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Julio es un mes de fechas aniversarias nacionales de muchos países,
que se han convertido en históricas no sólo por señalar
el nacimiento de sus sociedades a la soberanía formal mediante
su constitución en naciones independientes, sino porque
tales acontecimientos señalaron la formulación de
nobles metas de mejoramiento humano sustantivo para enormes conglomerados
sociales animados de grandes sueños en la superación
de condiciones inaceptables de inferioridad, servidumbre, esclavitud,
colonización, discriminación, degradación
de todo género, y en la búsqueda de anhelos básicos,
resumidos en el lema clásico: "libertad, igualdad, fraternidad". Expresaban el nacimiento anunciado de un nuevo mundo, de un mundo
mejor. En conjunto, forman la gran utopía compartida, que
cobró su forma más universal al cabo de la segunda
guerra mundial, en la Declaración de los Derechos
Humanos formulada por la ONU. Julio, por tanto, mes de grandes celebraciones
oficiales, de optimismo obligatorio y de nuevas promesas... Sin
embargo, a la luz de las tragedias en que está envuelto
el planeta hoy día, parece obvio que la humanidad, o al
menos la mayoría de ella, no tiene
mucho que celebrar ni qué esperar, cuando su fracción más "avanzada",
poderosa, lúcida, rica y educada se empeña en la
misión perversa de destruir a sus semejantes, a las demás
especies y al planeta mismo, misión, para colmo de la paradoja,
glorificada como de salvación civilizadora por los avasallantes
medios de difusión masiva de que se sirven para justificar
su "obra".
A Venezuela le ha tocado, en sus celebraciones de
este su mes de julio, un papel nada fácil para ayudar, haciendo
de tripas corazón, a superar este drama demencial que padece
la humanidad, luego de haber sido víctima de golpes innobles
de la minoría
prepotente. Lo que está en juego aquí, como
en el resto del mundo, es lo que se ha dado en llamar la democracia
participativa, la participación social real, la utopía
de que cada ciudadano sea dueño de su destino, en armonía
con su sociedad y su ambiente. La única esperanza
de que ello sea posible es la integración popular, integración
al movimiento del foro social mundial, el llamado movimiento de
la alterglobalización, el de la otra globalización,
no la del gran capital y desde el Norte, sino la del gran pueblo
y desde el Sur. Es la utopía de Porto
Alegre, cuya fuerza
parte del axioma de que un mundo mejor para todos es necesario,
y de la convicción de que tal mundo es posible, y conquistable....
por las organizaciones populares de base, si se unen y comunican
en una gran red mundial, para coordinar las
acciones diversas en el ejercicio del poder popular, horizontal
y diverso, ejercido desde las comunidades mismas. Tal
es la utopía que en Venezuela se ha ido tejiendo en el movimiento "conexión
social", que
asume como reto esta información comunicativa, sembradora
de comunión en el pueblo, entre los pueblos, como reverso
y contrario de la información mercantil al servicio del
capital y de su fuerza bruta invasora.
Este domingo (25/07/04) celebra su 1ª.
Convención nacional de promotores del
poder popular en el auditorio
de la Universidad Bolivariana, desde el amanecer hasta la noche,
en busca de la comunicación
que conduzca a la participación real del pueblo. El punto
de partida es la información genuina, según la "ecuación
lapidaria" de Roberto Savio, ex jefe de Interpress Service: "No
hay desarrollo (humano) sin participación, no hay participación
sin comunicación, no hay comunicación sin información
(genuina)." La fiesta de hoy de "conexión social" es la
búsqueda heroica nada menos que de la comunión del
pueblo venezolano en el ejercicio de su poder. La invitación
es abierta...
* Francisco Mieres
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