La ayuda militar inglesa a Colombia
Alberto Müller
Rojas* / Soberania.info
- 16/07/04
|
Poco difundida en nuestro país ha
sido la noticia publicada por el diario londinense "The
Guardian" sobre la demanda de 200
parlamentarios británicos, pertenecientes al partido en
el gobierno, solicitando el corte de la ayuda militar a Colombia. Una
iniciativa parlamentaria apoyada por diputados de todos los grupos
y promovida por el laborista Tony
Lloyd, ex Secretario de
Estado de Exteriores. Siendo una cuestión de interés
para la audiencia colombiana, el hecho fue informado verazmente
por el conservador diario bogotano "El Tiempo" en su edición
del 7/7/04. Señalaba la nota que los legisladores involucrados
en la petición, desatendida por
el gobierno de Tony Blair,
argumentaban su solicitud sobre el hecho
que establece la vinculación
probada de los paramilitares con las fuerzas de seguridad colombianas. Adicionalmente,
la glosa periodística señalaba que
en la moción presentada en la Cámara de los Comunes "la
mayoría de los 184 sindicalistas fallecidos
en Colombia en 2002, murieron a manos de los grupos paramilitares
derechistas, cuya actividad ligan con las fuerzas de seguridad
del Estado". Una preocupación
compartida por organizaciones defensoras de los derechos humanos,
como Amnistía Internacional y los
sindicatos británicos.
Pero si la noticia es importante para
la opinión pública
colombiana, también es significativa para la venezolana. Es un hecho que las fuerzas
paramilitares colombianas han
venido actuando en Venezuela durante los últimos años, representando
una amenaza para el sistema político nacional y para la
paz regional. Por
ello, no es una cuestión baladí la
que un grupo de legisladores británicos, bien informados
y serios en sus conductas, reconozcan
la estrecha relación
entre las fuerzas militares y estos grupos irregulares en el marco
de la guerra civil colombiana. Como
tampoco lo es él que
señalen la responsabilidad de esos grupos en el asesinato
de dirigentes obreros cuyas actividades nada tienen que ver con
la acción de las fuerzas rebeldes. Esto último, una
particularidad que permite establecer que su acción no esta
limitada al combate de las fuerzas rebeldes, sino que va más
allá. Expresan un comportamiento ultraconservador destinado
a suprimir toda oposición a un régimen político
excluyente y despótico. Una cuestión que compromete
seriamente a sus patrocinadores, las fuerzas militares y a la oligarquía
que controla las instituciones de gobierno de ese país.
Algo que, por supuesto, permite colocar la acción de estos
irregulares en Venezuela como una conducta deliberada de las fuerzas
que tienen el dominio formal de la dirección política
del Estado colombiano.
Con ese marco, la omisión de su publicación en nuestros
medios masivos de comunicación, públicos y privados,
constituye un hecho preocupante.
No obstante, no es sorpresivo. Las fuerzas que dominan el ámbito político nacional
han banalizado todos los asuntos de interés del Estado para
convertirlos en temas para la diatriba que escenifican como parte
del enfrentamiento quasiviolento por el control hegemónico
del gobierno de la nación. A tal punto se ha trivializado
el tema de la presencia de más
de 100 paramilitares en un campamento en los alrededores de Caracas que,
para buena parte de la población ese acontecimiento es un montaje del gobierno,
mientras que otra lo estima como componente de una conspiración
del oposicionismo. Igual
suerte corre el asesinato de más
de cien dirigentes campesinos en la zona limítrofe de manos
de paramilitares colombianos. Algunos comparten la opinión
de Maxim Ross, quien asevera que ellos son producto de la ineficacia
de unas costosas fuerzas armadas para cumplir su función
de garantizar la seguridad en las fronteras venezolanas. Mientras
otros aseguran que son producto de la acción de terratenientes
y latifundistas para detener el proceso de redistribución
de tierras adelantado por el gobierno. En todo caso, colocan alegremente
estas cuestiones como materia de seguridad y orden públicos,
cuando obviamente son problemas internacionales vinculados a la
seguridad estratégica del Estado.
Pero lo más sorprendente de esta situación es el
discurso y la acción del gobierno nacional y de los propios
responsables por la defensa del Estado. Reviven
el espectro de la guerra civil del siglo XIX, un escenario poco
probable en un país relativamente bien integrado, donde existe una alta
interdependencia entre sus provincias y sus clases y estamentos
sociales, para enmascarar el desafío del siglo XXI. Un
reto que incluye enfrentar una guerra de exterminio, muchas veces
desarrollada únicamente
en los ámbitos psicológico y económico, expresiones
de la violencia estructural, adelantada por la potencia dominante
en el sistema internacional, con la cual se busca la destrucción
de cuanto representa utilidad y cultura para el presunto adversario.
Una mediana o pequeña potencia de valor geopolítico,
ya sea por su situación en el sistema geovial o por la posesión
de recursos estratégicos. Y es un
desafío para Venezuela
presente en nuestra cotidianidad. La presencia y la acción
de los paramilitares colombianos en el territorio nacional forma
parte de la estrategia para materializar esa guerra. No se trata
aquí de enfrentar, detener y sancionar rebeldes. Se trata
de combatir fuerzas enemigas, asociadas con una "quinta columna" interna
que ha infiltrado, y hasta dominado, la oposición legitima
dentro del sistema político venezolano.
Y aquí hay otro hecho pasmoso: la sumisión de los
partidos políticos nacionales y de la Confederación
de Trabajadores de Venezuela (CTV) a los designios de la "quinta
columna". Se puede entender la búsqueda de alianzas internacionales
con movimientos políticos foráneos por parte de nuestras
organizaciones partidistas. El fenómeno de la globalización,
ya visto claramente por Karl Marx, tiende a provocar la internacionalización
de la función política. Pero
lo que es inexplicable es que rindan el escenario de su actuación - el Estado -
en beneficio de un poder que niega la política para colocar
en el mercado la generación del orden social. Ni siquiera
en procesos de integración regionales supranacionales, como
el caso de la Unión Europea, los partidos políticos
menguan su papel en los estados que tienden a confederarse. De
modo que su conducta aquí, que sacrifica sus propias formulas
políticas, es una negación a su papel de intermediación
dentro de nuestro sistema político. Una
complicidad en la destrucción del Estado que es su razón de ser. Pero
el caso de la CTV no es pasmoso, es asombroso. Una institución
social que se autocalifica como expresión de la mayoría
de la clase trabajadora venezolana, sometiéndose a una potencia
que privilegia el capital sobre el trabajo es sencillamente insólito.
Y mucho más inaudito lo es que guarde silencio ante el asesinato
de dirigentes sindicales colombianos, faltando a la solidaridad
de clase que ha tipificado al movimiento laboral desde el siglo
XIX. Y dentro de ese comportamiento, banalice la presencia de esos
criminales en nuestro país y el propio asesinato de nuestros
dirigentes campesinos por parte de esos invasores. Son asuntos
que deben inquietar al gobierno del Estado y a los responsables
de la defensa estratégica de la nación. Hay una falla
política evidente ante la existencia de este cuadro. Han
fracasado los procesos agregativos destinados a facilitar los intercambios
entre los sectores con intereses inarmónicos. Una responsabilidad
primaria de las instituciones de gobierno, compartida con las instituciones
políticas (partidos y movimientos políticos).
No obstante,
no aparece en el escenario político ningún
signo de los responsables tendente a remediar esta situación.
Por el contrario, todos los indicadores conducen hacia una polarización
artificial de la comunidad política con fines electoreros,
colocando al país, a la nación y al gobierno como
botín para la potencia con ambiciones imperiales. Se olvidan
del viejo y sabio refrán que dice "en río revuelto,
ganancia de pescadores". Afortunadamente
hay un grupo mayoritario de venezolanos, con la clarividencia de
los legisladores británicos,
que no se prestan a este juego macabro que conduce, casi inevitablemente,
a la pérdida de un país que ha sido construido con
el sudor y la sangre de muchas generaciones.
* Alberto
Müller Rojas - Email: escruz@telcel.net.ve
Imprimir
Enviar |
|
|
Volver |
|
|
|
Portada |
|