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Caracas / Venezuela - Lunes 7/04/03
 
 



Los "negocios saudies" del asesor de Bush
María Ramírez / Rebelión - 23/03/03







Richard Perle es el ideólogo de la política de Defensa de la Administración Bush -preside el Consejo asesor del presidente en esta materia- y máximo impulsor de atacar a Irak desde antes de los atentados del 11-S. Ahora el reputado periodista norteamericano Seymour M. Hersh desvela en The New Yorker cómo Perle ha utilizado su cargo para hacer negocios poco éticos -y nada estéticos- en su propio beneficio.

Richard Perle, el presidente del Consejo de Política de Defensa de Estados Unidos, y uno de los grandes defensores del ataque a Irak dentro de la Administración Bush, está haciendo negocios con la guerra. Así lo publica, en el semanario The New Yorker, el periodista Seymour M. Hersh, premio Pulitzer y una eminencia en el terreno de la política de defensa norteamericana.

A principios de enero, en Marsella, el número tres de Defensa se reunió con Adnan Kashoggi, multimillonario saudí y traficante de armas, y con un industrial de origen iraquí, Harb Saleh al Zuhair, en busca de inversores para Trireme. Esta es la empresa de Perle que se dedica a financiar compañías especializadas en tecnología, bienes y servicios para la seguridad nacional.

El objetivo de la comida -una pausa en las vacaciones de Navidad de Perle en el sur de Francia- era reunir un grupo de 10 inversores saudíes que aportaran 10 millones de dólares para Trireme. Además, ésta era la oportunidad para Zuhair de tratar alternativas a la guerra contra Irak. Zuhair acababa de regresar de Bagdad y estaba deseoso de hablar del tema, que, para Perle, tenía una importancia secundaria respecto a sus negocios.

Sin embargo, según cuenta el New Yorker, el halcón de la política exterior estadounidense utilizó su cargo como gancho para inversores que podían conseguirle contratos multimillonarios con la familia real saudí.

Captar inversores

En una carta enviada a Kashoggi dos meses antes, representantes de Trireme argumentaban que 'el miedo al terrorismo aumentaría la demanda de ese tipo de productos -los que ofrecía Trireme- en Europa y en países como Arabia Saudí y Singapur', escribe Hersh. En la carta, que pretendía sobre todo captar inversores, se mencionaban los 45 millones de dólares que ya tenía la empresa, incluyendo 20 del fabricante de aviones -y contratista del Pentágono- Boeing.

La carta subrayaba, según The New Yorker, que la empresa tenía importantes conexiones con el Gobierno de Estados Unidos: 'Tres de los miembros de la dirección de Trireme son consejeros del secretario de Defensa norteamericano en el Consejo de Política de Defensa, y uno de los jefes de Trireme es Richard Perle, presidente de este organismo'.

Los otros dos consejeros a los que se refiere el texto son el ex secretario de Estado Henry Kissinger y Gerald Hillman, hombre de confianza de Perle y uno de los miembros más polémicos del Consejo. En uno de los últimos encuentros del Consejo que asesora a Bush en su política de Defensa, publica el semanario, Hillman sacó a relucir el tema de los contratos de petróleo en Irak, causando la indignación de sus propios compañeros.

'Hillman dijo que teníamos que quitar de en medio a los rusos y a los franceses', asegura uno de los miembros del Consejo.'Eso eran palabras mayores. Nos convertiríamos en comerciantes. Y entonces estaríamos vendiendo futuros en la petrolera de Irak. Me dije, 'no, por Dios, no vayamos por ese camino''.

Los negocios de Perle con los saudíes no sólo violan el código de conducta al que está sujeto como miembro de un organismo dependiente del Gobierno federal. Además se contradicen con su durísima posición contra cualquier contacto de Estados Unidos con Arabia Saudí, por su relación con los ataques del 11 de Septiembre -15 de los 19 secuestradores de los aviones eran saudíes-. Perle ha sido uno de los críticos más feroces de este país, atacando incluso la aparición de saudíes en los medios de comunicación norteamericanos.

En agosto, The Washington Post publicó que el Consejo de Defensa había escrito un informe recomendando a Bush que lanzara un ultimátum contra el Gobierno saudí para que dejara de apoyar el terrorismo islámico, con amenazas incluidas contra sus campos de petróleo y sus intereses financieros en Estados Unidos.

Personajes influyentes

Sin embargo, esto no impidió a Perle buscar potenciales inversores saudíes para su empresa. Según Kashoggi y Zuhair, estaba claro que el objetivo de Trireme era conseguir la ayuda de personajes influyentes -como ellos- para ganar contratos de seguridad nacional con la familia real saudí.

Los beneficios serían, por supuesto, multimillonarios. No hay más que pensar que Arabia Saudí se ha gastado casi 1.000 millones de dólares para proteger la frontera con Yemen; para completar la operación, harán falta muchos millones de dólares más. Según el The New Yorker, la empresa de Perle pidió ayuda a Kashoggi para beneficiarse de estos contratos.

A Zuhair le importaba algo más que los miles de dólares que se estaban jugando. El esperaba, según trató en la comida con Perle, 'negociar una solución, paso por paso, para evitar la guerra'.Sostenía que con la paz le sería más fácil recaudar los millones de dólares para Trireme. Zuhair tenía incluso la esperanza de 'traer desarrollo a la región'.

La posición de Perle es privilegiada. Para Kashoggi, el intermediario, no era difícil encontrar saudíes multimillonarios como él con una carta de presentación de primera línea. Zuhair estaba dispuesto, cuenta Hersh, a encontrar un grupo de 10 empresarios saudíes para que dieran 10 millones de dólares a Trireme.

Las intenciones de Perle no le sorprendieron. 'Nosotros en Oriente Próximo estamos acostumbrados a políticos que utilizan sus cargos para sus propios negocios', dijo Kashoggi.

Hillman ofreció una alternativa para evitar la guerra en Irak: el exilio para Saddam y su familia. Zuhair y Kashoggi debían organizar un encuentro con el jefe de la inteligencia saudí, el príncipe Nawaf Abdul Aziz, para que ayudara a Washington en el exilio obligado del dictador iraquí.

Hillman niega que Perle estuviera informado de la propuesta de paz enviada a los saudíes para que negociaran frente a las autoridades de su país. 'Dada la importancia de Perle en las decisiones de la política norteamericana y los riesgos de confiar en un intermediario con la historia de Adnan Kashoggi, es difícil disipar las dudas sobre la propuesta de paz que Hillman diseñó para Zuhair', escribe Hersh.

Un mes después de la comida celebrada en la costa francesa, Al Hayat, un periódico saudí que se publica en Londres, presentaba el memorándum escrito por Hillman como 'una propuesta de Washington para conseguir exiliar a Saddam con un acuerdo internacional'.

Lo que no contaba el periódico es que detrás de las maniobras por la paz o la guerra estaban los intereses empresariales de Perle.

Según el consejero de Defensa, su comida con los saudíes no tuvo nada que ver con su empresa. 'No quiero saudíes como inversores, aunque el fondo está abierto para cualquiera; nuestros socios europeos dicen que tienen, a través de bancos de inversión, capitalistas saudíes'.

Actitud ambigua

La actitud ambigua de Perle con los saudíes no es nueva. De hecho, justo después de la Guerra del Golfo de 1991, el consejero de Bush trató, sin éxito, de vender sistemas de seguridad al gobierno de Arabia Saudí.

Perle, que fue asesor para la política exterior de Bush durante la campaña electoral, aceptó la oferta del secretario de Defensa Donald Rumsfeld de participar en el Consejo de Política de Defensa, un organismo que creó Ronald Reagan en 1985. Sus miembros están fuera del Gobierno, pero están sujetos a limitaciones e incompatibilidades por su poder en la Administración. La mayoría de sus reuniones son incluso secretas.

Aunque las acciones de Perle no serían ilegales, según el código de conducta del Consejo, 'en ningún caso, se debe sacar ventaja del cargo federal en beneficio de los intereses personales'.

El insiste en que su negocio personal no supone un conflicto de intereses; quien lo piense lo hace 'con malicia'. 'Pero Perle, en un cruce de caminos entre el sector público y el privado, se ha puesto en una posición difícil', escribe Hersh. 'Está considerado como la fuerza intelectual detrás de una guerra que no todo el mundo quiere y que está bajo sospecha -aunque sea injusta- de estar guiada por los intereses económicos de Estados Unidos. No hay duda de que Perle cree que quitar a Sadam del poder es lo razonable. Al mismo tiempo, él ha montado una empresa que puede beneficiarse de la guerra. Con este comportamiento, está dando municiones no sólo a los saudíes, sino también a sus opositores'.

La exclusiva publicada por el semanario tiene especial trascendencia puesto que el Consejo que preside Perle es el organismo más influyente en la política bélica estadounidense. Él, uno de los miembros más derechistas de la Administración, lo ha utilizado como púlpito para defender el derrocamiento de Saddam Hussein por todos los medios. Su autoridad en el Gobierno, con estrecha relación con Wolfowitz, le ha convertido en uno de los protagonistas de la ofensiva contra Irak de la Administración Bush.

De hecho, Perle fue uno de los primeros en pedir una intervención contra Saddam Hussein, incluso antes de los ataques del 11 de septiembre. En 1996, trabajó con Benjamin Netanyahu, recién elegido primer ministro de Israel, para promover un cambio de régimen en Irak.

El reportaje publicado por Hersh llega en un momento delicado para la popularidad de la presidencia de George W. Bush, cuando más de dos tercios de los americanos están en contra de una acción militar contra Irak sin el apoyo del Consejo de Seguridad, y cuando, casi a diario, hay manifestaciones en las calles. Las pancartas de 'No blood for oil' ('no a la sangre por petróleo') tienen ahora algo nuevo en lo que apoyarse.

Aunque no es la primera vez que los negocios con la guerra de la Administración han salido a la luz -la empresa de servicios petroleros del vicepresidente Dick Cheney, Halliburton, también saldría beneficiada-, hasta ahora nunca se había publicado una conexión tan directa.

Además, el prestigio de Hersh le hace una fuente más que creíble. El periodista lleva publicando exclusivas sobre Defensa en The New Yorker desde los años 70. Entre ellas, cómo Estados Unidos dejó escapar a miles de militantes pakistaníes de Al Qaeda en un puente aéreo organizado por el Gobierno de Pakistán; o cómo el general McCaffrey, dos días después de que acabara la Guerra del Golfo, siguió combatiendo en Irak y ordenó bombardear un autobús lleno de niños iraquíes. El periodista está a punto de publicar un libro sobre la guerra contra el terrorismo.


 
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