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Lo
que quede entre las ruinas
George
Monbiot
/ Znet - 25/02/03
Los
hombres que gobiernan al mundo son demócratas en su casa
y dictadores en casa ajena. Llegaron al poder por medio
de elecciones nacionales que, por lo menos, poseen el poder de representar
la voluntad de su gente. Sus ciudadanos tienen la posibilidad de
despedirlos sin derramar sangre y poner freno a sus políticas
con la esperanza de que, si se juntan las personas suficientes,
se verán obligados a escuchar.
A
escala internacional, empero, gobiernan por la fuerza bruta.
Ellos, junto a las instituciones que conducen, esgrimen un control
económico y político sobre las personas del mundo
pobre más grande que el de sus propios gobiernos. No obstante,
estas personas pueden en cualquier momento desafiarlos o reemplazarlos
tanto como los ciudadanos de la Unión Soviética pudieron
votar para sacar a Stalin del poder. Su gestión de
los asuntos públicos a escala mundial es (según todas
las definiciones políticas clásicas) tiránica.
Sin
embargo, así como los medios con los que cuentan los ciudadanos
para derrocar a esta tiranía son limitados, pareciera que
ella misma está generando algunas condiciones para su autodestrucción.
Durante la semana pasada, el Gobierno de los Estados Unidos amenazó
con desmantelar dos de las instituciones que, hasta no hace mucho
tiempo, sirvieron a sus intereses globales de la mejor manera posible.
El
sábado, el Presidente Bush advirtió al consejo de
seguridad de las Naciones Unidas que la aceptación de una
nueva resolución en la que se autorice una guerra contra
Irak era su "última oportunidad" para dar pruebas
de "su relevancia". Cuatro días antes,
un documento filtrado del Pentágono demostró que probablemente
esta última oportunidad ya había caducado. Los
Estados Unidos planean construir una nueva generación de
armas nucleares con miras a acrecentar su capacidad para lanzar
un ataque preventivo. Esta medida amenaza tanto
al Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares
como al Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares
(dos de los principales instrumentos de la seguridad mundial) a
la vez que pone en peligro el pacto internacional que las Naciones
Unidas sostienen con su existencia. El consejo de seguridad,
que, a pesar de sus constantes interrupciones sobrevivió
a la Guerra Fría, comienza a parecer frágil después
de ella. El miércoles, los Estados Unidos tomaron una medida
decisiva en aras a la destrucción de la Organización
Mundial de Comercio (OMC). La actual ronda de comercio
de la OMC se derrumbó en Seattle en 1999, ya que las naciones
pobres se percataron de que no les ofrecía nada a ellos pero
le otorgaba nuevos derechos a las empresas del mundo rico. Fue
relanzada en Qatar en 2001 sólo porque se prometió
a estas naciones hacerles dos concesiones: podían
hacer caso omiso de las patentes en las drogas caras e importar
copias más económicas cuando la salud pública
estuviera amenazada, y esperar una importante reducción en
los subsidios agrícolas del mundo rico. Durante la
reunión de la OMC en Ginebra la semana pasada, los Estados
Unidos se desdijeron, lisa y llanamente, de ambas promesas.
El
triunfo de los Republicanos en las elecciones de mitad de mandato
durante el noviembre pasado, fue asegurado con ayuda de 60 millones
de dólares de las empresas farmacéuticas líderes
norteamericanas. Parece haber sido un acuerdo directo:
nosotros les compramos las elecciones si ustedes abandonan la concesión
que hicieron en Qatar. Los lobbies del negocio agropecuario en los
Estados Unidos y Europa parecen haber tenido casi el mismo éxito:
las naciones pobres fueron obligadas a discutir un proyecto
que efectivamente permite al mundo rico seguir imponiendo sus productos
subsidiados en los mercados del mundo pobre.
Si
los Estados Unidos no se retrotraen, las conversaciones sobre el
comercio mundial van a derrumbarse en la próxima reunión
ministerial en México, en el mes de septiembre, al igual
que ocurrió en Seattle. En cuyo caso, la OMC, tal
y como lo advirtió su ex director general, va a caer en pedazos.
Las naciones, en cambio, van a resolver sus disputas comerciales
en forma individual o a través de acuerdos regionales. Aparentemente
los Estados Unidos ya se están preparando para esta eventualidad
por medio del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas
y las duras concesiones que está imponiendo a otras naciones
como condición para obtener ayuda norteamericana.
Los
Estados Unidos, en otras palabras, están desgarrando el libro
de las reglas mundiales. A medida que esto sucede, aquellos
de nosotros que hemos luchado contra las grotescas injusticias del
orden mundial actual vamos a descubrir prontamente que un
mundo sin instituciones es aún más desagradable que
uno gobernado por las instituciones equivocadas. El multilateralismo,
por más equitativo que sea, precisa hacer ciertas concesiones
a otras naciones. El unilateralismo significa piratería:
un asalto a mano armada de los ricos contra los pobres. La
diferencia entre el orden mundial de la actualidad y el que los
Estados Unidos puedan estar preparando es la misma que existe entre
una fuerza mediatizada y una no mediatizada.
No
obstante, la posibilidad de que el orden mundial actual se desplome,
aún peligrosa como es, también nos ofrece las mejores
oportunidades que jamás hayamos encontrado para reemplazar
a las instituciones injustas y coercitivas por otros medios de gobierno
mundial más justos y democráticos.
Al
echar a pique el sistema multilateral por unos pocos intereses empresariales
a corto plazo , los Estados Unidos están, paradójicamente,
arriesgando su propio control tiránico sobre otras naciones.
Los organismos internacionales existentes, modelados por medio de
políticas de poder brutales a finales de la Segunda Guerra
Mundial, han permitido que los Estados Unidos desarrollen sus intereses
internacionales en materia de comercio y política, más
eficientemente de lo que lo hubieran hecho por sí solos.
Las
instituciones a través de las cuales han operado
(el consejo de seguridad, la OMC, el Fondo Monetario Internacional
y el Banco Mundial) les han ofrecido una apariencia de legitimidad
a lo que ha devenido (en todos sus aspectos salvo por el nombre)
en la construcción de un imperio. El fin
del multilateralismo obligaría a los Estados Unidos, como
ya ha comenzado a hacerlo, a abandonar esta simulación y
admitir abiertamente sus designios imperiales sobre el resto del
mundo. Admitirlo, a su vez, obliga a que otras naciones procuren
resistirlo. Una resistencia eficaz crearía el espacio
político necesario para que sus ciudadanos puedan empezar
a instar por un multilateralismo nuevo y más equitativo.
Hay
muchas maneras de contestar al poder unilateral de los Estados Unidos,
aunque la más inmediata y eficiente es la de acelerar
su crisis económica. Los estrategas chinos ya han
sugerido que el yuan debería reemplazar al dólar como
moneda de reserva del Asia oriental. En el transcurso del año
pasado, como reveló The Observer el domingo, el euro
ha comenzado a desafiar la posición del dólar como
divisa internacional para el pago de petróleo. El predominio
del dólar en el comercio mundial, especialmente el mercado
del petróleo, es lo que permite al Tesoro de los Estados
Unidos mantener el déficit masivo del país, ya que
puede emitir moneda libre de inflación para que circule por
el mundo. Si la demanda mundial de dólares cae, el valor
de la moneda cae con ella, y los especuladores van a cambiar sus
activos a euros o a yens o hasta a yuans, lo que redundaría
en que la economía norteamericana comience a tambalear.
Por
supuesto que un país económicamente debilitado que
cuenta con una fuerza militar aplastante sigue siendo peligroso.
Aparentemente, como ya señalé la semana anterior,
los Estados Unidos ya están utilizando su maquinaria militar
para extender su vida económica. Sin embargo no
está claro que los norteamericanos vayan a permitir que su
gobierno amenace o ataque a otras naciones sin siquiera la apariencia
de un proceso político internacional, que es, claro, lo que
la administración Bush se está encargando de destruir
en el presente.
Las
reivindicaciones norteamericanas de independencia del resto del
mundo obligan al resto del mundo a reivindicar su independencia
de los Estados Unidos. Le permite a las personas de los
países más débiles avizorar la revolución
democrática mundial que hace tiempo estamos esperando.
The
Age of Consent, las propuestas de George Monbiot para el gobierno
democrático global, serán publicadas en junio. www.monbiot.com
(*) Traducido por Verónica Lassa y revisado
por Aitana Guia
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