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Caracas / Venezuela -
 


EEUU y Suramérica: el gran contraste hoy
Domingo Alberto Rangel / Semanario Quinto Día No. 403 (Venezuela) - 30/07/04

El barón de Montesquieu, inspirador de la Constitución Federal de Estados Unidos, maestro de los próceres de nuestra independencia y uno de los grandes filósofos de la política universal, escribió en sus mocedades un libro que tituló Cartas persas. Allí cuenta cómo un supuesto príncipe persa decide recorrer a Europa y de cada país, en extensas misivas dirigidas a sus familiares en Persia, consigna sus impresiones con toda franqueza.

El príncipe persa, en definitiva, es un burladero para eludir en este caso las responsabilidades o las molestias que acarrean siempre las opiniones críticas. Nosotros podríamos hacer lo mismo e, imitando al barón francés, escribir nuestras cartas persas sobre la América en que nos ha tocado vivir.

El supuesto persa de nuestro relato, si viniera al mundo americano entre 2003 y 2004, habría notado un contraste desconcertante entre América del Norte y América del Sur en cuanto a la política como misión liberadora. En América del Norte, el persa del cuento registraría las grandes protestas que ha suscitado la intervención de mister Bush en Irak, país vecino de la Persia de Montesquieu; mientras en el Sur le llamarían la atención unos demagogos deplorables cotorreando todo el día contra el imperio, pero sin hacer nada concreto para combatirlo, atajarlo o molestarlo. Al persa de nuestro cuento le llevaría casi a la estupefacción el caso de Hugo Chávez, presidente de Venezuela, que denosta del imperio americano, pero al mismo tiempo garantiza a Estados Unidos el normal abastecimiento de petróleo. Es como sacrificar al Irak, pero con la suficiente hipocresía y la sobrada cobardía de un mercader doblado de tahúr.

Una hora menguada

Dejemos ahora al barón de Montesquieu para caminar del brazo de otro escritor aficionado a las fantasías: nuestro Rómulo Gallegos. Doña Bárbara, su principal personaje, era, como se recordará, supersticiosa y desconfiada por encima de todo. Tenía ella, por tales rasgos, gran temor a lo que llamaba "horas menguadas". América del Sur vive, desde hace algunos años, una de esas horas menguadas. Unos demagogos de esquina, sin grandeza, sin alcurnia ideológica ni relevancia intelectual, llamados Lula, Chávez, Lucio Gutiérrez o Evo Morales han tomado el cayado de la conducción política. Y sólo han dado lo que ellos pueden dar: farsas por epopeyas, argucias por ideologías, escamoteos por realizaciones. Venezuela es el caso más patético en esta falsificación histórica.

Mientras se invoca a sus próceres, discípulos de Montesquieu todos ellos, se prorratea entre las transnacionales del petróleo y del gas todo el patrimonio energético de la nación. La
plataforma deltana, la faja del Orinoco, el subsuelo del lago de Maracaibo, donde Venezuela tiene algo valioso: se ha llamado a las transnacionales, con la aquiescencia de Hugo Chávez, para hacer allí la repartija de rigor. El único deber o tarea del Estado venezolano en este proceso es el de "crouppier" en los garitos. Preguntar quién da más.

Nuestro nacionalismo hace aguas

A Chávez, a Lula, a Evo Morales o a Gutiérrez les ha pasado lo mismo que a Kadaffi, Arafat, Bouteflika y otros especimenes del nacionalismo árabe que no han sido capaces de enfrentar a los gringos ahora que ellos ocupan Irak, pero siguen recitando su salmodia nacionalista de hace 30 años.

Cuando los gringos no tenían un solo soldado en el Medio Oriente, estos saladinos del nacionalismo árabe desafiaban al imperialismo. Ahora, cuando el imperialismo tiene en Irak 150.000 hombres, ocupando a un país árabe, callan contritos y acobardados. Lo mismo hacen, en otro contexto, Chávez, Morales o Lula. Aquí no han salido hasta ahora las huestes de nuestra Juana de Arco, Lina Ron, a tirarle una pedrada a la Embajada de Estados Unidos, ni se han oído en boca de la pasionaria tachirense, Iris Valera, los denuestos contra el imperio que ella suele proferir contra pacíficos ciudadanos o contra personajes que ya no tienen poder.

El nacionalismo árabe está muerto. Arafat de lástima y los otros merecen desprecio. La dignidad de los árabes, me duele decirlo, pero es inevitable, la encarnan hoy Bin Laden, Hamas, Hezbola, los chiitas de Irak y otros movimientos o personajes. No tengo la culpa de que quienes debieron inmolarse porque estaban obligados a ello, como lo hizo entre nosotros el granadino Antonio Ricaurte, hayan dejado el campo a unos fanáticos religiosos que hoy constituyen el único grito de protesta o la única pedrada de repudio que se oye o cascabelea en el Medio Oriente.

Estados Unidos y nosotros

En Estados Unidos ha habido grandes manifestaciones de repulsa contra la invasión a Irak, sobre todo en Nueva York, San Francisco y Washington. Aquí la UCV no ha sido capaz de convocar siquiera uno de esos aburridos foros de la Sala E, suerte de velorios para viejos.

En Estados Unidos, además, ha resurgido una izquierda revolucionaria que junta en un solo torrente, pequeño hoy día, pero prometedor, a marxistas ortodoxos, trotskystas, anarquistas, guevaristas, etc., todo el Arca de Noé de la revolución, como dice un amigo mío, y a la cabeza de los cuales se han colocado figuras consagradas como Tom Hayden y John Zerzan. Ahora les acompañan grandes intelectuales como Gore Vidal, Naomi Klein o figuras de Hollywood como Michael Moore, cuya película Fahrenheit 9/11 es el éxito de taquilla más grande en este momento.

Duele el contraste con una América del Sur cretinizada o postrada, donde los politiqueros, con charreteras o sin ellas, pasan por héroes y se discute si el ente electoral admite unas máquinas de procedencia gringa todas ellas.

Es posible que América del Sur esté viviendo la etapa más mediocre de sus últimos cien años. La llama de la resistencia ha pasado al Medio Oriente y a Estados Unidos y ella no está en manos de revolucionarios de pensamiento radical. La política teme también al vacío, cuando los revolucionarios capitulan como ha ocurrido con los árabes, otros recogen la bandera.

* Domingo Alberto Rangel


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