Populismo radical: un sujeto político no identificado
Adolfo Gilly* / Vía
Alterna (Colombia)
- 17/06/04
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1. El general James
Hill, jefe del Comando Sur del ejército
de Estados Unidos, en un informe presentado el 24 de marzo de 2004
ante el Comité de las Fuerzas Armadas de la Cámara
de Representantes de Estados Unidos, además de las obligadas
menciones al terrorismo y al narcotráfico como cuestiones
tocantes a la "seguridad hemisférica", agregó: "Estas
amenazas tradicionales se complementan ahora con una amenaza emergente
mejor caracterizada como populismo radical, en el cual se socava
el proceso democrático al reducir, en lugar de aumentar,
los derechos individuales". (1)
Según el jefe del Comando Sur, encarnarían esta
corriente política "algunos dirigentes" que, en América
Latina, "explotan frustraciones profundas por el fracaso de las
reformas democráticas en entregar los bienes y servicios
esperados. Al explotar esas frustraciones,
las cuales van de la mano con frustraciones causadas por la desigualdad
social y económica,
los dirigentes están logrando a la vez reforzar sus posiciones
radicales al alimentar el sentimiento antiestadounidense".
Como ejemplos mencionó a Venezuela, Bolivia
y Haití, pero
también señaló el cuestionamiento de "la
validez de las reformas neoliberales" expresado en el Consenso
de Buenos Aires que en octubre de 2003 firmaron los presidentes
de Brasil y Argentina, Luiz Inacio Lula da Silva y Néstor Kirchner,
en el cual se pone el acento en "el respeto a los países
pobres".
Este jefe militar, el más poderoso de la región
si se tiene en cuenta que su respaldo es el Pentágono y
que es éste el que habla por su voz, estimó además
que el "populismo en sí no es una amenaza": "La amenaza
surge cuando se radicaliza por un dirigente que utiliza en forma
creciente su posición y el apoyo de una parte de la población
para trasgredir gradualmente los derechos de todos los ciudadanos." Estaríamos
así no ante una reaparición de los movimientos populares
nacionalistas posteriores a la segunda Guerra Mundial, a los cuales
se denominó "populismos", sino ante una tendencia nueva,
surgida de la situación creada por las reformas estructurales
neoliberales de las últimas dos décadas en el continente.
El
general Hill alude, en efecto, a un fenómeno difícil
de definir si se lo remite a las experiencias de movimientos como
los encabezados por Juan Perón en Argentina, el MNR en Bolivia,
Jacobo Arbenz en Guatemala, Jango Goulart en Brasil y, al extremo
culminante, por Fidel Castro en Cuba y por Salvador Allende en
Chile. El recurso reiterado contra ellos fueron, en su momento,
los golpes militares o las invasiones con el patrocinio del Departamento
de Estado de Washington y del Pentágono,
cuyo representante y portavoz en esta región es ahora el
general James Hill.
El único que sobrevivió, entre otras razones porque
rompió las reglas del juego, transformó su revolución
nacional en revolución social, expropió a las viejas
clases dueñas de la tierra y del dinero, disolvió su
ejército, reorganizó la nación y enfrentó directamente
al poder imperial, fue el movimiento cubano.
Significativamente, un
rasgo común de estos nuevos sujetos
políticos a los cuales el general
Hill identifica como "populistas
radicales" es que en la diversidad de sus políticas nacionales
todos ellos mantienen una relación cercana con Fidel
Castro y su gobierno: Lula, Kirchner, Chávez, Evo Morales, también
Tabaré Vázquez y otros más. No creo que al
general se le escape ese detalle, que hace de Cuba un puente entre
una y otra época, sino más bien que no le conviene
por ahora destacarlo demasiado.
De este modo, esas dos grandes instituciones
del capital, el FMI y el Pentágono,
garantes de su dominación mundial
y de la hegemonía de Estados Unidos dentro de ésta,
están buscando redefinir, desde sus respectivas posiciones
de poder, sus relaciones con una nueva realidad que ven aparecer
en América Latina. Para el general James
Hill se trata de
una "amenaza emergente". Conviene pues considerar esta situación
desde el otro extremo y ensayar una mirada desde el interior de
las realidades sociales generadoras de esa "amenaza".
2. El neoliberalismo
es, antes que un modelo económico
-como se lo suele llamar-, un modo de dominación a escala
mundial y nacional surgido de la restructuración global
y la expansión mundial de las relaciones capitalistas inaugurada
a mitad de los años '70, después de la derrota de
Estados Unidos en Vietnam.
Esta restructuración global (también
llamada globalización)
culminó en los años '90 con la gran borrachera de
las privatizaciones (es decir, el despojo
y la apropiación
privada de los bienes comunes de las naciones y sus pueblos);
la flexibilización laboral (es decir, el debilitamiento o la
destrucción de las estructuras jurídicas protectoras
del trabajo); la desregulación financiera y comercial (es
decir, la actividad irrestricta y el poder omnímodo del
capital financiero en las relaciones entre capitales y entre éstos
y los Estados, sus legislaciones y sus finanzas públicas);
la incorporación de pleno derecho al mercado capitalista
de las inmensas reservas de fuerza de trabajo y de las ilimitadas
extensiones territoriales de Rusia, China, Europa del Este y el
sudeste asiático; y las innovaciones científicas
y tecnológicas que, colocadas al servicio de la valorización
del capital, subordinan a éste los procesos de la naturaleza
y la utilización sin ley ni control de los recursos naturales
(aguas, vegetación, atmósfera, biodiversidad, patrimonio
genético) que desde tiempo inmemorial eran pensados y vividos
como habitat del género humano, como la parte externa y
la condición de existencia y reproducción natural
de su existencia corporal y espiritual en tanto especie.
El neoliberalismo,
la desregulación, significa la destrucción
de las protecciones jurídicas, sociales e institucionales
que las luchas y los afanes de los trabajadores y de la sociedad
fueron construyendo a lo largo del siglo
XX y a través de
las dos grandes guerras mundiales y de las revoluciones y movimientos
coloniales y sociales. Es
la expropiación y la apropiación
privada por los diversos capitales de un patrimonio común
protector heredado por los pueblos, construido, aumentado y trasmitido
a través de sucesivas generaciones bajo la forma de servicios
públicos, instituciones de salud y de educación públicas,
espacios territoriales protegidos. Ahí estaban los "ahorros" y
las "inversiones" colectivas acumuladas generación tras
generación, desbaratados en Argentina, México, Bolivia,
Brasil y otros países del continente, sobre todo en el curso
de la década de los años '90 del siglo XX, esa fatídica
y multiplicada versión de la Bella Epoque de las oligarquías
terratenientes de fines del siglo XIX y principios del XX.
Formulado
en su expresión más abstracta, la expansión
neoliberal del capital no sujeta a controles ni leyes puede resumirse
en un proceso universal, global, de destrucción de capitales
menores, de tecnologías vueltas obsoletas y, sobre todo,
de desvalorización de la fuerza de trabajo a escala planetaria,
a través de la incorporación de cientos y cientos
de millones de nuevos seres humanos al mercado capitalista del
trabajo y de la descalificación o la expulsión de
ese mismo mercado de muchos otros millones, convertidos en mano
de obra tan obsoleta o sobrante como las maquinarias también
desplazadas. La competencia sin ley ni regulación de los
trabajadores dentro del mercado global, mundial, de la fuerza de
trabajo asalariada y su consiguiente desvalorización global
en relación a la masa de mercancías producidas, sería
así el significado último de la desregulación
neoliberal. (2)
3. Pero las leyes e instituciones que en cada
nación regulaban
las relaciones entre capital y trabajo y entre los diversos capitales
implicaban también un modo de regulación de las relaciones
políticas de mando y obediencia, una forma de la dominación
y la subordinación legitimada por las leyes y las costumbres
dentro de cada comunidad nacional-estatal. Significaban, en otras
palabras, la construcción en la sociedad de una hegemonía
de las clases dirigentes sobre las clases populares o subalternas
elaborada en el curso de la historia precedente y reciente a través
de conflictos, acuerdos, resistencias, pactos, organizaciones.
El
neoliberalismo en los países de América Latina
se propone mandar sobre una sociedad de individuos atomizados.
No quiere interlocutores, quiere vendedores solitarios de su fuerza
de trabajo individual y ciudadanos definidos por el consumo de
las mercancías y no por la titularidad de los derechos.
El
neoliberalismo destruye así los pilares de la antigua
hegemonía. Pero al hacerlo, destruye también la legitimidad
que aquella forma de gobierno y dominación había
alcanzado. El neoliberalismo llega a construir una nueva dominación
que sustituye los interlocutores organizados por espectadores mediáticos
y votantes solitarios. Pero por esa vía no logra conquistar
una nueva legitimidad entre las poblaciones empobrecidas, desocupadas
y desarraigadas que engendra. Impone su mando por la triple coerción
de la fuerza, la necesidad y el hambre, pero no logra suscitar
el consentimiento de los gobernados.
Los regímenes políticos neoliberales crean un equivalente
de lo que el historiador Ranajit Guha encuentra en el régimen
colonial británico en la India: una
dominación sin
hegemonía. (3) Se trata de una mutación que la socióloga
Maristella Svampa ilustra en Argentina con la metáfora de "la
plaza vacía", el vaciamiento del antiguo lugar de encuentro
simbólico entre la conducción política del
Estado protector y "el pueblo", el lugar geométrico del
populismo nacionalista de otros tiempos. (4)
A comienzos del siglo
XXI, como que las plazas se vuelven a llenar. Pero ya son otros
protagonistas, otros sujetos sociales y políticos
todavía en formación, otras dimensiones de la ira
y la rabia las que allí se convocan: la marcha indígena
del EZLN sobre la ciudad de México en marzo de 2001, las
plazas argentinas del "que se vayan todos" que derribaron al presidente
De la Rúa en diciembre de 2001, la población indígena
insurrecta de El Alto y el Altiplano que tomó La
Paz y derribó al
presidente Sánchez de Losada en octubre de 2003. Esas
multitudes tenían símbolos y razones propios, pero no un conductor
ni iban en su búsqueda.
4. El régimen neoliberal, como es bien sabido, crea una
nueva masa de desposeídos, desplazados, informales, hombres
y mujeres sin trabajo estable o que nunca lo tuvieron, sin calificación
en el nuevo mercado de trabajo, niños arrancados al ciclo
educativo y lanzados al trabajo infantil, a la mendicidad o a los
tráficos ilegales, migrantes, desarraigados, precarios,
ambulantes, cartoneros, pepenadores. Es un proceso de mezcla y
fermentación permanente y brutal de la fuerza de trabajo
y de las clases subalternas, que tiene lugar en los territorios
y espacios de vivienda nuevos situados en los márgenes (que
no marginales) de los procesos productivos y de los centros urbanos;
y en el seno de una población de seres humanos que traen
consigo la herencia inmaterial de los viejos saberes y de sus historias
y experiencias condensadas y mitificadas en sus narraciones.
Es una
población que se apropia de la nueva realidad del
desempleo, la desprotección, la precariedad y el hambre;
una de cuya mezcla insólita entre lo heredado, lo perdido
y lo vivido salen, no la pasividad o la soledad de los individuos,
sino nuevas formas de autoactividad y organización cuya
sede principal es hoy el territorio y no la producción:
comités vecinales en El Alto de La Paz, piqueteros y organismos
comunitarios en Argentina, juntas de buen gobierno en Chiapas,
Movimiento de los Sin Tierra en Brasil.
Así como en los casos de Bolivia y de México es
visible la herencia de la comunidad indígena y de las experiencias
de organización campesinas y mineras, en Argentina los saberes
organizativos de los piqueteros y piqueteras, de las asambleas
comunitarias y de las fábricas ocupadas reciben la herencia
secular de las formas de acción directa del sindicalismo
revolucionario y la más reciente del sindicalismo
de los delegados de sección, las comisiones
internas y las asambleas
obreras del primer peronismo y de la temporada caliente de las
huelgas generales a finales de los años '60 y principios
de los '70 del siglo XX.
La mirada del investigador y del historiador,
más allá de
la del cronista inmediato, no puede dejar de registrar la reaparición
y la presencia extraordinariamente difusa de aquellas experiencias
en los nuevos movimientos, incluso en aquellos participantes que
por su juventud no las vivieron pero las recibieron como patrimonio
cultural de las clases subalternas. (5)
5. Estos movimientos se apropian
de los espacios de libertad de acción abiertos por el desmantelamiento de los controles
corporativos del "populismo clásico" (por así llamarlo)
y por las "reglas de juego" del neoliberalismo, que invocan la
democracia representativa como norma y el respeto formal a los
derechos políticos de los ciudadanos y a los derechos humanos
de los individuos. El uso político de las fuerzas represivas
contra los movimientos populares, aunque nunca abandonado, se vuelve "ilegítimo",
según esas reglas.
No es esta ilegitimidad un hecho menor,
sino un espacio real abierto en los nuevos marcos de lo "permitido", e instalado en el imaginario
colectivo. Es preciso tener presente cómo esas fuerzas policiales
y militares fueron enfrentadas físicamente y hechas retroceder
por las movilizaciones de diciembre de 2001 en Argentina y de febrero
y octubre de 2003 en Bolivia, aún a costa de decenas de
muertos en el primer caso y de más de un centenar en el
otro. Aún así, los dos presidentes que intentaron
afirmar su mando en la fuerza militar y el estado de sitio tuvieron
que renunciar y marcharse. Pero esos espacios de libertad de acción
existen y persisten, sobre todo, porque han sido apropiados por
las clases populares y subalternas como lugares de auto organización.
Es
en momentos como estos, cuando el espacio casi siempre invisible
de la política de los subalternos -aquella política
elemental y densa que trascurre en el barrio, en la comunidad,
en los lugares de producción, en los pueblos, y que en los
textos canónicos no merece el honor de ser considerada "política" sino
vida cotidiana, comentario, chisme, rumor o conflicto lugareño-
disputa la visibilidad, los primeros planos y los espacios públicos
a la política institucional de la democracia representativa,
a la corte de legisladores, presidentes, jueces, dirigentes, conductores
de televisión, "formadores de opinión" y demás
actores habituales en el teatro visible de la política dominante.
Las
plazas llenas sin dirigentes estables y reconocidos todavía
son, en tiempos como estos, un amotinamiento de los espacios autónomos
y de los discursos ocultos de la política de los subalternos
contra el monopolio excluyente de la idea de política por
parte de los muy diversos actores que conciben esta actividad no
como una relación habitual entre seres humanos sino como
una profesión de especialistas.
Momentos como estos son, al
mismo tiempo, portadores de procesos constitutivos de nuevas legitimidades
en formación. Los
programas y sus organizaciones flotan como esquifes sobre un mar
inquieto, movido por corrientes encontradas y no registradas en
las cartografías existentes. Es un
estado de cosas que no tiene aún representación cabal y reconocible en el
dominio de la política pública de la república,
una situación de cruce entre la desestructuración
hecha por el neoliberalismo y el amotinamiento social contra éste,
eso que en el lenguaje del general James Hill se denomina "explosión
de las frustraciones profundas".
6. El neoliberalismo es una propuesta
de sociedad que reemplaza las seguridades de las instituciones y
las legislaciones protectoras, incluída la institución policial republicana, por
las inseguridades, los azares y los espejismos del mercado autorregulado.
Es así, también, una sociedad de la incertidumbre
y del miedo: miedo de los subalternos al día de mañana,
al desempleo, a la mesa vacía, al desamparo de la infancia,
la vejez y la edad adulta; miedo de las clases propietarias, encerradas
en sus barrios exclusivos, al robo, a la pérdida de sus
bienes y sus vidas, al odio de las clases subalternas criminalizadas
y vistas otra vez como "clases peligrosas", como "terroristas",
como engendros del mal.
En América Latina, el neoliberalismo ha triturado o desplazado
a lugares secundarios a la burguesía industrial de la segunda
posguerra, los "industrializadores", y a sus representantes y mediadores
programáticos y políticos, desde los "cepalinos" hasta
los nacionalistas populares; y, al mismo tiempo, ha reciclado a
los más sólidos de esos capitales industriales, junto
con las propiedades de las antiguas clases terratenientes rentistas,
bajo la conducción del capital financiero, por vocación
trasnacional aunque por destino y necesidad amarrado a la protección
y el amparo del Estado nacional neoliberal.
Los movimientos de los
subalternos, organizados sobre el territorio (cortes de ruta, trabajo
comunitario, comités de vecinos,
asambleas barriales) ya no buscan como interlocutor a aquellos
propietarios de industria, la antigua patronal industrial y comercial
de la época del pleno empleo. Interpelan directamente al
Estado y no le demandan ayuda asistencial para el desempleado sino
planes de apoyo familiar o individual a actividades productivas,
por precarias o minúsculas que éstas puedan ser,
que permitan a la figura activa del trabajador y a su subjetividad
no deslizarse hacia la situación pasiva del desempleado.
Esta interpelación directa al Estado, y no a los propietarios,
en las guerras del agua y del gas en Bolivia, en los movimientos
piqueteros en Argentina, en el Movimiento de los Sin Tierra en
Brasil, en el movimiento zapatista en Chiapas, tiene en sí misma
una capacidad generalizadora que la lleva irresistiblemente al
terreno de la política nacional como campo de acción
y de definición de la política de los subalternos.
Desarticuladas
o deslegitimadas las precedentes representaciones políticas aparecen representaciones transitorias, no consolidadas,
que no se constituyen a través de las instituciones electorales
y de los partidos reconocidos, pero que sí se reflejan en
los modos prácticos, cambiantes e imprevistos de usar el
voto en las elecciones, vistas mucho más como ocasiones
para influir en la situación inmediata (votando o absteniéndose)
que como procesos de acumulación de fuerzas políticas
tradicionales: conservadores, liberales, socialistas.
Aparecen entonces
los ahora calificados como "populistas radicales":
Chávez, Kirchner, Evo Morales, Felipe Quispe, Tabaré Vázquez
y hasta el mismo Lula, a quien se rodea y se corteja pero en quien
no se confía. Es un intento de clasificación provisional
de objetos y sujetos políticos aún no bien identificados
y no ubicables dentro de los parámetros precedentes. Se
trata de movimientos y de representantes y dirigentes cuya identidad
y durabilidad aún está en formación, tanto
como lo están las fuerzas sociales en las cuales se apoyan
o buscan hacerlo.
7. En una situación marcada por la indeterminación
y la turbulencia, el terreno de lo simbólico adquiere una
importancia desmesurada a la hora de las primeras definiciones
provisorias para los de arriba y para los de abajo: las relaciones
con Cuba, las críticas al FMI y a Estados Unidos, las fotografías
en los aeropuertos brasileños a los visitantes estadounidenses
y la negativa a la inspección de las plantas de uranio,
el descuelgue de los retratos de los jefes represores y el destino
de la ESMA a Museo de la Memoria, las depuraciones drásticas
en los mandos de los cuerpos policiales.
Son todas medidas que no
alteran la relación sustancial
de dependencia con respecto al FMI y a sus dictados. Pero se inscriben
como un intento temprano y provisorio de construcción de
una eventual nueva hegemonía cuyos elementos y equilibrios
no están bien precisados ni podrán estarlo sin pasar
por la prueba práctica de los procesos y los conflictos
en las sociedades. Sin embargo, la dimensión simbólica
tiene su importancia inicial: organiza sentimientos y pensamientos,
bloquea los retornos del pasado, disputa el terreno a la televisión
y los medios controlados en la casi totalidad de sus espacios y
sus temáticas por los comunicadores y los políticos
de la trivialidad dominante y por los intereses últimos
de las finanzas.
Estos conflictos y definiciones tendrán que pasar, por
fuerza, al dominio de la práctica. Entonces se volverán
a plantear y tendrán que resolverse, en un sentido o en
otro, los temas duros de la realidad: el destino de los recursos
naturales, el petróleo y las fuentes de energía ante
todo; el destino de los bienes comunes y los servicios públicos
privatizados, malbaratados y desmantelados en los años '90;
el destino de la renta de la tierra y de la reforma agraria. Tendrán
que pasar por la definición práctica de las formas
de organización de la sociedad y de su interlocución
con los poderes estatales; y por el tema ya ineludible de la ampliación
y consolidación de los derechos de ciudadanía y de
su titularidad y garantías, incluyendo el derecho a la existencia
y a una renta básica ciudadana como forma de constitución
de la república después del despojo universal llevado
a cabo por la dominación neoliberal. Pasarán también
por la definición de los marcos y los contenidos de la negociación
con el capital global y con sus instituciones: el FMI y el Banco
Mundial; con las configuraciones de la inversión y el comercio
regionales, el ALCA, el TLC y el Mercosur; y con el poder global
y su institución rectora, el gobierno de Estados Unidos
y el Pentágono; así como por una nueva definición
de la soberanía y de la regulación por la república
del territorio propio.
Todo esto está en turbulento proceso de definición
y sujeto a los límites no flexibles que fija el ciclo económico
mundial en una fase recesiva. Pero con lo
que ya no se puede contar es con el desconcierto inicial de los
subalternos ante el asalto neoliberal, cuando veían desvanecerse y destruirse las redes
de protección tejidas en las duras luchas
precedentes y trataban en un inicio de remendarlas o restituirlas. Aunque
siga viva una añoranza idealizada de ese pasado, buscan hoy otra
cosa: nuevos derechos, garantías y protecciones, nuevas
libertades maduradas en la travesía amarga del neoliberalismo,
nuevas inserciones de sus saberes y capacidades
en la economía
y la sociedad cambiantes.
Esta travesía dista de haber terminado. Lo que se vive,
con toda probabilidad, es un interregno en el cual, como
siempre, los subalternos ponen en juego sus cuerpos y sus vidas
para reconquistar y ampliar los territorios, los patrimonios materiales
y simbólicos
y los derechos para todos.
Es en este interregno donde aparecen los
que denomino objetos y sujetos políticos no identificados, la "amenaza emergente
del populismo radical", según la definición del general
sociólogo. Pero esa presencia que éste ve como amenaza
materializada en los dirigentes, es más bien la actualidad
de la irrupción de los subalternos, de sus modos de hacer
política y organizarse, de sus imaginarios y subjetividades,
de sus demandas y sus organizaciones transitorias o permanentes,
y de sus amotinamientos, volviendo a llenar las plazas, los barrios,
las rutas, los pueblos y los territorios desde afuera hacia adentro
y desde abajo hacia arriba.
Tomo pues para cerrar estos apuntes el
párrafo de Charles
Tilly con el cual Javier Auyero abre su breve y notable estudio
sobre la nueva protesta en Argentina: "Hemos de saber que una nueva
era ha comenzado no cuando una nueva elite toma el poder o cuando
aparece una nueva constitución, sino cuando la gente común
comienza a utilizar nuevas formas para reclamar por sus intereses." (6)
Ciudad de Buenos Aires-Ciudad de México, abril de 2004.
.............................................................
Notas:
1. Jim Cason y David Brooks, "Descubre
el Pentágono una
nueva amenaza en América Latina: el populismo radical",
La Jornada, México, 29 marzo 2004.
2. En un diálogo entre Jean-Marie
Vincent y André Gorz
(publicado en Variations, Editions Syllepse, Paris, 2001, No. 1,
pp. 9-18, Gorz dice: "La población activa mundial es actuamente
de 2.550 millones de personas, de las cuales entre 600 y 800 millones
son desempleados. En el año 2025, será de 3.700 millones
de personas (según el Banco Mundial). Me parece improbable
que en estas condiciones pueda aumentar la proporción de
asalariados, y probable que la 'economía popular', llamada
informal, se desarrolle en formas que resultarán sorprendentes."
3. Ranajit Guha, Dominance Without Hegemony. History
and power in Colonial India, Harvard University Press, Cambridge,
1997.
4. Maristella Svampa y Sebastián
Pereyra, Entre la
ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras, Editorial
Biblos, Buenos Aires, 2003, p. 202. Ver también Maristella
Svampa, "Las dimensiones de las nuevas protestas sociales", en El
Rodaballo, Buenos Aires, No.14, invierno 2002, pp. 26-33.
5. La memoria subalterna, condensada en sus narraciones, recuerda
y trasmite que un objeto focalizado de la represión de la última
y más brutal dictadura militar (1976-1983) fueron las comisiones
internas y los delegados en las fábricas. El 6 de abril
de 2004 Eduardo Fachal, exdelegado de la comisión interna
de Mercedes Benz Argentina, recordó ante un grupo de accionistas
alemanes críticos de la política de la empresa cómo
los directivos de la filial argentina habían entregado a
la dictadura militar los nombres de los delegados y activistas
sindicales cuya eliminación querían. Quince de ellos
fueron secuestrados y desaparecidos por el ejército.
6. Charles Tilly, The Contentious French (1986), citado
en Javier Auyero, La protesta. Relatos de la beligerancia popular
en la Argentina democrática, Libros del Rojas, Buenos
Aires, 2002, p. 11.
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