Democracia burguesa y democracia socialista
Domingo Alberto
Rangel
/ Semanario
Quinto Día No. 392 (Venezuela)
- 14/05/04
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El desastre de 1991, cuando se hunde la
burocracia soviética
en beneficio del imperio americano, ha creado un estado de acomplejamiento
histórico en las fuerzas revolucionarias del mundo que las
lleva a aceptar, de manera expresa o tácita, los valores
de la burguesía. Nadie se atreve a cuestionar hoy en público
la democracia burguesa, a repudiarla o a situarla como régimen
enmarcado dentro de unos intereses y destinado a responder a tales
intereses.
La democracia de Estados Unidos y Europa es
un régimen
emplazado, regulado y aprovechado siempre por la gran burguesía
en el cual las instituciones benefician, ante todo, a banqueros,
industriales y terratenientes.
Constituyen ellos la clase dominante
a la cual se acomodan las decisiones del Gobierno, las leyes de
la Asamblea y las sentencias de los tribunales. ¿Quién controla las fábricas,
quién posee las tierras, quién determina a los bancos?,
la misma clase social sea en Australia, en Estados Unidos o en Venezuela.
La
democracia burguesa se caracteriza por tres rasgos fundamentales: propiedad
privada de los medios de producción,
competencia electoral entre bandos políticos y garantías
ciudadanas. De los tres elementos que acabamos de citar, el primero,
relativo a la propiedad, es el más característico. Si a
la democracia gringa se le priva de la propiedad privada, deja de ser
lo que viene siendo desde 1776. Los derechos ciudadanos son importantes,
quién lo discute, como lo es también la multiplicidad de
partidos, pero el rasgo básico es la propiedad
privada. Está allí su
perfil histórico, su cédula de identidad, digámoslo
así.
Hay otros tipos de democracia
La burguesía mundial tiene hoy una ventaja de
la cual dejó de gozar desde 1917 hasta 1991. Esa ventaja está concretada
en el monopolio de la vida política, en la existencia de un solo
tipo de régimen al cual se ha reducido todo el debate ideológico.
No hay sino un sistema político que resume y acapara todas las
discusiones, apenas aparece un orden político, las asambleas internacionales,
sean de los Estados o de instituciones privadas, sean oficiales u oficiosas,
analizan y fijan posición sólo frente a un arquetipo político:
el de la democracia burguesa.
Los disidentes, insurrectos o descontentos
creen tener ellos apenas el derecho de hacer enmiendas a la democracia
burguesa. Reproches a la democracia, paños calientes, retoques para mejorar
su funcionamiento, reformas incipientes o discretas a ella para moderar
sus iniquidades sociales o hacer más llevaderos sus abusos. De
allí no pasa la crítica.
No hay, que yo sepa, un estadista,
un gobierno, un partido o una secta que presente una alternativa radical,
que culmine con la formulación de una propuesta encaminada a sugerir un régimen
distinto, con otra lógica, otra moral y otros intereses, capaz
de romper a fondo con la democracia burguesa. Sería una democracia
socialista, basada en los trabajadores armados, internacionalista y revolucionaria.
Empezar desde ahora
La idea de lanzar una contraofensiva
con la presentación
de otro tipo de régimen
político y de orden económico es ya perentoria. La burguesía
transnacional no puede seguir gozando el monopolio de la exclusividad, ni asentándose
sobre el complejo que impone silencio o excesiva prudencia a sus adversarios.
Retornar a la palestra, reanudar la pelea histórica que comenzó en
1848 con las revoluciones
obreras de Europa.
Debería empezarse por el señalamiento
que se desprende de la dialéctica de Hegel, si todo cambia y se
niega, si la contradicción es la ley cimera de la vida, la democracia
burguesa es apenas una categoría histórica, una
tesis que debe suscitar una antítesis para encaminarse a la síntesis.
La negación, superación y tránsito de la democracia
burguesa ha de estar en una democracia revolucionaria que, levantando
la bandera de la fraternidad entre los pueblos, sea una tea que avanza
hacia todas las latitudes. La democracia revolucionaria
se sostendría
sobre masas armadas que organicen ellas, desde abajo, los fundamentos
de un orden nuevo y llamen a todos los pueblos a juntarse en la cruzada
final.
Los revolucionarios de hoy y los de mañana no
pueden seguir arrinconándose, como sombras, o titubeando como
culpables que anhelan ser perdonados. Nada tuvimos que ver con la URSS,
la repudiamos cuando fue necesario hacerlo con toda elocuencia; ahora
tenemos el derecho de presentar un nuevo orden político y de empezar
la batalla por él.
El error del pasado
Este orden que vayan presentando los revolucionarios
del mundo y las peleas que susciten no pueden ventilarse como ocurrió en
la rivalidad entre USA y la URSS. Los soviéticos, demostrando
lo que siempre fueron, un Estado capitalista sin propiedad privada, entablaron
una contienda con Estados Unidos que era en lo ideológico algo
absurdo, en lo estratégico algo asfixiante y en lo táctico
algo ruinoso.
Frente a Estados Unidos, al imperialismo yanqui en otras
palabras, hay que partir de un análisis dialéctico. Hay
allí una sociedad de clases donde el poder lo detenta una burguesía
transnacional que maneja la política del Estado en su beneficio.
Un movimiento revolucionario internacional fraternizaría con los
sectores norteamericanos que en su país combatan a la burguesía
y busquen allí un orden socialista. Acercarse a tales núcleos,
privilegiar los nexos con ellos, hacerse aliados de ellos es vital e
irrenunciable.
Por fortuna, en Estados Unidos existe un movimiento
caudaloso, el de Seattle, que es desafío en marcha. La calamidad
de la URSS estuvo en admitir un duelo entre Estados, ella y USA, que
era fatal porque daba a una contradicción histórica el
sello de una competencia entre rivales mercantiles. Una democracia socialista
sería una marcha de pueblos hacia la transformación de
todo el planeta, el capitalismo no puede seguir sobreviviendo.
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