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Libertadores
de pacotilla
Michel
Porcheron
/ Granma - 03/04/03
Aunque
ahora digan lo contrario, el grupito de neoconservadores que compone
el “tanque pensante”
de derecha belicosa a las órdenes de George
W. Bush contaba en realidad con una guerra corta, una “guerra
relámpago” al estilo del III
Reich. Todo reposaba sobre la corta duración de las hostilidades.
Más
interesados en el resultado que en la manera de alcanzarlo,
esos ideólogos high teach, que bajo la etiqueta de
neoconservadores no son otra cosa que halcones políticos,
pensaron probablemente que la maquinaria militar haría
el resto y, “embriagados por su propia doctrina
y estrategia tanto como envueltos en conflictos de intereses
privados”, como señala el diario
francés Le Monde en su edición
del 31 marzo, se apresuraron a abrir una peligrosa caja de
Pandora.
Con
un ojo puesto en los pozos petrolíferos, oleoductos
y refinerías de Iraq y el otro en la próxima
campaña electoral norteamericana, pensaban instalar,
entre el Tigris y el Eufrates, una democracia tipo McDonald’s,
tan contagiosa que ni Damasco, Teherán y Ryad iban
a poder resistirse a ella. Al lado de dicho plan, tan simple
como un juego de vídeo, una película de Schwarzenegger
parecería más complicada que un filme de Ingmar
Bergman. Pero se equivocaron de película... Nada
hay menos parecido a la realidad virtual que un rompecabezas
geopolítico.
La
cosa anda tan mal “que, en el seno mismo del
ejército, algunos sugieren recomenzar la guerra a partir
de cero”, reveló el diario francés
Libèration. En el New Yorker
del 31 de marzo, Seymour Hersch cita a un
antiguo jefe del espionaje norteamericano que estima que la
guerra se encuentra en un “punto muerto”.
Según Pierre Georges, editorialista
de Le Monde, los halcones “han
perdido el principio de la guerra, en lo que concierne a la
estrategia, los medios de difusión, la diplomacia y
la política”. En lo adelante, por razones
políticas evidentes, el presidente Bush tendrá
que tratar por todos los medios de acortar la duración
del conflicto.
Todo
parece indicar, sin embargo, que Bush tendrá que enfrentar
una guerra “de verdad” y... tragar arena.
Eso
es lo que están viviendo ya los más de cien
mil soldados de la coalición envueltos en los combates
en territorio iraquí. Su marcha sobre Basora o Bagdad
está lejos de ser un paseo. “Después
de un rápido avance en las arenas, las tropas debían
entrar en las ciudades como libertadores. Esta estrategia,
puramente política, ha fracasado. La dictadura no se
desmoronó sino que resiste. Y los libertadores se convierten
en ocupantes”, escribe Serge July en el editorial
de Libèration del 31 de marzo.
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Las
bombas inteligentes no distinguen entre niños y soldados.

Las cadenas árabes de televisión muestran al
mundo el horror de esta guerra.

Como otros muchos padres defamilia iraquíes, este hombre
llora la pérdida de sus seres queridos.
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El
desengaño implica un incremento de los comentarios
contra la guerra que llegan del mundo entero. La
guerra de Washington es ilegal y, para colmo, el Pentágono
no sabe conducirla. Expertos militares comparten dicho
punto de vista en el seno mismo del aparato bélico de la
reducida coalición. Antes de la guerra, los cabecillas del
“tanque pensante” belicista se equivocaron
al decidir desencadenarla de todas formas. Después engañaron
a la comunidad internacional sobre la capacidad real de EE.UU. para
la preparación de este tipo de conflicto y sus posibilidades
de elaborar la estrategia adecuada. Aun denunciando los objetivos
del ataque y sus numerosas consecuencias, los miembros del bando
antiguerra -tanto políticos como expertos militares, manifestantes
u observadores- creyeron lógicamente, lo dijesen público
o no, que los promotores de la operación Libertad
para Iraq se habían dotado de todos los medios para
llegar a sus fines en el más corto plazo, sobre todo teniendo
en cuenta que disponen del poderío militar más
aplastante de la Historia.
Mientras
la guerra entraba al cierre de esta edición en su tercera
semana de combates en Basora (Sur), Mossoul
(Norte) y Bagdad, ciudad bajo constantes bombardeos
pero cuyo asalto final se ha convertido en la pesadilla del Pentágono,
dos errores fundamentales de la coalición se hacen evidentes.
El primero tiene que ver con las realidades del campo de batalla
que, al haber sido mal o simplemente no evaluadas, se han convertido
en varias sorpresas para las tropas estadounidenses y británicas:
la determinación objetiva de las fuerzas regulares de Saddam
Hussein y de las milicias del partido BAAS; el comportamiento de
la población chiita del Sur, tradicionalmente contraria al
poder central de Hussein, que no se ha sublevado, sin embargo, desde
el primer día para acoger a los “liberadores”
anglo-norteamericanos con flores y arroz; la inesperada negativa
de Turquía al pedido de autorización para el despliegue
de 60 000 soldados estadounidenses en su territorio, lo que obligó
a Washington a cancelar su plan de abrir un frente Norte desde el
primer día de operaciones.
El
segundo error fundamental tiene que ver con la estrategia militar
misma de los neoconservadores, a pesar de los Maverick,
Predator, Tomahawk y demás “juguetes” inteligentes,
y es más grave aún. Hay que recordar que los
estrategas de Washington fracasaron en el objetivo del primer día
de bombardeos indiscriminados sobre Bagdad: la eliminación
de Saddam Hussein, algo que, según los planes color de rosa
de los halcones, habría decapitado al régimen y provocado
la rendición más o menos rápida de las fuerzas
iraquíes. Pero la estrategia del “castillo de naipes”,
expresión del vicepresidente Dick
Cheney, fracasó.
La
serenidad que el general Tommy Franks, big boss
de las operaciones militares, aparenta desde su cuartel general
en Qatar, no ha logrado ocultar los serios reveses que las tropas
anglo-norteamericanas han sufrido desde el tercer día de
combates y que llevaron al general William “Scott”
Wallace, comandante del 5° Cuerpo de ejército
norteamericano, a reconocer, algo realmente excepcional, que “el
enemigo que enfrentamos es un poco distinto al que imaginábamos
cuando concebimos los planes de campaña”.
Hasta
el mismo Army Time, el diario oficial de las fuerzas
armadas de los Estados Unidos, admitió al quinto día
de combates que “la continuación de las operaciones
será difícil”. The Wall Street
Journal, principal sostén mediático de George
W. Bush, escribía el lunes 24 que la cobertura televisiva
de la guerra había pasado de la campaña aérea
Shock y estupor a una visión de sangre y angustia. El mismo
Presidente anunciaba ya, solamente 24 horas después de haber
accionado el botón rojo de la guerra, que ésta
sería “más larga y difícil” de
lo previsto.
Diez
días más tarde se confirma que el poderoso dispositivo
bélico de EE.UU. se encuentra atascado en las arenas iraquíes,
lo que da lugar a un sentimiento de temor en cuanto al resultado
de la guerra entre los jefes militares, así como en otros
sectores. El asunto es que, como lo señala Le Monde,
esta guerra tiene varios frentes: “en el desierto
iraquí pero también ante la opinión pública
mundial (...) Otro frente podría aparecer, en el plano interno,
si la guerra se hiciera demasiado costosa en vidas para los boys”.
Es
necesario, en este punto, señalar la diferencia entre la
operación “Libertad para Iraq”
y la “Tormenta del Desierto” de Bush
padre. Mientras que en 1991 el general Norman Schwarzkopf
aplicaba una simple estrategia de buldózer
destinado a sacar de Kuwait al Ejército invasor de Saddam
Hussein con una corta ofensiva terrestre después
de 43 días de bombardeos aéreos intensivos,
ahora las tropas anglo-norteamericanas combinaron inmediatamente
bombardeos aéreos y ofensivas terrestres aún cuando
su dispositivo militar estaba incompleto y su retaguardia desprotegida.
Si Bush padre se retiró de Iraq rápidamente,
Bush junior ha decidido librar una guerra que no es sino el preludio
de una ocupación militar y civil a largo plazo.
De ahí la denominación de “guerra política”,
con objetivos monumentales y dos consecuencias criticadas por los
altos jefes militares estadounidenses: menos hombres en el campo
de batalla -las fuerzas de la actual coalición son inferiores
en número a las fuerzas iraquíes (250 000 hombres
en el terreno, contando el dispositivo logístico, mientras
Bush padre desplegó 700 000 en 1991), pero mucho más
equipamiento bélico y, sobre todo, el uso de la alta tecnología
que tanto aprecia Donald
Rumsfeld.
Durante
la guerra de 1991 los jefes iraquíes aprendieron que es mejor
evitar los enfrentamientos en el desierto, donde
la superioridad norteamericana es evidente, y recurrir más
bien a los combates de ciudad y las acciones de hostigamiento.
Saddam Hussein quiere transformar a Bagdad en una especie
de Stalingrado. El régimen iraquí ha diversificado
además sus tácticas de defensa: “emboscadas,
penetración de milicias, combates en las ciudades del Sur
y ataques localizados retrasan un despliegue masivo de tropas alrededor
de la capital” según reporta Le Monde
el 29 de marzo.
El
último fin de semana, Rumsfeld y el general
Richard Myers, jefe del Estado Mayor conjunto de
EE.UU., se vieron obligados a tratar de justificarse ante las numerosas
dudas que provocan sus decisiones estratégicas. ¿El
Pentágono bajo el fuego cruzado de las críticas de
la mayoría de los militares, retirados o no, los expertos
y la prensa especializada? ¡Inesperado daño
colateral! Un artículo del New Yorker
afirma, por ejemplo, que Rumsfeld se opuso “en
seis ocasiones” a las opiniones del Estado Mayor
que sugería desplegar en el Golfo más hombres y más
equipamiento clásico. Por otro lado, antiguos responsables
militares se negaron a otorgar el más mínimo crédito
a la estrategia inicial destinada a provocar, primero, el desmoronamiento
del régimen. Rumsfeld definió teóricamente,
en efecto, una serie de objetivos militares prioritarios y limitados
pensando de antemano en la posguerra.
Mientras
menos infraestructuras civiles se destruyan, menos habrá
que reconstruir, pensaron los estrategas de salón. Las bombas
serían tan inteligentes que no destruirían “ciegamente”.
La candidez de los planes norteamericanos alcanza su paroxismo cuando
se habla de “no dañar excesivamente la estructura
de los ejércitos iraquíes, que puede ser útil
cuando haya que comenzar la reconstrucción del país”,
como señala un especialista europeo en cuestiones militares.
“Los expertos se muestran cada vez más perplejos ante
la estrategia adoptada por el Ejército norteamericano. Algunos
llegan incluso hasta advertir a las fuerzas de la coalición:
no debe descartarse la amenaza de un grave revés”,
comentaba Le Courrier International el 27 de marzo.
“Los ataques aéreos masivos no conducen a nada decisivo”,
critica la publicación especializada alemana Soldat
und Technik, y agrega que las acciones decisivas tendrán
lugar “durante los combates terrestres, que parecen
ser cada vez más violentos”.
Solo
al 12º día del conflicto, los norteamericanos se decidieron
a lanzarse en confrontaciones directas, manteniendo, sin embargo,
sus ataques contra objetivos escogidos y el rápido avance
durante el cual sus fuerzas dejaron atrás varias ciudades
iraquíes. El 31 de marzo, los hombres de la coalición
emprendían la batalla por Basora y, al mismo
tiempo, se enfrentaban por primera vez a las fuerzas de la Guardia
Republicana iraquí 150 kilómetros al Sur
de Bagdad. Otro frente se abría en el Norte.
En
resumen, el Presidente de los Estados Unidos ya lo sabe. Su Guerra
del Golfo se transmite casi en vivo a través de las cadenas
televisivas del mundo entero, ante una opinión pública
mundial que no ceja en su esfuerzo antibélico y, sobre todo,
a la vista de la opinión pública de su propio país.
Bush padre pudo darse el lujo de hacer su guerra a puertas cerradas.
“Doblevé” tendrá que continuarla
bajo los reflectores de todo el planeta.
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