronteras
y las naciones no se han disuelto y que los grupos
capitalistas continúan rivalizando bajo la protección
de sus estados.
Pero el imperialismo contemporáneo
difiere sustancialmente de su clásico antecesor. El incendio
de Irak no es la antesala de un choque entre potencias por el reparto
del mundo. Aunque la guerra está precipitando una crisis
sin precedentes en la OTAN, ni Francia, ni Alemania están
embarcadas en la formación del tipo de alianzas que en el
pasado culminaron en dos guerras mundiales.
En
comparación a ese generalizado enfrentamiento, el choque
actual es extremadamente limitado. La "vieja Europa"
participó en la expedición anterior del Golfo y coincide
con el proyecto imperialista de someter a Irak, pero Francia
tiene negocios petroleros con Hussein que serían gravemente
dañados por un gobierno de ocupación norteamericano.
Mientras que las corporaciones Mobil y Texaco están esperando
en Kuwait el ingreso de los marines para asaltar el crudo, la compañía
francesa Total Elf mantiene contratos con empresas irquíes
desde hace una década. En una situación semejante
se encuentra la empresa rusa Lukoil y otras europeas afincadas en
Irán.
Estos conflictos interimperialistas
desbordan ampliamente el escenario irakí, ya que un éxito
militar norteamericano debilitaría la presencia de Francia
en Africa y Alemania en Europa Oriental. También presionaría
a las clases capitalistas en formación de Rusia o China a
inclinarse en favor del líder estadounidense en desmedro
de sus socios europeos. Pero incluso un estallido de la Unión
Europea no asemejaría la crisis actual al período
que precedió a la segunda guerra, porque ninguna potencia
está en condiciones de preparar un desafío militar
a los Estados Unidos.
Por
eso es tan efectista como equivocada la analogía de Bush
con Hitler, que muchos críticos del imperialismo contraponen
al ridículo parentesco entre Sadam y el Tercer Reich, que
difunde la prensa norteamericana. Es cierto que los delirios
místicos de Bush recuerdan a Hitler
y que el holocausto que puede desencadenar la maquinaria bélica
norteamericana supera todo lo conocido. Pero la guerra
en curso es imperialista y no interimperialista.
La resistencia del eje franco-alemán
también demuestra que a pesar de su indisputada hegemonía
militar, Estados Unidos no ha logrado alcanzar aún el status
supremo de superimperialismo. Sus vasallos se mantienen localizados
en la periferia y no se han extendido a Europa Occidental, ni a
Japón. Aunque desde la implosión de la URSS ha logrado
inclinar en su favor el balance económico de fuerzas, Estados
Unidos no detenta el poder ilimitado que describen muchos comentaristas.
LA
PROTESTA GLOBAL CONTRA LA GUERRA
La impresionante reacción contra el genocidio constituye
un acontecimiento imprevisto por los invasores, que algunos medios
identifican con el surgimiento de una "opinión
pública mundial" y que está en condiciones
de frustrar la operación imperialista. Las marchas coordinadas
de 10 millones de personas que se realizaron en 2000 ciudades de
98 países inauguraron el 15 de febrero la mayor batalla popular
contemporánea contra una guerra imperialista. Las movilizaciones
revierten la pasividad predominante durante los 90 frente a las
guerras del Golfo y los Balcanes y superan el alcance de la resistencia
a los misiles que conmovió a Europa en 1981-83. A diferencia
de Vietnam, el movimiento debuta antes el conflicto y no como resultado
de su sangriento desarrollo.
La
multitudinaria conquista de las calles -que volvió a repetirse
el 15 de marzo- constituye apenas el primer acto de la movilización
antimilitarista. Ya se produjeron bloqueos a los trenes que transportan
armamento en Italia y a los camiones que transitan por las bases
de Alemania. Los estibadores de varios puertos europeos no embarcan
municiones y bajo el recordado lema de "no pasarán",
en algunas localidades ya aparecieron los piquetes que cierran el
paso de tropas que marchan al frente. Las acciones para detener
buques en alta mar ilustran el coraje de la nueva generación.
En Irak se ha instalado además, un "escudo humano"
multinacional de valerosos voluntarios contra el bombardeo. La próxima
secuencia de acciones contempla la organización de huelgas
y el boicot al consumo de productos norteamericanos. Ya no solo
Blair está jaqueado por la oleada antimilitarista. También
Aznar y Berlusconi pueden quedar pulverizados si continúan
participando tan activamente en la cruzada de Bush.
La
existencia de un foro mundial que promueve y coordina las protestas
constituye otro rasgo distintivo del movimiento actual. La protesta
contra la globalización capitalista tiende a reorientarse
hacia una lucha frontal contra la guerra. Esta evolución
es un positivo síntoma de radicalización y no un "desafortunado
desvió de las energías de lucha" [5].
Pasar del repudio a los banqueros a la movilización contra
la guerra permite desenvolver la incipiente conciencia anticapitalista
que existe en el movimiento de protesta global. Transformar el rechazo
a la mercantilización del mundo en un cuestionamiento al
orden imperialista facilita la comprensión de porqué
"otro mundo posible" solo será
alcanzado con el socialismo. La lucha en curso también permite
clarificar porque los protagonistas de la emancipación no
son amorfas multitudes, sino jóvenes, trabajadores, explotados
y oprimidos.
AMERICA
LATINA EN LA MIRA
La creencia que Latinoamérica será ajena a
la guerra porque "está lejos" y no figura en la
"agenda norteamericana" es una inadmisible ingenuidad.
La región ocupa un lugar comparable al Medio Oriente en la
estrategia de dominación imperialista, porque ambas zonas
nutren de materias primas a la economía estadounidense y
son mercados privilegiados de su producción. El
resultado de la guerra es vital ya que reforzará o debilitará
al gran opresor de América Latina en tres planos.
En
la órbita militar es evidente que Colombia seguirá
a Irak en la lista de países directamente intervenidos por
los marines. El presidente Uribe ya ha solicitado abiertamente
esta invasión, mientras se generaliza el proceso de rearme
de los gobiernos regionales que se han subido al carro norteamericana
" de la lucha contra el terrorismo".
En
el plano político el desenlace de Irak definirá cuál
es la nueva escala de recolonización estadounidense. El insultante
trato que han recibido los diplomáticos de México
y Chile en el Consejo de Seguridad (espionaje telefónico,
presiones para comprar votos) es apenas un anticipo de la nueva
arrogancia imperialista. El Pentágono mantiene en
reserva otro intento de golpe contra Chavez mientras se decide el
curso de la guerra en Oriente, porque Estados Unidos considera que
el petróleo venezolano constituye un recurso propio de su
"patio trasero".
En la esfera económica
el resultado de Irak impondrá definiciones sobre el ALCA
y la deuda. Una mayor presión comercial para acelerar la
apertura importadora de la región sin contrapartida equivalente
en el mercado norteamericano será acompañada por mayores
exigencias del pago de la hipoteca.
Esta agobiante succión
de recursos explica en cierta medida porque la oposición
a la guerra es tan generalizada y contundente en todos los países
latinoamericanos. Hasta los propagandistas más descarados
del Departamento de Estado han reconocido la contundencia de este
rechazo [6].
Esta resistencia frontal
es muy visible en la Argentina en los resultados de las encuestas
(90% de oposición a la guerra), en la masividad de las marchas
y en la radicalidad antiimperialista de las consignas. Este clima
es un efecto de la revuelta del 20 de diciembre y del nefasto resultado
que tuvo la participación argentina en la guerra del Golfo.
Sólo
a los voceros locales de la Casa Blanca [7] se le ocurre pregonar
un nuevo alineamiento con el invasor, repitiendo que esta sumisión
favorecerá el ingreso de inversiones extranjeras. Parecen
olvidar el desprecio que los gobiernos norteamericanos suelen demostrar
por sus lacayos más obsecuentes. Cuándo además
sugieren que el rédito de la guerra radica en el encarecimiento
de las los exportaciones argentinas, omiten que los eventuales beneficios
de los grupos petroleros y cerealeros no se extenderán al
conjunto de la población.
El
gobierno de Duhalde ya no está en condiciones de embarcar
al país en otra "relación carnal"
con Estados Unidos. Pero intenta preservar este alineamiento con
promesas de "auxilio humanitario" que
encubren el propósito de enviar hospitales militares al campo
de batalla. Es igualmente muy improbable que pueda concretar esta
payasada.
DESBORDE
DE CONTRADICCIONES
Al momento de escribir esta nota Bush se apresta a lanzar el ataque
en un marco de creciente aislamiento. No solo está deshecha
la alianza que forjó su padre, sino que también se
ha quebrado el frente que propiciaba la aventura a principio de
año. Además de Francia, Alemana y el Papa, ahora también
resiste la invasión una parte del gobierno británico
y un significativo sector de la clase dominante norteamericana (Brezinski,
Carter, Clinton, New York Times). En el propio gabinete de Bush
las "palomas" (Powell)
que no pertenecen al lobby petrolero y armamentista (Rumsfeld,
Cheney) están disconformes
con la idea de cargar la expedición sobre las espaldas exclusivas
de Estados Unidos.
Pero
Bush ya desplazó su armada hacia el Golfo y está muy
comprometido con la guerra, para retroceder sin sufrir un derrumbe
de autoridad. O se embarca en la invasión o pierde credibilidad
y en ese caso, en lugar de rodar la cabeza de Hussein se desmoronará
la administración del presidente guerrero. Como dijo Kissinger:
"a esta altura ya no podemos detener el tren".
La
necesidad de una victoria militar relampagueante se ha vuelto imperiosa
en estas condiciones, ya que cualquier empantanamiento (y especialmente
la multiplicación de bajas norteamericanas) quebrará
el frágil sostén político de la operación.
Pero este triunfo acelerado requiere el tipo de masacres
que subleva a la población mundial.
Pero
tampoco un éxito militar fulgurante asegura el triunfo de
la operación. Nadie sabe si una ocupación prolongada
de Irak alcanzará para impedir la desintegración
territorial del país y la consiguiente dificultad
para asegurar la apropiación estable del petróleo.
Tampoco se avizora como Estados Unidos podría arbitrar en
el mosaico de tensiones regionales (especialmente en el Kurdistán),
que serán potenciadas por su presencia directa en la zona.
La ingobernabilidad de Afganistán y la competencia
de fracciones islámicas por el control de los yacimientos
y oleoductos de Asia Central son anticipos de estos conflictos.
Además esta desarticulación estatal abona
el terreno para que germinen los Bin Laden.
Pero también fuera
de la región se avizora un horizonte de crisis. El unilateralismo
bélico de Estados Unidos ya provocó una crisis de
la OTAN superior al abandono francés de los 60, a la tensión
creada por los euromisiles en los 80 y a las desavenencias desatadas
por la guerra de los Balcanes en los 90. El choque actual no se
reduce a Irak, sino que involucra a todo el manejo norteamericano
inconsulto de la Alianza, que últimamente estuvo dirigido
a reforzar las amenazas contra Rusia y a socavar la constitución
de un eventual ejército europeo.
Justamente
la principal víctima de la guerra en Irak sería la
Unión Europea, como ya lo prueba la espectacular
cuña que Estados Unidos introdujo entre los artífices
de la comunidad. Qué España proteja sus inversiones
en Latinoamérica sosteniendo a Bush y que Polonia o Hungría
obstruyan su ingreso a la U.E. apoyando la guerra son signos ilustrativos
de la fragilidad del mayor proyecto regional que desafía
la hegemonía norteamericana.
Pero
la guerra no solo puede abortar la Unión Europea, sino también
la continuidad de la propia ONU como organismo dotado de alguna
efectividad. Si Estados Unidos ataca sin el aval del Consejo
de Seguridad destruirá la viabilidad del ámbito que
ha regulado las relaciones internacionales durante el último
medio siglo. Esta amputación abre el temido horizonte
de incertidumbre, que tanto preocupa a los gobiernos opositores
a una guerra exclusivamente norteamericana. ¿Cuál
sería, por ejemplo, el escenario de los conflictos de Corea
del Norte, Palestina o India-Pakistán si colapsan las Naciones
Unidas?
En
los últimos 200 años el desenlace de ciertas guerras
marcó el punto de viraje de grandes etapas, fases y crisis
del capitalismo. El conflicto de Irak se perfila como un acontecimiento
de este tipo, porque podría definir el ambiguo resultado
de las transformaciones económicas registradas durante los
90. Pero las guerras también precipitaron en el pasado
la renovación integra del proyecto socialista y esta perspectiva
también está abierta en la realidad actual.
Buenos
Aires, 16 de marzo de 2003 / Claudio Katz [1]
Notas:
[1]Economista,
Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
[2]Como bien
señala Feinman José Pablo. "Historia y locura".
Página 12, 23-02-03
[3] Escudé
Carlos. "Hacia una consolidación del nuevo orden mundial",
La Nación, 23-02-03
[4]Ver por ejemplo
las opiniones de Abraham Tomas. "El silencio de los inocentes",
Página 12,16-2-03
[5] Hardt Michel.
"No al antiamericanismo". Página 12, 21-2-03
[6] Oppenheimer
Andrés. "Los daños colaterales en América
Latina", La Nación, 4-03-03.
[7] Castro Jorge.
"Incertidumbre económica". La Nación, 23-02-03
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