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A
la gloria de Francia
Carlos
Fuentes / Últimas Noticias (Venezuela) - 06/04/03
DIFERENCIA:
Clinton-Gore hubiesen concentrado el esfuerzo de su nación
en combatir el terrorismo. AP
Los EEUU son el Dr. Frankenstein del mundo moderno, especialistas
en crear los propios monstruos que a la postre se vuelven contra
sus creadores...
La ridícula francofobia promovida por los más ardientes
patrioteros norteamericanos es una prueba más de que, en
ocasiones, el superpoder merecería llamarse “los
Estados Unidos de Amnesia”.
Se
puede afirmar que, en efecto, los EEUU no existirían sin
Francia. Acaso, sin el apoyo de la monarquía francesa,
Washington y sus hombres no habrían ganado la Guerra de Independencia.
Lo cierto es que la ganaron gracias a la poderosa ayuda que Francia
les prestó. Desde 1776, Benjamín Franklin
se presentó como embajador de la Revolución
en la corte francesa (llamando la atención por la simplicidad
republicana de su atuendo y por la rapidez y brillo de su inteligencia).
Ese
mismo año, Luis XVI autorizó el obsequio
de municiones por valor de un millón de libras a los ejércitos
de Jorge Washington.
La
ayuda francesa salvó a Washington durante el crudo invierno
de 1777 cuando, sitiadas en Morristown y agobiadas por la deserción,
las fuerzas revolucionarias, de nuevo, recibieron la ayuda salvadora
de Francia. En 1778, se firmó el Tratado de Amistad
y Comercio entre Francia y la colonia rebelde de Norte América.
El Tratado incluía una cláusula de nación más
favorecida y obligaba a Francia a mantener la independencia de los
Estados Unidos de América. Firmado el tratado en febrero,
naturalmente estalló la guerra entre Inglaterra y Francia
en junio.
Numerosos
altos grados del ejército francés intervinieron directamente
a favor de Washington y sus rebeldes.
Charles
Hector d´Estaing (antepasado del futuro presidente
Valery Giscard d´Estaing) estuvo al mando de la primera flota
francesa enviada a bloquear a los británicos en el puerto
de Nueva York en 1778. El Marqués de Lafayette,
literalmente “por sus pistolas”, se
unió a las fuerzas revolucionarias y fue nombrado en 1777
(como años más tarde, en Cuba, el argentino Ernesto
“Che” Guevara) Comandante de la Revolución.
En
1776, fue Lafayette quien convenció a Luis XVI de enviar
un ejército expedicionario de seis mil hombres a combatir
al lado de Washington.
El
fin de la Guerra de Independencia de los EEUU sería inconcebible
sin la intervención decisiva de las armas francesas.
En
1780, la flota francesa del Almirante De Grasse
embotelló al ejército inglés en Virginia, cerrándole
la fuga por mar. Concurrentemente, el Conde de Rochembeau
y sus fuerzas francesas atraparon al comandante inglés Cornwallis
en Virginia. El sitio de la armada francesa y el apoyo al ejército
revolucionario de Jorge Washington sellaron el
destino de Inglaterra en las trece colonias.
El
general Cornwallis hubo de rendirse en octubre de 1780, consumándose,
de esta manera, la Independencia de los Estados Unidos de América.
El
general John Pershing, comandante de la Fuerza
Expedicionaria Norteamericana en la Primera Guerra Mundial, se apresuró
a inclinarse ante la tumba del héroe francés de la
Revolución Americana con las palabras: -Lafayette,
estamos aquí.
Pero
el general Pershing tenía un sentido del
honor militar y del agradecimiento nacional del cual carece por
completo el colérico y sanguinario Secretario de la Defensa
del gobierno de Bush, Donald
Rumsfeld.
Que
haya sido Rumsfeld quien primero selló la alianza de los
EEUU con Saddam Hussein en 1983, proporcionándole las armas
de destrucción masiva que hoy le quitan el sueño al
Drácula del Pentágono, es una más de las pruebas
de una doble verdad. Los EEUU son el Dr. Frankenstein del
mundo moderno, especialistas en crear los propios monstruos
que a la postre se vuelven contra sus creadores. Saddam
en Irak, Bin Laden en Afganistán, son hijos de la obtusa,
mercenaria y contradictoria política exterior de una nación
que cuando lo quiere, puede ser a la vez esclarecida y pragmática.
Imaginemos lo que hoy sería el mundo si Bill Clinton
siguiese en la Casa Blanca o si Al Gore hubiese
ganado (como la ganó en verdad, con el voto popular)
la pasada elección presidencial.
Bill
Clinton cumplió sus inevitables obligaciones como
jefe de la superpotencia con una discreción, capacidad negociadora
y convocatoria a alianzas totalmente ajenas al escándalo
maniqueo (“Con nosotros o contra nosotros”, “El
eje del mal”) del evangelista empistolado que le sucedió
en la Casa Blanca. Clinton y Gore, de ello estoy
seguro, hubiesen concentrado el esfuerzo de su nación, después
del 11 de septiembre, en el combate contra el terrorismo, un enemigo
que no es convencional y en consecuencia no puede ser combatido
convencionalmente, en vez de desviar la fuerza, y sacrificar la
solidaridad mundial, a la guerra contra Irak.
Bush
y compañía, por sus acciones atrabiliarias y destructoras
del orden internacional, van a convertir al mundo en un semillero
de terroristas.
Bin
Laden tiene hoy, gracias a la ceguera del actual gobierno de los
EEUU, un ejército de terroristas potenciales que, oh ironía,
acaso ya no contarán con la represión antifundamentalista
de Saddam Hussein.
Pero
aún más grave, por supuesto, es la consagración
por la Casa Blanca del principio del ataque preventivo.
La guerra fría no se volvió caliente gracias a que
imperaron la disuasión y la contención. Suplantados
estos principios por la discrecionalidad en el uso de la fuerza,
toda nación antagónica a otra puede sentirse
autorizada para asestar el primer golpe. El mayor ejemplo
del ataque preventivo lo dio Japón el 7 de diciembre de 1941
en Pearl Harbor. “Un día que vivirá
en la infamia”, dijo entonces el más grande
presidente norteamericano del siglo XX, Franklin D. Roosevelt.
¿Pasará el ataque a Irak como otro “día
infame”? No lo sé. Pero si no infame, sí
fue, es y será, un día peligroso. A menos que la comunidad
internacional una esfuerzos para crear un orden jurídico
y político vigoroso para el siglo XXI, iremos dando tumbos
de crisis en crisis hacia un precipicio que sí tiene nombre:
Apocalipsis Nuclear.
Es
por ello que la sabia firmeza de Francia, de su presidente Jacques
Chirac y de su canciller Dominique de Villepin,
no sólo le hacen un favor al mundo.
Se
lo hacen a los propios EEUU de América, abriendo la dañada
perspectiva de un orden mundial basado en derecho.
Desmemoriado,
frívolo, ignorante, el actual gobierno norteamericano no
entiende estas razones. Los ultras del norte creen que
ofenden a Francia -ridículamente- cambiándole de nombre
a las papas fritas -French Fries- por papas libres -Freedom Fries-
Acaso dejen de beber agua de Evian por un rato y champaña
por menos tiempo. Pero desde la entrada a la bahía de Nueva
York, la Estatua de la Libertad obsequio de Francia a los EEUU-
le recuerda a los norteamericanos que si ellos creen que salvaron
a Francia en dos guerras mundiales, Francia no sólo salvó,
sino que ayudó decisivamente a crear a los EEUU de América.
Escritor
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