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Archipotencia
Ignacio
Ramonet
/ Attac
Madrid
(España)* - 27/03/03
La
Revista República moderna me invitó a participar el
sábado pasado, en el Senado francés, a un gran coloquio
en torno a la cuestión «¿Será
el siglo XXI norteamericano?». Reunía a personalidades
no sólo parisinas, como Regis Debray, Sami Naïr
o Hubert Védrine, sino también a economistas
de inmenso prestigio, como Immanuel Wallerstein,
dirigentes políticos como Fausto Bertinotti o Jean-Pierre
Chevènement, y actores de la política internacional
venidos de todo el mundo, entre los cuales destacaban el ex ministro
de Israel, Shlomo Ben Ami, el ex consejero del
presidente Clinton, Robert Malley y el ex ministro
de Asuntos Exteriores de España, Fernando Morán.
El debate se centró, como es natural, en la guerra inminente
contra Irak.
¿Qué
legitimidad tiene esta guerra? ¿Cuáles son sus causas
verdaderas? ¿Qué objetivos persigue exactamente la
administración Bush? ¿Qué posibilidades tienen
Francia y Alemania de evitar el conflicto? Todos los participantes,
sin excepción, coincidieron en estimar que la guerra les
parecía inevitable. Que fuera cual fuera la decisión
del Consejo de Seguridad, y aunque hubiese veto de Francia o de
Rusia, la guerra tendría lugar.
Todos
también confirmaron que no son convincentes los argumentos
oficiales para desencadenar el conflicto. Argumentos definidos
por el presidente Bush en su intervención ante la Asamblea
General de la ONU el 12 de septiembre del 2002 y que, por lo esencial,
son cuatro:
1)
Bagdad no ha respetado 16 resoluciones del Consejo de Seguridad;
2)
posee armas de destrucción masiva;
3)
comete violaciones de los derechos humanos;
4)
tiene vínculos con organizaciones terroristas.
Se
dijo que, después de los atentados del 11 de septiembre del
2001, el presidente Bush se ha rodeado de una camarilla de ideólogos
muy influenciados por ideas a la vez fundamentalistas religiosas
y lindantes con la extrema derecha. Después
del traumatismo de los atentados, este grupo -al que pertenecen
el vicepresidente Richard Cheney,
el ministro de la defensa Rumsfeld,
la consejera Condoleeza Rice, así
como Paul Wolfowitz, Daniel Perle, Karl Rove, etc.- ha adquirido
una enorme influencia sobre el presidente. Y es el que diseñó
la guerra contra Irak. Con los objetivos siguientes:
1)
Aportar una respuesta concreta al ataque
del 11 de septiembre. Aunque no se haya podido demostrar
que hay el menor vínculo entre Sadam Huseín y Usama
Bin Laden. La opinión pública reclama venganza, el
70% de los norteamericanos piensan que Irak participó de
alguna manera en los atentados, y se les va a satisfacer atacando
a Bagdad.
2)
Retomar el control del conjunto del Golfo Pérsico
donde se hallan las dos terceras partes de las reservas conocidas
de petróleo, elemento fundamental del crecimiento económico
de los países desarrollados. El ataque contra Irak
podría presagiar otro, más tarde, contra Irán
con el mismo objetivo petrolero pero ampliado esta vez hasta el
Mar Caspio...
3)
Establecer una democracia en Irak con el propósito de extender
luego este tipo de regimen político a Oriente Próximo.
Argumento poco creíble ya que Estados Unidos es el padrino
de las peores dictaduras de la región -Egipto, Arabia Saudita-
y nunca han hecho nada para alentar al establecimiento de democracias...
4)
Proteger a Israel contra un improbable ataque iraquí y favorecer
las condiciones para una mejor inserción del estado judío
en la región, dándose por contado que la cuestión
palestina hallará más fácilmente solución
en un Oriente Medio controlado militarmente por Washington.
También
se habló de España en este coloquio. Se explicó
la actitud tan servil del presidente Aznar con
respecto a Norteamérica por dos ambiciones principales: conseguir,
a cambio, el apoyo de Washington para entrar en el G7 y volver a
estar por fin entre los Grandes del mundo; y, más insólito,
obtener carta blanca de Estados Unidos para jugar el papel principal
en Cuba después de la desaparición de Fidel
Castro...
*
Publicado en: La Voz de Galicia
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