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Artículo
Caracas / Venezuela - Miércoles 2/04/03
 
 

Iraq y la siniestra lógica de Estados Unidos
en su estrategia de Guerra Global

Víctor Ego Ducrot / La Otra Aldea - 02/04/03




La expresión Guerra Global fue instalada por la periodista y experta en política internacional Stella Calloni -argentina y corresponsal en Sudamérica del diario mexicano "La Jornada"- y se trata de una categoría de interpretación que corresponde con fidelidad fotográfica al estadio actual del escenario internacional: al lanzar su salvaje agresión contra Iraq, Estados Unidos, la facción dominante del Imperio Global Privatizado (IGP), no hizo otra cosa que cumplir con la lógica interna de su historia como potencia imperialista.

Se trata de una historia que comenzó a partir de su consolidación capitalista, cuando Abraham Lincoln, quien más allá de su famosa definición de democracia -"el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" -, gobernó mediante decretos de urgencia militar. Que continuó con la usurpación de territorios mexicanos, con su intervención en la Cuba aún española, con la ocupación de Filipinas y con la llegada de Theodore Roosevelt y su estrategia de "emperador republicano" a la Casa Blanca.

Sin que ello signifique una revisión de la historia estadounidense quizá sea útil recordar aquí que fue en tiempos de los presidentes McKinley y Roosevelt cuando William Randolph Hearst desplegó su propio imperio periodístico, preanunciando los principios de monopolio comunicacional en manos del bloque de poder y de parcialidad de clase a la hora de informar en forma masiva.

En un artículo anterior -distribuido en la edición número 20 de "La Otra Aldea" - demostramos que el ataque a Iraq fue decidido e inicialmente diseñado por el "gabinete de guerra" del presidente George W. Bush, inmediatamente después de los episodios del 11 de septiembre del 2001.*

Sin embargo, nos encontramos ante un hecho político-militar que merece un análisis más profundo, o por lo menos más extendido hacia atrás en el tiempo.

Algunos antecedentes del nuevo escenario

Se dice que cuando a principios de la década del ´70, Richard Nixon -otro republicano, como McKinley, Roosevelt, Ronald Regan y los miembros de la dinastía Bush-, decidió sacar al dólar del patrón o de la convertibilidad en oro, el aluvión de petrodólares abrió las compuertas del proceso de endeudamiento externo crónico de las economías periféricas, es decir de los países sometidos al régimen imperialista. Se trata de una interpretación tergiversadora desde el punto de vista de la historia del imperialismo, e incluso del colonialismo, y parcial en cuanto a la comprensión del fenómeno más inmediato.

La potencia imperial antecesora del Estados Unidos, Gran Bretaña, desplegó una política sistemática de empréstitos impagables a lo largo y a lo ancho del planeta durante todo el siglo XIX, captando así no sólo recursos financieros y de la economía real sino voluntades políticas vernáculas en cada una de sus colonias (ver en este último punto un ejemplo de como siempre a lo largo de su historia el sistema imperial necesitó y por consiguiente fomentó sistemas domésticos de corrupción).

Pero volvamos a los llamados fenómenos inmediatos. Respecto del estallido de los petrodólares y sus consecuencias, los ideólogos de la tergiversación -economistas, analistas, funcionarios y periodistas del poder, entre otros- no contaron ni cuentan que para ese entonces las masas monetarias provenientes del negocio energético, del 70 por ciento de la producción de bienes que por entonces no se llamaba globalizada y del sector financiero, ya estaban en manos de los circuitos bancarios estadounidenses, sistemáticos y "offshore" (datos que surgen de diferentes informes y estadísticas del FMI, del Banco Mundial y de la OCDE).

Así fue como Estados Unidos terminó por imponer al dólar como moneda mundial, con la ventaja de ser ellos sus emisores y reguladores y también sus protectores policiales, con la maquinaria bélica más poderosa de la historia.

Estaban entonces dadas las condiciones para la cristalización de los fenómenos que caracterizan a las dos últimas décadas del siglo XX: el modelo neoliberal instalado como fórmula fin de siglo desde Estados Unidos, la caída de la URSS y del sistema socialista, la consagración de la etapa actual del sistema imperialista -el Imperio Global Privatizado (IGP)- y el consiguiente recalentamiento de las contradicciones interimperialistas, y la emergencia de China como cuenca económica y política en asenso.

Ese es el marco en el que debe entenderse la agresión terrorista de Estados Unidos a Iraq, la que puede ser apenas el inicio de una gran escalada bélica imperialista o Guerra Global contra los países dependientes, sin que ese rasgo definitorio nos permita descartar una ola de cada vez más fuertes enfrentamientos entre los componentes dominantes y periféricos del IGP, tanto económicos, comerciales como militares.

Dólares, fin de la "Guerra Fría" y neoliberalismo

La hiperacumulación financiera que comenzó con la era de los petrodólares le permitió a Reagan en Estados Unidos y a Margaret Thatcher en Gran Bretaña encabezar lo que convino en llamarse la "revolución neoconservadora" o mejor dicho el modelo neoliberal, que no es otra cosa que el ascenso al poder absoluto por parte del sector financiero concentrado y la privatización ya no sólo del sector económico estatal sino de la gestión política y militar misma.

Este proceso de concentración y control financiero internacional fue clave para el ensanchamiento de la hasta ese entonces controlada brecha científico-tecnológica entre el bloque capitalista-imperialista y el sistema socialista hegemonizado por la URSS.

Sin descartar los factores internos que jugaron en la caída del sistema socialista -en especial las deformaciones antidemocráticas del stalinismo- lo cierto es que la URSS y el vulgarmente llamado bloque del Este no pudieron competir con los logros científicos y técnicos que la hiperacumulación financiera posibilitó dentro del campo imperialista, sobre todo en los terrenos militar, informático y comunicacional.

A la par del proceso de deterioro y final caída del sistema socialista y del nacimiento de la actual etapa imperialista, Estados Unidos como facción dominante del IGP, sobre todo de cara a la Unión Europea (UE), no encontró resistencias a la hora de imponer el modelo neoliberal dentro de la periferia, del Sur, del Tercer Mundo, del mundo dominado o como se quiera denominar al conjunto de países y pueblos -las dos terceras partes del población del planeta- sometidos al poder del imperialismo.

Claro que ese modelo neoliberal no se impuso para reproducir esquemas de acumulación financiera al servicio de aquellos países dominados sino para engrosar la cuentas propias, controladas por Estados Unidos y el IGP a través de sus circuitos financieros tradicionales (bancos) y no tradicionales (distintos tipos de fondos de inversión), sistemáticos o "blancos", o asistemáticos, "offshore" o "negros". Para el mundo dominado la conclusión fue una sola y siempre la misma: más endeudamiento, más pobreza, más subdesarrollo, más disgregación política y social, más corrupción.

En este punto debemos resaltar una cuestión que suele escapársele a los analistas del bloque de poder y a otros del campo antiimperialista que se dejan atrapar por el discurso "democrático" y "ético" de las baterías ideológicas del imperialismo. Las llamadas crisis financieras de la década del ´90 tuvieron distintos escenarios y marcos políticos -México, Rusia, Turquía, el Sudeste asiático y Argentina a fines del 2001, entre otras-, pero todas sin exclusión consistieron en procesos de vaciamiento financiero de las plazas locales con destino sin etapas intermedias al circuito financiero corporativo internacional, hegemonizado por Estados Unidos. Todas esas "crisis" tuvieron otro común denominador: participaron los mismos agentes bancarios y financieros y todos los países donde tuvieron lugar estaban atravesados por un proceso de corrupción endémica dentro de sus respectivos Estados.

Así como Estados Unidos tomó la delantera en materia de acumulación financiera, tecnológica y militar frente a sus socios del IGP, también lo hizo en otro punto clave para entender la caracterización de la actual etapa del bloque imperialista. Dentro del IGP fue la primera facción en privatizar una parte determinante de su gestión política, especialmente sus políticas exterior y militar.

Ese proceso fue iniciado en la década del ´80 después del escándalo Iran-Contras, cuando Washington decidió entonces el traspaso paulatino de sus actividades militares, de inteligencia y de política exterior a empresas privadas (ver "El color del dinero", Víctor Ego Ducrot, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 1999).

La actual administración de Bush (hijo) y sus halcones, como Donald Rumsfeld, Dick Cheney y Condolezza Rice, perfeccionaron esa iniciativa, al sentar en los sillones de la Casa Blanca y de su gabinete a miembros encumbrados de las mayores corporaciones empresarias y financieras de los Estados Unidos.

Así se explica entonces que sean esas corporaciones las que ya aparecen como adjudicatarias dentro del supermillonario negocio de "la reconstrucción de Iraq post Sadam Hussein", lo que equivale a decir que serán ellas las que manejarán los recursos energéticos de la segunda reserva petrolera del planeta, una de la principales vías de insumo a China, la gran economía del siglo XXI, y además tendrán a su disposición gigantescas masas financieras, provenientes también de los vaciamientos operados durante la década del ´90.

La Guerra Global

Pero resulta que en esa configuración del mundo operada durante las dos últimas décadas, los Estados Unidos no estuvieron solos. Primero con los acuerdos de Maastricht y finalmente con la constitución del euro como moneda común de la Unión Europea, la larga marcha iniciada por el Viejo Mundo a partir de la postguerra y como aliada preferencial de Washington durante la "Guerra Fría", cumplió su objetivo: se instaló en los años ´90 como facción del IGP con peso propio y estrategia relativamente independiente.

Cabe aclarar que esa relatividad en materia estratégica surge sobre todo del carácter mundializado del sistema corporativista financiero, en el que Estados Unidos nunca perdió su hegemonía, y que, a favor de las pretensiones europeas, jugaron las sucesivas crisis políticas y económicas sufridas por Japón.
Desaparecido el tablero internacional vigente durante la "Guerra Fría" surgen dos emergentes decisivos.

Rusia hereda el lugar de la URSS y entre los escombros de un sistema socialista fracasado y los cimientos de un capitalismo salvaje y de corte mafioso surgido de esos mismo escombros, reinstala sobre el escenario, por decirlo de alguna manera aunque no muy exacta, el poder de contrapeso que Moscú tuvo hacia Europa y Asia antes de la revolución bolchevique.

La conducción comunista de China se anticipa en la lectura de este escenario y juega una carta fundamental, pone en marcha su programa de reformas económicas con cabida parcial y regional al hipercapitalismo desatado en el seno del IGP, instalándose así en protagonista estratégico no sólo de las proyecciones económicas para el siglo XXI sino como animador un tanto silencioso del rejuego político mundializado. El broche de oro a ese proceso fue la vuelta de Hong Kong a la soberanía china, aunque obligación es decirlo, si quiere entenderse el cómo del proceso vivido por el viejo gigante asiático, esa isla-base financiera siempre operó como bisagra para la acumulación financiera de Pequín.

Con características distintas respecto de estadios históricos anteriores, el mundo perdió fuerzas de balance y quedó en manos del IGP, con una Unión Europea en su interior que puja por mejores espacios y otras áreas periféricas con pretensiones de sumarse al debate a través de alianzas de distinto tipo.

Así definido el escenario mundial -con la mayoría de los países sometidos en estado de postración ante el neoliberalismo y otros, los menos, como Cuba y Corea del Norte, bregando para conservar sus respectivas soberanías-, no podía transcurrir mucho tiempo hasta la irrupción descarnada del conflicto interimperialista.

Ya no bastaron las "guerras comerciales" entre los proteccionismos europeo y estadounidense. La hiperconcentración financiera a la que llevó el modelo neoliberal instaló a las distintas facciones del IGP en una puja no sólo por el desarrollo y el control de esas masas de recursos monetarios y contables sino, y lo que es definitorio, por los espacios geográficos estratégicos para la economía real: energía, biodiversidad, agua, tierras fértiles y ricas en minerales.

El 11 de septiembre del 2001, y con la complicidad de la administración Bush, la facción más belicista del IGP, contrató mano de obra terrorista para los atentados de Nueva York y Washington (ver "Bush & ben Laden S.A., Víctor Ego Ducrot, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires y varios trabajos de autores estadounidenses, entre ellos los del prestigioso Gore Vidal).

Ese día comenzó a ponerse en marcha la estrategia de Estados Unidos hacia la Guerra Global. Las excusas discursivas no vienen a cuento. El supuesto enemigo es "el terrorismo internacional", "el eje del mal" o "todos los que no están con nosotros", según el estado de ánimo verbal de quien le escribe los discursos a Bush. Lo cierto es que la facción hegemónica del IGP busca salir de su propia crisis económica -el mayor déficit fiscal, la mayor deuda externa y la mayor amenaza de recesión- y para ello necesita que su superioridad absoluta en términos financieros se traduzca en control geográfico de los recursos de la economía real.

Por eso, confiando en su portentosa maquinaria bélica, Estados Unidos se lanzó contra Iraq, por eso el IGP, más allá de las hasta ahora declamativas posiciones de Francia y Alemania, estuvo dispuesto a romper en la ONU lo poco que quedaba de legalidad internacional. Pero los próximos objetivos pueden ser Corea del Norte y su vocación de soberanía científica en material nuclear, la propia China y América Latina a través del llamado Plan Colombia.

Se trata, como bien definió el concepto Stella Calloni, de una Guerra Global en la cual el IGP quiere asegurarse la capacidad de reproducción material como sistema de dominio. Se trata de una guerra en la cual las víctimas son los países sometidos al imperialismo y en la que las facciones principales y enfrentadas del IGP pueden llegar a niveles de enfrentamiento incluso armado.

Comenzó con la matanza del pueblo iraquí pero existe el serio riesgo de que se propague con imprevisibles consecuencias. En ese sentido son cada vez más claras las provocaciones de Washington, sobre todo cuando se acuso a Rusia y después a Siria de proveer de armas a Iraq. ¿Acaso Estados Unidos e Israel están preparando el terreno para una intervención del Estado sionista. No es descartable una internacionalización del conflicto -incluso esta prevista en la estrategia de Guerra Global-, pero lo que queda claro es que, ante ese panorama probable, una vez más los países sometidos volverán a encontrarse solos y de ellos dependerá su supervivencia como naciones.

Para el final algunas observaciones. Transcurridos más de diez días desde que Estados Unidos comenzara su ataque a Iraq, la realidad demuestra que la vida desmintió a Bush y a sus halcones. Ellos pretendieron convencer al mundo de que, apoyados en su irrefutable superioridad bélica, la invasión se trataría de un paseo y que el "dictador" Sadam Hussein huiría o sería derrocado por su propia gente.

Pero las mentiras de Bush y Rumsfeld, propaladas a escala planetaria por la CNN y el resto de la corporación periodística internacional tuvo patas cortas. El edificio comunicacional del imperialismo comenzó a resquebrajarse y ni Washington ni Londres pueden ocultar ya que algo anda mal.

Como ya dijimos, la superioridad militar estadounidense frente a Iraq es incuestionable. No olvidemos que este país hace más diez años que sufre un bloque inhumano y que su supuesta potencia de fuego fue un invento de Washington para justificar la invasión. También hay que tener en cuenta que las recientes expresiones de Bush acerca de que la "guerra" duraría meses pueden formar parte de una campaña de inteligencia y desinformación.

Si embargo, aquella "opción Kissinger" durante la guerra de Vietnam -la superioridad tecnológico-militar puede quedar relativizada e incluso puede ser revertida debido a las incapacidades o imposibilidades políticas- vuelve a aparecer en el escenario. La resistencia del pueblo iraquí nos obliga entonces a una reformulación dialéctica del viejo principio de Clausewitz.

Aquél teórico sostenía que la guerra es la continuación de la política a través de la armas. Ateniéndonos a los posibles efectos de la resistencia iraquí podríamos afirmar que en la guerra las armas pueden perder poder si desde lo político dificultamos el camino de las tropas imperialistas: con su maquinaria bélica la banda anglo-estadounidense podría borrar del mapa a Iraq, ¿pero tiene acaso condiciones políticas, domésticas e internacionales, para acometer con semejante salvajada o para internacionalizar el conflicto?

(*) Nota de Soberanía: leer artículo The US´s battle for oil publicado originalmente en el diario Sunday Herald el 06/10/02.


 
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