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Los "negocios saudies" del asesor de Bush
María
Ramírez / Rebelión
- 23/03/03
Richard
Perle es el ideólogo de la política de Defensa de
la Administración Bush -preside el Consejo asesor del presidente
en esta materia- y máximo impulsor de atacar
a Irak desde antes de los atentados del 11-S. Ahora el reputado
periodista norteamericano Seymour M. Hersh desvela en The New Yorker
cómo Perle ha utilizado su cargo para hacer negocios poco
éticos -y nada estéticos- en su propio beneficio.
Richard
Perle, el presidente del Consejo de Política de
Defensa de Estados Unidos, y uno de los grandes defensores del ataque
a Irak dentro de la Administración Bush, está haciendo
negocios con la guerra. Así lo publica, en el semanario The
New Yorker, el periodista Seymour M. Hersh, premio Pulitzer y una
eminencia en el terreno de la política de defensa norteamericana.
A principios
de enero, en Marsella, el número tres de Defensa se reunió
con Adnan Kashoggi,
multimillonario saudí y traficante de armas, y con un industrial
de origen iraquí, Harb Saleh al Zuhair,
en busca de inversores para Trireme. Esta es la
empresa de Perle que se dedica a financiar compañías
especializadas en tecnología, bienes y servicios para la
seguridad nacional.
El
objetivo de la comida -una pausa en las vacaciones de Navidad de
Perle en el sur de Francia- era reunir un grupo de 10 inversores
saudíes que aportaran 10 millones de dólares para
Trireme. Además, ésta era la oportunidad para Zuhair
de tratar alternativas a la guerra contra Irak. Zuhair acababa de
regresar de Bagdad y estaba deseoso de hablar del tema, que, para
Perle, tenía una importancia secundaria respecto a sus negocios.
Sin
embargo, según cuenta el New Yorker, el halcón de
la política exterior estadounidense utilizó su cargo
como gancho para inversores que podían conseguirle contratos
multimillonarios con la familia real saudí.
Captar
inversores
En
una carta enviada a Kashoggi dos meses antes, representantes de
Trireme argumentaban que 'el miedo al terrorismo aumentaría
la demanda de ese tipo de productos -los que ofrecía Trireme-
en Europa y en países como Arabia Saudí y Singapur',
escribe Hersh. En la carta, que pretendía sobre todo captar
inversores, se mencionaban los 45 millones de dólares que
ya tenía la empresa, incluyendo 20 del fabricante de aviones
-y contratista del Pentágono- Boeing.
La
carta subrayaba, según The New Yorker, que la empresa tenía
importantes conexiones con el Gobierno de Estados Unidos: 'Tres
de los miembros de la dirección de Trireme son consejeros
del secretario de Defensa norteamericano en el Consejo de Política
de Defensa, y uno de los jefes de Trireme es Richard Perle, presidente
de este organismo'.
Los
otros dos consejeros a los que se refiere el texto son el ex secretario
de Estado Henry Kissinger y Gerald Hillman,
hombre de confianza de Perle y uno de los miembros más polémicos
del Consejo. En uno de los últimos encuentros del Consejo
que asesora a Bush en su política de Defensa, publica el
semanario, Hillman sacó a relucir el tema de los contratos
de petróleo en Irak, causando la indignación de sus
propios compañeros.
'Hillman
dijo que teníamos que quitar de en medio a los rusos y a
los franceses', asegura uno de los miembros del Consejo.'Eso
eran palabras mayores. Nos convertiríamos en comerciantes.
Y entonces estaríamos vendiendo futuros en la petrolera de
Irak. Me dije, 'no, por Dios, no vayamos por ese camino''.
Los
negocios de Perle con los saudíes no sólo violan el
código de conducta al que está sujeto como miembro
de un organismo dependiente del Gobierno federal. Además
se contradicen con su durísima posición contra cualquier
contacto de Estados Unidos con Arabia Saudí, por su relación
con los ataques del 11 de Septiembre -15 de los 19 secuestradores
de los aviones eran saudíes-. Perle ha sido uno de los críticos
más feroces de este país, atacando incluso la aparición
de saudíes en los medios de comunicación norteamericanos.
En
agosto, The Washington Post publicó que
el Consejo de Defensa había escrito un informe recomendando
a Bush que lanzara un ultimátum contra el Gobierno saudí
para que dejara de apoyar el terrorismo islámico, con amenazas
incluidas contra sus campos de petróleo y sus intereses financieros
en Estados Unidos.
Personajes
influyentes
Sin
embargo, esto no impidió a Perle buscar potenciales inversores
saudíes para su empresa. Según Kashoggi y
Zuhair, estaba claro que el objetivo de Trireme era conseguir la
ayuda de personajes influyentes -como ellos- para ganar contratos
de seguridad nacional con la familia real saudí.
Los
beneficios serían, por supuesto, multimillonarios.
No hay más que pensar que Arabia Saudí se ha gastado
casi 1.000 millones de dólares para proteger la frontera
con Yemen; para completar la operación, harán falta
muchos millones de dólares más. Según el The
New Yorker, la empresa de Perle pidió ayuda a Kashoggi para
beneficiarse de estos contratos.
A Zuhair
le importaba algo más que los miles de dólares que
se estaban jugando. El esperaba, según trató en la
comida con Perle, 'negociar una solución, paso por
paso, para evitar la guerra'.Sostenía que con la
paz le sería más fácil recaudar los millones
de dólares para Trireme. Zuhair tenía incluso la esperanza
de 'traer desarrollo a la región'.
La
posición de Perle es privilegiada. Para Kashoggi, el intermediario,
no era difícil encontrar saudíes multimillonarios
como él con una carta de presentación de primera línea.
Zuhair estaba dispuesto, cuenta Hersh, a encontrar un grupo de 10
empresarios saudíes para que dieran 10 millones de dólares
a Trireme.
Las
intenciones de Perle no le sorprendieron. 'Nosotros en Oriente
Próximo estamos acostumbrados a políticos que utilizan
sus cargos para sus propios negocios', dijo Kashoggi.
Hillman
ofreció una alternativa para evitar la guerra en Irak: el
exilio para Saddam y su familia. Zuhair y Kashoggi debían
organizar un encuentro con el jefe de la inteligencia saudí,
el príncipe Nawaf Abdul Aziz, para que ayudara a Washington
en el exilio obligado del dictador iraquí.
Hillman
niega que Perle estuviera informado de la propuesta de paz enviada
a los saudíes para que negociaran frente a las autoridades
de su país. 'Dada la importancia de Perle en las
decisiones de la política norteamericana y los riesgos de
confiar en un intermediario con la historia de Adnan Kashoggi, es
difícil disipar las dudas sobre la propuesta de paz que Hillman
diseñó para Zuhair', escribe Hersh.
Un
mes después de la comida celebrada en la costa francesa,
Al Hayat, un periódico saudí que se publica en Londres,
presentaba el memorándum escrito por Hillman como 'una
propuesta de Washington para conseguir exiliar a Saddam con un acuerdo
internacional'.
Lo
que no contaba el periódico es que detrás de las maniobras
por la paz o la guerra estaban los intereses empresariales de Perle.
Según
el consejero de Defensa, su comida con los saudíes no tuvo
nada que ver con su empresa. 'No quiero saudíes como inversores,
aunque el fondo está abierto para cualquiera; nuestros socios
europeos dicen que tienen, a través de bancos de inversión,
capitalistas saudíes'.
Actitud
ambigua
La
actitud ambigua de Perle con los saudíes no es nueva. De
hecho, justo después de la Guerra del Golfo de 1991, el consejero
de Bush trató, sin éxito, de vender sistemas de seguridad
al gobierno de Arabia Saudí.
Perle,
que fue asesor para la política exterior de Bush durante
la campaña electoral, aceptó la oferta del secretario
de Defensa Donald Rumsfeld
de participar en el Consejo de Política de Defensa, un organismo
que creó Ronald Reagan en 1985. Sus miembros están
fuera del Gobierno, pero están sujetos a limitaciones e incompatibilidades
por su poder en la Administración. La mayoría de sus
reuniones son incluso secretas.
Aunque
las acciones de Perle no serían ilegales, según el
código de conducta del Consejo, 'en ningún
caso, se debe sacar ventaja del cargo federal en beneficio de los
intereses personales'.
El
insiste en que su negocio personal no supone un conflicto de intereses;
quien lo piense lo hace 'con malicia'. 'Pero Perle,
en un cruce de caminos entre el sector público y el privado,
se ha puesto en una posición difícil', escribe Hersh.
'Está considerado como la fuerza intelectual detrás
de una guerra que no todo el mundo quiere y que está bajo
sospecha -aunque sea injusta- de estar guiada por los intereses
económicos de Estados Unidos. No hay duda de que Perle cree
que quitar a Sadam del poder es lo razonable. Al mismo tiempo, él
ha montado una empresa que puede beneficiarse de la guerra. Con
este comportamiento, está dando municiones no sólo
a los saudíes, sino también a sus opositores'.
La
exclusiva publicada por el semanario tiene especial trascendencia
puesto que el Consejo que preside Perle es el organismo más
influyente en la política bélica estadounidense. Él,
uno de los miembros más derechistas de la Administración,
lo ha utilizado como púlpito para defender el derrocamiento
de Saddam Hussein por todos los medios. Su autoridad en el Gobierno,
con estrecha relación con Wolfowitz, le ha convertido en
uno de los protagonistas de la ofensiva contra Irak de la Administración
Bush.
De
hecho, Perle fue uno de los primeros en pedir una intervención
contra Saddam Hussein, incluso antes de los ataques del 11 de septiembre.
En 1996, trabajó con Benjamin Netanyahu, recién
elegido primer ministro de Israel, para promover
un cambio de régimen en Irak.
El
reportaje publicado por Hersh llega en un momento delicado para
la popularidad de la presidencia de George W. Bush, cuando más
de dos tercios de los americanos están en contra de una acción
militar contra Irak sin el apoyo del Consejo de Seguridad, y cuando,
casi a diario, hay manifestaciones en las calles. Las pancartas
de 'No blood for oil' ('no a la sangre por petróleo')
tienen ahora algo nuevo en lo que apoyarse.
Aunque
no es la primera vez que los negocios con la guerra de la Administración
han salido a la luz -la empresa de servicios petroleros del vicepresidente
Dick Cheney, Halliburton, también
saldría beneficiada-, hasta ahora nunca se había publicado
una conexión tan directa.
Además,
el prestigio de Hersh le hace una fuente más que creíble.
El periodista lleva publicando exclusivas sobre Defensa en The New
Yorker desde los años 70. Entre ellas, cómo Estados
Unidos dejó escapar a miles de militantes pakistaníes
de Al Qaeda en un puente aéreo organizado por el Gobierno
de Pakistán; o cómo el general McCaffrey, dos días
después de que acabara la Guerra del Golfo, siguió
combatiendo en Irak y ordenó bombardear un autobús
lleno de niños iraquíes. El periodista está
a punto de publicar un libro sobre la guerra contra el terrorismo.
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