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La
guerra de Washington: dominar el mundo para postergar la decadencia
imperial
Raúl
Zibechi /
Argenpress
(Argentina) - 28/03/03
Se
está ante el mayor intento realizado en mucho tiempo para
remodelar el mundo. Pero en esta ocasión, como sucediera
con el dominio de Roma, se trata de un esfuerzo solitario encarnado
por una sola nación para adecuar el tablero mundial a sus
necesidades y apetencias, sin contar siquiera con el mínimo
consenso de las principales naciones del planeta. Esto marca las
enormes diferencias con el remodelamiento anterior, el que se prefiguró
en la Conferencia de Yalta en 1945, cuando las tres principales
potencias del momento, representadas por Winston Churchill, José
Stalin y Franklin Roosevelt, negociaron el reparto del globo.
Y
marca, por tanto, el volumen del desafío que se plantean
los halcones de Washington, que no están dispuestos a hacer
la menor concesión al resto de la humanidad.
Desafío que muestra la debilidad de Estados Unidos, que en
medio siglo perdió la superioridad económica y cultural
que le había permitido pasar de una nación de tercera
fila, durante el siglo XIX, a convertirse en la gran potencia que
emergió de la Segunda Guerra Mundial.
Los
ecos de Yalta
Ciertamente,
Yalta remodeló el mundo. En el pequeño balneario
de Crimea, a orillas del Mar Negro, se oficializó el relevo
de Gran Bretaña como potencia colonial por Estados Unidos,
mientras la Unión Soviética ascendía al rango
de nueva gran potencia. Los tres mandatarios sellaron, parcialmente,
la suerte de los países que habían formado el Eje
y se repartieron toda Europa oriental. La conferencia,
a la que asistieron 700 funcionarios británicos y estadounidenses,
trasladados en 25 aviones, duró del 4 al 11 de febrero de
1945.
Cuatro
meses antes, el 10 de octubre de 1944, Churchill y Stalin se habían
reunido en Moscú. El primer ministro británico, tal
como reconoció en sus memorias, le espetó a Stalin:
'Vamos a arreglar nuestros problemas en los Balcanes; no merece
la pena que regañemos por pequeñeces'. Y escribió
en un trozo de papel el célebre 'reparto de las zonas de
influencia': 'Rumania: los soviéticos 90 por ciento, los
demás 10 por ciento; Grecia: Gran Bretaña 90, por
ciento, URSS, 10 por ciento; Yugoslavia: mitad y mitad; Hungría:
mitad y mitad; Bulgaria: URSS, 75 por ciento, los otros, 25 por
ciento'. Al parecer Stalin se mantuvo en silencio; el meteórico
avance de las tropas soviéticas en las semanas siguientes
haría trizas los porcentajes a los que aspiraba el primer
ministro británico. Aunque no el espíritu
del reparto: esas 'pequeñeces' eran nada
menos que pueblos y naciones enteras. Ya en la Conferencia de Teherán,
en diciembre de 1943, cuando aún las tropas aliadas no habían
desembarcado en Normandía, Roosevelt había diseñado
con precisión el reparto de Alemania ante sus pares británico
y soviético.
La
evolución de la situación mundial -léase el
avance de los ejércitos y de la diplomacia de las cañoneras-
modificó en forma parcial los acuerdos. En la zona del Golfo,
las potencias occidentales buscaron compensar la pérdida
de casi toda Europa oriental y de la mitad de Alemania en manos
de la URSS o de regímenes aliados a ella. Salvo en los casos
de Yugoslavia y Albania -donde se impusieron regímenes comunistas
disidentes de Moscú-, y de Grecia -donde Stalin decidió
sacrificar la poderosa insurgencia comunista para evitar una segura
confrontación con Gran Bretaña y Estados Unidos-,
el verdadero vencedor de la gran guerra fue la Unión Soviética.
En
el viaje de retorno desde Yalta, Roosevelt se detuvo en El Cairo
y se embarcó en el USS Quincy, anclado en el canal de Suez.
Otro barco de guerra estadounidense, el USS Murphy, trasladaba al
rey saudita Ibn Saud hasta la nave que ocupaba Roosevelt. Conversaron
durante cinco horas. Roosevelt le planteó al rey
tres temas íntimamente entrelazados y vitales para el futuro
de su país: encontrar en Palestina un lugar para los judíos,
el petróleo y la configuración de Oriente Medio en
la posguerra.* Son los mismos temas que dominan el escenario medio
siglo después, con la diferencia de que en aquel
momento se trataba de desplazar al colonialismo británico,
que aún era hegemónico en la región. La otra
notable diferencia, que suele pasar inadvertida, es que medio siglo
atrás Estados Unidos producía las
dos terceras partes del petróleo mundial; hoy es el primer
importador, consume el 26 por ciento del petróleo
mundial, produce apenas el 10 por ciento del petróleo que
se genera en el mundo y sus reservas representan apenas el 2,9 por
ciento de las mundiales.**
El
ocaso del mundo de Yalta
No
todo lo explica el petróleo. La hegemonía
económica y cultural de Estados Unidos, así como la
decadencia británica, hay que buscarlas en el seno
de esas sociedades. Estados Unidos sentó las bases
que le permitieron erigirse en la mayor economía del mundo
antes de la Segunda Guerra. Así como la hegemonía
británica tuvo su pilar en la temprana y solitaria revolución
industrial en la isla, la de Estados Unidos se asentó
en su capacidad para construir la más potente industria del
planeta. Su poderío económico tiene, básicamente,
dos nombres: Frederick Taylor y Henry Ford. Fue
la aplicación de la 'organización científica
del trabajo', el estudio y cronometraje de los movimientos
de los obreros (taylorismo) y de la cadena de montaje y ensamblaje
(fordismo), los que le permitieron a ese país multiplicar
la producción de sus fábricas y dar el salto
a la producción en masa mucho antes que sus competidores.
Dicho de otro modo, fue Estados Unidos el primer país
del mundo en derrotar de forma completa al viejo movimiento obrero
y liberar al capital -durante cierto tiempo- de los límites
que le imponían los trabajadores organizados. Con
la producción en masa apareció el consumismo,
a tal punto que en Estados Unidos, mucho antes que en el resto del
mundo occidental, 'lo que en otro tiempo había sido un lujo
se convirtió en un indicador de bienestar habitual'.
Fue
su enorme superioridad económica la que le permitió
a Roosevelt ayudar a sus aliados en Europa, derrotar a Japón
y sentarse a esperar cómo la hegemonía productiva
se convertía rápidamente en hegemonía política:
los países de Europa debieron aceptar que no podían
reconstruirse sin el apoyo de la nueva potencia, y a ella
se subordinaron.
Tampoco
la economía lo explica todo. Estados Unidos se convirtió,
gracias a sus libertades democráticas, al empuje de su propia
intelectualidad y de sus movimientos sociales -no debería
olvidarse que las tres principales conmemoraciones mundiales de
los movimientos sociales nacieron en Estados Unidos-, en un país
atractivo y punto de referencia de las vanguardias artísticas,
culturales y científicas del mundo occidental. Nueva York
desplazó a París, y 'América' desplazó
a la Europa devastada por el nazismo y el estalinismo del lugar
de privilegio que gozaba. Muchos de los que no sucumbieron a las
matanzas (Federico García Lorca, Miguel Hernández)
o no se integraron a la resistencia (Jean Paul Sartre, Henri Matisse)
encontraron en Estados Unidos el lugar apropiado para seguir viviendo
y creando. Buena parte de los desarrollos científicos
que auspiciaron el crecimiento económico, y por supuesto
militar, de la gran potencia se debieron a la masiva emigración
de especialistas, entre ellos físicos notables como Albert
Einstein.
La
Guerra Fría, el macarthismo en el interior y el expansionismo
imperialista en lo internacional, devoraron la hegemonía
estadounidense. La remodelación del mundo auspiciada
por la Conferencia de Yalta, uno de cuyos resultados más
duraderos fue la creación de las Naciones Unidas,
fue minada además por dos amplios movimientos que le cambiaron
la cara al mundo: los movimientos nacionales que auspiciaron la
descolonización del Tercer Mundo y los movimientos
sociales que se expresaron a fines de los sesenta.
Así
como la derrota del nazismo y del fascismo resulta incomprensible
sin tener en cuenta las resistencias populares -desde los maquís
franceses y los partisanos italianos y yugoslavos hasta los pueblos
de la Unión Soviética-, que sellaron el destino del
Tercer Reich incluso antes del tardío desembarco aliado en
Normadía, tampoco puede asimilarse la crisis del mundo de
Yalta sin comprender las múltiples rebeliones. Incluso en
los países industrializados, el desborde obrero del
control taylorista-fordista está en la base de la crisis
de los 'estados del bienestar', pero también de
la parálisis de la gerontocracia soviética, que durante
la Guerra Fría no pudo conseguir la adhesión de sus
ciudadanos al partido-Estado.
La
remodelación más ambiciosa
El
estancamiento y deterioro estadounidenses resultaron ya visibles
en los setenta. La anterior supremacía económica
se trocó en fuerte competencia por parte de Japón
y de la Europa unida; el dominio militar fue contestado en Vietnam,
y cada vez más por potencias emergentes capaces de
desafiar al gigante, que desde la revolución iraní
de 1979 ha debido empeñarse a fondo como policía
global en Asia, Europa y América Latina.
En
efecto, la Unión Europea (UE) además de haberse ampliado
hasta convertirse en el primer producto bruto del mundo y en el
mercado más grande, no debe afrontar costos adicionales derivados
del papel de policía mundial. Además, y por razones
geopolíticas, los europeos están tejiendo
alianzas con países que pueden surtirlos de petróleo
y gas natural así como convertirse en mercados para sus productos.
Es el caso de Rusia y de países de Europa del este, zona
hacia donde la UE se empeña en tender puentes.
Esta
vez quien corre de atrás es el propio Estados Unidos, en
clara desventaja ante la Unión Europea, Japón y China,
aunque por diferentes motivos. Por otro lado, la OPEP se
ha convertido en un escollo para el dominio de la superpotencia,
no sólo porque los países que la integran acumulan
la inmensa mayoría de las reservas probadas de petróleo,
sino porque se han mostrado renuentes a seguir las recomendaciones
de Washington y procuran salvaguardar sus riquezas.
Así
las cosas, la guerra contra Irak, no una guerra en el sentido clásico
sino la destrucción y ocupación del país después
de un paseo militar por una nación indefensa, pretende remodelar
el globo. En primer lugar, se trata de liquidar a la OPEP.
El control directo de la zona busca redirigir el comercio del petróleo
en las condiciones pautadas por Washington: regular el abastecimiento
a Europa, tan dependiente del petróleo como Estados
Unidos, y evitar que ese comercio llegue a hacerse en euros como
ansían tanto los europeos como los rusos.
En
segundo lugar, tal como lo plantea actualmente la Casa Blanca, se
trata de 'prevenir la emergencia de hegemonías o
coaliciones regionales hostiles' o, simplemente, capaces
de poner en cuestión la hegemonía estadounidense.
El cada vez más consistente eje Unión Europea-Rusia,
al que puede sumarse China, reúne todas las condiciones para
convertirse, en las próximas décadas, en el recambio
ante la decadencia de la superpotencia.
Mantenerse
como superpotencia requiere, además, aumentar la explotación
del Tercer Mundo, espacio desde el que surgen renovados
desafíos, desde el que representa el llamado ''eje
del mal' (Corea del Norte, Irán e Irak) hasta
Venezuela, Cuba, Brasil,
India y Sudáfrica. Por explotación debe entenderse
en este caso la posibilidad de seguir pasando la factura del dominio
imperial a terceros, como lo demuestran las crisis financieras
especulativas desatadas por el FMI en todo el globo, capaces
de hundir las economías de los 'dragones'
asiáticos y hasta del mismísimo Japón.
Por
último, se trata de doblegar al pueblo palestino, forzándolo
a aceptar la formación de un Estado títere -en realidad
un gran bantustán- aislado y vigilado por un Estado de Israel
cada vez más en manos de los colonos ultraderechistas.
En síntesis, la locura de la administración
Bush pretende resolver todos los problemas que Roosevelt dejó
pendientes en Yalta, y que en más de medio siglo
nadie pudo llevar a cabo, simplemente porque el planeta no es modelable
al antojo de unos pocos. Ni siquiera por quienes detentan la superioridad
militar más despareja de la historia.
Dominio
sin hegemonía
El
que emergió de la Segunda Guerra Mundial era un mundo multipolar.
De ahí la necesidad de entablar negociaciones entre las grandes
potencias, que se resumían en un cierto consenso atornillado
por la teoría de la disuasión nuclear. Nadie osaba
traspasar ciertos límites ya que eso suponía patear
el tablero de la estabilidad con resultados insospechados, que podían
llegar al extremo de la destrucción del planeta y el retorno
de la humanidad a la era de las cavernas.
Sin
embargo, la caída de la Unión Soviética y la
pulverización del llamado socialismo real crearon entre una
parte de los dirigentes estadounidenses y de su población
el espejismo de la dominación del planeta, a la que nunca
renunciaron. Para ello se apoyan en lo peor de sus tradiciones,
aquellas que hacen referencia al espíritu religioso ultraconservador,
vinculadas a la 'misión' que creían cumplir los pioneros
que fundaron el nuevo país, destruyendo y sojuzgando a los
pueblos originarios, enclaustrando a sus escasos sobrevivientes
en miserables 'reservas'. Esas tradiciones reaccionarias,
defendidas por los plantadores esclavistas del sur, derrotados en
la guerra civil hace siglo y medio, parecen reencarnarse
en la camada de empresarios petroleros texanos que se adueñaron
de la Casa Blanca en
las últimas elecciones. No resulta extraño
que para ellos el mundo entero sea apenas un 'Lejano Oeste'
disponible para ser conquistado y ocupado militarmente.
Como señala Noam Chomsky, 'en vista de que Estados
Unidos tiene un poder mayor que el resto del mundo junto en cuanto
a los medios de violencia, quiere usarlo para garantizar el dominio
del mundo ahora y para siempre'.
¿Puede
un gobierno, aun el de la nación más poderosa del
mundo, remodelar el globo por la fuerza? Puede. O puede, por lo
menos, intentarlo. En la historia, esos empeños nunca
dieron resultado. Porque lo que los imperios ganaban a
fuerza de bayonetas lo perdían luego en el inevitable flujo
de la vida cotidiana, donde los cambios moleculares de la interacción
humana abrían brechas que terminaban por desestabilizar y
contrarrestar lo que los poderosos habían conquistado por
las armas. Es la historia de la humanidad.
Ciertamente,
la existencia de armas de destrucción masiva acerca como
nunca a la humanidad al riesgo de la barbarie. De eso se trata hoy.
A menos que la impresionante coalición mundial contra la
administración Bush consiga, no ya frenar el empeño
belicista, sino algo mucho más profundo: despertar
las furias de aquella 'América' que empujó a los marines
a retirarse de Vietnam, en una impensable alianza tácita
entre la resistencia del pueblo vietnamita y la desobediencia civil
estadounidense. De hecho, la sola presión
externa nunca consiguió derribar ningún imperio si,
desde dentro, las fuerzas sociales no empujaban en la misma dirección.
Por eso el 'espíritu de Seattle',
que fundó en 1999 el actual movimiento antiglobalizador y
pacifista, es hoy uno de los mejores aliados de la humanidad.
Notas:
*
Daniel Yerguin, La historia del petróleo, Vergara, Buenos
Aires, 1992, página 535.
** Orlando Caputo, El petróleo en cifras: Las causas económicas
de la guerra de Estados Unidos, en www.alainet.org
*** Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona,
1995, página 267.
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