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Sangre
y petróleo Mad Max
Augusto
Monteau / El
Descamisado - 27/03/03
La
historia se ubica en una árida estepa. El mundo ya no es
lo que era y los humanos habitan en tribus dentro de pequeños
burgos luchando hasta la muerte por una gota de petróleo.
Nada importa, sólo el líquido negro. El galán
de la película es Mel Gibson, cuando iniciaba su carrera
actoral en Australia.
Ahora cambiemos a Gibson por un tal George
Bush II.
Nada importa, no interesa que opinen el resto de las tribus (naciones
poderosas y no tanto), y la guerra por el petróleo se desata
en diversos frentes y con distintos métodos.
Sin pretexto alguno, Estados Unidos invadirá Irak en las
próximas semanas lanzando una cantidad de misiles y bombas
sin precedentes. Ni siquiera equiparan este tonelaje la Batalla
del Aire entre la RAF (Real Fuerza Aérea) y la Luftwaffe
de Hitler cuando Londres fue desbastada.
En 1991, más de un millón de iraquíes
murieron víctimas del delirio de George Bush I, que encabezó
una alianza internacional en la que hasta el cipayismo menemista
se subió. Doce años después, mientras
casi medio millón de niños habían muerto en
los primeros años post Tormenta del Desierto a causa del
bloqueo, Bush II pretende encabezar otra coalición, esta
vez, supuestamente para terminar con Saddam, viejo amigo
de papá Bush cuando éste dirigía a la CIA
(Central de Inteligencia Americana) en los años de Reagan
y la guerra contra Irán.
La diferencia es que esta vez los países europeos están
mucho más fortalecidos. La posición de Gran Bretaña
no es de extrañar porque su alineamiento automático
con su hijo pródigo, Estados Unidos, ya es tradicional. Yendo
un poco más lejos, Nelson Mandela tuvo una
idea para nada descabellada cuando dijo que el primer ministro británico,
Tony Blair, debería asumir el cargo de Canciller
del Imperio estadounidense, en Washington. También la derecha
española encabezada por el menemista José
María Aznar sostiene relaciones carnales con la
Casa Blanca. Las otras potencias europeas, especialmente Alemania
y Francia, mantienen cierta distancia y marcan diferencia, cosa
que hace una década era impensado, aunque no sería
de extrañar si le tuercen el brazo.
La nueva guerra, tan anunciada, no empezó por asperezas señaladas
por los inspectores de las Naciones Unidas en Bagdad, sino un poco
más al Este, en Afganistán.
Otro estrecho colaborador de la CIA en la guerra contra
la invasión soviética, conocido popularmente como
Osama Bin Laden, aficionado a la aviación por control
remoto, se había convertido en un díscolo. Preparó
los atentados del 11 de septiembre mientras sus colegas de la CIA
miraban para otro lado, y allí fue el Pentágono a
declarar una guerra en medio de la impopularidad del nuevo
emperador que accedió fraudulentamente a los laureles imperiales,
y los años de pizza con champagne de Clinton habían
terminado.
Bush II arrastró al mundo a una divisón “con
o en contra” de Estados Unidos. Desbastaron la ya
desvastada Afganistán, bombardearon las ruinas para acabar
con Osama. Pero Osama desapareció, luego algunos videos reportaban
que se encontraba vivo cuando se sospechaba lo contrario. Probablemente
esté manejando un taxi en Nueva York, gremio en el que incursionan
tantos musulmanes en la capital económica del mundo, o más
aún, Osama haya muerto hace una década y utilizaron
viejos videos o crearon un personaje digital con rasgos musulmanes.
¿Cuál es entonces la conexión Saddam-Osama
que tanto enarbolan los idiotas del Pentágono?
Directamente ninguna, si seguimos los preceptos binladezcos que
la CNN difundió en el mundo. Bin Laden es (o era) un fanático
musulmán, capaz de cualquier cosa, incluso de demoler media
Nueva York con tal de combatir al Satán Occidental. Ese
fanatismo estalló cuando, luego de años de lucha contra
la invasión soviética, volvió a su tierra natal,
Arabia Saudita, y vio que el trato con los gringos era demasiado
cariñoso. Ese fue el momento en el cual dicen le
saltó la térmica y comenzó una guerra supuestamente
secreta atacando objetivos estadounidenses. Todo bien con los musulmanes,
pero este era un loquito demasiado fanático.
El principal problema que tuvo que enfrentar Saddam Hussein en 1991
cuando se desataba la Tormenta del Desierto, era encolumnar a todo
el mundo árabe detrás de su figura. De haberlo
logrado, la historia hubiese sido completamente diferente.
¿Por qué no lo logró? Irak es el país
árabe más laico, Saddam mismo es laico, en Irak las
mujeres pueden trabajar igual que los hombres, pueden estudiar de
la misma manera y la religión no era tema central en el gobierno.
Cabe destacar que ese Saddam es el mismo que utilizó
armas químicas contra los kurdos del norte con el apoyo de
la CIA.
Hussein enarboló la bandera del islam y el mundo árabe
cuando se vio frente a una coalición sin precedentes desde
la Segunda Guerra Mundial. Demasiado tarde, sus vecinos islamitas
miraron para otro lado y lo dejaron solo. Distinto ocurrió
con los cabecillas del gobierno talibán de Afganistán,
que pudieron escapar y refugiarse entre sus hermanos de religión.
El operativo secuestro y fusilamiento de Osama fracasó. Estados
Unidos había desplegado miles de legionarios en la zona y
gastado millones de dólares en su búsqueda
“vivo o muerto, preferentemente muerto”.
Bush II fue quedándose sin argumentos para desatar
una guerra contra Irak. Primero que tenía armamento
nuclear, que jamás fue encontrado por los inspectores de
la ONU. Luego que desarrollaba armas químicas, tampoco observado.
Y luego, que Hussein tenía lazos con Al Qaeda. Nada podía
ser más disparatado si Osama era un loco fanático
como Washington decía, ya que de ser así, Hussein
sería un objetivo a destruir por los propios talibanes.
De hecho, hoy las tropas estadounidenses están emplazadas
en Kuwait porque ningún país árabe quiere verse
metido en una guerra ridícula. Sólo Turquía
se alineó para atacar desde el norte, no por una cuestión
territorial sino porque es un país árabe que quiere
ingresar a la Unión Europea, de la que sólo pueden
integrar cristianos, católicos u ortodoxos.
Ante la oposición abrumadora de la comunidad internacional
a desatar una guerra genocida sobre Irak, Estados Unidos comenzó
a divulgar que poseían pruebas “irrefutables”
de que Hussein desarrollaba armas químicas. Bush
llegó a decir incluso que no dudaría en utilizar la
bomba atómica para desterrar al líder iraquí.
Las pruebas fueron presentadas por el blanqueado moreno Colin
Powell, Secretario de Estado. Apenas unas fotos satelitales
que decían que debajo de unas casas había bunkers
donde se desarrollaba armamento químico y muy tranquilamente
sacó un pequeño frasco de vidrio con supuesto Ántrax,
delante de todos los asistentes. De ser cierto, Powell debería
ser encerrado por demencia, por andar portando un frasco frágil
con un virus mortal en el bolsillo de su saco.
Y si había que llegar al colmo del ridículo,
el propio Powell dijo que Estados Unidos le buscaría un lugar
en el exilio para Saddam Hussein y su familia en caso de que éste
abdicara. ¿No era el mal encarnado a destruir?
Cuestionado desde su arribo a la presidencia, luego de elecciones
menos claras que la interna del radicalismo, Bush encontró
la excusa en Osama para encolumnar a su país detrás
de su figura. En medio de una recesión que se inició
luego de los años de bonanza de Clinton (que al lado de esta
administración en cualquier momento es tildado de trostkista),
Bush II utiliza la guerra como medio revitalizador de la
economía. De hecho elevó a niveles siderales el gasto
en Defensa (léase ataque), a 400 mil millones de dólares.
La ONU, siempre obediente a los caprichos estadounidenses,
esta vez no se pronunció a favor de la guerra. Bush
II señaló que el organismo mundial podía convertirse
en obsoleto. Mismo organismo que permitió todos los desastres
que Estados Unidos hizo en cinco décadas.
En el terreno militar, Bush II también abrió otro
frente conflictivo con Corea del Norte por su plan
de desarrollo nuclear. Pero el trato es bien diferente.
Estados Unidos jamás osó sentarse a mediar entre Pakistán
y la India ya que ambos países poseen armamento nuclear.
Con Corea encausan las negociaciones hacia el terreno diplomático.
Saddam, acusado de tener armamento de destrucción masiva,
será atacado justamente por no tenerlo. De
hecho, el armamento que tenga poco importa. Los intereses son otros,
y esos golpean a la propia Sudamérica.
La participación activa de Estados Unidos en el fallido
golpe de Estado en Venezuela el 11 de abril del año pasado,
sólo tenía como propósito romper con la restauración
de la OPEP impulsada por el presidente Hugo Chávez, y llevar
al control del país a la gerencia proyanqui de PDVSA (Petróleos
de Venezuela S.A.). Sin ir más lejos, en los dos
días que Chávez fue alejado del poder, el efímero
dictador venezolano fue Carmona Estanga, presidente de la petrolera
estatal. Hoy siguen financiando operaciones contra Chávez.
El innegable nexo común en todos estos conflictos
desatados desde la llegada de Bush II es el petróleo.
Las Torres Gemelas poco importaban, apenas era un buen pretexto
para invadir y ocupar Afganistán. Por ese país pasa
uno de los oleoductos más grandes del mundo con destino China,
procedente de Irán. Controlar Afganistán,
significa controlar el recurso petrolero que recibe el gobierno
comunista de Beijín, que a su parte presta técnicos
a Corea del Norte para el desarrollo de armamento.
De ocupar Irak, Washington tendrá cercado por el
Este y Oeste a Irán, con un control absoluto del recurso
petrolero en la región que más lo posee.
Además, por cuestiones étnicas y religiosas, Irak
seguiría los pasos de la desaparecida Yugoslavia, con una
balcanización absoluta dividiendo el país en mil pedazos.
De hecho, el propio Colin Powell, secretario del
país “más democrático de mundo
libre”, admitió el 6 de febrero que
“derrocar a Saddam permitiría moldear la región
en beneficio de nuestros intereses”.
Remover a Chávez del poder tiene las mismas características
geoestratégicas que acontecen en Asia. Venezuela provee miles
de barriles de crudo diario a Cuba, eterno grano molesto a Washington.
Además, el proyecto previo a la victoria de Lula
de realizar una unión de las estatales Petrobrás y
PDVSA, conformarían un coloso continental demasiado problemático
para la Casa Blanca, más teniendo en cuenta que este plan
podría extenderse a Ecuador, el otro gran productor de petróleo
de Sudamérica.
En nada tiene que ver en todo esto un gobierno dictatorial en Bagdad,
el comunismo coreano y el populismo venezolano y brasilero. Hoy
el mundo está en manos de Nerón
encarnado en Bush II, dispuesto a prenderlo fuego todo y llevar
al mundo a un holocausto, como señalara Mandela.
Con esta política estadounidense, el mundo se parece cada
vez más en su futuro a aquella película australiana,
esta vez protagonizada por Mad Bush. Porque para esta administración
imperial, como dijo Robert Reford en una película en la que
interpretaba a un agente de la CIA en Centroamérica:
“Una gota de petróleo bien vale una gota de sangre”.
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