|
Claves
de la guerra
Roberto
López Belloso
/ Brecha (Uruguay) - 27/03/03
El
discreto encanto de la confusión
A una semana de comenzada la guerra, la confusión
se yergue como un componente más del campo de batalla. En
el horizonte, se dibuja un nuevo orden regional que parece reservarle
a Irán uno de los roles protagónicos.
A
veces intencionadamente, como parte de un proceso de desinformación,
y otras como consecuencia de su propia complejidad, la guerra sobre
Irak aparece como una sumatoria de factores que forman aparentes
cadenas de causa y efecto. El petróleo, el terrorismo,
el derecho internacional, la religión, los ecos de la Guerra
Fría, teorías de la conspiración, van mezclándose
a medida que caen ante las retinas las imágenes inconexas
de un zapping en el que no es fácil distinguir el análisis
de la propaganda.
La
versión más extrema del punto de vista de los atacantes
indica que Estados Unidos, el Reino Unido y España
entraron en guerra contra Irak amparándose en la última
resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas,
que aceptaba el uso de la fuerza como último recurso contra
Saddam Hussein, por lo que habría sido innecesario presentar
un nuevo proyecto de resolución, el cual, como ya estaba
anunciado, iba a ser vetado por Francia y Rusia.
La guerra sería necesaria para desarmar al régimen
iraquí, y prevenir que use las armas de destrucción
masiva que posee o está a punto de poseer, teniendo en cuenta
sus lazos con organizaciones terroristas. Como un agravante, se
cita el carácter dictatorial y opresivo de su gobierno, en
especial sobre la minoría kurda.
Por
su parte, los iraquíes niegan tener armas de destrucción
masiva, aseguran que los atacantes violaron el
derecho internacional desconociendo a las Naciones Unidas,
a la vez que sostienen que las motivaciones de esta guerra estarían
muy alejadas de las esgrimidas públicamente:
los agresores querrían acabar con Hussein para quedarse
con el petróleo iraquí y a la vez consolidar cierta
forma de hegemonía de corte imperial. Con matices,
esta explicación ha sido recogida por diversos sectores opuestos
a la acción militar liderada por los tres países ya
mencionados.
FACTORES
EN JUEGO
El petróleo
Presentado como el eje del conflicto por las tesis alternativas
a la razón oficialmente esgrimida por Estados Unidos (la
posesión por parte de Hussein de armas de destrucción
masiva), su importancia está sobrevaluada. Importa, ¿cómo
podría no importar si Irak es la segunda reserva del mundo?,
pero no es determinante. La reciente guerra sobre Afganistán
sí fue una guerra por el petróleo. Era necesario acabar
con los talibán para conjurar la progresiva islamización
de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central que
éstos estaban fomentando. Esas repúblicas
son poseedoras de un potencial petrolífero inexplorado aún,
mayor que el del Golfo, y de fuertes reservas de gas natural. Volviendo
al futuro, en el día después de esta guerra sobre
Irak, el control del petróleo será un objetivo alcanzado,
no tanto en términos de en qué manos quedará
(puede llegar a convertirse incluso en un botín incómodo),
sino en términos de en qué manos dejó de estar.
El
terrorismo
No tiene nada que ver con esta guerra. No hay pruebas
de que Hussein brinde apoyo a Al Qaeda, así como tampoco
quedó meridianamente probado que dicha red sea mucho más
que una construcción virtual. No ha habido
atentados de significación después del efectuado contra
las Torres Gemelas
y el Pentágono,
y una organización de la potencia que se le atribuye debería
haber podido contraatacar con fiereza en la retaguardia
estadounidense mientras las bombas caían sobre las cuevas
de Tora Bora. Es probable que los ataques contra Nueva York hayan
sido la obra puntual y única de "terroristas
free-lance" con la intención de generar
un fuerte efecto simbólico con su ejemplo, más que
un primer eslabón de una cadena cuidadosamente planificada.
La inexistencia de acciones similares luego del 11 de setiembre
parece confirmar dicha presunción.
La
religión
Si algún sector del gobierno de Estados Unidos
hubiera querido llevar confusión y división al seno
del difuso y multifacético bloque islámico, por considerar
que su trabajosa unidad es una amenaza para la seguridad estadounidense,
no podría haber elegido mejor vehículo que
Irak. Los principales problemas de Hussein no son con Occidente
sino con otros musulmanes. El líder iraquí
parte las aguas en la principal línea divisoria del islamismo,
esa que separa a sunníes de chiitas. Saddam
detenta el poder junto con una minoría sunní,
a pesar de que más del 60 por ciento de los iraquíes
pertenecen al otro bando. Los chiitas, que ya gobiernan el vecino
Irán, son musulmanes integristas; creen que la religión
debe estar integrada con la política, por lo que el Estado
debe regirse por principios teológicos. Atacando a Hussein,
se deja a los chiitas -de Irak y de Irán- en una posición
incómoda: Estados Unidos, "el gran Satán",
pasa a ser una suerte de libertador. Además
se quita del congelador el tema kurdo, otro asunto en el
que todos los bandos enfrentados son musulmanes. Si la cuestión
palestina era una amalgama para el variopinto bloque musulmán,
el tema iraquí puede ser el disolvente que debilite aquellos
lazos tan inestablemente construidos.
ACTORES
¿SECUNDARIOS?
Turquía
Éste
es el verdadero aliado de Estados Unidos en Oriente Medio, no Israel.
O para decirlo en otras palabras, Israel es parte del problema,
Turquía es parte de la solución. Los turcos
integran la Organización del Tratado del Atlántico
Norte (otan), son un país con mayoría de
población musulmana pero con un régimen de gobierno
no integrista, sino laico, y en su suelo se encuentran bases de
tropas estadounidenses consideradas estratégicas por el Pentágono.
Las dificultades de Washington para conseguir el uso de territorio
turco para lanzar su invasión mecanizada sobre Irak, demostraron
que no se trata de un aliado dócil. La opinión pública
deberá acostumbrarse a una exposición mediática
cada vez mayor de este país.
Los
kurdos
A nadie le importa, en verdad, la tragedia de este pueblo asiático
sin patria. Divididos entre los territorios de Irak, Irán
y Turquía, aspiran a unificar en un Kurdistán independiente
las zonas en las que son demográficamente mayoritarios.
La represión que han sufrido por parte de Hussein (atroz
en momentos en que el mandatario iraquí todavía no
había caído en desgracia ante Occidente, y muy limitada
en los últimos años, en los que incluso han gozado
de importantes niveles de autonomía) no ha sido peor que
la que han experimentado los kurdos de Turquía, por lo que
no puede tomarse con seriedad el argumento de que se quiere acabar
con Hussein para proteger a esta minoría. La verdadera
importancia de los kurdos en este conflicto está en su potencial
divisionista al seno de los aliados de Estados Unidos.
Ya quedó demostrado que Turquía no está dispuesta
a tolerar un Kurdistán independiente en su frontera, por
lo que el tema kurdo puede ser el mayor dolor de cabeza en la inmediata
posguerra.
Irán
El principal y más sólido centro de poder
dentro del mundo islámico no árabe guarda relativo
silencio a pesar de que se está librando una guerra en su
propia frontera. Este perfil bajo puede deberse a que se
le reserva el rol principal en la escena del nuevo orden regional
que emergerá de esta guerra. Está claro que el Irak
pos Hussein será un Irak chiita. Una negociación
a tiempo y generosa con Irán por parte de Estados Unidos
puede ser la mejor diplomacia preventiva. Washington sabía
que Hussein caería indefectiblemente. Podía caer por
la presión popular de una revolución chiita al estilo
de la que llevó al poder a Jomeini, o caer como ocurrirá
ahora, derrocado por una acción militar estadounidense que
abre las puertas para la hegemonía chiita en el Golfo
Pérsico. Es una jugada arriesgada, pero la única
posible. Tampoco es algo nuevo. Recordemos el rol que le cabía
a Egipto antes de las guerras con Israel, y su situación
actual de barrera contra el fundamentalismo. Esto apuntala un juego
de equilibrios que, desde el punto de vista económico, elimina
el riesgo de que el petróleo caiga en manos de un Oriente
Medio integrista, ya que convierte en socios a los propios
integristas. Desde una perspectiva política, permite pactar,
al menos provisoriamente, con el sector moderado del ala dura del
islamismo, una aparente paradoja que puede actuar como frágil
garantía contra el terrorismo, teniendo en cuenta, por ejemplo,
el carácter chiita de Hizbollá.
| |
|
Arriba |
 |
Portada |
|