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¿El
cuarto Reich?
Juan
Gaudenzi / Radio Nederland
- 08/04/03
La
inminente caída de Bagdad enfrenta a la humanidad al interrogante
más siniestro desde el misterioso incendio del Reichstag,
en 1933, o la invasión de Etiopía por Mussolini, en
1935, y el abandono ese mismo año de la Sociedad de Naciones
por parte de Alemania e Italia.: ¿se trata de la confirmación
de un nuevo proyecto de dominación mundial en marcha?
En
otros términos:¿está la mayoría
del pueblo estadounidense – como los alemanes de los años
30 – y el resto de los protagonistas de la escena mundial
– como en el Acuerdo de Munich – dispuestos a respaldar
y tolerar, respectivamente, una dictadura que pretende imponer el
totalitarismo en su propio país y violentar todos los principios
de la convivencia internacional con tal de alcanzar sus objetivos
estratégicos?
Según
las más recientes encuestas un 70 por ciento de los
estadounidenses responden que sí, con lo cual los
esfuerzos de intelectuales como el escritor mexicano Carlos
Fuentes por diferenciar al Gobierno del pueblo de Estados
Unidos para exculpar a este último, no pasan de las buenas
intenciones.
Si
de ejercer la demagogia se trata lo mejor que podría hacerse
para poner a la opinión pública de ese país
a salvo del juicio de la historia es subrayar sus características
más deleznables: la ignorancia, la desinformación
y el provincianismo (George W. Bush raramente traspasó las
fronteras de su país antes de ser presidente) , entre otras.
Porque únicamente semejantes atributos – además
del temor colectivo alimentado, como tantas veces
a lo largo del siglo XX, por el Estado – pueden explicar que
la mayoría del pueblo estadounidense, después de haber
escrito algunas de las páginas más brillantes de la
historia, como su guerra de Independencia y el rechazo a la intervención
en Vietnam, termine por aceptar de buena gana la conculcación
de sus derechos y garantías individuales; el fin de la democracia
liberal con la subordinación de todos los poderes al Ejecutivo;
el establecimiento de un modelo autoritario y la debacle de la economía
en aras de un descomunal déficit público, para darle
soporte político y financiero a la cruzada global de las
grandes corporaciones.
¿Miopía
o ceguera?
¿De qué otra manera puede interpretarse la
miopía de los ciudadanos estadounidenses partidarios de la
guerra ante un cuadro de situación que a todas luces indica
que ella sólo beneficiará a ciertas
corporaciones (sobre todo petroleras), en perjuicio de los intereses
populares? ¿O es que acaso el nivel de alineación
ha llegado a tal punto que John Smith piensa que
lo que es bueno para las "Siete Hermanas" es bueno
para él? Porque al tiempo que aumenta el costo militar
de la invasión, con un déficit fiscal que ya alcanza
el 3,5 por ciento del PIB, el Gobierno norteamericano impulsa una
rebaja de impuestos de 1,5 billones de dólares. Se estima
que esta estrategia hará que a finales de la década
el déficit supere el 10 por ciento del PBI. ¿Cómo
pretenden financiarlo? "La Casa Blanca está
asumiendo implícitamente que el resto del mundo pagará
una parte sustancial de la cuenta" (Financial Times,
25/2). ¿Pero, a título de qué los europeos,
los asiáticos y los sauditas querrían financiar la
expansión militar norteamericana cuando, precisamente,
uno de los objetivos de esta expansión es golpear
los intereses de los capitalistas europeos, asiáticos y de
las "petromonarquías"?
En
realidad, "ya hay signos preocupantes de que los extranjeros
están comenzando a reducir sus masivas tenencias de dólares
y de activos en dólares", lo que está
provocando la caída de la divisa estadounidense.
El debilitamiento del dólar llevaría a Estados Unidos
a "opciones dolorosas" como un aumento sostenido de la
tasa de interés, que hará "caer la inversión
y los niveles de vida" o a "profundos recortes en educación,
salud y jubilaciones" (ídem). En esta dirección,
el gobierno de Bush ya señaló "su deseo
de privatizar la seguridad social y el sistema de salud pública"
(ídem). En resumen: un ataque sin precedentes a las
conquistas sociales del pueblo estadounidense.
Certezas
Para una minoría de estadounidenses y la abrumadora
mayoría de la opinión pública mundial el interrogante
con que iniciamos este artículo se va diluyendo con el correr
de los días – y de la sangre del pueblo iraquí
–, al tiempo que crece la certeza: la de Irak no es la primera
ni será la última de una larga serie de guerras y
choques internacionales que tienen como objetivo no sólo
"rediseñar el mapa de Oriente Medio" sino, además,
establecer lo que los funcionarios de Washington denominan un "nuevo
orden mundial norteamericano", en detrimento de Europa, Japón,
Rusia, China y todo el "tercer mundo".
¿Cómo
se ha ido construyendo este convencimiento? Las primeras
evidencias son de antigua data. Ya en 1850 Alexis de Tocqueville
("De la Democatie en Amerique") escribía: "La
aristocracia manufacturera que vemos elevarse ante nuestros ojos,
es una de las más duras que hayan aparecido sobre la tierra".
Y un siglo después el también francés Daniel
Guerin (¿"Adónde va el pueblo norteamericano?")
apuntaba: "El mundo tiembla ante Norteamérica
debido a su poderío, a sus fortalezas volantes y a su dinero.
A través de toda la historia, nunca había aparecido
sobre la superficie de la tierra un imperio tan formidable. A su
lado, los de Alejandro y de Cesar, de Bonaparte y de Adolf Hitler
hacen un pobre papel. ¿El de Stalin resiste la comparación?
¡Misterio! Pues hoy el poderío se mide en energía
atómica". Hoy sabemos que el de Stalin no resistió
la comparación. Pero el enfoque más interesante de
Guerin lo llevó a pensar que el uso de ese poderío
dependería del resultado de la lucha interna entre el poder
de los monopolios de Estados Unidos y el movimiento obrero organizado
de ese país.
Porque,
aunque la mayoría de los estadounidenses no lo sepan, la
coincidencia ideológica entre explotadores y explotados (el
"pensamiento único") en torno
a la política interna e internacional es un fenómeno
relativamente reciente en la historia de su nación. Uno de
los acontecimientos más importantes del siglo XX fue, sin
duda, el nacimiento del sindicalismo industrial en Estados Unidos.
Y, aun después de la Segunda Guerra Mundial, una revista
estadounidense opinaba: "Hoy el mundo está asombrado
y también espantado ante el poder militar que Wall Street
ha desencadenado. Los pueblos del universo deben estar igualmente
asombrados – un asombro hecho de admiración y solidaridad
– ante el poderío de la clase obrera norteamericana".
¡El "Labor" se planteaba entonces
como un "doble poder" ante los monopolios
industriales y financieros! En el seno de la sociedad estadounidense
existió una poderosa fuerza con intereses e ideología
propios, opuestos a los del gran capital. No se trata de explicar
aquí el complejo proceso histórico que suprimió
o, transformó esa fuerza. Pero lo cierto es que la lucha
a la que se refería Guerin finalizó con un claro ganador.
La composición del "gabinete
de guerra" de Bush es la prueba más reciente. También
Hitler necesitó primero vencer al proletariado alemán
para después lanzarse sobre el mundo.
En
Estados Unidos la derrota del proletariado (actualmente sólo
continúan luchando grupos o entidades minoritarios) fue de
alguna manera mediatizada por el Estado Benefactor y las fantasías
del sistema democrático liberal. Hasta que la "dictadura
de los monopolios" (un observador tan moderado como
Andre Philip señalaba en 1927: "Estados
Unidos padece una confusión total entre las funciones gubernamentales
y patronales.... Estados Unidos representa hoy en el mundo el tipo
más perfecto de dictadura capitalista") decidió
que había llegado el momento de deshacerse de semejantes
estorbos. Primero, los teólogos de la economía
de mercado (Friedrich von Hayek y Milton Friedman, entre los más
conocidos) recomendaron imponer la "ley de la selva" (el
darwinismo social) como el método más "saludable"
para las relaciones económicas entre los hombres y las naciones.
Más recientemente, un verdadero golpe de Estado técnico,
diseñado y operado por algunos de los más recalcitrantes
ex colaboradores de R. Regan y G. Bush, - el fraude electoral que
instalo a G.W Bush en la Casa Blanca – hizo trizas la herencia
política más valiosa de los Padres Fundadores. Las
puertas para el terrorismo de Estado, dentro y fuera del país,
quedaron abiertas.
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