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La
"nueva" estrategia de
"Seguridad imperial" de los EE.UU.
Implicaciones para la paz, para el derecho
internacional público contemporáneo
y para el "Nuevo Orden Panamericano"
Luis
Suárez Salazar* / Soberanía.info - 29/03/03
Indice
• INTRODUCCIÓN
• LA SEGURIDAD ABSOLUTA, LAS “GUERRAS PREVENTIVAS”
Y LOS COMPONENTES “NO TRADICINALES” DE LA SEGURIDAD
NACIONAL ESTADOUNIDENSE
• IMPLICACIONES DE LA “NUEVA” ESTRATEGIA DE “SEGURIDAD
IMPERIAL” DE LOS ESTADOS UNIDOS PARA LAPAZ Y LA SEGURIDAD
INTERNACIONALES, PARA EL DIPC Y PARA EL NOP
• A MODO DE CONCLUSIONES
INTRODUCCIÓN
El objetivo de estas páginas es presentar algunas consideraciones
preliminares acerca de las implicaciones negativas que tiene y tendrá
para la paz y la seguridad internacionales, para el Derecho Internacional
Público Contemporáneo (DIPC) y, por tanto, para lo
que, desde 1995,[1] he venido denominando “el Nuevo Orden
Panamericano” (NOP) la Estrategia de Seguridad Nacional de
los Estados Unidos, dada a conocer públicamente por el presidente
de ese país, George W. Bush, el 20 de septiembre del año
2002.[2]
Como en otras de mis publicaciones sobre el tema,[3] el empleo del
concepto Nuevo Orden Panamericano trata de resaltar el creciente
entramado de pactos y acuerdos en diferentes campos de la seguridad
(incluida la lucha contra “el terrorismo”, contra “las
migraciones incontroladas” y contra el mal llamado “narcotráfico”),
de la economía, de la administración de la justicia,
de la ideología y la cultura, del funcionamiento de los sistemas
políticos, al igual que de la institucionalidad hemisférica
que –bajo la égida estadounidense, de espaldas a la
opinión pública del continente y unidos a los asimétricos
desarrollos reales de las relaciones interamericanas— se han
venido firmando, desde 1990 hasta la actualidad, entre los 34 Estados
y gobiernos actualmente integrantes de la Organización de
Estados Americanos (OEA). En la percepción de los sectores
hegemónicos de las clases dominantes de ambos hemisferios
de ese continente, tal “orden” debe completarse, al
menos, con los nuevos acuerdos en el campo de la seguridad interamericana
que se discutirán en la Conferencia Especial sobre Asuntos
de Seguridad que se realizará en mayo del 2003 en México,
en la Cuarta Cumbre de las Américas (pautada para efectuarse
en Argentina en el 2005), así como con el Acuerdo de Libre
Comercio para las Américas (ALCA) cuya entrada en vigor está
prevista para el propio año.
A su vez, el empleo en el título de este ensayo del término
“seguridad imperial” (en vez de “seguridad nacional”)
obedece a las cada vez más documentadas constataciones existentes
acerca de cómo ?detrás de las legítimas preocupaciones
sobre la seguridad del territorio y de los ciudadanos estadounidenses,
acrecentadas a causa de los criminales atentados terroristas del
11 de septiembre del 2001— se explayan los bicentenarios propósitos
de las clases dominantes de esa potencia imperialista de expandir
y consolidar su multifacética dominación (o su hegemonía)
sobre todas las naciones del mundo; en primer lugar, sobre sus vecinos
“desarrollados” (cual es el caso de Canadá) y
subdesarrollados del denominado Hemisferio Occidental.[4]
Igualmente, acerca de cómo en los enunciados de “la
guerra prolongada e indefinida contra el terrorismo de alcance global”
que presuntamente guían la mencionada estrategia, se exteriorizan,
otra vez, las intenciones de los sectores retardatarios y neofascistas
que hoy controlan el aparato de la política interna, exterior
y de seguridad de los Estados Unidos de utilizar la psicosis antiterrorista
creada por ellos mismos luego de los ataques al Pentágono
y al World Trade Center de Nueva York,5 para ocultar las violaciones
al Derecho Internacional de los Derechos Humanos y al Derecho Internacional
Humanitario que constantemente comete el gobierno y las fuerzas
armadas y policiales de los Estados Unidos, al igual que los gobiernos
y las fuerzas militares de sus principales aliados en todo el mundo.[6]
Asimismo, para intentar borrar de la memoria histórica de
los pueblos las prácticas del terrorismo de Estado usualmente
empleadas por esa potencia imperialista y por sus principales “amigos
y socios”. También para deslegitimar, neutralizar y
agredir a los movimientos culturales, sociales y políticos
(incluidos los gobiernos) de diferentes naciones que propugnan ideas
y prácticas alternativas al “modo de vida norteamericano”,
al igual que a las políticas “neoliberales”,
seudo democráticas, “mercadocráticas”
y plutocráticas que ?a partir del llamado Consenso de Washington
de 1990— ha venido impulsando la Casa Blanca, en consuno con
la oligarquía financiera y tecnotrónica triádica
(especialmente de aquellos sectores de origen estadounidense) [7]
y con la burocracia de los organismos financieros y comerciales
internacionales, cuales son los casos del Fondo Monetario Internacional
(FMI), del Banco Mundial (BM) y de la Organización Mundial
del Comercio (OMC).[8]
Adicionalmente, sin negar los flamantes elementos que se han introducido
en la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos al
calor de la “guerra terrorista contra el terrorismo”
desatada por la actual administración republicana, [9] el
entrecomillado del calificativo “nueva” que aparece
en el título de este ensayo persigue subrayar los múltiples
nuestros intereses (...) Dejad a los Trece Estados ligados por una
firme e indisoluble unión, tomar parte en la creación
de
un Gran Sistema Americano, superior a todas las fuerzas e influencias
trasatlánticas y capaz de dictar los términos de las
relaciones que se establezcan entre el viejo y el nuevo mundo”.
Cfr. Gregorio Selser: Enciclopedia de las intervenciones
extranjeras en América Latina, Monimbó e.V, RFA, 1992,
p.33.
5 John Saxe —Fernández y Gian Carlos Delgado —Ramos:
Globalización del Terror y amenaza bioterrorista, Centro
de
Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan
Marinello”, La Habana, 2002.
6 Existen diferencias entre las normativas del Derecho Internacional
Humanitario o “derecho de la guerra” y el Derecho
Internacional de los Derechos Humanos. Este último refiere
las responsabilidades que tienen los Estados y gobiernos en el
cumplimiento o en la protección de los derechos económicos,
sociales, culturales, civiles y políticos de sus ciudadanos.
También en la promoción de los llamados “derechos
humanos colectivos”, como los derechos de la mujer y de la
infancia,
de los inmigrantes y sus familias, al igual que el “derecho
al desarrollo” y a disfrutar de “un medio ambiente sano”
que
tienen todos los pueblos del mundo. Mientras que el Derecho Internacional
Humanitario sólo regula las conductas que
deben mantener las partes contendientes (estatales o no estatales)
en cualquier conflicto bélico; entre ellas, el absoluto
respeto a la población civil y a la labor de las organizaciones
humanitarias y socorro (por ejemplo, la Cruz Roja), el trato
que debe otorgársele a los heridos y prisioneros de guerra,
etcétera.
7 Empleo el concepto “oligarquía financiera y tecnótrica”
para actualizar los enfoques de Lenin acerca del surgimiento de
la “oligarquía financiera” como uno de los rasgos
del capitalismo monopolista. La necesidad de esa actualización
surge de
la importancia que tienen los conocimientos científico —técnicos
y la “renta tecnológica” en los actuales ejes
de
acumulación del capital. El termino “triádico”
subraya los múltiples entrelazamiento financieros y tecnológicos
existentes
entre las grandes corporaciones estadounidenses, europeas y japonesas.
8 Joseph E. Stiglitz: El malestar en la globalización, Editorial
Taurus, Buenos Aires, 2002.
9 Ramón Grosfoguel: “Colonialidad global y terrorismo
antiterrorista”, en Nueva Sociedad, No. 177, Caracas, Venezuela,
enero —febrero del 2002, pp. 133 —137.
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“encadenamientos hacia detrás” o “vasos
comunicantes” (y, por tanto, el “olor a viejo”)
que
tiene la gran política que comentamos con las definiciones
de igual carácter que la
antecedieron. Especialmente, con las elaboradas en los años
inmediatamente previos y
posteriores a la conclusión de la llamada “segunda
guerra fría”.10 Es decir, durante los
veinte años que sucesivamente ocuparon la Casa Banca los
mandatarios republicanos
Ronald Reagan (1981-1989), George H. Bush (1989-1993), así
como el demócrata William
Clinton (1993-2001).
Como se recordará, bajo el pretexto de la lucha contra “el
imperio del mal” (la Unión
Soviética y el “castrocomunismo”), contra “el
terrorismo”, “el narcotráfico” y la
“narcoguerrilla”, el primero de ellos proclamó
?además del “fin de la distensión Este-
Oeste”— el presunto derecho de los Estados Unidos a
derrocar (roll back) a cualquier
gobierno del mundo que se opusiese a los dictados de la Casa Blanca.11
También “el deber”
de intervenir en los múltiples conflictos regionales que
se desarrollaban en la década de
1980 con el propósito expreso de derrotar, a toda costa,
a las fuerzas políticas-militares
opositoras a la dominación oligárquico-imperialista.
A su vez, Bush (padre) pregonó la
presuntamente inevitable emergencia de un “nuevo orden mundial”
bajo la absoluta
hegemonía estadounidense derivado del estrepitoso derrumbe
de los falsos y deformes
“socialismos reales europeos”, así como sucedáneo
del bihegemonizado sistema
internacional que caracterizó al mundo tripolar de la guerra
fría.12
Mientras que ?siguiendo esos pasos y en medio de intenso debate
interno— a Clinton le
correspondió la responsabilidad de conducir la reelaboración
de las nociones sobre los
“nuevos enemigos” que tendría que enfrentar la
“seguridad nacional” de los Estados Unidos
(narcotráfico, terrorismo, migraciones incontroladas, proliferación
de armamentos de
destrucción masiva, violación a los derechos humanos
y de las “libertades
democráticas”,...) luego de su victoria en las “tres
guerras mundiales del siglo XX”.13
Surgió así, en 1994, la llamada Doctrina de la Expansión
(Alargment) de las Democracias
de Libre Mercado: sustituta provisional de la Doctrina de Contención
al Comunismo que
supuestamente había guiado la política exterior y
de seguridad de los Estados Unidos desde
10 Según algunos autores, “la primera guerra fría”
se desarrolló aproximadamente entre 1946 y los acuerdos de
control de
armamentos estratégicos firmas entre la URSS y los Estados
Unidos en la primera mitad de la década de 1970. A su vez,
“la segunda guerra fría” habría comenzado
durante la administración de Ronald Reagan y terminado con
los “victoria” de
los Estados Unidos a fines de la década de 1980.
11 Los lectores deben recordar que el primer Informe de Santa Fe
(1980) ya se afirmaba que “la contención” y “la
disuasión” habían fracasado y que, por lo tanto,
los Estados Unidos tenían que desarrollar una política
exterior ofensiva
para recuperar sus posiciones en todo el mundo. Que en aquel entonces
esa estrategia ofensiva estuviera orientada contra
la URSS, el ya desaparecido campo socialista, así como contra
algunos gobiernos del Tercer Mundo y que ahora se
oriente contra los llamados “Estados fracasados” o “Estados
fuera de ley” (como Afganistán e Irak, respectivamente)
no
modifica la quintaesencia agresiva de la nueva estrategia de seguridad
“nacional” de los Estados Unidos. Sólo la coloca
en
un contexto histórico distinto.
12 Usualmente se insiste en que el mundo de la guerra fría
tuvo un carácter bipolar. Ese enfoque desconoce que junto
a los
llamados Primero y Segundo Mundo, a partir de la década de
1950, se formó “otro polo” integrado por las
naciones del
entonces llamado Tercer Mundo que comenzaron a actuar con mucha
fuerza en el sistema internacional, especialmente
después de intenso proceso de descolonización que
se produjo en la década de 1960. Por ello, siguiendo a otros
autores,
prefiero referir el sistema internacional de ese época como
“tripolarizado” y “bihegemonizado”.
13 Anthony Lake: "American Power and American Diplomacy".
Conferencia pronunciada el 21 de octubre de 1994 en la
Universidad de Harvard, los Estados Unidos (distribuida por la USIS
de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en
La Habana).
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la presidencia de Harry Truman (1945-1953), hasta la desintegración
de la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (1991).14
Fueron tantos los motivos aducidos por los difusores y ejecutores
de la política exterior y
de seguridad de la administración Clinton (al igual que por
sus antecesores republicanos)
para emprender acciones militares fuera de sus fronteras,15 que
el afamado intelectual
estadounidense, Noam Chomsky, oportunamente señaló
que lo que realmente estaba detrás
de la “nueva” Doctrina de la Promoción de la
Democracia y el Libre Mercado era la añeja
pretensión de los círculos de poder estadounidenses
de hacer retroceder todo lo que había
avanzado la humanidad “en un siglo de luchas frecuentemente
amargas en pro de la
liberación nacional y social”, al igual que a favor
“del derecho de los pueblos a construir su
régimen económico, social y político de manera
soberana e independiente”.16
Huelga decir que tales aspiraciones retardatarias y, en algunos
casos, revanchistas (como
ocurre en los casos de la República Democrática de
Corea, de la República Popular China,
de Irak e Irán, de la Autoridad Nacional Palestina, de Libia,
Siria y Cuba) unifican el
discurso y algunas de las “flamantes” prácticas
de la administración del presidente George
W. Bush. Esta ?como en otras ocasiones históricas y retomando
las tesis de los ahora
redimidos ideólogos de los Documentos de Santa Fe—
también pretende garantizar que las
naciones de América Latina y el Caribe sigan siendo “el
escudo y la espada de la seguridad
del Nuevo Mundo y de la expansión del poder global de los
Estados Unidos”.17 Veamos.
LA SEGURIDAD ABSOLUTA, LAS “GUERRAS PREVENTIVAS” Y LOS
COMPONENTES “NO TRADICIONALES” DE LA SEGURIDAD NACIONAL
ESTADOUNIDENSE.
1. Como está indicado, el 20 de septiembre del año
2002, dándole continuidad a todos sus
discursos y acciones posteriores al 11 de septiembre del año
precedente (en particular a su
brutal intervención militar en Afganistán y a sus
constantes amenazas de aumentar la
escalada de la guerra iniciada por su padre contra Irak), George
W. Bush presentó
públicamente la misión, la visión, los valores,
los grandes objetivos, las prioridades y las
estrategias específicas que ?a su decir— deberán
guiar las políticas interna, económica,
externa (incluida la llamada “diplomacia pública”
o propaganda política exterior), militar y
14 G. Trofimenko: La doctrina militar de EE.UU., Editorial Progreso,
Moscú, 1987. Para un enfoque desde los Estados
Unidos puede consultarse Robert J. Libeber: “Comienza nueva
era en el pensamiento estratégico de los Estados Unidos”,
en Agenda de la Política Exterior de los Estados Unidos de
América, septiembre del 2002.
15 Debe recordarse que, con esos u otros pretextos, la administración
de George H. Bush agredió a Panamá (1989),
emprendió su guerra contra Irak (1991) e intervino militarmente
en Somalia (1992). A su vez, la administración Clinton –
además de continuar algunas de las acciones emprendidas por
su antecesor— empleo fuerzas militares en Bosnia y
Macedonia (1993), en Rwanda y en Haití (1994), en Liberia
(1995), en la República Centroafricana y en Zaire (1996),
en
Albania, el Congo, Gabón, Sierra Leona y Camboya (1997),
en Kenya, Tanzania, Afganistán, Sudan, Liberia y Albania
(1998) y en Yugoslavia (1999 —2000). Los interesados en ampliar
en los detalles de cada una de esas acciones militares,
pueden consultar: Richard F. Grimmett: Instances of Use of United
States Armed Forces Abroad, 1798 —1999,
Congressional Reaserch Service, Washington, mayo de 1999.
16 Noam Chomsky: "La democracia y los mercados en el nuevo
orden mundial", en Temas, no. 4, Nueva Época, La
Habana, octubre —diciembre de 1996.
17 Comité de Santa Fe: “Las relaciones interamericanas:
escudo de la seguridad del Nuevo Mundo y espada de la
proyección del poder global de Estados Unidos, mayo de 1980”,
en Documentos, no. 9, Centro de Estudios sobre
América, La Habana, 1981.
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de seguridad de su país a lo largo del siglo XXI. El elemento
presuntamente unificador de
esa gran política es la llamada “guerra prolongada
o indefinida contra el terrorismo de
alcance global”; entendiendo de manera intencionalmente ambigua
“el terrorismo” como
“la violencia por motivos políticos contra seres inocentes”
(p.5).18
2. Sin embargo, con independencia de su retórica acerca de
ese tema, así como acerca de
que los Estados Unidos no utilizará su fuerza militar, ni
su influencia económica y política
“para obtener ventajas unilaterales”, sino para edificar
junto a las otras potencias “un
equilibrio de fuerzas favorable a la libertad”, a las “relaciones
pacíficas con otros países”, a
las “reformas económicas y políticas”
y al “respeto por la dignidad humana” (p.1), puede
afirmarse que el concepto esencial que guía la introducción
y los ocho acápites de esa
estratagema es la búsqueda de las vías para garantizar
la constante expansión y
consolidación del eufemísticamente llamado “liderazgo
estadounidense” sobre todo el
mundo,19 incluidas aquellas potencias que integran o que en el futuro
previsible integrarán
las denominadas “tríada”, “pentarquía”
o “sexarquía” del poder mundial. En la percepción
oficial estadounidense, estas potencias serían (además
de los Estados Unidos), la Unión
Europea, Japón, Rusia, la República Popular China
y la India. Esta última catalogada como
una de las potenciales “grandes potencias democráticas
del siglo XXI” (p.7).
3. Para cumplir sus propósitos de dominación sobre
todo el planeta la estrategia que
venimos comentando ?además de hacer explicito los objetivos
intervensionistas que
seguirá la Casa Blanca en sus relaciones bilaterales con
los gobiernos de cada una de esos
reales o “emergentes” global players— se propone
expresamente fortalecer aún más su
poderío militar y las inmensas capacidades policiales, de
inteligencia y contrainteligencia
de los Estados Unidos, a niveles tales, que le permitan poner las
defensas de ese país “por
encima de cualquier amenaza”; “disuadir la futura competencia
militar” de otras potencias
o “estados hostiles”; “derrotar decisivamente
a cualquier adversario si fracasa la disuasión”;
al igual que “prevenir las (nuevas) amenazas contra los intereses
de los Estados Unidos, sus
aliados y amigos en todo el mundo”. Especialmente, y esto
es una ruptura con las
estrategias precedentes, las provenientes de los países que
denomina “estados fuera de la
ley”, “estados fracasados” (aquellos a los que
“la pobreza”, la fragilidad de sus
instituciones y “la corrupción” han convertido
en vulnerables “a las redes de los terroristas
y de los cartels de narcotraficantes”), así como de
las “redes oscuras de individuos que
pueden traer gran caos y sufrimientos a nuestras costas por menos
de lo que cuesta comprar
un solo tanque [de guerra]”(p. 1).
18 Todas las referencias a la Estrategia de Seguridad Nacional de
los Estados Unidos que aparecen en este texto, así como
las páginas donde ellas pueden encontrarse, están
referidas a la traducción al español de esa estrategia
mencionada en la
nota número 1. El lector debe reparar que esa definición
de terrorismo desdibuja las claras fronteras existentes en el
terrorismo (entendido como ataques deliberados contra la población
y objetivos civiles) y las formas de lucha política —
militar de los pueblos sometidos a diferentes formas de dominación
nacional y extranjera. Este último derecho de los
pueblos es reconocido por el Derecho Internacional Público
Contemporáneo.
19 Los títulos de esos acápites son los siguientes:
“Estados Unidos abogará por los anhelos de dignidad
humana”; “Estados
Unidos fortalecerá las alianzas para derrotar al terrorismo
mundial y actuará para prevenir los ataques contra nosotros
y
nuestros amigos”; “Colaborar con otros para desactivar
los conflictos regionales”; “Suscitar una nueva era
de crecimiento
económico mundial por medio del mercado libre y el comercio
libro”; “Expandir el círculo del desarrollo abriendo
sociedades y construyendo la infraestructura de la democracia”;
“Desarrollo de programas de acción cooperativa con
los
otros centros principales del poder mundial”; y “Transformar
las Instituciones de Seguridad Nacional de Norteamérica
para enfrentar los retos y las oportunidades del Siglo XXI”.
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4. No obstante, esa pretensión de garantizar la seguridad
absoluta del territorio, de los
ciudadanos, de la infraestructura y de las propiedades estadounidenses
(incluso, las
dislocadas en el cosmos) no queda circunscripta al fortalecimiento
de las capacidades
defensivas de su país. Ni siquiera al despliegue del cuestionado
Sistema de Defensa
Antimisiles, previamente impulsado por la administración
de Ronald Reagan bajo el
sugestivo nombre de Iniciativa de Defensa Estratégica o “guerra
de las galaxias”. Tampoco
se limita a la preparación de las fuerzas militares estadounidenses
para emprender un
contraataque en legítima defensa contra los responsables
de cualquier agresión a su
territorio, sino que ?aduciendo “un internacionalismo inconfundiblemente
estadounidense” (p.3) y la presunta legalidad de ofrecer respuestas
anticipadas y
preventivas a eventuales “amenazas inminentes” contra
su territorio— proclama el deber y
el supuesto derecho de los Estados Unidos a derrocar (roll back),
en el momento que
considere oportuno, a los gobiernos que no coincidan con los intereses
y valores de su país,
de impedir a toda costa la “proliferación de armas
de destrucción masiva” fuera del control
norteamericano o de sus aliados y amigos, así como de iniciar
“ataques preventivos” (o sea,
propinar “el primer golpe”) contra “los grupos
terroristas” que ?a su decir— actúan o
reciban refugio, ayuda y financiamiento en diferentes países
del mundo o contra los
“estados hostiles” a los intereses, instituciones y
valores estadounidenses.
5. En lo inmediato, según declaran sin ambages, tales ataques
se emprenderán contra los
que definen como “un pequeño grupos de estados al margen
de ley que, aunque diferentes
en forma importante (sic), comparten varios atributos”. Esos
atributos, en la opinión de los
redactores de la estrategia que venimos comentando, serían:
gobiernos o “dictadores” que
“tratan brutalmente a sus pueblos y malgastan sus recursos
nacionales en beneficio personal
de sus mandatarios”; que “no muestran respeto por el
derecho internacional, amenazan a
sus vecinos y violan sin reparos los tratados internacionales de
que forman parte”; que
“están decididos a obtener armas de destrucción
masiva, junto a otras tecnologías militares
avanzadas, para usarlas como amenaza u ofensivamente para lograr
los propósitos
agresivos de sus regímenes”; que “auspician el
terrorismo”; que “rechazan los valores
humanos básicos” y, sobre todo (en mi opinión,
éste el quid de la cuestión), que “detestan
a
los Estados Unidos y todo lo que representa” (p.9).20
6. Con vistas a neutralizar o aniquilar a “los dictadores”
que, en la opinión de la Casa
Blanca, mal gobiernan a esos estados y detestan a los Estados Unidos
y todo lo que
representa, a los “terroristas individuales” o a los
“grupos terroristas de alcance global” que
operan desde esos u otros países, la estrategia que comentamos
se propone ?además de
fortalecer la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos y
los organismos internos
“encargados del cumplimiento de la Ley” (cual es el
caso del FBI)—21 ampliar las
20 He subrayado esa idea, para insistir en que tal como demuestra
la práctica, Estados Unidos ha mantenido (y mantiene)
estrechas relaciones diplomáticas y de seguridad con estados
y gobiernos en los que están presentan total o parcialmente
los atributos que ahora les otorgan a los llamados “estados
fuera de la ley”. Por tanto, lo que diferencia la respuesta
frente
a tales estados es su identificación o no con “los
Estados Unidos y todo lo que representa”. En la actualidad
el caso típico
de ese comportamiento estadounidense es Israel.
21 Funcional a ese propósito es la propuesta del presidente
estadounidense de formar, con rango ministerial, un nuevo
Departamento de Seguridad Territorial o Interna (en inglés:
Department of Homeland Security) que en la actualidad se
discute en el congreso estadounidense. Según sus propugnadores,
este nuevo departamento integrará bajo un solo mando a
cientos de dependencias y agencias gubernamentales estadounidenses
vinculadas a la seguridad interna del territorio, las
fronteras marítimas y terrestres, el espacio aéreo
y los ciudadanos estadounidenses.
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extraordinarias capacidades de sus fuerzas armadas para simultáneamente
“defender el
territorio nacional”, “proteger la infraestructura y
los bienes esenciales de Estados Unidos
en el espacio [cósmico]” y “llevar a cabo operaciones
rápidas y precisas” de “largo
alcance” con el fin de “eliminar amenazas específicas
a los Estados Unidos, sus aliados y
amigos en todo el mundo (p.10)”. También para emprender
“intervenciones humanitarias”
en los “estados fracasados”, para intervenir en los
llamados “conflictos regionales” o
locales existentes o que se presenten en el futuro previsible, al
igual que para “llevar a cabo
operaciones de información” en “teatros de operaciones
distantes” (p. 19).
7. Con tales fines la indicada estrategia se propone expresamente
?junto a desarrollar una
nueva generación de “armamentos convencionales”—
utilizar todas sus capacidades
económicas, científicas, tecnológicas, políticas,
mediáticas y diplomáticas para “ayudar a la
gente de todo el mundo a aprender acerca de los Estados Unidos y
comprenderlo” (p. 20),
para “ayudar” a los demás gobiernos que se lo
soliciten en sus luchas “contra los
terroristas”, para apoyar a las fuerzas opositoras a los gobiernos
que no comulgan con los
inquilinos de la Casa Blanca, para “convencer” o “presionar”
a las demás potencias o
estados que se resistan a subordinar sus propios intereses nacionales
y de seguridad a los de
los Estados Unidos; para garantizar el funcionamiento y la expansión
de sus bases y
estaciones militares en todos los rincones del planeta, así
como para obtener “arreglos de
acceso temporal” que le posibiliten “el despliegue de
las fuerzas expedicionarias”
estadounidense “a gran distancia”, cuando esto resulte
necesario y conveniente (p.19).
8. A pesar de los enfoques del documento acerca de la necesidad
de formar “coaliciones
circunstanciales y flexibles” con otros gobiernos, de aprovechar
e incrementar las
capacidades de las fuerzas militares implicadas en los acuerdos
de seguridad regional ya
existentes (como la Organización del Atlántico Norte
o el Tratado Interamericano de
Asistencia Reciproca) e incluso de utilizar a su favor los mecanismos
multilaterales de la
ONU (entiéndase: su antidemocrático Consejo de Seguridad),
así como de concertar sus
políticas con las restantes potencias mundiales para lograr
un cacareado “equilibrio de
poderes que favorezca la libertad”, la Estrategia de Seguridad
Nacional que venimos
comentando es precisa en definir al carácter preponderante
que en tales alianzas,
coaliciones o acciones multilaterales tiene que tener el establishment
estadounidense.
9. En efecto, según señalan los artífices del
indicado documento: “En el ejercicio de nuestro
liderazgo, respetaremos los valores, juicios e intereses de nuestros
amigos y socios. Pero
estaremos preparados para actuar individualmente cuando lo requieran
nuestros intereses y
nuestras responsabilidades particulares” (p.20). O sea, para
actuar de manera unilateral cada
vez que así lo indique la ecuación costos-beneficios
tan cara para los artífices de la
proyección del poder global de los Estados Unidos.
10. Los peligros que entraña para la paz y la seguridad internacionales
los conceptos
político-militares acerca de la “seguridad nacional”
estadounidense antes referidos no
requieren comentarios adicionales. Basta recordar las lecciones
de historia. Sin embargo, es
necesario acentuar que, siguiendo el legado del trío Reagan—Bush(padre)—Clinton,
la
“nueva” estrategia de “seguridad imperial”
de los Estados Unidos virtualmente declara
como enemigos de su seguridad a todas aquellas fuerzas sociales
y políticas que no acepten
los dictados de la Casa Blanca; en tanto incluye diversos componentes
“no tradicionales”
otrora ausentes (o sólo marginalmente referidos) en las doctrinas
político-militares
elaboradas previo al fin de la “primera guerra fría”.
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11. Así se expresa cuando la actual administración
republicana transforma en objetivos
supremos de la seguridad nacional de su país la promoción
del libre comercio, la protección
de la libertad de empresa y de inversión, la eliminación
de los subsidios estatales
(entiéndase los que no provienen de los Estados Unidos),
así como la ampliación de las
“apertura de los mercados” y la institucionalización
de las proteccionistas cláusulas
ambientales y laborales propugnadas por las principales potencias
capitalistas en las
negociaciones de la llamada Ronda del Milenio que se están
desarrollando en la OMC.
12. Igualmente, cuando proclama como metas de la gran política
de seguridad de los
Estados Unidos la expansión de la democracia liberal-burguesa
(es decir de las poliarquías
actualmente imperantes en el mundo)22 y la defensa de “los
derechos humanos
fundamentales” (o sea, el derecho a la propiedad y algunos
de los derechos civiles y
políticos) y, sobre todo, el cumplimiento de las llamadas
“reformas económicas de primera
y segunda generación” (los programas de ajuste y reestructuración
“neoliberales”)
impulsadas por el FMI y el BM desde comienzos de la década
de 1990. Curiosamente y
contra toda evidencia empírica, esas reformas, al igual que
las indiscriminadas “aperturas
económicas” que las han acompañado, el “libre
comercio” y la inversión proveniente de las
grandes corporaciones privadas son consideradas por los redactores
de la estrategia que
comentamos como condición univoca e imprescindible para impulsar
el desarrollo, eliminar
la pobreza y combatir las enfermedades transmisibles (VIH/SIDA,
tuberculosis, paludismo)
en todo el mundo.
13. Lo anterior se une a la reiteración del “narcotráfico
sin restricciones” (p.7) y de “las
migraciones incontroladas” entre los “nuevos enemigos”
de la seguridad nacional
estadounidense. También a los endurecidos controles que se
anuncian contra los emigrantes
y sus familias con el propósito de “contener a los
terroristas fuera de las fronteras
nacionales de los Estados Unidos”, en las onerosas condiciones
de factibilidad (la medición
precisa de los resultados), políticas (el “buen gobierno”
y la lucha contra la corrupción),
económicas (la aplicación de los Programas de Ajustes
del FMI y el BM) y de seguridad (la
lucha contra el “narcotráfico” y el terrorismo”)
que esa potencia establece para transferir su
“ayuda humanitaria” a los “países de menor
desarrollo relativo” o para entregar sus
menguados fondos de la mal ayuda “Ayuda Oficial al Desarrollo”
(AOD) a los
eufemísticamente llamados por la ONU: “países
en vías de desarrollo” y “países de menor
desarrollo relativo”.
14. Entre esas condiciones hay que resaltar la flamante exigencia
de que los gobiernos
receptores o que aspiren a recibir fondos oficiales estadounidenses
?además de cumplir
con todos los requisitos antes mencionados— firmen acuerdos
bilaterales o multilaterales
con los Estados Unidos que le garanticen a esa potencia que sus
“esfuerzos por cumplir con
nuestros compromisos de seguridad mundiales y proteger a los estadounidenses
no se verán
perjudicados por el potencial de investigación, pesquisas
o enjuiciamiento por parte del
22 El término “poliarquía” fue definido
por el cientista político Robert Dahl como un sistema político
en el cual gobierna
un pequeño grupo, y la participación de las masas
en la toma de decisiones se limita a seleccionar la dirigencia en
elecciones cuidadosamente manipuladas por las elites competidoras.
Los interesados en ampliar en las diferencias
existentes entre las poliarquías y la democracia pueden consultar:
William Robinson: “El rol de la democracia en la
política exterior norteamericana y el caso Cuba”, en
Haroldo Dilla (compilador): La democracia en Cuba y el diferendo
con los Estados Unidos, Centro de Estudios sobre América
—Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996.
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Tribunal Penal Internacional (TPI), cuya jurisdicción, que
no aceptamos, no se extiende a
los estadounidenses” (p.20).
15. Es decir, como parte de la realización de su estrategia
de “seguridad nacional” los
círculos dominantes en los Estados Unidos no sólo
pretende lograr la “seguridad absoluta”
de su territorio, de sus ciudadanos, infraestructuras e intereses
económicos en todo el
planeta (incluido el cosmos), al igual que imponer sus propias nociones
sobre el desarrollo,
la democracia, el buen gobierno, la lucha contra la pobreza y los
derechos humanos, sino
que también quieren obtener la impunidad absoluta de sus
funcionarios civiles y militares
para violar a su antojo, en cualquier lugar del mundo, el Derecho
Internacional Humanitario
(el Tratado de Ginebra de 1949 y sus protocolos adiciones de 1975)
y, sobre todo, para
perpetrar los crímenes de lesa humanidad (torturas, desapariciones
forzadas, genocidios y
etnocidios) que ?según el Tratado de Roma de 1998—
virtualmente serán los únicos
delitos que, sin carácter retroactivo, conocerá, investigará,
juzgará y sancionará el TPI
cuando comience a funcionar en el año 2003.
16. Las terribles implicaciones de esa exigencia oficial estadounidense
para el Derecho
Internacional de los Derechos Humanos y para el Derecho Internacional
Humanitario ya se
pusieron de manifiesto en los miles de crímenes contra la
población civil cometidos por las
fuerzas armadas estadounidenses durante la mal llamada “Operación
Libertad Infinita” que
aún se desarrolla en Afganistán. Igualmente, en la
brutal violación del derecho a la vida y
de los derechos civiles (entre ellos, el derecho a la legítima
defensa) cometidos y que aún se
comenten contra miles de prisioneros de guerra afganos o de otras
nacionalidades
capturados durante esa operación bélica. Asimismo,
en el tratamiento de los cerca de mil
inmigrantes extranjeros que ?bajo los enunciados de la mal llamada
Patriotic Act de
octubre del 2001— fueron encarcelados en los Estados Unidos
inmediatamente después de
los terribles acontecimientos del 11 de septiembre del 2001. La
mayor parte de ellos
permanecen encarcelados a pesar de que la fiscalía no ha
podido demostrar su vinculación
con los responsables intelectuales y materiales de los atentados
terroristas contra el World
Trade Center, contra el Pentágono y contra el avión
de United Airlines que se estrelló en el
oeste de Pensilvania.
IMPLICACIONES DE LA “NUEVA” ESTRATEGIA DE “SEGURIDAD
IMPERIAL”
DE LOS ESTADOS UNIDOS PARA LA PAZ Y LA SEGURIDAD
INTERNACIONALES, PARA EL DIPC Y PARA EL NOP.
17. Lo antes dicho me coloca en una de las principales incidencias
negativas que tendrá la
“nueva” estrategia de “seguridad imperial”
de los Estados Unidos en el DIPC y en el NOP:
El descarado desconocimiento por parte de las actuales autoridades
de esa potencia
multidimensional de todos aquellos tratados e instituciones jurídicas
internacionales e
interamericanas (incluso los ratificados por los Estados Unidos)
que se opongan a sus
reverdecidos afanes de dominación sobre todas las naciones
del mundo y, en primer lugar,
sobre las del Hemisferio Occidental. También los que proscriben
las cada vez más
frecuentes y draconianas acciones represivas de las agencias estadounidenses
encargadas
del cumplimiento de la ley tanto contra los ciudadanos estadounidenses
opositores a la
LA NUEVA ESTRATEGIA... LUIS SUARES ZALAZAR - -
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política oficial, como contra los emigrantes y sus familias
residente (o que pretendan
ingresar) en el territorio estadounidense.
18. Esto último viola los acuerdos al respecto elaborados
por la comunidad internacional e
incluso los enunciados sobre el particular de la Segunda Cumbre
de las Américas efectuada
en Santiago de Chile en 1998. Igualmente, constituye una flagrante
trasgresión del Pacto de
Derechos Civiles y Políticos, así como del Pacto de
Derechos Económicos, Sociales y
Culturales signados por la mayor de los Estados del mundo y, por
consiguiente, de algunos
de los enunciados de la Convención Interamericana de los
Derechos Humanos. Mucho más
porque ?como se ha demostrado en los últimos años—
los Estados Unidos pretende
contener los flujos migratorios “incontrolados” hacia
su territorio con el empleo de la
violencia en sus fronteras terrestres (cual es la de México)
y en sus aguas jurisdiccionales.
19. Las violaciones de los pactos internacionales e interamericanos
antes mencionados con
el remozado pretexto de la “guerra contra el terrorismo global”
se vincula íntimamente con
la añeja y ahora actualizada pretensión de los círculos
de poder estadounidenses de
modificar de jure o de facto las bases mismas del DIPC. O sea, los
principios de la Carta de
San Francisco que dio origen a la Organización de Naciones
Unidas (ONU) y los de la
Carta de Bogotá que fundó la OEA en 1948. En particular,
todos aquellos apartados de
ambos instrumentos jurídicos que establecieron y aún
establecen la soberanía y la igualdad
jurídica de los Estados, así como la autodeterminación
de los pueblos. Igualmente, los
artículos de ambas cartas que proscriben el empleo de la
coacción y de la fuerza en la
solución de los conflictos internacionales y, por consiguiente,
propugnan la solución
pacífica y negociada de los mismos.
20. Esta última posibilidad queda virtualmente anulada cuando
el gobierno estadounidense
proclama en su Estrategia de Seguridad Nacional su presunto deber
y su auto conferido
derecho a propinar el primer golpe (solo o acompañado por
otros gobiernos) contra
cualquier nación que ?en la evaluación unilateral
de la Casa Blanca— sea considerada
como “un estado fuera de la ley” o como “un estado
fracasado” desde cuyo territorio se
incuben “amenazas inminentes” para el territorio, los
ciudadanos, la infraestructura, los
intereses y la seguridad de los Estados Unidos, así como
(lo que es más abarcador y
subjetivo aún), para el territorio, los ciudadanos, la infraestructura,
los intereses y la
“seguridad nacional” de cualquiera de sus múltiples
aliados, amigos o socios en todos los
confines del mundo. Como hemos vistos, para cumplir esos fines,
la gran política
estadounidense que venimos comentando también insiste en
la conveniencia de mantener
su potente sistema de bases militares. Ello a pesar de todo lo codificado
por la ONU acerca
de las múltiples consecuencias negativas que tiene las bases
militares extranjeras para la
soberanía, la autodeterminación y el desarrollo de
diversas naciones del mundo; en especial
de los todavía llamados Países del Tercer Mundo.
21. Por otra parte, la institucionalización de los ilegales
presupuestos de las “acciones
preventivas” contra las llamadas “amenazas inminentes”
al territorio de los Estados Unidos
y de sus aliados, modifica de manera radical todos aquellos artículos
de la Carta de la ONU
que establecen que únicamente se emplearán las fuerzas
militares de un estado miembro
contra otro en el ejercicio fundamentado del derecho a la legítima
defensa o en cumpliendo
resoluciones expresas del Consejo de Seguridad de la ONU dirigidas
a solucionar conflictos
que afecten la paz y la seguridad internacionales. Una cláusula
parecida quedó establecida
en el mal llamado Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca
signado en 1947 por los
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Estados Unidos y los gobiernos de los países entonces independientes
de ese continente. A
pesar del carácter demostradamente ideológico de ese
acuerdo, éste estableció que el uso de
la fuerza o de la coacción contra cualquiera de sus Estados
miembros o contra “una
intervención extranjera” en “los asuntos internos
del Hemisferio Occidental” debía de ser
decidida por las dos terceras partes de los estados miembros de
ese asimétrico pacto
político-militar.
22. Todos los tratados internacionales e interamericanos antes mencionados
también son
desconocidos cuando el gobierno de los Estados Unidos ?en términos
que recuerdan el
“destino manifiesto”— anuncia su intención
unilateral de imponer, por la razón o por la
fuerza, su “modelo” económico, político
y social a otras naciones del mundo. También
cuando expresa su decisión de respaldar ?a través
de sus programas de Ayuda Oficial al
Desarrollo— a las fuerzas opositoras (nuevamente llamados
“solitarios defensores de la
libertad”) a los gobiernos que no comulgan con “los
Estados Unidos y todo lo que
representan”, así como a derrocar (roll back) en el
momento que lo considere oportuno a las
autoridades legitimas de esas naciones. Así lo indican los
redactores del documento de
marras cuando señalan: “Hoy, estos ideales [los que
presuntamente encarnan el modo de
vida y el sistema política estadounidense] son un sustento
para los solitarios defensores de
la libertad. Y, cuando se presente la oportunidad podremos fomentar
el cambio, como
hicimos en Europa Central y Oriental entre 1889 y 1991, o en Belgrado
en el año
2000”(p.4). Sobran los comentarios.
23. La influencia negativa de esos enunciados en la seguridad internacional
y en las
relaciones interamericanas se evidencia diariamente en la creciente
agresividad de los
Estados Unidos contra el gobierno cubano. Igualmente, en las pretensiones
de la Casa
Blanca de imponer sus leyes a otras naciones del plantea, así
como sancionar a los
ciudadanos de otros países que “trafiquen” con
las antiguas propiedades estadounidenses en
Cuba. Tales prácticas injerencistas en los asuntos internos
de otras naciones también se
evidenció durante el descarado respaldo del Departamento
de Estado, de su Embajada en
Caracas y de la CIA al frustrado intento golpista que se produjo
en abril del presente año en
la República Bolivariana de Venezuela. Ello a pesar de las
estipulaciones de la cacareada
Carta Democrática Interamericana signada ?a instancias de
la Tercera Cumbre de las
Américas (abril del 2001)— por todos los gobiernos
integrantes de la OEA (incluido los
Estados Unidos) el 10 septiembre del propio año.
24. Las implicaciones para el NOP de las más recientes injerencias
estadounidenses en los
asuntos internos venezolanos es mucho más preocupante porque
la “nueva” estrategia de
“seguridad imperial” de los Estados Unidos también
proclama como uno de los
componentes de su propósito de “suscitar una nueva
era de crecimiento económico mundial
por medio del mercado libre y el comercio libre” (p. 11),
el fortalecimiento de la “seguridad
energética” de esa potencia por medio de “la
colaboración con sus aliados, socios
comerciales y productores de energía”. Tal “colaboración”
?siempre según los redactores
del documento que comentamos— debe conducir a la ampliación
de las “fuentes y del tipo
de energía mundial que se proporciona especialmente en el
Hemisferio Occidental, Asia
Central y la región del Mar Caspio” (p. 13). O sea,
en aquellas zonas del mundo aún
alejadas de los acuerdos de la Organización de Países
Productores de Petróleo (OPEP),
actualmente presidida por el gobierno de Venezuela.
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13
25. No creo necesario insistir en todo lo que se ha indicado por
diversos autores acerca del
“olor a petróleo” que acompañó
a la brutal intervención militar estadounidense contra
Afganistán y al frustrado intento golpista en Venezuela,
así como que actualmente
acompaña a la pregonada guerra contra Irak y a las negociaciones
que actualmente está
impulsado la OEA (y su mentor los Estados Unidos) entre “la
oposición de la sociedad
civil” y el gobierno constitucional del presidente venezolano
Hugo Chávez. Pero, a los
efectos de estas reflexiones, vale la pena recordar que ?como demostró
hace muchos años
Eduardo Galeano— la “seguridad energética”
de los Estados Unidos y el control por parte
de los monopolios de esa potencia de las fuentes de energía
(y de otros recursos naturales)
del Hemisferio Occidental ha estado en la base de muchos de los
estropicios históricamente
cometidos por el establishment de la política exterior y
de seguridad norteamericana en
México, Centroamérica y en diversos países
del América del Sur y de la denominada
Cuenca del Caribe.23
26. Obviamente, algunos de esos estropicios pudieran reeditarse
en el futuro inmediato.
Mucho más porque, según se ha documentado, el control
por parte de los Estados Unidos y
de sus corporaciones transnacionales y multinacionales de las reservas
energéticas y de
otros recursos naturales (incluido los biogenéticos) de México,
de algunos países
centroamericanos y suramericanos está en la trastienda del
Plan Puebla Panamá (anunciado,
luego de obtener la anuencia de la actual administración
republicana, por el presidente
mexicano Vicente Fox en marzo del 2001), del multimillonario y represivo
Plan Colombia
(aprobado a mediados del 2000 por la administración de William
Clinton) y de la
denominada Iniciativa Regional Andina (o con más precisión
andino-amázonica) anunciada
unas semanas después de la inauguración de su mandato
(20 de enero del 2001) por George
W. Bush y por su secretario de Estado, el ex general Colin Powell.
27. La vitalidad de esas iniciativas para la lucha contra el “narcoterrorismo”
fue resaltada
por el Departamento de Estado inmediatamente después de los
fatídicos atentados del 11 de
septiembre del 2001 y de las resoluciones de apoyo a la “guerra
contra el terrorismo”
aprobadas por las sucesivas reuniones extraordinarias de consulta
de los cancilleres de los
países integrantes de la OEA y del TIAR efectuadas en Washington
nueve días después.
Igualmente, durante la reunión que sostuvo el presidente
George W. Bush con algunos de
sus homólogos andinos en marzo del 2002 y durante la XXXII
Asamblea General de la
OEA que, en junio del presente año, aprobó una nueva
Convención Interamericana contra
el Terrorismo. Por ello no es casual que esos militarizados planes
de “lucha contra el
narcotráfico” sean refrendados en la Estrategia de
Seguridad Nacional que venimos
comentando. Esta es explícita en indicar (p.7):
28. Algunas partes de América Latina se enfrentan al conflicto
regional, en especial el
derivado de la violencia de los cartels de las drogas y sus cómplices.
Este conflicto y el
narcotráfico sin restricciones pueden poner en peligro la
salud y la seguridad de los Estados
Unidos. Por lo tanto, hemos formulado una estrategia activa para
ayudar a los países
andinos a ajustar sus economías, hacer cumplir sus leyes,
derrotar a las organizaciones
terroristas y cortar el suministro de drogas, mientras tratamos
de llevar a cabo la tarea,
igualmente importante, de reducir la demanda de drogas en nuestro
propio país.
23 Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina,
Siglo XXI Editores, México, 1979.
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29. En cuanto a Colombia, reconocemos el vínculo que existe
entre el terrorismo y los
grupos extremistas, que desafían la seguridad del estado,
y el narcotráfico, que ayuda a
financiar las operaciones de esos grupos. Actualmente estamos trabajando
por ayudar a
Colombia a defender sus instituciones democráticas y a derrotar
a los grupos armados
ilegales, tanto de izquierda como de derecha, mediante la extensión
efectiva de la soberanía
a todo el territorio nacional y proporcionándole seguridad
básica al pueblo de Colombia.
30. Vale la pena resaltar que los enunciados anteriores desconocen
el terrible impacto que
esa “estrategia activa” ha tenido y está teniendo
y tendrá en la violación de los derechos
humanos y del derecho humanitario en Colombia y en otros países
andinos, cual es el caso
de Bolivia. También la incidencia que pudiera tener la creciente
intervención
estadounidense en el conflicto interno colombiano en la paz y la
seguridad de las naciones
andino-amazónicas y de los países centroamericanos
que tienen fronteras marítimas o
terrestres con esa nación suramericana. Igualmente, desconoce
olímpicamente la ineficacia
de esos desproporcionados “ataques a la oferta” para
contener la creciente demanda de
drogas naturales, sintéticas y semisintéticas en los
Estados Unidos y Europa Occidental.24
Asimismo, las críticas que se le han formulado a la política
antidrogas de los Estados
Unidos por llevar su guerra contra ese “flagelo” allende
a sus fronteras, por menospreciar
las acciones dirigidas a contener la demanda interna y por condicionar
la “ayuda”
estadounidense a los llamados “países productores”
o “países de tránsito” a la
militarización de la lucha contra el “narcotráfico”
y a que los gobiernos de dichas naciones
apliquen los Programas de Ajuste Estructural (PAE) impulsados por
el Departamento del
Tesoro de los Estados Unidos a través del FMI y del BM. Como
ya vimos, el cumplimiento
de estos programas de ajustes forman parte orgánica de la
Estrategia de Seguridad Nacional
de los Estados Unidos; particularmente de los enunciados de la misma
dirigidos a promover
lo que definen como el “crecimiento económico y la
libertad económica más allá de las
costas de los Estados Unidos” (p.11).
31. Esto último debe tener una repercusión particularmente
negativa en las relaciones
interamericanas dadas las evidencias existentes acerca del terrible
impacto socioeconómico
y político de tales programas han tenido y están teniendo
en diferentes países de la región
(cual es el caso actual de Argentina), así como en razón
del creciente cuestionamiento hacia
los PAE que se están produciendo en diversos países
del Hemisferio Occidental. En
particular, entre aquellas fuerzas sociales y políticas opositoras
a la denominada
“globalización neoliberal” y entre aquellos gobiernos
(como son los de Cuba, Venezuela,
de algunas naciones del Caribe angloparlante y, más recientemente,
de Brasil) que han
insistido e insisten en buscar caminos alternativos a las fórmulas
“neoliberales”, seudo
democráticas, “mercadocráticas” y plutocráticas
impulsadas por los círculos dominantes en
los Estados Unidos, en consuno con los sectores hegemónicos
de las clases dominantes del
norte y del sur del Hemisferio Occidental.
32. De modo que puede afirmarse que tales fuerzas sociales y políticas,
así como tales
gobiernos (u otros con posiciones parecidas) han pasado a ser considerados
como “nuevos
enemigos de la seguridad nacional estadounidense”. Mucho más
porque el documento que
comentamos también incluye, de manera expresa, que la libertad
de comercio e inversión (o
sea lo que denomina “los mercados libres y el libre comercio”)
son “las prioridades claves
24 OFDPD, Tendencias mundiales de las drogas ilícitas, Nueva
York, 2001.
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15
de nuestra estrategia se seguridad nacional” (p.15). También
cuando incluye como uno de
los principales objetivos de esa estratagema el fortalecimiento
del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (p.12), la promoción
y suscripción de nuevos acuerdos de
libre comercio con los naciones centroamericanas y con Chile (p.12),
al igual que el
desarrollo del “proceso de las Cumbres de las Américas”
(en primer lugar, sus acuerdos
vinculados a la seguridad) y, dentro de ellos, la culminación
de las negociaciones del
ALCA. Lo anterior se desprende del siguiente enunciado del documento
que comentamos
(p.7):
33. En el Hemisferio Occidental hemos establecido coaliciones flexibles
con países que
comparten nuestros intereses prioritarios, en especial México,
Brasil, Canadá, Chile y
Colombia. Junto forjaremos un hemisferio genuinamente democrático,
donde nuestra
integración dé impulso a la seguridad, la prosperidad,
las oportunidades y la esperanza.
Trabajaremos con instituciones regionales como el proceso de la
Cumbre de las Américas,
la Organización de Estados Americanos (OEA) y las Reuniones
Ministeriales de Defensa
de las Américas, en beneficio de todo el Hemisferio.
34. Esa subordinación de la “lógica del ALCA”
(es decir, de la integración subordinada de
América Latina y el Caribe hacia los Estados Unidos) a la
suprema lógica de los intereses
nacionales y de la “seguridad imperial”, también
se expresa en su apartado relativo a la
búsqueda de “una nueva era de crecimiento económico
mundial por medio del mercado
libre y el comercio libre” (p.11 y siguientes). En este se
indica expresamente que la Casa
Blanca “presionará a favor de iniciativas regionales”,
tales como el ALCA (p.12), y que
?acorde con la Ley del Comercio y con la Autorización de
Promoción Comercial (antes
llamado fast track) aprobadas por el Capitolio en el 2002—
garantizará que “los beneficios
del libre comercio no se consigan a costa de los trabajadores estadounidenses”
(p.12).
35. En función de ello ?además de vindicar como un
asunto de seguridad nacional la
presunta legitimidad de los subsidios y de las acciones oficiales
dirigidas a proteger a los
productores agrícolas y a los productores de acero estadounidenses—
insiste en que la Casa
Blanca incorporará a las negociaciones comerciales que se
desarrollen “nuevos acuerdos y
leyes comerciales contra las prácticas desleales”,
para remover las “regulaciones sobre
tecnología, ciencia y salud que obstaculizan innecesariamente
las exportaciones agrícolas y
la agricultura mejorada”, “para atender las preocupaciones
auténticas acerca de los
subsidios gubernamentales y el ‘dumping’, así
como para disuadir “el espionaje industrial”.
Igualmente, las “preocupaciones ambientes y laborales”
con las que los Estados Unidos y
otras potencias capitalistas pretenden proteger sus economías
de la mal llamada
“competencia desleal” proveniente de las naciones subdesarrolladas
de América Latina y el
Caribe.
36. Todo lo antes dicho sería suficiente para justificar
mis preocupaciones (compartidas por
otras colegas) con relación al impacto negativo que tendrá
la estrategia de seguridad
nacional que venimos comentando en las relaciones interamericanas
y, en especial, en las
relaciones entre los Estados Unidos y sus aliados hemisféricos
con los gobiernos de la
región (Venezuela, Brasil, Barbados) que han expresado más
de una reserva respecto a la
actual proyección hemisférica de la potencia hegemónica
en el Hemisferio Occidental. Sin
embargo, a los temas abordados habría que agregar, al menos,
la escasa importancia
geoeconómica que la actual administración republicana
le confiere a las naciones del
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Caribe insular. Estas explícitamente son comparadas con las
naciones africanas colocadas
al sur del Sahara cuando se expresa (p.12):
37. “Estados Unidos [pondrá] en práctica la
Ley de Crecimiento y Oportunidad Africanas
para ofrecer acceso al mercado a casi todos los bienes producidos
en los 35 países de África
al Sur del Sahara. Emplearemos aún más esa Ley y su
equivalente [la Iniciativa de la
Cuenca del Caribe] con relación a la cuenca del Caribe y
seguiremos colaborando con las
instituciones multilaterales y regionales para ayudar a los países
más pobres a sacar partido
de esas oportunidades.”
38. De manera que puede pronosticarse que, en el futuro inmediato,
se acentuará la llamada
“agenda negativa” (narcotráfico y otros delitos
conexos, migraciones incontroladas) de las
relaciones entre los Estados Unidos y la Cuenca del Caribe. Mucho
más porque ?como ya
vimos— la estrategia que comentamos subordina la agenda económica,
social y ambiental
de esa región a la agenda de seguridad militar de los Estados
Unidos. Y porque es de
esperar que ?sobre la base de sus enunciados acerca de la importancia
que tienen para esa
potencia la preservación de sus facilidades y acuerdos militares
en todo el mundo—
continúen las presiones estadounidenses para mantener y consolidar
los dispositivos de ese
carácter que ya existen en Centroamérica y el Caribe
(Puerto Rico, Guantánamo, Aruba y
Curazao, Honduras y El Salvador), así como por extender esos
dispositivos a Costa Rica.
Como se conoce en ese país se pretende instalar una Academia
Interamericana de Policías
subsidiaria de la Academia Internacional de igual carácter
que funciona en Washington. Lo
anterior se uniría a la base militar de Manta, Ecuador, de
Iquito, Perú, así como a las
gestiones que aceleradamente viene realizando la diplomacia política-militar
norteamericana para abrir una nueva base militar en Alcantara, Brasil.
39. Como se ha documentado, todo ese dispositivo militar (al igual
que el Comando Norte,
con jurisdicción sobre Canadá, México, los
Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba) se enfila a
contener, disuadir o derrotar (donde quiera que sea posible y necesario)
cualquier proyecto
alternativo a los excluyentes sistemas políticos instauradas
en la mayoría de los países de la
región. Como se recordará, tales poliarquías
fueron canonizadas por la XXI Asamblea
General de la OEA efectuada en Santiago de Chile en junio de 1991
y por la ya mencionada
Carta Democráticas Interamericana aprobada en septiembre
del 2001. Como ya lo ha
venido haciendo en la Comisión de Derechos Humanos de la
ONU, lo anterior ?al igual
que otros enunciados de esta estrategia— seguramente ser aprovechado
por la actual
administración republicana con vistas a intentar obtener,
nuevamente, la solidaridad
panamericana en sus decenarias luchas por derrotar el “mal
ejemplo cubano”. Mucho más
si finalmente, los sectores más reaccionarios del Departamento
de Estado y del Pentágono
(unido a sus aliados en la región) lograran tipificar ante
la opinión pública interna,
hemisférica e internacional al gobierno de la mayor de las
Antillas como uno de “los
estados fuera de la ley”, promotores del “terrorismo
de alcance global”.
40. Cual ha denunciado reiteradamente el gobierno cubano, en esa
dirección apuntan las
constantes mentiras difundidas por el reaccionario ex subsecretario
de Estado, Otto Reich, y
otros altos funcionarios civiles del Pentágono acerca de
que Cuba está produciendo
productos biotecnológicos que podrían ser utilizados
por algunos estados o grupos
terroristas como armas biológicas contra los Estados Unidos.
Igualmente, la reiterada
mentira de la Casa Blanca acerca de que el gobierno cubano “no
ha colaborado, ni colabora
suficientemente con esa potencia en la lucha contra el terrorismo”.
Lo anterior fundamenta
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la decisión del Departamento de Estado de mantener a Cuba
en la lista de estados
terroristas, así como las gestiones que han venido realizando
el reaccionario lobby anti
cubano con vistas a modificar el informe elaborado por el Pentágono
durante la
administración de William Clinton donde expresamente se afirmaba
que el “régimen
cubano” no constituye amenaza alguna para la seguridad nacional
estadounidense.
41. De más está decir que el incremento de las tensiones
entre los gobiernos de los Estados
Unidos y Cuba (y, en caso extremo: una eventual agresión
militar estadounidense contra
esa isla) tendría una incidencia particularmente adversa
en la paz y la seguridad en la
Cuenca del Caribe y, por extensión, en otros países
latinoamericanos y caribeños.
A MODO DE CONCLUSIONES
42. Todos los elementos antes señalados y otros excluidos
en aras de la síntesis permiten
afirmar que la flamante estrategia de seguridad nacional de los
Estados Unidos constituye
una evidente amenaza contra la mayor parte de los países
del mundo, al igual que para la
paz y la seguridad internacionales. Especialmente, para todos aquellos
estados del planeta
que, con mayor o menor razón, son (o, en el futuro, sean)
percibidos por los círculos
dominantes de los Estados Unidos como obstáculos a sus reverdecidas
pretensiones de
ejercer su dominación o su hegemonía en la que algunos
ya denominan “la era posterior a la
pos Guerra Fría”.25 Es decir, sobre el estremecido
sistema internacional surgido de las
cenizas de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001
y de la consiguiente
subordinación a los intereses de la seguridad imperial de
los Estados Unidos de la mayor
parte de las potencias integrantes de la tríada, la pentarquía
o sexarquía del poder mundial.
43. Como se demostró en la brutal intervención en
Afganistán y en la dura resolución
contra Irak recientemente aprobada, bajo presiones estadounidenses,
por el antidemocrático
Consejo de Seguridad de la ONU, una de las primeras víctimas
de la “guerra contra el
terrorismo de alcance global” desatada por la actual administración
republicana ha sido la
propia organización internacional y todo lo que ella representa;
ya que de jure o de facto, de
espaldas a la Asamblea General, las cinco potencias con poder de
veto en el Consejo de
Seguridad (y los restantes miembros no permanentes de ese órgano)
han comenzado a
convalidar la tesis de que los Estados Unidos y sus aliados (en
este caso, Gran Bretaña)
tienen “el deber” y “el derecho” de intervenir
militarmente y “de manera preventiva” en
aquellos naciones consideradas por la Casa Blanca como “estados
fuera de la ley” o como
“estados fracasados” que presuntamente amenazan (o en
futuro indeterminado
hipotéticamente pudieran amenazar) la seguridad nacional
de los Estados Unidos y de sus
aliados en todo el mundo.
44. Los peligros que entraña ese precedente para la paz y
la seguridad internacionales son
evidentes. Mucho más porque una nueva (y ahora, escasamente
justificada) guerra contra
Irak significaría un golpe más contra los pilares
del ya debilitado Derecho Internacional
Público Contemporáneo. Y porque un eventual éxito
de los Estados Unidos en su
pregonado afán de derrocar al satanizado presidente iraquí,
Sadam Husein, le permitiría a
esa potencia imperialista y a sus más estrechos aliados (entre
ellos, los sectores más
25 Robert J. Lieber: Ob. cit. Según este autor la llamada
post guerra fría, concluyó abrupta y sorpresivamente
en la mañana
del 11 de septiembre del 2001.
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reaccionarios de Israel) continuar sus maniobras desestabilizadoras
y agresivas contra otras
naciones del Medio Oriente (Irán, Siria, Libia), así
como contra los legítimos representantes
de la Autoridad Nacional Palestina y de la Organización de
Liberación de Palestina (OLP).
45. A su vez, una eventual (aunque ahora improbable) victoria estadounidense
y de sus más
cercanos “socios” y “amigos” sobre los gobiernos
de las naciones antes mencionadas le
permitiría a los círculos dominantes en los Estados
Unidos controlar una de las principales
reservas petroleras del mundo y, por tanto, caer con esa fuerza
más sobre Europa, sobre
Rusia, sobre la República Popular China y sobre otros países
asiáticos, cual es el caso de la
también satanizada República Popular Democrática
de Corea. Asimismo, redoblar sus
esfuerzos por destruir a la OPEP y por fortalecer la subordinación
de las naciones petroleras
del sur del Hemisferio Occidental (México, Venezuela, Colombia,
Ecuador y Trinidad
Tobago) a las necesidades de la “seguridad energética”
de la despilfarradora socioeconomía
estadounidense.
46. Lo antes dicho, objetivamente, debilitaría aún
más las capacidades de algunos
gobiernos de América Latina y el Caribe (entre ellos, Cuba,
Venezuela, Brasil, Barbados...),
para resistir las acrecentadas presiones de los círculos
dominantes en los Estados Unidos (y
de sus principales aliados en la región) dirigidas a institucionalizar
un nuevo orden
panamericano funcional a la dominación de esa potencia sobre
el Hemisferio Occidental y,
por consiguiente, al fortalecimiento del poder estadounidenses para
lidiar, con nuevas
ventajas, en sus intricadas relaciones de cooperación, competencia
y conflicto con otros
reales o potenciales global players (cual es el caso de la Unión
Europea, la República
Popular China y, eventualmente, Rusia) expresamente interesados
en elaborar políticas
exteriores y de seguridad diferenciadas de las de los Estados Unidos.
47. No obstante, la debilidad de los reales o potenciales global
players antes mencionados,
sin dudas los mismos podrían contribuir a crear algunos factores
de equilibrio en el sistema
internacional que favorezcan las pretensiones de diversas fuerzas
sociales y políticas
estadounidenses, canadienses, latinoamericanas y caribeñas
de elaborar ?junto a otras
fuerzas y políticas sociales del mundo (en particular las
congrega el Foro Social
Mundial)— respuestas alternativas a las ambiguas nociones
sobre “los nuevos enemigos”
de la seguridad internacional y de la seguridad interamericana unilateralmente
elaboradas
por los sectores más reaccionarios de los Estados Unidos,
así como en hacer verdad en todo
el mundo y en lo que se alcanza a ver del siglo XXI la vigente máxima
del prócer
latinoamericano Benito Juárez: el respeto al derecho ajeno
es condición indispensable para
lograr y mantener la paz.
La Habana, 20 de enero del 2003
Notas:
1
Luis Suárez Salazar: “Nuevo ‘orden’ mundial,
integración y derechos humanos en el Caribe: apuntes para
una
reconceptualización”, en Globalización, Integración
y Derechos Humanos en el Caribe, ILSA, Santafé de Bogotá,
1995.
2 George W. Bush: La Estrategia de Seguridad Nacional, en http://usembassy.State.gov/colombia/wwwses01.shtml,
8 de
octubre del 2002.
3 Luis Suárez Salazar: El siglo XXI: Posibilidades y desafíos
para la Revolución cubana, Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 2000. También América Latina y el Caribe:
Medio siglo de crimen e impunidad (1948 —1998), Editorial
Zambon / José Martí, Zafarroa, España, 2001.
Igualmente, “Nuevo orden panamericano y gobernabilidad democrática
en
el Gran Caribe”, en Haroldo Dilla (compilador): Los recursos
de la gobernabilidad en la Cuenca del Caribe, Nueva
Sociedad, Caracas, 2002, pp. 53 —64.
4 Como se ha demostrado en la historiografía crítica
acerca de las relaciones interamericanas, la idea de formar un Gran
Sistema Interamericano bajo el control de los Estados Unidos de
América fue enunciada desde 1788 por uno de los Padres
Fundadores de esa “república pigmea”, Alexander
Hamilton. Este, siguiendo algunas ideas expresadas dos años
antes por
Thomas Jefferson, expresó: “Podemos esperar que dentro
de poco tiempo nos convirtamos en los árbitros de Europa
en
América, pudiendo inclinar la balanza de las luchas europeas,
en esta parte del mundo, de acuerdo con lo que dicten
* Escritor e investigador cubano en el campo de la sociología,
la historia, las ciencias políticas y jurídicas. Integrante
de la UNEAC, de la Asociación de Historiadores de América
Latina y el Caribe (ADHILAC), de la Sociedad Cubana de Derecho Internacional
y Profesor Titular Adjunto del Instituto Superior de Relaciones
Internacionales (ISRI) de la Habana. E mail: tanialuis@cubarte.cult.cu
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