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La
siguiente fase
Zoltan
Grossman / Znet
- 21/03/03
Cómo
Estados Unidos ha prevenido que los iraquíes pudiesen derrocar
a Saddam Hussein y por qué la siguiente batalla será
contra los oponentes a Saddam Hussein
La estrategia de la zanahoria y el palo a primera vista parecía
ingeniosa, o al menos con cierto mérito. En los días
precedentes a la guerra de Estados Unidos contra Iraq,
el "palo" de la invasión en preparación
presionaría a los militares o funcionarios iraquíes
a arrestar o asesinar a Saddam Hussein. "La zanahoria"
o el incentivo para hacer desaparecer a Saddam y sus hijos
era la posibilidad de prevenir que extranjeros arrasasen
su país. El portavoz de la Casa Blanca,
Ari Fleischer, lo planteó claramente cuando dijo a los iraquíes
que "una única bala" podía ser menos costosa
que una guerra.
Ya
en el ultimátum que conduciría a la guerra, la administración
Bush eliminó toda posibilidad de un golpe militar.
Ari Fleischer (al menos parecía ser él,
no un doble) proclamó inequívocamente que, incluso
si Saddam era derrocado y se exiliaba voluntariamente, las tropas
de Estados Unidos y Gran Bretaña invadirían Iraq en
una incursión pacífica para buscar "armas
de destrucción masiva".
La
cuestión no deja lugar a dudas. No importa lo que
los iraquíes hagan para derrocar a su tirano, los estadounidenses
controlarán el país de todos modos. Si algún
oficial de la guardia republicana estaba dispuesto a enfrentarse
a Saddam para salvar a su país habría tenido que devolver
la pistola a su funda. ¿Para que molestarse? "La
zanahoria" ha sido suprimida. La potencial autoliberación
de los iraquíes deviene en una guerra de conquista por una
potencia extranjera. La tragedia es que el aplastamiento
de la autodeterminación iraquí es totalmente
consistente con la que ha sido históricamente la política
de Estados Unidos respecto a la población iraquí.
El
pueblo iraquí históricamente ha tenido la reputación
de determinar su propio destino. En 1920, los turcos otomanos abandonaron
Iraq tras la derrota. En 1932, los iraquíes se liberaron
del mandato colonial inglés. En 1958, expulsaron a la monarquía
hachemita y declararon una república. Son un pueblo que puede
librarse de dictadores aun en condiciones muy adversas. ¿Por
qué no han derrocado de la misma manera a Saddam? Porque
a cada momento, Estados Unidos ha hecho todo lo posible para apoyar
a Saddam o para asegurar que ellos serían la única
alternativa posible a Saddam.
Traicionando
a los rebeldes iraquíes
Desde que el partido Baaz de Saddam consiguió
el poder en 1968, Estados Unidos ha llevado a cabo una política
esquizofrénica respecto este gobierno nacionalista árabe.
Nixon apoyó una revuelta kurda contra Irán pero vendió
a los kurdos en 1975 cuando Bagdad firmó un acuerdo con su
amigo el Sha de Irán. Los kurdos
iraquíes aún recuerdan esta traición con resentimiento
y con desconfianza.
Cinco
años después, cuando los iraníes derrocaron
al Sha, el nuevo líder supremo del Baaz,
Saddam Hussein, invadió los pozos petrolíferos
iraníes con la bendición de Estados Unidos. El presidente
Ronald Reagan apoyó a Bagdad con inteligencia
y protección de la marina de Estados Unidos a los petroleros
con cargamento iraquí y su secretario de defensa,
Donald Rumsfeld, daba la mano
calurosamente a Saddam en Bagdad. Cuando ambos contendientes
Iraq e Irán lanzaron ataques químicos en la región
kurda, los funcionarios estadounidenses cargaron las acusaciones
sólo contra Irán y minimizaron o bloquearon las resoluciones
de condena de la ONU hasta que acabó la guerra en 1988.
Después
que Saddam invadiese Kuwait en 1990, la primera administración
Bush ensambló una coalición para defender la autodeterminación
de la millonaria monarquía petrolera, pero en ningún
sitio aparecían oponentes de base a Saddam en lo que fue
la exitosa estrategia militar. Washington buscó,
en vez de ello, la formación de una oposición iraquí
en el exilio (dirigida por ex generales iraquíes
y el banquero Ahmed Chalabi) la cual sufrió escisiones
internas y se hizo impopular entre los iraquíes en Iraq
Bush
había promovido que los iraquíes se rebelasen contra
Saddam, pero cuando los chiítas iraquíes liberaron
sus ciudades en marzo de 1991, las tropas de Estados Unidos al alcance
de sus posiciones recibieron órdenes de no prestar ayuda.
Los aliados temporalmente suprimieron la zona de exclusión
aérea para que los helicópteros de Saddam pudiesen
ametrallar a los rebeldes chiítas antes de reestablecer las
limitaciones de vuelo. Saddam drenó los pantanos
de la región para finalizar la masacre.
La
razón para la traición por parte de Estados Unidos
a los chiítas era triple e instructiva para la presente crisis
del 2003. Primero, Washington asumió que los chiítas
iraquíes buscarían emular el régimen chiíta
iraní aunque se habían enfrentado como soldados a
Irán en los años ochenta (la policía secreta
Mukhabarat de Saddam contribuyó a consolidar
esta teoría pegando carteles del ayatolá Jomeini en
las ciudades rebeldes).
Segundo,
los aliados de Estados Unidos en Arabia Saudí y Kuwait temían
el peligroso ejemplo de una república secular y democrática
en sus fronteras, en el momento que la oposición interna
crecía contra las monarquías. Los príncipes
suníes y los jeques habían dado apoyo a Estados Unidos
con bases militares e intereses petrolíferos y eran más
importantes que la autodeterminación iraquí.
Tercero,
una verdadera revolución democrática llevada a cabo
por el pueblo iraquí pretendería tomar el total control
de los pozos petrolíferos y quedarse con los beneficios del
petróleo. Cuando el gobierno popular iraní
de Mohammed Mossadeq nacionalizó las empresas petrolíferas
con participación de intereses británicos y estadounidenses,
la CIA derrocó al gobierno. Washington veía
en Saddam una alternativa preferible y un factor predecible como
gobierno suní para la estabilidad regional, con lo que continuó
el reino de terror de Saddam.
Debilitando
a la oposición interna
El golpe final a la autodeterminación del pueblo
iraquí llegó con las sanciones impuestas por la administración
Clinton en los años noventa que minaron cualquier potencial
fuerza dejada en la población para oponerse a Saddam.
Las sanciones, supuestamente, eran para presionar
a los iraquíes a que derrocasen a Saddam. Pero en
vez de ello, Saddam consiguió con éxito echar toda
la culpa por la penuria económica a los Estados Unidos, y
no sin razones. Iraquíes con educación y
los trabajadores necesitaban todo su tiempo para conseguir los mínimos
productos básicos para permitir la subsistencia de sus familias.
Se hicieron demasiado débiles, distraídos
y aterrorizados para organizarse contra el régimen y comenzó
a crecer el resentimiento contra Estados Unidos por atacarlos a
ellos en vez de Saddam.
La
situación estaba preparada para la segunda guerra del Golfo
en el 2003. Sin una oposición viable a Saddam, el
presidente George W. Bush denomina una invasión
angloestadounidense como "Operación Libertad
para Iraq". En las 48 horas que algunos oficiales
o miembros del Baaz tenían la opción de evitar la
invasión eliminando a Saddam, Ari Fleischer suprimió
esta opción.
Los
estadounidenses derrocarán a Saddam o nadie lo hará.
El objetivo no es eliminar al dictador o sus supuestas armas químicas
(que en ningún modo han sido usadas) sino conquistar y gobernar
Iraq. Liberar a los iraquíes no sólo es una
gran oportunidad para asegurar el control de los pozos de petróleo
iraquíes sino, más importante, extender la nueva esfera
de influencia de Estados Unidos.
Cada
intervención de Estados Unidos desde 1990 (en el Golfo, los
Balcanes y Asia Central) ha dejado detrás racimos de nuevas
bases militares en zonas estratégicas en los territorios
entre los competidores emergentes de Europa y el Este Asiático.
No es de extrañar que los principales opositores a esta guerra
hayan sido Alemania, Francia, Rusia y China. Irán
e Iraq son los únicos obstáculos bloqueando el dominio
estadounidense de la zona entre Hungría y Pakistán,
como el perno de un nuevo imperio económico-militar.
A
los habitantes de la esfera de influencia de Estados Unidos no se
les permite derrocar a sus propios dictadores. El movimiento contra
la guerra, de forma entendible, se ha concentrado en la posibilidad
de gran cantidad de bajas en las segunda guerra del Golfo y en la
crisis humanitaria que ya ha comenzado. Pero el verdadero
crimen de Washington ha sido la negación de la posibilidad
de autodeterminación del pueblo iraquí en las últimas
tres décadas hasta incluir la presente guerra, incluso si
no mueren demasiados iraquíes.
¿Dando
la bienvenida a las tropas?
No sería del todo inusual para algunos fatigados y atemorizados
soldados o civiles iraquíes dar un buen recibimiento a las
tropas invasoras (sean cuales sean los motivos de Estados Unidos
para invadir) como una reacción humana al fin de la pesadilla
del gobierno de Saddam Hussein. Pero entonces, ¿qué?
Algunos saudíes dieron buena acogida a las tropas de Estados
Unidos en 1990 hasta que estos extralimitaron su estancia en la
tierra santa islámica después de la victoria en la
primera guerra del Golfo. Los somalíes también recibieron
amigablemente a las fuerzas de Estados Unidos cuando estos desembarcaron
en Mogadiscio en 1992, hasta el momento que Estados Unidos se puso
de lado de uno de los clanes en la guerra civil y pagaron las consecuencias
en la infame batalla del "Halcón Negro derribado".
Conquistando
Iraq, los militares se adentran en un país que está
muchísimo más dividido religiosamente y étnicamente
que Somalia, quizá al mismo nivel que Bosnia y Afganistán.
En este intrínsicamente complejo país, Estados Unidos
pronto comenzará con su práctica de definir "chicos
buenos" y "chicos malos" y a tomar partido
en los conflictos internos. Los iraquíes pueden estar
lanzando flores a las tropas americanas en el 2003, pero lanzar
granadas en el 2004.
Con
su orgullosa historia de autodeterminación, los iraquíes
no estarán nada contentos siendo gobernados por un comandante
militar americano. No se plegarán a un títere
iraquí de estilo Karzai como Chalabi, que ha plantado sus
cuarteles en el norte de Iraq. Ni los kurdos aceptarán
tropas turcas en el norte de Iraq, aunque sea esta la concesión
al gobierno turco por los vuelos desde Turquia para atacar a Saddam.
Los
chiítas en el sur podrían recibir calurosamente a
los estadounidenses que los liberan del dictador suní Saddam,
pero se resentirían de los gobernantes americanos que les
impiden tomar su lugar justo como mayoría de la población
iraquí y poder mejorar su estatus socio-económico
de segunda clase. Los iraquíes educados de zona urbana y
los partidos de izquierda contrarios a Saddam no estarían
contentos al encontrarse un nuevo jefe idéntico al jefe anterior.
Ganar
es la parte fácil. Bush puede ganar fácilmente esta
guerra pero perder la paz. La parte más complicada
no será la resistencia de los seguidores de Saddam sino la
resistencia por parte de los oponentes de Saddam. Como en Filipinas
hace un siglo, Estados Unidos llega para liberar a un población
de un gobierno tiránico, pero al final deviene en
una potencia imperial combatiendo a los rebeldes que ha venido a
apoyar.
Zoltan
Grossman es profesor agregado de Geografía en la Universidad
de Wisconsin - Eau Claire y desde hace mucho tiempo pacifista, ecologista
y dirigente antirracista. Sus escritos pacifistas pueden ser leídos
en www.uwec.edu/grossmzc/peace.html y se le puede escribir a zoltan@igc.org
(*) Traducido
por Manuel Cubero y revisado por Bea Martínez.
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