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Caracas / Venezuela - Lunes 7/04/03
 
 

Archipotencia
Ignacio Ramonet / Attac Madrid (España)* - 27/03/03



La Revista República moderna me invitó a participar el sábado pasado, en el Senado francés, a un gran coloquio en torno a la cuestión «¿Será el siglo XXI norteamericano?». Reunía a personalidades no sólo parisinas, como Regis Debray, Sami Naïr o Hubert Védrine, sino también a economistas de inmenso prestigio, como Immanuel Wallerstein, dirigentes políticos como Fausto Bertinotti o Jean-Pierre Chevènement, y actores de la política internacional venidos de todo el mundo, entre los cuales destacaban el ex ministro de Israel, Shlomo Ben Ami, el ex consejero del presidente Clinton, Robert Malley y el ex ministro de Asuntos Exteriores de España, Fernando Morán. El debate se centró, como es natural, en la guerra inminente contra Irak.

¿Qué legitimidad tiene esta guerra? ¿Cuáles son sus causas verdaderas? ¿Qué objetivos persigue exactamente la administración Bush? ¿Qué posibilidades tienen Francia y Alemania de evitar el conflicto? Todos los participantes, sin excepción, coincidieron en estimar que la guerra les parecía inevitable. Que fuera cual fuera la decisión del Consejo de Seguridad, y aunque hubiese veto de Francia o de Rusia, la guerra tendría lugar.

Todos también confirmaron que no son convincentes los argumentos oficiales para desencadenar el conflicto. Argumentos definidos por el presidente Bush en su intervención ante la Asamblea General de la ONU el 12 de septiembre del 2002 y que, por lo esencial, son cuatro:

1) Bagdad no ha respetado 16 resoluciones del Consejo de Seguridad;

2) posee armas de destrucción masiva;

3) comete violaciones de los derechos humanos;

4) tiene vínculos con organizaciones terroristas.

Se dijo que, después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, el presidente Bush se ha rodeado de una camarilla de ideólogos muy influenciados por ideas a la vez fundamentalistas religiosas y lindantes con la extrema derecha. Después del traumatismo de los atentados, este grupo -al que pertenecen el vicepresidente Richard Cheney, el ministro de la defensa Rumsfeld, la consejera Condoleeza Rice, así como Paul Wolfowitz, Daniel Perle, Karl Rove, etc.- ha adquirido una enorme influencia sobre el presidente. Y es el que diseñó la guerra contra Irak. Con los objetivos siguientes:

1) Aportar una respuesta concreta al ataque del 11 de septiembre. Aunque no se haya podido demostrar que hay el menor vínculo entre Sadam Huseín y Usama Bin Laden. La opinión pública reclama venganza, el 70% de los norteamericanos piensan que Irak participó de alguna manera en los atentados, y se les va a satisfacer atacando a Bagdad.

2) Retomar el control del conjunto del Golfo Pérsico donde se hallan las dos terceras partes de las reservas conocidas de petróleo, elemento fundamental del crecimiento económico de los países desarrollados. El ataque contra Irak podría presagiar otro, más tarde, contra Irán con el mismo objetivo petrolero pero ampliado esta vez hasta el Mar Caspio...

3) Establecer una democracia en Irak con el propósito de extender luego este tipo de regimen político a Oriente Próximo. Argumento poco creíble ya que Estados Unidos es el padrino de las peores dictaduras de la región -Egipto, Arabia Saudita- y nunca han hecho nada para alentar al establecimiento de democracias...

4) Proteger a Israel contra un improbable ataque iraquí y favorecer las condiciones para una mejor inserción del estado judío en la región, dándose por contado que la cuestión palestina hallará más fácilmente solución en un Oriente Medio controlado militarmente por Washington.

También se habló de España en este coloquio. Se explicó la actitud tan servil del presidente Aznar con respecto a Norteamérica por dos ambiciones principales: conseguir, a cambio, el apoyo de Washington para entrar en el G7 y volver a estar por fin entre los Grandes del mundo; y, más insólito, obtener carta blanca de Estados Unidos para jugar el papel principal en Cuba después de la desaparición de Fidel Castro...

* Publicado en: La Voz de Galicia


 
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