Estados Unidos: Un dudoso apóstol de la fe
Domingo Alberto
Rangel / Semanario
Quinto Día No. 404 (Venezuela)
- 06/08/04
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El imperio norteamericano ha pretendido ser el paradigma moral
por excelencia. Ronald Reagan justificó, ya en los años
ochenta, sus andanzas internacionales en una pretendida lucha contra
el imperio del mal. Cuando se derrumbó la Unión Soviética,
con mucha pena y escasa gloria, el mismo Reagan y su sucesor, George
Bush padre, entonaron cánticos bíblicos como ocurre
en el Antiguo Testamento cuando Jehová gana una batalla
al "murciélago Satán", como llama Rubén Darío al demonio en uno de sus poemas. En 1991, cuando cesó de
existir la Unión Soviética y el comunismo mundial
demostró que era menos temible de lo que parecía,
ese orgullo moral, esa presunción de ser los mejores se
esperó que desaparecería de los gringos. Habían
ganado la batalla y eso debía bastarles. No hay, empero,
imperio que deje de batallar. La lucha es la ley eterna de los
poderosos. Quien construya un imperio, quien remonte la triple
cuesta del poderío militar, la suficiencia económica
y el prestigio político queda condenado a esgrimir en todo
momento las armas del orgullo, el egoísmo y la agresividad.
Un
imperio no sólo es excluyente, está obligado
a ser soberbio. Y ello le lleva a crearse enemigos frente a los
cuales tiene que abrir un abismo moral. El bueno y el malo, el
escogido y el repudiado, en torno a tales dilemas gira todo imperio.
Los norteamericanos, al erigir desde hace cien años el imperio
más gigantesco de todos los tiempos, no iban a ser excepción
de tal regla.
El nuevo dilema
Hundido el comunismo, desaparecida la URSS y prostituida China,
Estados Unidos parecía destinado a descansar de sus afanes
de camorreros permanentes. Jehová podía dormir, Luzbel estaba en el suelo, sobraban los contrastes morales entre el bueno
y el malo. Si el diablo muriera, Dios podría entregarse
al sueño. Pero ni Dios ni el diablo morirán jamás.
Dios necesita siempre un demonio; sin éste, Dios estaría
incompleto, es su tragedia. Allí nació la rivalidad
o la dualidad entre Estados Unidos y el mundo islámico.
La
razón de esta nueva rivalidad que vuelve a obligar al
imperio norteamericano ser maniqueo es fácil de entender.
El botín de la Guerra Fría era el Medio
Oriente.
Están allí los dos tercios de las reservas conocidas
de petróleo y más importante que eso, la garganta
tradicional de las civilizaciones, esos espacios que van del Nilo al Eufrates entre el oeste y el este y del Cáucaso al golfo
Pérsico entre el norte y el sur. Estados
Unidos procedió a
ocupar el Medio Oriente y en tal sentido situó en Arabia
Saudí unas unidades militares de carácter permanente.
Allí les surgió el nuevo Satán.
Resentidos
por la presencia militar de una potencia extranjera, los árabes han calentado desde entonces el fuego de sus
resentimientos. El islamismo militante es fruto de la presencia
yanqui en la tierra donde las mezquitas de La
Meca y Medina guardan
los tesoros históricos de Mahoma. En realidad, el islamismo
militante nació hace tiempo, pero se encabritó a
raíz de la virtual ocupación de Arabia
Saudí.
Así renació el dilema entre
el bueno y el malo en torno al cual gira otra vez el imperio norteamericano.
La hipocresía
Está escrito que los puritanos son hipócritas muy
habilidosos o resbaladizos. Nadie puede reducir la vida a una monótona
lucha entre el bien y el mal absolutos. Resulta fastidiosa tal
rotación. Lo absoluto siempre pertenecerá a las divinidades
o a sus adversarios que son los demonios. De allí viene
la hipocresía de los beatos que en la vida humana son el
parangón o pretenden ser los parangones de Dios.
Un beato
es siempre un hipócrita bien escondido. Al decir
esto recuerdo una escena que yo vi muchas veces en la iglesia parroquial
de Tovar: el monaguillo, con las manos juntas, mirando hacia el
techo del templo y suspirando por añadidura, metía
la mano en el saco de las contribuciones de los fieles para hurtar
allí unos centavos. Esa picardía es frecuente en
todos los pretendidos guerreros del bien.
Los norteamericanos de
Reagan, el gran guerrero, celebraban a espaldas de todo el mundo
aquella transacción conocida como
Irán-contras, en virtud de la cual distribuían ellos
el opio de Irán -no opio metafórico como el de Carlos
Marx en su famosa frase sobre la religión, sino opio físico-
a cambio de unas armas para dotar a los "contras" de Nicaragua.
La historia se repite
La misma historia de aparente intransigencia, de falsos dilemas,
está repitiéndose en Colombia. Allí Estados
Unidos ha llamado a una cruzada moral contra el narcotráfico.
El eje del plan Colombia consiste en verter sobre ese país
ingentes sumas de dinero norteamericano para erradicar los cultivos
de coca y el tráfico que ellos sustentan. Desde Clinton,
Estados Unidos viene acordando a Colombia una ayuda militar que
sólo es sobrepasada por la que proporcionan a Israel y a
Egipto. Pero nada de ello
obsta para que el Estado colombiano, vasallo hoy del Estado gringo,
negocie con los paramilitares que son el brazo armado
del narcotráfico.
Desde hace meses, el
señor Álvaro Uribe, presidente
de Colombia, conversa a la sombra de los anchos aleros de las casonas
de Bogotá, con representantes de las Autodefensas
Unidas de Colombia. Para nadie es un secreto que esas autodefensas constituyen
la vanguardia armada del narcotráfico. Uribe lo sabe, lo
saben sus ministros, lo sabe el obispo, lo saben los militares.
Nadie lo ignora en Colombia: pero como la lucha del Plan
Colombia tiene ribetes de cruzada contra el narcotráfico, tanto Uribe como sus asesores o mandantes gringos hacen lo del monaguillo de
Tovar: miran al cielo en actitud mística mientras deslizan
la mano en el cepillo del cura.
El poder es una ventaja, la más grande del mundo, pero
es una maldición. Porque el poder en el fondo es la venganza
de Satanás contra Jehová.
* Domingo Alberto Rangel
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