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Los
cuatro jinetes de nuestro Apocalipsis
Fernando
Garavito* / Indymedia
Colombia - 31/03/03
Entrar
al Amazonas e invadir a Colombia,
que era un absurdo hace diez años, forma parte de la agenda
internacional de la superpotencia.
Espero,
con fundada esperanza, que alguien me rectifique. Pero en abono
de mi ignorancia quiero decir que yo no vi ni leí ni oí
ni supe de la airada reacción del país frente a las
declaraciones que dio en Roma el señor vicepresidente de
la República. Es más, ni siquiera las encuentro en
uno cualquiera de esos verticales medios de información de
que disponemos los colombianos. Las encuentro, sí, en el
artículo que Marta Colomina publicó
en El Universal de Caracas el 23 de marzo, y que me envía
Jaime Castillo. Se titula “Las barbas en remojo”.
En él, la periodista habla del reportaje que le hizo a Alberto
Garrido en Televen. A una pregunta de su interlocutora,
Garrido se refiere a “lo dicho este jueves (20 de
marzo) por el vicepresidente colombiano en Roma. El señor
Santos pidió abiertamente a la comunidad internacional ‘un
despliegue militar similar al de Iraq para su país’…
Sin ambages afirmó que ‘semejante despliegue para Iraq,
que apoyamos, nos hace preguntarnos cuándo veremos una acción
igual de la comunidad internacional para ayudar a la democracia
colombiana’”.
En
otras palabras, el vicepresidente de Colombia pide que Estados Unidos
invada militarmente a Colombia. La tesis no es definitivamente
suya (él jamás ha tenido una idea que sea definitivamente
suya). Ya antes la habían lanzado y practicado, algunos de
sus mayores. Como abogado de las grandes multinacionales,
Fernando Londoño, el actual ministro del Interior, vendió
al país una y mil veces. Y detrás de él,
o antes de él, o junto a él, el presidente, y el embajador
de Colombia en Washington y varios validos y funcionarios de un
gobierno que, según parece, es enemigo del país
que gobierna. Pero ninguno la había sostenido con
la claridad con que lo ha hecho ahora el vicepresidente de la República.
Veamos
algunos antecedentes. Hace un año, cuando era el embajador
en Washington del anterior/idéntico cuatrienio, una de las
hienas que ahora están al frente del país, tal vez
la más chiquita y peligrosa, escribió en el New York
Times (03 / 05 / 02) que los Estados Unidos no tendrían para
qué intervenir en los conflictos de Afganistán, el
Medio Oriente y Asia si Colombia estaba apenas a tres horas
al sur de la Florida. Nadie lo destituyó porque
el presidente de antaño opinaba exactamente lo mismo. Y,
es más, lo ratificaron porque el presidente de hogaño
piensa igual. Ya se sabe que, como candidato, el actual presidente
solicitó “extender el Plan
Colombia a la lucha contra la guerrilla”. Y que
luego pidió enviar los cascos azules de la ONU para ayudar
a solucionar el conflicto, Y que en un discurso que, pásmense
ustedes, le reportó pingües beneficios electorales,
dijo que él, como presidente, autorizaría
la participación de fuerzas extranjeras en la tragedia de
Colombia.
Todo
eso es el comienzo de nuestra Troya. Porque, aunque nadie se haya
dado cuenta, ya estamos metidos hasta el cuello en la nueva
faceta de la hecatombe. En el pasado foro de Davos, Uribe
le pidió a Estados Unidos que invadiera militarmente al Amazonas
y señaló que para ese país nuestra crisis debería
ser prioritaria frente a la de Iraq. Esa es otra forma
de exponer su peregrina tesis sobre la “regionalización
del conflicto”. De ahí que no sean extrañas
las declaraciones del general James Hill, jefe
del Comando Sur de los Estados Unidos, quien anuncia
que las intenciones de su país frente a la zona son por ahora
las de internacionalizar el Plan Colombia. ¿Quieren
otra pica en Flandes? Vale decir, con la internacionalización
del Plan Colombia se abona el terreno de un asunto que, dado el
inminente fracaso en Iraq, ya se ve como el sustituto necesario
de dos posibles pero cada vez más lejanas confrontaciones:
las de Irán y Corea.
Entrar
al Amazonas e invadir a Colombia, que era un absurdo hace diez años,
forma parte de la agenda internacional de la superpotencia. Pero
esa tesis no se expondría con semejante caradura si no se
contara con la complicidad de un grupo de apátridas. Es fácil
suponer el gesto ambiguo que debe tener el embajador de Colombia
cuando deambula por los pasillos del Departamento de Estado. En
ellos, según el editorial de El Heraldo (05 / 03 / 03), ya
se habla abiertamente de “una intervención
estadounidense con fuerzas entrenadas especialmente, armas sofisticadas
y aviones de última generación”. Porque,
añade el editorial, “lo cierto es que la primera
potencia militar del planeta se considera agredida por las Farc
y no se cruzará de brazos para dejar vía libre a una
organización que busca tomarse el poder en un país
que es la esquina estratégica de América del Sur y
tiene al lado el canal de Panamá”.
¿Quién
le pone el cascabel a este gato? ¿Quién le explicará
a los verdaderos terroristas que ese terrorismo de que hablan es
aquí el de los humillados y ofendidos, que no tienen educación
ni salud ni empleo ni vivienda ni presente ni futuro? En él
no cuentan para nada las decisiones de un gobierno que atropella
los derechos humanos, que habla de tú a tú con
delincuentes comunes, que viola con
sus decretos de excepción las garantías individuales,
y al que nadie le dice nada porque, sin explicación de ninguna
naturaleza, Colombia es cada vez más ciega, más
sorda y más muda. A no ser que yo esté equivocado
y que ya se haya producido lo que debió producirse, de tal
manera que en este mismo momento, en el Congreso curse una demanda
por traición a la patria contra nuestros cuatro jinetes
del Apocalipsis: Uribe, la guerra; Moreno, la peste; Santos, el
hambre; y Londoño, la muerte. Y que en los medios
arrodillados y complacientes que hoy pululan en el país,
comience a hablarse menos de los orinales en las murallas de Cartagena
y más del oficio que, de pronto, tendrán que volver
a desempeñar esas murallas.
(*) EL SEÑOR DE LAS MOSCAS • jotamosca@hotmail.com
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