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Caracas / Venezuela -
 


Ni dictadura ni revolución
Domingo Alberto Rangel / Semanario Quinto Día No. 401 (Venezuela) - 16/07/04

Si usted oye a los petimetres de Primero Justicia llegará a creer que Venezuela vive bajo una cruel dictadura. La misma sensación sentirá si se detiene a escuchar a los mercaderes de Proyecto Venezuela. Más discretos, los copeyanos hablan de las arbitrariedades del Gobierno. Y todavía más discretos, los adecos reprochan al gobierno de Chávez su ventajismo o sus excesos. Frente a este cuadro de reacciones tan variadas entre los opositores, cualquiera tendría derecho a preguntarse si el gobierno de Chávez es o no es una dictadura, o si es apenas arbitrario a la manera de aquellos granujas que aprovechan sus ventajas para perpetrar algún abuso.

Este gobierno de Hugo Chávez es bribón o pícaro, pero no es dictatorial. Tiene las arbitrariedades cuarteleras que son características en los militares latinoamericanos. Pero no es y no será jamás una dictadura. Los líderes de Primero Justicia, parecidísimos a esos caballeritos que llaman los franceses "vert gallant", deberían preguntarle a Pompeyo Marquez, ahora cercano a ellos, qué cosa es una dictadura. Entonces Pompeyo Marquez les diría que una dictadura es un régimen sin habeas corpus , sin recursos de amparo, sin Parlamento para las investigaciones ni prensa para las denuncias y donde los presos políticos pasan años enteros, en interminable sucesión, sin que nadie pueda visitarlos siquiera para aliviarles las medias noches de soledad o los medios días de tristeza. Eso es una dictadura, chiquillos. Quien diga que en la Venezuela de hoy impera la dictadura o es un alienado mental o no sabe catalogar los regímenes políticos.

¿Quieren conocer la dictadura?

Para ilustrar a los dandies de la Coordinadora Democrática les diré que en una dictadura, como las que yo combatí y sufrí y hablo en primera persona ahora porque me sobra autoridad moral, los carcelazos se cuentan por años. Yo caí preso en abril de 1950, una noche espesa alumbrada sólo por el relámpago del Catatumbo, y salí en enero de 1954. Durante todo el año de 1951 estuve sufriendo un régimen de confinamiento solitario en un recodo de la Penitenciaría de San Juan de los Morros, que los presos comunes llamaban el "Sing-Sing". Estuve entonces sometido a juicio militar, pero jamás vi al juez del proceso ni tuve defensor o acusador. Todo eso ocurrió bajo el gobierno de dos ilustres militares: Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez.

Años más tarde, entre 1963 y 1966, volví a la cárcel y tampoco tuve juicio, no vi nunca al juez de la causa, si es que éste existió, y tuve paciencia para soportar aquella farsa republicana. Debo decir que en mis dos largas prisiones, en total cerca de ocho años, no recibí la solidaridad de un solo periódico, no hubo periodista que fuera a visitarme o me enviara un papelito de consolación o aliento y lo que es más grave, entre los grandes diarios existentes en aquellas épocas, ninguno demostró la menor simpatía o caridad hacia quienes nos podríamos en las cárceles.

Es que cuando hay una dictadura, todos, excepto un puñado, saben poner sus bardas en remojo. Chávez y los suyos son tunantes, pero no esbirros. Aquí hay una alegre mascarada funambulesca de payasos, mercaderes y tahures disfrazados de próceres.

La revolución chavista

La revolución bolivariana es una estafa completa. Podríamos decir que en la Venezuela de hoy no hay una dictadura, pero menos, mucho menos, hay una revolución. Una revolución no lleva el nombre de ningún prócer porque una revolución es algo innovador como nada. Y menos de un prócer tan conservador como fue Simón Bolívar. Revolución bolivariana es una contradicción en sus propios términos, es como hablar del hielo caliente o del fuego helado. Las revoluciones se hacen con altísimas dosis de violencia porque son rupturas del orden social, insurgencias de la oscura masa que, armada y resuelta, arrasa con todo. Una revolución es violenta o no es revolución.

Hablar de revolución pacífica es ya confesar una picardía, envolver un contrabando infame con un pabellón honorable. Es ser granuja. No estoy haciendo gala de dogmatismo o de sectarismo. Apenas reivindico elementales conceptos de la ciencia política. Desde Hugo Grocio, en los albores de la Edad Moderna, se entiende por revolución un proceso de rebelión social, de insurgencia armada en el cual la masa depone a las clases dominantes, les arrebata sus propiedades, disuelve el aparato militar e instaura un nuevo ordenamiento social. Estos conceptos no son exclusivos de Marx, Lenin, Mao o Fidel Castro. Consulten ustedes el pensamiento de Oliverio Cromwell o de Maximiliano Robespierre, personajes burgueses los dos, artífices de insurgencias que buscaban establecer el régimen capitalista y verán que en nada discrepan de cuanto estoy sosteniendo. Hablar de revolución pacífica como hacen Chávez y sus acólitos, es una tácita confesión de bellaquería y es algo peor, tomar a los demás por imbéciles.


Ni siquiera antiimperialista

Este régimen ni siquiera es antiimperialista. El periódico Libertario, lo único que sobrevive en la UCV con la gallardía y la verticalidad de otros tiempos porque lo demás está todo podrido, publica la lista de las empresas petroleras yanquis, inglesas, francesas, españolas y brasileñas que han recibido aquí unas concesiones capaces de sonrojar al mismísimo Juan Vicente Gómez.

Nadie, desde la muerte del Benemérito, ha sido tan obsecuente y obsequioso, tan pródigo y tan galano con el imperialismo petrolero como Hugo Chávez. Pero Chávez es tan vivaracho que, luego de complacer a un trust norteamericano hasta asombrar al mismo padre de George W. Bush, larga un discurso antiimperialista. Chávez es un beato que pronuncia un discurso ateo en las puertas de una catedral, un polizonte que habla de derechos humanos, un contrabandista con una bandera bien aderezada.

Aquí no hay dictadura, como sostienen los lechuguinos de Primero Justicia, pero tampoco hay revolución. Tenemos un régimen demagogo y medio sinvergüenza, es todo.

* Domingo Alberto Rangel


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