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Caracas / Venezuela - Martes 8/04/03
 
 

Lo que quede entre las ruinas
George Monbiot / Znet - 25/02/03




Los hombres que gobiernan al mundo son demócratas en su casa y dictadores en casa ajena. Llegaron al poder por medio de elecciones nacionales que, por lo menos, poseen el poder de representar la voluntad de su gente. Sus ciudadanos tienen la posibilidad de despedirlos sin derramar sangre y poner freno a sus políticas con la esperanza de que, si se juntan las personas suficientes, se verán obligados a escuchar.

A escala internacional, empero, gobiernan por la fuerza bruta. Ellos, junto a las instituciones que conducen, esgrimen un control económico y político sobre las personas del mundo pobre más grande que el de sus propios gobiernos. No obstante, estas personas pueden en cualquier momento desafiarlos o reemplazarlos tanto como los ciudadanos de la Unión Soviética pudieron votar para sacar a Stalin del poder. Su gestión de los asuntos públicos a escala mundial es (según todas las definiciones políticas clásicas) tiránica.

Sin embargo, así como los medios con los que cuentan los ciudadanos para derrocar a esta tiranía son limitados, pareciera que ella misma está generando algunas condiciones para su autodestrucción. Durante la semana pasada, el Gobierno de los Estados Unidos amenazó con desmantelar dos de las instituciones que, hasta no hace mucho tiempo, sirvieron a sus intereses globales de la mejor manera posible.

El sábado, el Presidente Bush advirtió al consejo de seguridad de las Naciones Unidas que la aceptación de una nueva resolución en la que se autorice una guerra contra Irak era su "última oportunidad" para dar pruebas de "su relevancia". Cuatro días antes, un documento filtrado del Pentágono demostró que probablemente esta última oportunidad ya había caducado. Los Estados Unidos planean construir una nueva generación de armas nucleares con miras a acrecentar su capacidad para lanzar un ataque preventivo. Esta medida amenaza tanto al Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares como al Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (dos de los principales instrumentos de la seguridad mundial) a la vez que pone en peligro el pacto internacional que las Naciones Unidas sostienen con su existencia. El consejo de seguridad, que, a pesar de sus constantes interrupciones sobrevivió a la Guerra Fría, comienza a parecer frágil después de ella. El miércoles, los Estados Unidos tomaron una medida decisiva en aras a la destrucción de la Organización Mundial de Comercio (OMC). La actual ronda de comercio de la OMC se derrumbó en Seattle en 1999, ya que las naciones pobres se percataron de que no les ofrecía nada a ellos pero le otorgaba nuevos derechos a las empresas del mundo rico. Fue relanzada en Qatar en 2001 sólo porque se prometió a estas naciones hacerles dos concesiones: podían hacer caso omiso de las patentes en las drogas caras e importar copias más económicas cuando la salud pública estuviera amenazada, y esperar una importante reducción en los subsidios agrícolas del mundo rico. Durante la reunión de la OMC en Ginebra la semana pasada, los Estados Unidos se desdijeron, lisa y llanamente, de ambas promesas.

El triunfo de los Republicanos en las elecciones de mitad de mandato durante el noviembre pasado, fue asegurado con ayuda de 60 millones de dólares de las empresas farmacéuticas líderes norteamericanas. Parece haber sido un acuerdo directo: nosotros les compramos las elecciones si ustedes abandonan la concesión que hicieron en Qatar. Los lobbies del negocio agropecuario en los Estados Unidos y Europa parecen haber tenido casi el mismo éxito: las naciones pobres fueron obligadas a discutir un proyecto que efectivamente permite al mundo rico seguir imponiendo sus productos subsidiados en los mercados del mundo pobre.

Si los Estados Unidos no se retrotraen, las conversaciones sobre el comercio mundial van a derrumbarse en la próxima reunión ministerial en México, en el mes de septiembre, al igual que ocurrió en Seattle. En cuyo caso, la OMC, tal y como lo advirtió su ex director general, va a caer en pedazos. Las naciones, en cambio, van a resolver sus disputas comerciales en forma individual o a través de acuerdos regionales. Aparentemente los Estados Unidos ya se están preparando para esta eventualidad por medio del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas y las duras concesiones que está imponiendo a otras naciones como condición para obtener ayuda norteamericana.

Los Estados Unidos, en otras palabras, están desgarrando el libro de las reglas mundiales. A medida que esto sucede, aquellos de nosotros que hemos luchado contra las grotescas injusticias del orden mundial actual vamos a descubrir prontamente que un mundo sin instituciones es aún más desagradable que uno gobernado por las instituciones equivocadas. El multilateralismo, por más equitativo que sea, precisa hacer ciertas concesiones a otras naciones. El unilateralismo significa piratería: un asalto a mano armada de los ricos contra los pobres. La diferencia entre el orden mundial de la actualidad y el que los Estados Unidos puedan estar preparando es la misma que existe entre una fuerza mediatizada y una no mediatizada.

No obstante, la posibilidad de que el orden mundial actual se desplome, aún peligrosa como es, también nos ofrece las mejores oportunidades que jamás hayamos encontrado para reemplazar a las instituciones injustas y coercitivas por otros medios de gobierno mundial más justos y democráticos.

Al echar a pique el sistema multilateral por unos pocos intereses empresariales a corto plazo , los Estados Unidos están, paradójicamente, arriesgando su propio control tiránico sobre otras naciones. Los organismos internacionales existentes, modelados por medio de políticas de poder brutales a finales de la Segunda Guerra Mundial, han permitido que los Estados Unidos desarrollen sus intereses internacionales en materia de comercio y política, más eficientemente de lo que lo hubieran hecho por sí solos.

Las instituciones a través de las cuales han operado (el consejo de seguridad, la OMC, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial) les han ofrecido una apariencia de legitimidad a lo que ha devenido (en todos sus aspectos salvo por el nombre) en la construcción de un imperio. El fin del multilateralismo obligaría a los Estados Unidos, como ya ha comenzado a hacerlo, a abandonar esta simulación y admitir abiertamente sus designios imperiales sobre el resto del mundo. Admitirlo, a su vez, obliga a que otras naciones procuren resistirlo. Una resistencia eficaz crearía el espacio político necesario para que sus ciudadanos puedan empezar a instar por un multilateralismo nuevo y más equitativo.

Hay muchas maneras de contestar al poder unilateral de los Estados Unidos, aunque la más inmediata y eficiente es la de acelerar su crisis económica. Los estrategas chinos ya han sugerido que el yuan debería reemplazar al dólar como moneda de reserva del Asia oriental. En el transcurso del año pasado, como reveló The Observer el domingo, el euro ha comenzado a desafiar la posición del dólar como divisa internacional para el pago de petróleo. El predominio del dólar en el comercio mundial, especialmente el mercado del petróleo, es lo que permite al Tesoro de los Estados Unidos mantener el déficit masivo del país, ya que puede emitir moneda libre de inflación para que circule por el mundo. Si la demanda mundial de dólares cae, el valor de la moneda cae con ella, y los especuladores van a cambiar sus activos a euros o a yens o hasta a yuans, lo que redundaría en que la economía norteamericana comience a tambalear.

Por supuesto que un país económicamente debilitado que cuenta con una fuerza militar aplastante sigue siendo peligroso. Aparentemente, como ya señalé la semana anterior, los Estados Unidos ya están utilizando su maquinaria militar para extender su vida económica. Sin embargo no está claro que los norteamericanos vayan a permitir que su gobierno amenace o ataque a otras naciones sin siquiera la apariencia de un proceso político internacional, que es, claro, lo que la administración Bush se está encargando de destruir en el presente.

Las reivindicaciones norteamericanas de independencia del resto del mundo obligan al resto del mundo a reivindicar su independencia de los Estados Unidos. Le permite a las personas de los países más débiles avizorar la revolución democrática mundial que hace tiempo estamos esperando.

The Age of Consent, las propuestas de George Monbiot para el gobierno democrático global, serán publicadas en junio. www.monbiot.com

(*) Traducido por Verónica Lassa y revisado por Aitana Guia


 
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