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Caracas / Venezuela -
 


Lula y Mefistófeles: Guerra de termitas (I)
Norman Gall* / Soberania.org - 08/11/05

Este ensayo fue escrito en medio de la peor crisis política que ha vivido Brasil desde el colapso del régimen democrático, a principios de los años 60. Si bien las instituciones democráticas son mucho más sólidas hoy en día y las posibilidades del retorno de un régimen militar son remotas, el resultado de los problemas actuales todavía es incierto. No obstante, el Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial considera que en estos momentos podría ser útil analizar los contornos generales de tales dificultades, así como los problemas a largo plazo inherentes a éstas.



1. Guerra de termitas

“Escúchenme, ciudadanos de Brasil, senadores y diputados”, comenzó Mefistófeles durante la sesión de una comisión parlamentaria de investigación sobre corrupción, televisada a escala nacional.

“Solicito su permiso para decir que, aunque nos encontramos en un teatro de luchas e ideas, un teatro político, no vine aquí para desempeñar el papel de un artista. Si así fuere juzgado, ofrecería disculpas de modo que pueda tratar de presentar mis argumentos de manera personal, dejando de lado cualquier propensión artística que yo o cualquiera de ustedes pudiera tener. No vine aquí a rogar para conservar mi escaño en el Congreso.

Ahora me encuentro más allá de esas cosas. Nadie me forzará a arrodillarme con la cola entre las patas. Nadie me ridiculizará. No desempeño el papel de héroe porque no soy mejor que todos ustedes, sino igual a todos ustedes. Tampoco desempeño el rol de villano porque ustedes, damas y caballeros, no son mejores que yo”.


Mefistófeles, arcángel de la corrupción, terminó la sesión a las 2 a.m. con una risa infernal. Mefistófeles ha asumido muchas formas e identidades a través de los siglos. En esta encarnación, asumió la identidad de un diputado de 51 años, de Río de Janeiro: Roberto Jefferson Monteiro Francisco, ex presentador de televisión que portaba armas y cantante aficionado de arias operísticas y canciones napolitanas cuyas acusaciones, embellecidas con manierismos teatrales y pausas, desencadenaron un escándalo político que casi ha destruido al gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y su Partido de los Trabajadores (PT). La nación se quedo atónita ante sus palabras. Como para probar su autenticidad, Jefferson– presidente del Partido Laborista Brasileño (PTB) – confesó que en nombre del PTB había negociado pagos de los líderes del PTpor un total de 20 millones de reais (cerca de 6 millones de dólares estadounidenses), pero indignado agregó que sólo había recibido 4 millones de reales en efectivo en el primero y único pago parcial del dinero entregado en maletas. Maestro tanto del portugués grandilocuente como del callejero, Mefistófeles posteriormente enfatizó – con gesticulaciones teatrales – el código de honor en política, declarando que si el gobierno hubiera mantenido su palabra y no lo hubiera traicionado, habría guardado silencio. Al final, su denuncia dio lugar a revelaciones en cascada de fraudes, lavado de dinero a escala internacional, financiamiento ilegal de campañas electorales, sobornos a congresistas a cambio de votos, contratos gubernamentales ilícitos y robo de grandes cantidades a autoridades municipales y bancos, corporaciones y compañías aseguradoras propiedad del gobierno federal, además de inversiones ilícitas de empleados gubernamentales en fondos de pensiones.

La esencia de la antigua leyenda de Fausto es la incapacidad de percibir limitaciones. Cada uno de estos errores tiene un precio. Según la antigua historia, Fausto era un mago y un charlatán que negoció con el Diablo para obtener poderes sobrehumanos durante 24 años, después de los cuales Mefistófeles, uno de los siete príncipes del Infierno, reclama el alma de Fausto para su condenación eterna. La leyenda evolucionó a lo largo de los pasados cinco siglos en cuentos populares, teatros de marionetas, dramas trágicos, poemas, óperas y sinfonías, y películas y novelas modernas.

En el poema clásico de Goethe, Mefistófeles pregunta a Fausto:


¿Por qué haces un pacto con nosotros si no lo puedes cumplir? ¿Fuimos nosotros los que te forzamos o tú nos forzaste a nosotros?


En su versión brasileña más reciente, la leyenda de Fausto se manifiesta, en investigaciones del Congreso y revelaciones de prensa, como negociaciones perversas que buscaban aumentar el poder de Lula y el PT, las cuales resultaron inútiles y amenazaron con poner fin a una espectacular carrera, así como a los sueños de establecer una hegemonía del PT similar a las siete décadas de gobierno en México del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Los medios para lograr esta hegemonía fueron un temerario esquema de sobornos y desvíos de fondos del Estado por medio de préstamos y contratos gubernamentales fraudulentos, conforme los políticos roían como termitas la estructura y legitimidad de la democracia brasileña.

Las esperanzas inspiradas por Lula han terminado por derrumbarse en un espectáculo de corrupción, bufonería y degradación. Se dice que el autor intelectual de este espectáculo es José Dirceu de Oliveira e Silva, ex hombre fuerte del gobierno deLula quien, como el Mefistófeles original, asumió muchas identidades: líder estudiantil revolucionario en la “generación de 1968” que se resistió a la dictadura militar; agente de la inteligencia cubana después de someterse a una cirugía plástica durante su exilio en La Habana; una carrera clandestina como propietario de una tienda de ropa de hombre en un pequeño pueblo de Paraná y, de 1995 a 2005, presidente del PT y posteriormente principal ministro de Lula, a quien Lula llamaba “el capitán de mi equipo”. Agitador adusto y tenso que construyó la organización del partido y luego asumió la administración cotidiana del gobierno, Dirceu desarrolló la fallida estrategia de sobornara pequeños y corruptos partidos de derecha a fi n de garantizar una mayoría operacional en el Congreso.

Los resultados fueron tan desastrosos que, de acuerdo con un observador, “tal vez el marxismo que José Dirceu defendía estaba basando en los trabajos de los hermanos Marx y no en los de Karl Marx”. El 14 de junio, durante las sesiones televisadas del Comité de Ética de la Cámara, Roberto Jefferson acusó a Dirceu de encabezar los esquemas de corrupción y perentoriamente le dijo: “Sal de ahí rápido, Zé”, para salvar a Lula de la desgracia. Dos días después, Dirceu renunció a su cargo. Dos meses más tarde, en otra audiencia de la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI), Dirceu negó la afirmación de Roberto Jefferson de que el ministro en jefe había autorizado a agentes del PT y del PTB a viajar a Lisboa a fin de organizar un esquema de sobornos y lavado de dinero con Telecom Portugal; Mefistófeles respondió con melosa voz: “Tengo miedo de Su Excelencia porque Su Excelencia provoca en mí los instintos más primitivos. Tengo miedo de las consecuencias”.

Día tras día, semana tras semana, el desfile de corrupción y bufonería, con sus múltiples ramificaciones, ha tenido un impacto en la autoestima de la sociedad brasileña. El golpeteo de los medios no ha cesado. Todas las noches, el Jornal Nacional de TV Globo, principal programa noticioso de la cadena de televisión líder de Brasil, transmitía a 30 millones de hogares en todo el país media hora de detalles sobre los escándalos. Cada mañana, los grandes diarios de Sao Paulo y Río de Janeirodedicaban 10 ó 12 páginas por día a los escándalos. Las tres revistas semanales de noticias competían furiosamente por las exclusivas. “Se ganan lectores mediante información exclusiva y el número de lectores tampoco es tan grande”, comentó un editor.

“Así que todo esto se está tornando febril y ha tomado una dinámica propia”.
Las figuras clave de la CPI – Roberto Jefferson, el ambicioso anunciador que se convirtió en banquero del PT y miembros corruptos del Congreso; el ex secretario que reveló todo, lacayos políticos, burócratas, agentes de inteligencia, contratistas gubernamentales – se volvieron tan famosas como las estrellas de las telenovelas.

Los teléfonos en los salones de corretaje de grandes bancos dejaron de repicar a medida que Mefistófeles lanzaba sus acusaciones durante las audiencias de la CPI. En las grandes ciudades, en autobuses repletos, las personas escuchaban compulsivamente las audiencias a través de radios de transistores. Esta es la primera crisis política de Brasil en la era digital, con blogs de Internet, cadenas de cartas por correo electrónico y páginas como www.e-indignacao.com.br a la que hasta ahora se han inscrito 503 mil personas para una marcha de protesta “virtual” en Brasilia. La incredulidad y la indignación entre los 53 millones de personas que votaron por Lula cedieron a la frustración por la falta de una solución política.

“Nosotros, el pueblo brasileño, estamos profundamente desconcertados e indignados”, escribió el cardenal arzobispo de Sao Paulo, Cláudio Hummes, quien, en los años 70, como obispo del suburbio industrial de Sao Bernardo do Campo, apoyó la carrera del joven Lula como líder sindical y político, y la fundación del PT. “Nosotros [la Iglesia] deseamos contribuir para que la gente no pierda la esperanza y no caiga en el cinismo en este momento de desencanto e indignación ante políticos corruptos que amenazan a un gobierno tan esperado y celebrado por la mayoría de la población que lo eligió y se enorgulleció, con razón, de haber llevado al poder presidencial a un trabajador metalúrgico, un tornero, alguien surgido de entre la gente común”.

“¡Quédense conmigo!”

“¡Quédense conmigo!”, gritó Fausto en su momento de mayor peligro. “¡No me abandonen!¡Permanezcan a mi lado a la hora del juicio final!”.

Lula es hoy una figura solitaria, ni temida ni respetada, que podría salvarse por lástima y por la cautela de aquéllos preocupados por el futuro del sistema político de Brasil. Las personas que creyeron en él, gente pobre, su gente, están angustiadas y perplejas con las historias repulsivas que aparecen casi diariamente en la prensa y en las audiencias televisadas del Congreso, sobre los seguidores más fieles del PT y sus esbirros, viajando con maletas llenas de dinero para sobornar políticos, bajo la tonta presunción de que estos extravagantes e infantiles esquemas nunca se descubrirían.

La esencia de la tragedia humana es la autodestrucción, una opción de los privilegiados, que conlleva contemplación y elección. Lula tuvo la oportunidad de elegir. Lo que hizo con sus elecciones refleja una personalidad muy compleja; la de alguien cuyo espectacular ascenso generó una arrogancia que le hizo perder su brújula moral.

Lula llegó a la presidencia como un símbolo de esperanza, un símbolo de los cambios logrados por Brasil con su nueva democracia. Lo que nos conmovió a todos fue el espectáculo de la toma de posesión de Lula en Brasilia, el 1o de enero de 2003, con una muchedumbre que lo adoraba, aglomerada alrededor del Rolls-Royce presidencial, histérica de felicidad, esperanza y solidaridad con un hombre que empezó su vida como uno de ellos, en las condiciones más pobres, y se convirtió en un símbolo de lo que los brasileños más pobres pueden lograr. Y entonces Lula les dijo:


“Cuando me acuerdo de la época en la que mi familia huyó de la sequía en el noreste, de cuando niño vendía maní y naranjas en los muelles del puerto de Santos, de cuando trabajé como tornero en fábricas y luego como líder sindical que fundó el Partido de los Trabajadores (PT), veo y sé con claridad y convicción, en este momento en que me convierto en comandante en jefe de la nación, que podemos hacer mucho más”.


Lula se cubrió de fama y adulación a escala internacional. De acuerdo con The New York Times, “Luiz Inácio Lula da Silva, de 58 años, es un artículo genuino, una fábula ambulante, la historia clásica de la democracia, el niño pobre que creció para convertirse en presidente”. Poco después de que asumiera el poder, el periódico boliviano La Razón llamó a Lula “la nueva estrella política latinoamericana”. Cuando habló durante una conferencia sobre gobernabilidad progresiva en la London School of Economics, opacando a otros presidentes y primeros ministros asistentes, el eminente sociólogo Anthony Giddens proclamó: “Lula quiere transformar a Brasil, pero creo firmemente que puede transformar al mundo”.

Habiendo estudiado sólo hasta el quinto grado, Lula se postuló a la presidencia cuatro veces; es un improvisador sumamente inteligente, con talento para escuchar y que toda su vida ha tenido dificultades de lectura. Una persona de su entorno cercano dice que es doloroso ver a Lula, como presidente, luchar durante una hora para leer una sola página impresa.

A Lula le gusta ridiculizar a los intelectuales, lo que al principio podría parecer extraño, ya que hay muchos intelectuales en el PT.

“Yo digo que la política no tiene secretos”, declaró en Brasilia unos cuantos días antes de su discurso en Londres. “Si hay una cosa que nadie necesita para saber de política, es un diploma universitario”. La falta de esfuerzo de Lula para superar su problema de lectura puede ser una cuestión de elección. Otra cuestión de elección fue su indiferencia ante la corrupción. Esto implicó una elección todavía más fatídica: la de entregar las riendas del gobierno a otros, mientras se dedicaba a las relaciones públicas, a realizar visitas de estado alrededor del mundo y a recorrer todo Brasil, haciendo discursos improvisados.

Uno de los senadores más sabios y respetados de Brasil, Jefferson Perez, del estado de Amazonas, observó: “Voté por Lula y ahora pienso, contrario a lo que pensé en ese entonces, que no estaba preparado para ser presidente. Carece de la noción de que la Presidencia de la República es la institución más importante del país. A Lula le gusta el lado externo de las cosas, el escenario iluminado, las visitas de estado, inaugurar obra pública, pronunciar discursos, posar como estadista; pero tiene una inaptitud absoluta para el hábito y la rutina de gobernar”.

No obstante, el historial de Lula en la presidencia incluye algunos logros. Aún antes de que el pánico se apoderara de los mercados financieros ante la posibilidad de su elección en 2002, tuvo la sabiduría de entender que el pueblo de Brasil no aceptaría el retorno de la inflación crónica.

Comprendió que el impulso principal de una política gubernamental tendría que ser la conservación de la estabilidad, de la cual dependía su sobrevivencia política. Durante los últimos 25 años y a lo largo de seis administraciones presidenciales, Brasil ha estado envuelto en una larga lucha para lograr la estabilidad política y económica.

El triunfo electoral de Lula fue fruto de un largo proceso de consolidación democrática y estabilización económica en Brasil, al que el PT con frecuencia se opuso por motivos ideológicos y que, no obstante, creó las condiciones para la llegada al poder de un partido de izquierda, con un programa revolucionario. Cuando en 1994 se anunció el Plan Real, Lula advirtió: “De entrada, los trabajadores podrían perder 30% de su poder adquisitivo”. Al fi nal, la gente pobre ganó poder adquisitivo con el fin de la inflación crónica.

La consolidación de la estabilidad y la reactivación del crecimiento económico deberían haber dado a Lula una ventaja decisiva para buscar la reelección en octubre de 2006. La decencia y la simpatía que irradiaba llevaron a la gente a perdonar el fracaso de su programa Hambre Cero, divulgado en todo el mundo, y de otros programas plagados por la desorganización y la corrupción. Entre sus victorias legislativas se cuentan reformas al sistema de seguridad social, al sistema judicial, a la legislación sobre quiebras y la creación de alianzas público-privadas (APP) para financiar infraestructura, así como la prohibición a civiles de portar armas, esta última sujeta a ratificación por medio de referendo. Lula proporcionó a estudiantes pobres mayor acceso a universidades públicas y privadas. El rápido crecimiento de la economía mundial permitió a Brasil lograr un superávit comercial y de cuenta corriente sin precedentes. Algunos de estos éxitos fueron fruto del trabajo de gobiernos anteriores. Sin embargo, las victorias de Lula se vieron manchadas por revelaciones de grandes pagos en efectivo a congresistas, que coincidían con votaciones clave.

En meses recientes los problemas se han acumulado. A su regreso a Brasil luego de una década encabezando la UNCTAD en Ginebra, el embajador Rubens Ricupero, presidente de nuestro Instituto, observó: “Para alguien que vuelve después de diez años de viajar alrededor del mundo, lo que primero me impresiona es la rapidez con la que el gobierno pierde control de la agenda nacional. Otra sorpresa es que un comunicador natural y espontáneo como el presidente produce resultados tan contradictorios cuando trata de explicar sus políticas”.

Poco después de dejar el gobierno, Ricardo Kotscho, secretario de prensa de Lula durante muchos años, escribió en una página Internet local: “Hay una atmósfera de deterioro moral, de falta de esperanza, de indignación, de cada hombre para sí mismo, todo al mismo tiempo”. La senadora de izquierda Heloísa Helena, expulsada del PT por oponerse a la reforma del sistema de seguridad social, declaró que “el gobierno cede su maquinaria pública para tratos parasíticos con delincuentes sibaritas. Distribuye empleos, poder, apropiaciones especiales o el mensalão (sobornos mensuales a legisladores de partidos aliados a fin de garantizar sus votos en el congreso)… Mi convicción absoluta es que nadie de la camarilla presidencial del partido en el Palacio Presidencial actúa sólo en crímenes contra la administración pública. Si el partido actúa de esta forma, es porque hay autorización e indulgencia del presidente Lula. Por lo que sé del PT, nadie actúa por sí sólo”.

Antes de que Lula asumiera el poder en 2003, el PT era ampliamente admirado por defender la ética en la vida pública, denunciando escándalos reales e imaginarios en gobiernos anteriores, y por haber erigido la más poderosa maquinaria partidaria jamás vista en la política brasileña.
Durante los años 90, para financiar su burocracia, el PT desarrolló un sistema de desvío de fondos de las municipalidades del estado de Sao Paulo, el cual gobernaba, incluyendo la gran ciudad de Sao Paulo, principalmente a través de cobranza de comisiones sobre contratos inflados para consultorías, recolección de basura y servicios de autobús. El mensalão en el gobierno de Lula fue básicamente una ampliación del esquema de sobornos ideado para controlar al Consejo de la Ciudad de Sao Paulo, durante la administración de la prefecta Marta Suplicy (2001-04), del PT.

El PT también recibía financiamiento de comisiones provenientes de los operadores de las loterías estatales de Río de Janeiro y Río Grande do Sul.


Una de las primeras revelaciones del actual sistema corrió a cargo de Paulo de Tarso Venceslau, ex líder estudiantil e integrante de la guerrilla urbana que participó en el secuestro del embajador de Estados Unidos, Burke Elbrick, en 1969. En 1995, como secretario de finanzas de la ciudad de Sao José dos Campos, Venceslau advirtió a Lula, entonces presidente del PT, que el partido estaba acumulando fondos secretos (llamados caixa 2) en estas municipalidades, a través de una empresa de consultoría propiedad del compadre de Lula, Roberto Teixeira, cuyo departamento y casa de fin de semana Lula ocupó sin pagar renta durante ocho años. Una investigación interna del PT confirmó “irregularidades alarmantes”. No obstante, Lula protegió a su compadre. Venceslau fue despedido de su puesto en el gobierno de la ciudad y posteriormente expulsado del PT. “En este episodio Lula se consagró como caudillo y el partido se arrodilló ante él”, declaró Venceslau durante los escándalos actuales; “esto fue mortal para el PT”. Entre tanto, el PT lucha por hacer frente a los efectos del secuestro y asesinato en enero de 2002 de Celso Daniel, miembro del PT y prefecto de Santo André, suburbio de Sao Paulo, que había sido postulado como director de la campaña electoral de Lula. El asesinato de Daniel se ha relacionado con disputas sobre el desvío de fondos de campaña de Santo André al PT en el que están involucrados dirigentes de alto nivel del partido que actualmente son miembros clave del equipo presidencial de Lula en Brasilia.

En privado, Lula expresó desprecio por el PT y sus riñas internas. “Mi partido es una mierda”, comentó Lula la víspera de su campaña electoral victoriosa en 2002, a un extranjero al que le solicitó una sesión informativa de cuatro horas sobre cómo dirigirse a los hombres de negocios.


“El PT está formado por muchas facciones y clases de personas que siempre están peleando entre sí: sindicalistas, ex guerrilleros, profesores universitarios socialistas, funcionarios públicos, políticos profesionales, católicos radicales y trotskistas. Yo no intervengo en esas disputas y trato de mantener al PT unido.

Me merezco algo mejor que eso. Merezco ser el candidato de un amplio frente partidario.

Nunca he sido ideológico. Nunca en la vida he leído un libro sobre marxismo. Sabe, nunca en la vida he leído ningún libro”.


Las posibilidades de reelección de Lula en 2006 se han visto afectadas por estos escándalos, pero el presidente prometió renovar sus esfuerzos para superar las dificultades. “Tengo una biografía que preservar, un patrimonio moral, un historial de décadas en defensa de la ética en la política”, declaró durante el Cuarto Foro Mundial para el Combate de la Corrupción, hablando con ojos enrojecidos y voz ronca, llena de emoción.


“Es evidente que nuestras instituciones deben fortalecerse. Es evidente que la reforma política es indispensable y urgente. Es evidente que la reforma no puede ser obra de la voluntad de una sola persona, sino el producto de una congregación de voluntades en nuestra república. Es evidente que todos nosotros deberemos ceder en algunas de nuestras posturas para que Brasil emerja victorioso. En juego se encuentra la respetabilidad de nuestras instituciones, de las que soy el guardián principal”.


Un mes después, en París, bajo presión debido a las crecientes revelaciones de corrupción, trató de distanciarse del PT y culpó al sistema político: “Lo que hizo el PT, desde el punto de vista electoral, es lo que se hace sistemáticamente en Brasil”.

Al interior del palacio, Lula dijo a sus asesores: “No iré al matadero”. Durante los días siguientes se tornó más beligerante conforme recorría el país, pronunciando discurso tras discurso, solicitando el apoyo de los sindicatos: “En este país de 180 millones de brasileños puede haber iguales, pero no piensen que existe un hombre o una mujer que tenga el valor de darme una lección de ética, moralidad u honestidad. En este país todavía no ha nacido quien pueda darme lecciones de ética”. Algunos días después, dijo a líderes sindicales de trabajadores retirados que no “negociaría con el Diablo para la reelección… No presentaré mi candidatura para la reelección si eso quiere decir subastar ministerios y no tener la capacidad para mejorar la economía y distribuir más el ingreso. Si implica dirigir un gobierno igual o peor que este, no seré candidato”. Pero al día siguiente Lula estaba en campaña, usando el casco de cuero de los vaqueros brasileños (cangaceiros) y llorando al hablar de su madre, diciendo a una multitud en su ciudad natal, Garanhuns, en Pernambuco, que, si decidía postularse, “ellos [las elites] tendrán que tragarme nuevamente, porque el pueblo brasileño me querrá”.

Lula repetidamente acusó a “una conspiración de elites” de tratar de derrocar a su gobierno. Pero hombres de negocios, banqueros y líderes políticos de oposición, casi de manera unánime, se opusieron al proceso de destitución de Lula, a pesar de que muchos afirman que existen amplias bases legales para realizarlo. Al eliminar la amenaza del proceso de destitución, la oposición renunció al uso del principal instrumento de presión contra Lula. Entre tanto, la economía se mantiene bien; la inflación disminuye. Las finanzas públicas mejoran y las cuentas internacionales presentan creciente superávit.

Bancos y proveedores extranjeros de capital especulativo obtienen enormes ganancias provenientes de préstamos al gobierno a las tasas de interés más elevadas del mundo, 14% por arriba de la inflación.
Los hombres de negocios temían que la caída de Lula también significara la caída del ministro de finanzas, Antonio Palocci, descrito por Delfim Netto, el cínico zar económico del régimen militar (1964-85), como “el poste que sostiene la carpa del circo”.

El sistema político de Brasil parece carecer de la autoestima necesaria para enfrentar el trauma de un proceso de destitución como el que en 1992 llevó a la renuncia de Fernando Collor, quien se convirtió en el primer presidente electo en la historia de América Latina en ser sometido a un proceso de destitución, luego de que se descubriera un amplio esquema de sobornos y pagos de comisiones. Existen dos importantes diferencias entre entonces y ahora. En primer lugar, en 1992 aún no se había descubierto la extensa corrupción en el Congreso, mientras que actualmente muchos miembros del Congreso se han beneficiado del mucho más ambicioso esquema de pagos de sobornos del PT, lo cual priva al Congreso de la autoridad moral para someter a Lula a un proceso de destitución con base en acusaciones de corrupción. En segundo lugar, las manifestaciones callejeras y reuniones públicas que orquestaron la caída de Collor fueron organizadas por el PT y otros partidos importantes, así como por los sindicatos controlados por el PT, todos los que, hasta ahora y por diferentes motivos, no han movilizado a sus militantes. Además, muchos políticos temen un reacción antagónica de lo que ellos perciben como un núcleo irreductible de apoyo a Lula entre la gente pobre. No obstante, la frase “tendrán que tragarme”, que Lula profirió durante su discurso en Garanhuns, provocó una rápida reacción. El senador Tasso Jereissati, dos veces gobernador del estado de Ceará, al noreste de Brasil, expresó la indignación del opositor Partido Social Demócrata Brasileño (PSDB):


"Nosotros, los de la oposición, hemos hecho lo posible y lo imposible a fin de preservar la figura del Presidente de la República; preservar la figura de un hombre cuyo historial político amerita el respeto de todos los brasileños. Pero el Presidente, en sus discursos, ha rebasado los límites de lo que podemos tolerar. Parece que el Presidente de la República todavía no ha entendido la gravedad de los hechos que involucran a su gobierno, que han generado un estado de perplejidad y estupefacción a escala nacional e internacional".


El primero en romper el amplio frente contra del proceso de destitución fue Mefistófeles mismo, quien durante meses había defendido al presidente como “un hombre inocente” traicionado por asociados malévolos.


“Tuvimos un proceso de destitución hace 13 años y nuestras instituciones democráticas no perdieron nada. Al contrario, se fortalecieron”, afirmó Roberto Jefferson el 8 de agosto, ante un desbordante público de fascinados hombres de negocios. Posteriormente, ante iracundos estudiantes de leyes que lo llamaron picareta (pillo) y que gritaban “Fora Lula” [fuera Lula], el héroe/ villano respondió: “Hoy su situación [la de Lula] es débil; si llevan este grito a las calles, él no durará”.


Posteriormente en esa misma semana, dos sorpresas empeoraron los problemas de Lula. La mayor transferencia de efectivo revelada hasta ahora era de 15.5 millones de reales, a la compañía de mercadotecnia política de Duda Mendonça, creador de la campaña mediática “Lulinha, paz e amor” para la elección de 2002, en la que Lula se había rehusado a participar nuevamente como candidato, luego de haber perdido tres elecciones previas, a menos que el PT contratara a Duda como comercializador de su imagen. Pero después de la elección Duda tuvo problemas para recibir su pago. Luego de largos retrasos, su socia, Zilmar Fernandes Silveira, firmó recibos por efectivo y el 11 de agosto fue llamada a testificar ante la CPI.

Pero el mismo Duda apareció sorpresivamente ante la CPI a lado de su socia, habiendo volado a Brasilia en un jet privado a las 6 de la mañana, después de varias horas de interrogatorio por parte de la Policía Federal en Salvador, que terminaron a las 4 de la mañana. Amante de las peleas de gallos que se convirtió en el experto en mercadotecnia política más caro de Brasil, Duda reveló que 10.5 millones de reales de la factura de 25 millones de reales que cobró por la campaña mediática de Lula fueron pagados de manera ilegal, a través de un esquema de lavado de dinero oculto en otros países, afirmando que, para obtener el dinero que se le debía, se le indicó que abriera una cuenta bajo el nombre de Dusseldorf en BankBoston de Bahamas. “Nosotros sabíamos que el dinero era de caixa 2”, declaró Duda. “No somos tontos. Teníamos que recibirlo de esta forma o de otro modo no nos pagarían. Dado que la campaña había terminado, ya no teníamos poder de negociación”. Fuentes del PT señalaron que la campaña presidencial de Lula costó cerca de 200 millones de reales, diez veces más que lo que se informó a las autoridades electorales y cuatro veces más que lo que gastó su rival más cercano. Si bien los pagos fuera de libros y las transferencias ilegales hacia y desde cuentas clandestinas extranjeras han sido tolerados en la política brasileña durante mucho tiempo, la magnitud de estas operaciones y el soborno masivo de legisladores con pagos en efectivo era algo nuevo. Los muchos millones de dólares en pagos ilegales a políticos estremecieron a una nación con salario mínimo de cerca de 100 dólares mensuales y en la que un salario de 500 dólares mensuales es considerado como ingreso de clase media. Toninho de Barcelona, principal operador del mercado negro en Brasil, quien actualmente purga una condena de 25 años de prisión, afirma que el PT ha estado lavando dinero en el extranjero desde 1989, año de la primera campaña electoral de Lula a la presidencia.

A lo largo de la escalada de escándalos, Lula insistió en que no sabía nada de los pagos ilegales. El día siguiente al testimonio explosivo de Duda Mendonça, bajo presión para hacer una declaración pública, Lula
pronunció un breve discurso televisado, en el que enunció: “con toda franqueza, me siento traicionado; traicionado por prácticas inaceptables de las cuales nunca tuve conocimiento”.

Pero ese mismo día la revista Época publicó una entrevista con Valdemar Costa Neto, líder del pequeño Partido Liberal (PL), quien renunció a su cargo de diputado después de que Roberto Jefferson lo acusara de recibir sobornos del PT para hacer que el PL participara en la alianza de partidos que eligió a Lula y en la coalición de gobierno.

Valdemar dijo que Lula había estado presente en una reunión realizada el 19 de junio de 2002 en casa de José Dirceu, en Brasilia, para ayudar a resolver un estancamiento en torno al dinero. “Empecé pidiendo 20 millones de reales para terminar aceptando 15 millones”, declaró Valdemar. “Lula estaba en el cuarto de a lado. Sabía que estábamos negociando cantidades. Yo dije: ‘Vamos a arreglarnos con diez millones’. Entonces Lula entró para autorizar la operación. [Posteriormente] Zé Dirceu eligió operar con Roberto Jefferson. Jefferson siempre estaba con ellos, en compañía de Lula. Se metieron en esto porque quisieron. Jefferson es un personaje conocido en este mercado, con malas intenciones, peligroso”.

“Maquillaje Extremo”

Roberto Jefferson todavía usa algunos de los holgados trajes que compró cuando pesaba 170 kg, antes de someterse a una cirugía para retirar parte de su estómago. No obstante, de acuerdo con un sondeo entre telespectadores, “el supuesto villano” se robó el show y cautivó a la gente. Abogado penalista que toma lecciones de canto y cuenta con una habilidad de actuación ilimitada, el ex obeso con anteojos de fondo de botella parece haber salido del programa de televisión ‘Extreme Makeover’ directo al teatro de las investigaciones televisadas de la CPI”. Hace una década, Roberto Jefferson ganó notoriedad al encabezar la defensa del presidente Collor en el Congreso, contra el proceso de destitución.

Roberto Jefferson es una de esas personalidades exóticas que ocasionalmente alcanza la fama en la cultura política de Brasil. Usando una pulsera de candomblé, religión afrobrasileña folclórica, se defendió brillantemente y con humor cáustico durante las audiencias televisadas conforme develaba el sistema de sobornos a congresistas, ideado por el PT y conocido como mensalão, el cual consistía en pagos mensuales en efectivo que sumaban muchos millones de dólares. “Es más barato pagar un ejército de mercenarios que compartir el poder”, observó Mefistófeles. “Es más fácil rentar un diputado que discutir con él un proyecto de gobierno. El que recibe una paga no piensa”. La principal justificación para estos sobornos era el financiamiento de los gastos de campaña. Jefferson dijo que soportó una “presión brutal” de diputados de su propio partido que querían más dinero. “Presión, presión, presión, dinero, dinero, dinero”.

Si bien su apetito por la comida disminuyó, la sed de poder de Roberto Jefferson no cambió. Elegido por primera vez en 1983, luego de ganar popularidad como “abogado de los pobres” en un programa diario de televisión, Jefferson es uno de los diputados que ha permanecido durante más tiempo en el Congreso, con un profundo conocimiento del funcionamiento del sistema político.

Durante las dos últimas décadas el PTB ha apoyado virtualmente a todos los gobiernos federales y ha propuesto muy pocas leyes.

La mitad de sus diputados ha sido acusada o juzgada por evasión fiscal, desvío de fondos o fraude. En la misma elección que llevó a Lula y al PT al poder en 2002, el PTB sólo había logrado la elección de 26 de sus miembros a la Cámara de Diputados, formada por 513 escaños. Al cabo de unos cuantos meses, la base de diputados del partido se había duplicado, debido a los promiscuos cambios de un partido a otro, endémicos en la política brasileña, gracias a los esfuerzos del PT para seducir diputados de partidos menores a fin de engrosar las filas de los partidos aliados al nuevo gobierno, con el objeto de formar una mayoría en el Congreso. Se dice que el PTB habría controlado 2 mil de los 20 mil nombramientos presidenciales efectuados desde que Lula asumió el poder. Menos interesado en cargos ministeriales para él o para otros miembros del PTB, Jefferson se concentró en obtener puestos ejecutivos clave en corporaciones estatales casi autónomas, dotadas de grandes presupuestos sujetos a muy poca supervisión, como el monopolio estatal de reaseguramiento que controla 800 millones de dólares estadounidenses en depósitos en el extranjero, y como empresas estatales de energía eléctrica y la policía federal de caminos de Río de Janeiro. Entre estas agencias estaba el servicio de Correos, donde se iniciaron los problemas.

A mediados de mayo de 2005, la revista Vejapublicó y difundió en su página Internet una entrevista – videograbada con una cámara escondida – con un funcionario menor de la oficina de Correos que de manera casual se embolsó una propina de 3 mil reales ($1,200 US). “Somos tres y trabajamos juntos”, dijo el funcionario, Maurício Marinho, en el video.


“A los tres nos designó Roberto Jefferson. Es un acuerdo con el gobierno. Nosotros nombramos al director, a un asesor y al jefe de departamento. Yo soy el jefe de departamento. El partido tiene conocimiento sobre todos los tratos que cerramos”.


Marinho proporcionó más detalles a los fiscales. Roberto Jefferson dijo que apenas conocía a Marinho, pero posteriormente se informó que ambos sostuvieron una animada conversación en un restaurante de una pequeña ciudad de Mato Grosso do Sul.

Conforme el video se repetía una y otra vez en televisión, Lula trató de defender a su nuevo aliado diciendo: “Debemos mostrar solidaridad con nuestros socios”. Lula y el PT fracasaron en sus desesperados esfuerzos por bloquear una CPI y luego trataron de distanciarse de Jefferson y del PTB lanzando una investigación policíaca. Entonces Jefferson concedió una extensa entrevista al diario Folha de São Paulo en la que describió el amplio esquema del mensalão para sobornar a docenas de congresistas. “Me di cuenta de que el gobierno actuaba para aislar al PTB”, dijo. “Tendrán que cortar la cabeza de alguien en la guillotina y tirar sangre y carne a los chacales. Veja dijo que soy un hombrebomba, y ¿qué se hace con una bomba? O se desactiva o se hace explotar. Veo que están evacuando los alrededores para aislar al PTB y hacerlo explotar”.

Valério y Delúbio

La audacia de los esquemas creados por estos hombres es más extraña que cualquier ficción. El principal responsable del dinero y hacelotodo era Marcos Valério de Souza, un pelón de 44 años, tenso y de voz suave que invariablemente viste trajes negros, administra 18 empresas y 150 cuentas bancarias, y cuyo grupo de agencias de publicidad en la ciudad de Belo Horizonte servía como conducto para el lavado de dinero y pago de sobornos a decenas de políticos. Aunque Valério era muy poco conocido en Belo Horizonte antes de la elección de Lula, se enriqueció tan rápido que compró 13 caballos pura sangre para su hija adolescente e importó de Suiza y Bélgica a dos campeones olímpicos de equitación a fin de que la entrenaran para competencias. Sus esquemas eran financiados mediante contratos de publicidad inflados suscritos con agencias gubernamentales, y a través del pago de comisiones a cambio de influencia política para el desvío de depósitos provenientes de los corruptos fondos de pensiones del sector público brasileño hacia bancos favorecidos. Los servicios de Valério incluían desde el financiamiento del baile de toma de posesión de Lula en enero de 2003, hasta el pago de honorarios a un ex procurador general federal, Aristedes Junquiera, para defender al PT en la investigación de secuestro y asesinato de Celso Daniel, el alcalde petista de Santo André.

Valério realizó 41 pagos en efectivo por un total de 36 millones de reales, principalmente a políticos, a partir de sus cuentas en el Banco Rural de Belo Horizonte, una pequeña institución con la que tenía un contrato de publicidad desde 1995. El Banco Rural ha estado en problemas con el Banco Central casi constantemente desde que adquirió notoriedad en 1992, cuando abrió cuentas “fantasma” bajo nombres falsos como parte del esquema de sobornos y pago de comisiones operado por el tesorero de campaña del presidente Fernando Collor, P. C. Farias, quien se dice habría recaudado cerca de 350 millones de dólares, los cuales nunca se han recuperado. Valério ayudó al Banco Rural en sus exitosas apelaciones ante el Banco Central para la reducción de sus sanciones, en audiencias en las que era acompañado por el abogado del Tesoro Nacional, Glênio Guedes, quien renunció a su cargo poco después de que se revelara que había recibido pagos por un total de 2.5 millones de reales, de una de las empresas de Valério.

En 1984, el Banco Rural abrió el Trade Link Bank en las Islas Caimán y se involucró a fondo en un esquema ilegal de lavado de dinero por 30 mil millones de dólares estadounidenses en el que participaban el crimen organizado y cientos de políticos de diferentes partidos, operado a través de la sucursal neoyorquina de Banestado [banco del estado de Paraná], y de una cuenta en J. P. Morgan, bajo el nombre de Beacon Hill. Una investigación del fiscal de distrito de Manhattan, Robert Morgenthau, y de la policía federal brasileña estaba por llegar a su punto culminante en abril de 2003, poco después de la toma de posesión de Lula, cuando el agente de la policía federal encargado de la investigación en Nueva York fue repentinamente retirado y enviado a un oscuro puesto en una provincia al sur de Brasil. El agente, José Francisco de Castilho Neto, recientemente informó al diario O Estado de São Paulo que el esquema de Banestado “involucraba a gente de las más altas jerarquías de los dos gobiernos [de los presidentes Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) y Lula]. Hoy, estoy convencido de que todo este esquema de lavado de dinero que estábamos a punto de revelar fue montado principalmente para sacar de Brasil fondos secretos de los dos partidos”. Entre tanto, el Congreso investigaba a Banestado, con un diputado del PT, José Mentor, como relator.

Mentor ayudó a ocultar la participación del Banco Rural en el esquema y telefoneó a Valério con una información que dio lugar a la rápida destrucción de 25 expedientes de documentos, de acuerdo con la ex secretaria de Valério. Mentor recibió pagos por un total de 120 mil reales, de los 50 millones de reales en transferencias realizadas de las cuentas de Valério en el Banco de Brasil, del que se vieron obligados a renunciar varios funcionarios nombrados por el PT. El 14 de mayo, cuando los procuradores federales reabrieron la investigación, Mentor propuso al Congreso una ley de amnistía para los responsables de transferencias ilegales de dinero.

La pista del dinero

El origen de todo el dinero, calculado en 2 mil millones de reales (unos 800 millones de dólares estadounidenses), todavía no está claro. Debemos remontarnos muy atrás en la historia para encontrar un escándalo de tales proporciones y complejidad, tal vez hasta los fraudes y sobornos revelados luego del colapso de la fiebre especulativa que dio lugar a la Burbuja de los Mares del Sur en Inglaterra, en los años 1711-20, y que comprometió a la familia real, a varios ministros y miembros del Parlamento, y a los principales mercaderes y corredores de bolsa.

En América Latina es necesario remontarse hasta la corrupción en Cuba bajo el régimen del presidente Carlos Prío Socorrás (1948-52), que despejó el camino para la ascensión de Fidel Castro al poder. En el gabinete de Prío había líderes estudiantiles idealistas de la generación anterior, como algunos de los asociados de Lula en la actualidad, que habían caído en lo que el historiador Hugh Thomas describió como “el gangsterismo y la corrupción que carcomieron al Legislativo y al Ejecutivo”. El anterior gobierno cubano electo, del presidente Ramón Grau San Martín (1944-48), también despertó grandes esperanzas y resultó igual de malo. El ministro de educación de Grau llegó a Miami, después de abandonar su cargo, con 20 millones de dólares en efectivo (cerca de 180 millones en dinero actual) en su maleta.

Las maletas llenas de dinero se convirtieron en el último grito de la moda en Brasil. La ex secretaria de Valério, Fernanda Karina Ramos Somaggio, reveló que Marcos Valério enviaba en aviones privados maletas llenas de efectivo para ser distribuido entre políticos en Brasilia. “A veces retiraban un millón de reales en efectivo del Banco Rural”, rememora Karina. Los retiros en efectivo se realizaban – dijo – en la víspera de las frecuentes reuniones que Marcos Valério sostenía en Brasilia y Sao Paulo con Delúbio Soares y Sílvio Pereira, tesorero y secretario general del PT respectivamente, cuyos risibles esquemas se parecían a las creaciones del canal de televisión Cartoon Network.

Karina explicó que la directora de finanzas de la agencia de publicidad, Simone Vasconcellos, se había quejado con ella de que estaba cansada de contar dinero y entregar efectivo a políticos en cuartos de hotel en Brasilia. “En tres ocasiones transporté el efectivo para Valério: dos veces al hotel Blue Tree Park y una vez a un taxi estacionado en un centro comercial en Brasilia”, declaró posteriormente Simone a la policía. “Me preocupaba ser identificada por desconocidos y entregarles grandes sumas de efectivo sin saber de quiénes se trataba”.

Hubo más cargamentos de efectivo en maletas para políticos de otros estados de Brasil. El 8 de julio, en el aeropuerto de Sao Paulo, la policía federal encontró 200 mil reales en una maleta y 100 mil dólares estadounidenses en efectivo en la ropa interior de un asistente del presidente de la Asamblea Estatal de Ceará, hermano del presidente nacional del PT, José Genoino, quien de inmediato renunció a su cargo. La policía posteriormente se enteró de que el efectivo que transportaba la mula, o mensajero, era el pago de una comisión de una empresa constructora por un contrato de 500 millones de reales que había ganado para construir una línea de transmisión eléctrica de alto voltaje, financiada por el Banco del Noreste, institución federal. Tres días más tarde, en el aeropuerto de Brasilia, la policía arrestó a João Batista Ramos da Silva., diputado del conservador Partido del Frente Liberal (PFL) y obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, cuando trataba de cargar en un avión particular maletas llenas de 10.4 millones de reales en efectivo (unos 4 millones de dólares estadounidenses). João Batista fue expulsado del PFL al día siguiente.

Esta tragedia todavía no termina y su resultado aún está sujeto a elección. La revista The Economist culpó de los actuales problemas a “la arrogante ingenuidad de un partido cuya aceptación de la democracia y el capitalismo es muy reciente. Varios de los lugartenientes caídos de Lula parecen haber llevado al gobierno dos nociones marxistas: que un fin superior justifica el uso de medios reprobables, y que el partido está por encima del Estado.” Dicho todo esto, la evolución de las instituciones brasileñas en décadas recientes ofrece la esperanza de que este episodio pueda dar lugar a mayores avances.

Las riendas del poder

En la época de la Burbuja de los Mares del Sur, la política británica probablemente no era menos corrupta que la política brasileña actual. Al mismo tiempo, Inglaterra estaba desesperada por lograr estabilidad financiera y consolidar su crédito a fin de pagar por sus múltiples guerras del siglo XVIII; necesitaba reducir las tasas de interés y convertir su deuda de corto plazo en deuda de largo plazo, del mismo modo que Brasil ha estado tratando de hacerlo desde la crisis de deuda externa de los 80 y el surgimiento de la hiperinflación a principios de los 90.

De modo que para modernizar las finanzas públicas y la administración, Inglaterra realizó una serie de reformas parciales que duraron todo un siglo, lo cual permitió a la Corona contraer enormes deudas a un interés bajo.

En The Sinews of Power: War, Money and the English State, 1688-1783, John Brewer observó que “el impacto de la Burbuja de los Mares del Sur y la dolorosa reconstrucción financiera que siguió ayudaron a garantizar un alto grado de probidad financiera a partir de ese entonces”.

Del mismo modo, desde la crisis de la deuda externa en 1982, Brasil ha tomado una serie de pasos importantes a fi n de modernizar sus finanzas públicas y su administración.

Entre estas medidas está la abolición del financiamiento abierto (conta de movimento) al Banco do Brasil, que constituía un motor de inflación; la fusión de gastos monetarios y fiscales en un presupuesto unificado; el incremento en la eficiencia profesional de la recaudación de impuestos; la creación de la oficina del Secretario del Tesoro para administrar la deuda pública y la prohibición al Banco Central de hacer préstamos al gobierno; la privatización de bancos estatales corruptos y deficitarios; el establecimiento de una procuraduría federal independiente y de un Consejo de Control de Actividades Financieras (COAF) para detectar lavado de dinero y otras transacciones financieras ilícitas; y la aprobación en el 2000 de una Ley de Responsabilidad Fiscal que establece límites de gasto y crédito en todos los niveles de gobierno.

Estas innovaciones están incompletas y deberían continuar, pero ya hacen menos factible un retorno a las décadas de inflación crónica como las vividas en el siglo XX.

El descubrimiento de la actual ola de escándalos en Brasil fue posible gracias a un sofisticado sistema financiero que rastrea fácilmente movimientos de dinero. Ya no se permite a los bancos cambiar cheques al portador. Por eso los pillos se vieron obligados a cargar grandes cantidades de efectivo en maletas y ropa interior. La mayoría de los edificios de oficinas en las grandes ciudades de Brasil fotografían y tienen registros de todos sus visitantes. Cámaras de vigilancia en lugares públicos, desde aeropuertos hasta corredores de hoteles, graban los movimientos de la gente. Por eso fue fácil rastrear las idas y venidas de políticos y sus asistentes y parientes, haciendo retiros de efectivo de las cuentas de Valério en la sucursal del Banco Rural ubicada en un centro comercial de Brasilia.

Pero estos mecanismos se activaron sólo después de que se habían descubierto los crímenes. Las burocracias produjeron pocos denunciantes. Los auditores del sector público tienen sobrecarga de trabajo y obedecen a sus jefes políticos. “Este escándalo salió a la luz no por el Congreso, los auditores del Banco Central o los esfuerzos de la Policía Federal”, dijo Gilberto Amaral, consultor de impuestos".

“Lo supimos porque alguien involucrado en el esquema de corrupción abrió la boca. Fue un arreglo de cuentas entre gángsteres”.
(Continúa)

 

2. Lula y Mefistófeles: La tierra feliz (II)

3. Lula y Mefistófeles:
Brasil necesita una nueva estrategia (III)

 




(*)
Norman Gall es director ejecutivo del Instituto Fernand Braudel de Economia Mundial y editor de Braudel Papers.



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