Lula y Mefistófeles: Guerra de termitas (I)
Norman Gall* / Soberania.org - 08/11/05
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Este ensayo fue escrito en medio de la peor crisis
política que ha vivido Brasil desde el colapso del
régimen democrático, a principios de los años
60. Si bien las instituciones democráticas son
mucho más sólidas hoy en día y las posibilidades
del retorno de un régimen militar son remotas,
el resultado de los problemas actuales todavía es
incierto. No obstante, el Instituto Fernand Braudel
de Economía Mundial considera que en estos
momentos podría ser útil analizar los contornos
generales de tales dificultades, así como los problemas
a largo plazo inherentes a éstas.

1. Guerra de termitas
“Escúchenme, ciudadanos de Brasil, senadores
y diputados”, comenzó Mefistófeles durante la
sesión de una comisión parlamentaria de investigación
sobre corrupción, televisada a escala
nacional.
“Solicito su permiso para decir que,
aunque nos encontramos en un teatro de luchas
e ideas, un teatro político, no vine aquí para
desempeñar el papel de un artista. Si así fuere
juzgado, ofrecería disculpas de modo que pueda
tratar de presentar mis argumentos de manera personal,
dejando de lado cualquier propensión artística
que yo o cualquiera de ustedes pudiera tener. No vine
aquí a rogar para conservar mi escaño en el Congreso.
Ahora me encuentro más allá de esas cosas. Nadie me
forzará a arrodillarme con la cola entre las patas. Nadie me
ridiculizará. No desempeño el papel de héroe porque no soy
mejor que todos ustedes, sino igual a todos ustedes. Tampoco
desempeño el rol de villano porque ustedes, damas y caballeros,
no son mejores que yo”.
Mefistófeles, arcángel de la corrupción, terminó la sesión a las 2
a.m. con una risa infernal. Mefistófeles ha asumido muchas formas
e identidades a través de los siglos. En esta encarnación, asumió la
identidad de un diputado de 51 años, de Río de Janeiro: Roberto
Jefferson Monteiro Francisco, ex presentador de televisión que
portaba armas y cantante aficionado de arias operísticas y canciones
napolitanas cuyas acusaciones, embellecidas con manierismos
teatrales y pausas, desencadenaron un escándalo político que casi
ha destruido al gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva
y su Partido de los Trabajadores (PT). La nación se quedo atónita
ante sus palabras. Como para probar su autenticidad, Jefferson– presidente del Partido Laborista Brasileño (PTB) – confesó que
en nombre del PTB había negociado pagos de los líderes del PTpor un total de 20 millones de reais (cerca de 6 millones de dólares
estadounidenses), pero indignado agregó que sólo había recibido
4 millones de reales en efectivo en el primero y único pago parcial
del dinero entregado en maletas. Maestro tanto del portugués grandilocuente
como del callejero, Mefistófeles posteriormente enfatizó – con gesticulaciones teatrales – el código de honor en política,
declarando que si el gobierno hubiera mantenido su palabra y no lo
hubiera traicionado, habría guardado silencio. Al final, su denuncia
dio lugar a revelaciones en cascada de fraudes, lavado de dinero a
escala internacional, financiamiento ilegal de campañas electorales, sobornos a congresistas a cambio de votos,
contratos gubernamentales ilícitos y robo
de grandes cantidades a autoridades municipales
y bancos, corporaciones y compañías aseguradoras
propiedad del gobierno federal, además de inversiones
ilícitas de empleados gubernamentales en fondos de pensiones.
La esencia de la antigua leyenda de Fausto es la incapacidad
de percibir limitaciones. Cada uno de estos errores
tiene un precio. Según la antigua historia, Fausto era un
mago y un charlatán que negoció con el Diablo para obtener
poderes sobrehumanos durante 24 años, después de los cuales
Mefistófeles, uno de los siete príncipes del Infierno, reclama el alma
de Fausto para su condenación eterna. La leyenda evolucionó a lo
largo de los pasados cinco siglos en cuentos populares, teatros de
marionetas, dramas trágicos, poemas, óperas y sinfonías, y películas
y novelas modernas.
En el poema clásico de Goethe, Mefistófeles pregunta a Fausto:
¿Por qué haces un pacto con nosotros si no lo puedes cumplir? ¿Fuimos nosotros los que te forzamos o tú nos forzaste a
nosotros?
En su versión brasileña más reciente, la leyenda de Fausto se manifiesta, en investigaciones del Congreso y revelaciones de prensa,
como negociaciones perversas que buscaban aumentar el poder de
Lula y el PT, las cuales resultaron inútiles y amenazaron con poner
fin a una espectacular carrera, así como a los sueños de establecer
una hegemonía del PT similar a las siete décadas de gobierno en México del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Los medios
para lograr esta hegemonía fueron un temerario esquema de sobornos
y desvíos de fondos del Estado por medio de préstamos
y contratos gubernamentales fraudulentos, conforme los políticos roían como termitas la estructura y legitimidad de
la democracia brasileña.
Las esperanzas inspiradas por Lula han terminado
por derrumbarse en un espectáculo de corrupción,
bufonería y degradación. Se dice que el autor
intelectual de este espectáculo es José Dirceu de
Oliveira e Silva, ex hombre fuerte del gobierno deLula quien, como el Mefistófeles original, asumió
muchas identidades: líder estudiantil revolucionario
en la “generación de 1968” que se resistió a la
dictadura militar; agente de la inteligencia cubana
después de someterse a una cirugía plástica durante
su exilio en La Habana; una carrera clandestina como
propietario de una tienda de ropa de hombre en
un pequeño pueblo de Paraná y, de 1995 a 2005, presidente del PT y posteriormente principal ministro
de Lula, a quien Lula llamaba “el capitán de mi
equipo”. Agitador adusto y tenso que
construyó la organización del
partido y luego asumió la
administración cotidiana del gobierno, Dirceu desarrolló la fallida estrategia de sobornara pequeños y corruptos partidos de derecha a fi n de
garantizar una mayoría operacional en el Congreso.
Los resultados fueron tan desastrosos que, de acuerdo
con un observador, “tal vez el marxismo que José
Dirceu defendía estaba basando en los trabajos de
los hermanos Marx y no en los de Karl Marx”. El 14
de junio, durante las sesiones televisadas del Comité
de Ética de la Cámara, Roberto Jefferson acusó a Dirceu de encabezar los esquemas de corrupción
y perentoriamente le dijo: “Sal de ahí rápido, Zé”, para salvar a Lula de la desgracia. Dos días después, Dirceu renunció a su cargo. Dos meses más tarde,
en otra audiencia de la Comisión Parlamentaria de
Investigación (CPI), Dirceu negó la afirmación de Roberto Jefferson de que el ministro en jefe había
autorizado a agentes del PT y del PTB a viajar a
Lisboa a fin de organizar un esquema de sobornos y
lavado de dinero con Telecom Portugal; Mefistófeles respondió con melosa voz: “Tengo miedo de Su
Excelencia porque Su Excelencia provoca en mí
los instintos más primitivos. Tengo miedo de las
consecuencias”.
Día tras día, semana tras semana, el desfile de
corrupción y bufonería, con sus múltiples ramificaciones,
ha tenido un impacto en la autoestima de
la sociedad brasileña. El golpeteo de los medios
no ha cesado. Todas las noches, el Jornal Nacional
de TV Globo, principal programa noticioso de la
cadena de televisión líder de Brasil, transmitía a 30
millones de hogares en todo el país media hora
de detalles sobre los escándalos. Cada mañana,
los grandes diarios de Sao Paulo y Río de Janeirodedicaban 10 ó 12 páginas por día a los escándalos.
Las tres revistas semanales de noticias competían
furiosamente por las exclusivas. “Se ganan lectores
mediante información exclusiva y el número de
lectores tampoco es tan grande”, comentó un editor.
“Así que todo esto se está tornando febril y ha
tomado una dinámica propia”. Las figuras clave de
la CPI – Roberto Jefferson, el ambicioso anunciador
que se convirtió en banquero del PT y miembros
corruptos del Congreso; el ex secretario que reveló
todo, lacayos políticos, burócratas, agentes
de inteligencia, contratistas gubernamentales – se
volvieron tan famosas como las estrellas de las telenovelas.
Los teléfonos en los salones de corretaje
de grandes bancos dejaron de repicar a medida
que Mefistófeles lanzaba sus acusaciones durante
las audiencias de la CPI. En las grandes ciudades,
en autobuses repletos, las personas escuchaban
compulsivamente las audiencias a través de radios
de transistores. Esta es la primera crisis política de
Brasil en la era digital, con blogs de Internet, cadenas
de cartas por correo electrónico y páginas como
www.e-indignacao.com.br a la que hasta ahora se
han inscrito 503 mil personas para una marcha de
protesta “virtual” en Brasilia. La incredulidad y la
indignación entre los 53 millones de personas que votaron por Lula cedieron a la frustración por la
falta de una solución política.
“Nosotros, el pueblo brasileño, estamos profundamente
desconcertados e indignados”, escribió el cardenal arzobispo de Sao Paulo, Cláudio
Hummes, quien, en los años 70, como obispo del
suburbio industrial de Sao Bernardo do Campo,
apoyó la carrera del joven Lula como líder sindical
y político, y la fundación del PT. “Nosotros [la
Iglesia] deseamos contribuir para que la gente no
pierda la esperanza y no caiga en el cinismo en
este momento de desencanto e indignación ante
políticos corruptos que amenazan a un gobierno
tan esperado y celebrado por la mayoría de la
población que lo eligió y se enorgulleció, con razón,
de haber llevado al poder presidencial a un
trabajador metalúrgico, un tornero, alguien surgido
de entre la gente común”. “¡Quédense conmigo!” “¡Quédense conmigo!”, gritó Fausto en su momento
de mayor peligro. “¡No me abandonen!¡Permanezcan a mi lado a la hora del juicio final!”.
Lula es hoy una figura solitaria, ni temida ni respetada,
que podría salvarse por lástima y por la
cautela de aquéllos preocupados por el futuro del
sistema político de Brasil. Las personas que creyeron
en él, gente pobre, su gente, están angustiadas y
perplejas con las historias repulsivas que aparecen
casi diariamente en la prensa y en las audiencias
televisadas del Congreso, sobre los seguidores más
fieles del PT y sus esbirros, viajando con maletas
llenas de dinero para sobornar políticos, bajo la
tonta presunción de que estos extravagantes e
infantiles esquemas nunca se descubrirían.
La esencia de la tragedia humana es la autodestrucción,
una opción de los privilegiados, que
conlleva contemplación y elección. Lula tuvo la
oportunidad de elegir. Lo que hizo con sus elecciones
refleja una personalidad muy compleja; la
de alguien cuyo espectacular ascenso generó una
arrogancia que le hizo perder su brújula moral.
Lula llegó a la presidencia como un símbolo de
esperanza, un símbolo de los cambios logrados
por Brasil con su nueva democracia. Lo que nos
conmovió a todos fue el espectáculo de la toma
de posesión de Lula en Brasilia, el 1o de enero
de 2003, con una muchedumbre que lo adoraba,
aglomerada alrededor del Rolls-Royce presidencial,
histérica de felicidad, esperanza y solidaridad con
un hombre que empezó su vida como uno de ellos,
en las condiciones más pobres, y se convirtió en
un símbolo de lo que los brasileños más pobres
pueden lograr. Y entonces Lula les dijo:
“Cuando
me acuerdo de la época en la que mi familia huyó
de la sequía en el noreste, de cuando niño vendía maní y naranjas en los muelles del puerto de Santos,
de cuando trabajé como tornero en fábricas
y luego como líder sindical que fundó el Partido
de los Trabajadores (PT), veo y sé con claridad y
convicción, en este momento en que me convierto
en comandante en jefe de la nación, que podemos
hacer mucho más”.
Lula se cubrió de fama y adulación
a escala internacional. De acuerdo
con The New York Times, “Luiz Inácio
Lula da Silva, de 58 años, es un artículo
genuino, una fábula ambulante, la historia
clásica de la democracia, el niño pobre
que creció para convertirse en presidente”. Poco
después de que asumiera el poder, el periódico
boliviano La Razón llamó a Lula “la nueva estrella
política latinoamericana”. Cuando habló durante
una conferencia sobre gobernabilidad progresiva
en la London School of Economics, opacando a
otros presidentes y primeros ministros asistentes,
el eminente sociólogo Anthony Giddens proclamó: “Lula quiere transformar a Brasil, pero creo firmemente
que puede transformar al mundo”.
Habiendo estudiado sólo hasta el quinto grado, Lula se postuló a la presidencia cuatro veces;
es un improvisador sumamente inteligente,
con talento para escuchar y que toda su vida
ha tenido dificultades de lectura. Una persona
de su entorno cercano dice que es doloroso
ver a Lula, como presidente, luchar durante
una hora para leer una sola página impresa.
A Lula le gusta ridiculizar a los intelectuales,
lo que al principio podría parecer extraño,
ya que hay muchos intelectuales en el PT.
“Yo digo que la política no tiene secretos”, declaró en Brasilia unos cuantos días antes
de su discurso en Londres. “Si hay una cosa
que nadie necesita para saber de política, es
un diploma universitario”. La falta de esfuerzo
de Lula para superar su problema de lectura
puede ser una cuestión de elección. Otra
cuestión de elección fue su indiferencia ante
la corrupción. Esto implicó una elección todavía
más fatídica: la de entregar las riendas
del gobierno a otros, mientras se dedicaba
a las relaciones públicas, a realizar visitas
de estado alrededor del mundo y a recorrer
todo Brasil, haciendo discursos improvisados.
Uno de los senadores más sabios y
respetados de Brasil, Jefferson Perez, del
estado de Amazonas, observó: “Voté por
Lula y ahora pienso, contrario a lo que
pensé en ese entonces, que no estaba
preparado para ser presidente. Carece
de la noción de que la Presidencia
de la República es la institución más
importante del país. A Lula le gusta
el lado externo de las cosas, el escenario
iluminado, las visitas de estado,
inaugurar obra pública, pronunciar
discursos, posar como estadista; pero
tiene una inaptitud absoluta para el
hábito y la rutina de gobernar”.
No obstante, el historial de Lula en la
presidencia incluye algunos logros. Aún
antes de que el pánico se apoderara de los
mercados financieros ante la posibilidad
de su elección en 2002, tuvo la sabiduría
de entender que el pueblo de Brasil no
aceptaría el retorno de la inflación crónica.
Comprendió que el impulso principal de
una política gubernamental tendría que
ser la conservación de la estabilidad, de
la cual dependía su sobrevivencia política. Durante los últimos 25 años y a lo largo de
seis administraciones presidenciales, Brasil
ha estado envuelto en una larga lucha para
lograr la estabilidad política y económica.
El triunfo electoral de Lula fue fruto de un
largo proceso de consolidación democrática
y estabilización económica en Brasil, al que
el PT con frecuencia se opuso por motivos
ideológicos y que, no obstante, creó las
condiciones para la llegada al poder de
un partido de izquierda, con un programa
revolucionario. Cuando en 1994 se anunció
el Plan Real, Lula advirtió: “De entrada, los
trabajadores podrían perder 30% de su poder
adquisitivo”. Al fi nal, la gente pobre ganó
poder adquisitivo con el fin de la inflación
crónica.
La consolidación de la estabilidad y la reactivación
del crecimiento económico deberían
haber dado a Lula una ventaja decisiva para
buscar la reelección en octubre de 2006. La
decencia y la simpatía que irradiaba llevaron
a la gente a perdonar el fracaso de su
programa Hambre Cero, divulgado en todo
el mundo, y de otros programas plagados
por la desorganización y la corrupción. Entre
sus victorias legislativas se cuentan reformas
al sistema de seguridad social, al sistema
judicial, a la legislación sobre quiebras y la
creación de alianzas público-privadas (APP)
para financiar infraestructura, así como la
prohibición a civiles de portar armas, esta última sujeta a ratificación por medio de
referendo. Lula proporcionó a estudiantes
pobres mayor acceso a universidades
públicas y privadas. El rápido crecimiento
de la economía mundial permitió a Brasil
lograr un superávit comercial y de cuenta
corriente sin precedentes. Algunos de estos éxitos fueron fruto del trabajo de gobiernos
anteriores. Sin embargo, las victorias de Lula
se vieron manchadas por revelaciones de
grandes pagos en efectivo a congresistas,
que coincidían con votaciones clave.
En meses recientes los problemas se han
acumulado. A su regreso a Brasil luego de una
década
encabezando
la UNCTAD en Ginebra, el embajador Rubens Ricupero,
presidente de nuestro Instituto, observó:
“Para alguien que vuelve después de diez
años de viajar alrededor del mundo, lo
que primero me impresiona es la rapidez
con la que el gobierno pierde control de la
agenda nacional. Otra sorpresa es que un
comunicador natural y espontáneo como el
presidente produce resultados tan contradictorios
cuando trata de explicar sus políticas”.
Poco después de dejar el gobierno, Ricardo
Kotscho, secretario de prensa de Lula durante
muchos años, escribió en una página Internet
local: “Hay una atmósfera de deterioro moral,
de falta de esperanza, de indignación, de
cada hombre para sí mismo, todo al mismo
tiempo”. La senadora de izquierda Heloísa
Helena, expulsada del PT por oponerse a
la reforma del sistema de seguridad social,
declaró que “el gobierno cede su maquinaria
pública para tratos parasíticos con
delincuentes sibaritas. Distribuye empleos,
poder, apropiaciones especiales o el mensalão
(sobornos mensuales a legisladores de
partidos aliados a fin de garantizar sus votos
en el congreso)… Mi convicción absoluta
es que nadie de la camarilla presidencial
del partido en el Palacio Presidencial actúa
sólo en crímenes contra la administración
pública. Si el partido actúa de esta forma, es
porque hay autorización e indulgencia del presidente Lula. Por lo que sé del PT, nadie
actúa por sí sólo”.
Antes de que Lula asumiera el poder en
2003, el PT era ampliamente admirado por
defender la ética en la vida pública, denunciando
escándalos reales e imaginarios en
gobiernos anteriores, y por haber erigido la
más poderosa maquinaria partidaria jamás
vista en la política brasileña. Durante los
años 90, para financiar su burocracia, el PT
desarrolló un sistema de desvío de fondos
de las municipalidades del estado de Sao
Paulo, el cual gobernaba, incluyendo la gran
ciudad de Sao Paulo, principalmente a través
de cobranza de comisiones sobre contratos
inflados para consultorías, recolección de
basura y servicios de autobús. El mensalão
en el gobierno de Lula fue básicamente una
ampliación del esquema de sobornos ideado
para controlar al Consejo de la Ciudad
de Sao Paulo, durante la administración de
la prefecta Marta Suplicy (2001-04), del PT.
El PT también recibía financiamiento de
comisiones provenientes de los operadores
de las loterías estatales de Río de Janeiro y
Río Grande do Sul.
Una de las primeras revelaciones del actual
sistema corrió a cargo de Paulo de Tarso Venceslau,
ex líder estudiantil e integrante de la
guerrilla urbana que participó en el secuestro
del embajador de Estados Unidos, Burke Elbrick, en 1969. En 1995, como secretario de
finanzas de la ciudad de Sao José dos Campos,
Venceslau advirtió a Lula, entonces presidente
del PT, que el partido estaba acumulando
fondos secretos (llamados caixa 2) en estas
municipalidades, a través de una empresa
de consultoría propiedad del compadre de
Lula, Roberto Teixeira, cuyo departamento y
casa de fin de semana Lula ocupó sin pagar
renta durante ocho años. Una investigación
interna del PT confirmó “irregularidades
alarmantes”. No obstante, Lula protegió
a su compadre. Venceslau fue despedido de su puesto en
el gobierno de la ciudad y posteriormente
expulsado del PT. “En
este episodio Lula se consagró como caudillo
y el partido se arrodilló ante él”, declaró
Venceslau durante los escándalos actuales; “esto fue mortal para el PT”. Entre tanto, el
PT lucha por hacer frente a los efectos del
secuestro y asesinato en enero de 2002 de
Celso Daniel, miembro del PT y prefecto de
Santo André, suburbio de Sao Paulo, que
había sido postulado como director de la
campaña electoral de Lula. El asesinato de
Daniel se ha relacionado con disputas sobre
el desvío de fondos de campaña de Santo
André al PT en el que están involucrados
dirigentes de alto nivel del partido que actualmente
son miembros clave del equipo
presidencial de Lula en Brasilia.
En privado, Lula expresó desprecio por
el PT y sus riñas internas. “Mi partido es
una mierda”, comentó Lula la víspera de
su campaña electoral victoriosa en 2002, a
un extranjero al que le solicitó una sesión
informativa de cuatro horas sobre cómo
dirigirse a los hombres de negocios.
“El PT
está formado por muchas facciones y clases
de personas que siempre están peleando
entre sí: sindicalistas, ex guerrilleros, profesores
universitarios socialistas, funcionarios
públicos, políticos profesionales, católicos
radicales y trotskistas. Yo no intervengo en
esas disputas y trato de mantener al PT unido.
Me merezco algo mejor que eso. Merezco ser
el candidato de un amplio frente partidario.
Nunca he sido ideológico. Nunca en la vida
he leído un libro sobre marxismo. Sabe, nunca
en la vida he leído ningún libro”.
Las posibilidades de reelección de Lula en 2006 se han visto afectadas por estos escándalos,
pero el presidente prometió renovar sus
esfuerzos para superar las dificultades. “Tengo
una biografía que preservar, un patrimonio
moral, un historial de décadas en defensa
de la ética en la política”, declaró durante el
Cuarto Foro Mundial para el Combate de la
Corrupción, hablando con ojos enrojecidos
y voz ronca, llena de emoción.
“Es evidente
que nuestras instituciones deben fortalecerse. Es evidente que la reforma política es
indispensable y urgente. Es evidente que la
reforma no puede ser obra de la voluntad
de una sola persona, sino el producto de
una congregación de voluntades en nuestra
república. Es evidente que todos nosotros
deberemos ceder en algunas de nuestras
posturas para que Brasil emerja victorioso. En
juego se encuentra la respetabilidad de nuestras
instituciones, de las que soy el guardián
principal”.
Un mes después, en París, bajo
presión debido a las crecientes revelaciones
de corrupción, trató de distanciarse del PT y
culpó al sistema político: “Lo que hizo el PT,
desde el punto de vista electoral, es lo que
se hace sistemáticamente en Brasil”.
Al interior del palacio, Lula dijo a sus
asesores: “No iré al matadero”. Durante los
días siguientes se tornó más beligerante
conforme recorría el país, pronunciando discurso
tras discurso, solicitando el apoyo de
los sindicatos: “En este país de 180 millones
de brasileños puede haber iguales, pero no
piensen que existe un hombre o una mujer
que tenga el valor de darme una lección
de ética, moralidad u honestidad. En este
país todavía no ha nacido quien pueda
darme lecciones de ética”. Algunos días
después, dijo a líderes sindicales de trabajadores
retirados que no “negociaría con el
Diablo para la reelección… No presentaré
mi candidatura para la reelección si eso
quiere decir subastar ministerios y no tener
la capacidad para mejorar la economía y
distribuir más el ingreso. Si implica dirigir
un gobierno igual o peor que este, no
seré candidato”. Pero al día siguiente
Lula estaba en campaña, usando el casco
de cuero de los vaqueros brasileños
(cangaceiros) y llorando al hablar de su
madre, diciendo a una multitud en su
ciudad natal, Garanhuns, en Pernambuco,
que, si decidía postularse, “ellos [las elites]
tendrán que tragarme nuevamente, porque
el pueblo brasileño me querrá”.
Lula repetidamente acusó a “una conspiración
de elites” de tratar de derrocar a
su gobierno. Pero hombres de negocios,
banqueros y líderes políticos de oposición,
casi de manera unánime, se opusieron al proceso
de destitución de Lula, a pesar de que
muchos afirman que existen amplias bases
legales para realizarlo. Al eliminar la amenaza
del proceso de destitución, la oposición
renunció al uso del principal instrumento de
presión contra Lula. Entre tanto, la economía
se mantiene bien; la inflación disminuye. Las finanzas públicas mejoran y las cuentas
internacionales presentan creciente superávit.
Bancos y proveedores extranjeros de capital
especulativo obtienen enormes ganancias
provenientes de préstamos al gobierno a las
tasas de interés más elevadas del mundo, 14%
por arriba de la inflación. Los hombres de
negocios temían que la caída de Lula también
significara la caída del ministro de finanzas,
Antonio Palocci, descrito por Delfim Netto,
el cínico zar económico del régimen militar
(1964-85), como “el poste que sostiene la
carpa del circo”.
El sistema político de Brasil parece carecer
de la autoestima necesaria para enfrentar
el trauma de un proceso de destitución
como el que en 1992 llevó a la renuncia de
Fernando Collor, quien se convirtió en el
primer presidente electo en la historia de
América Latina en ser sometido a un proceso
de destitución, luego de que se descubriera
un amplio esquema de sobornos y pagos
de comisiones. Existen dos importantes diferencias
entre entonces y ahora. En primer
lugar, en 1992 aún no se había descubierto
la extensa corrupción en el Congreso, mientras
que actualmente muchos miembros del
Congreso se han beneficiado del mucho más
ambicioso esquema de pagos de sobornos del
PT, lo cual priva al Congreso de la autoridad
moral para someter a Lula a un proceso de
destitución con base
en acusaciones de
corrupción. En
segundo lugar,
las manifestaciones
callejeras y reuniones públicas
que orquestaron la caída de Collor fueron
organizadas por el PT y otros partidos importantes,
así como por los sindicatos controlados
por el PT, todos los que, hasta ahora y
por diferentes motivos, no han movilizado
a sus militantes. Además, muchos políticos
temen un reacción antagónica de lo que
ellos perciben como un núcleo irreductible
de apoyo a Lula entre la gente pobre. No
obstante, la frase “tendrán que tragarme”, que Lula profirió durante su discurso en
Garanhuns, provocó una rápida reacción. El
senador Tasso Jereissati, dos veces gobernador
del estado de Ceará, al noreste de Brasil,
expresó la indignación del opositor Partido
Social Demócrata Brasileño (PSDB):
"Nosotros, los de la oposición, hemos hecho lo
posible y lo imposible a fin de preservar la figura del Presidente de la República; preservar
la figura de un hombre cuyo historial político
amerita el respeto de todos los brasileños. Pero
el Presidente, en sus discursos, ha rebasado
los límites de lo que podemos tolerar. Parece
que el Presidente de la República todavía no
ha entendido la gravedad de los hechos que
involucran a su gobierno, que han generado
un estado de perplejidad y estupefacción a
escala nacional e internacional".
El primero en romper el amplio frente
contra del proceso de destitución fue Mefistófeles mismo, quien durante meses había
defendido al presidente como “un hombre
inocente” traicionado por asociados malévolos.
“Tuvimos un proceso de destitución
hace 13 años y nuestras instituciones democráticas
no perdieron nada. Al contrario, se
fortalecieron”, afirmó Roberto Jefferson el
8 de agosto, ante un desbordante público
de fascinados hombres de negocios. Posteriormente,
ante iracundos estudiantes de
leyes que lo llamaron picareta (pillo) y que
gritaban “Fora Lula” [fuera Lula], el héroe/
villano respondió: “Hoy su situación [la de
Lula] es débil; si llevan este grito a las calles, él no durará”.
Posteriormente en esa misma semana,
dos sorpresas empeoraron los problemas
de Lula. La mayor transferencia de efectivo
revelada hasta ahora era de 15.5 millones
de reales, a la compañía de mercadotecnia
política de Duda Mendonça, creador de la
campaña mediática “Lulinha, paz e amor” para la elección de 2002, en la que Lula se
había rehusado a participar nuevamente
como candidato, luego de haber perdido
tres elecciones previas, a menos que el PT
contratara a Duda como comercializador de
su imagen. Pero después de la elección Duda tuvo problemas para recibir su pago. Luego
de largos retrasos, su socia, Zilmar Fernandes
Silveira, firmó recibos por efectivo y el 11 de
agosto fue llamada a testificar ante la CPI.
Pero el mismo Duda apareció sorpresivamente
ante la CPI a lado de su socia, habiendo
volado a Brasilia en un jet privado a las
6 de la mañana, después de varias horas
de interrogatorio por parte de la Policía
Federal en Salvador, que terminaron a las
4 de la mañana. Amante de las peleas
de gallos que se convirtió en el experto
en mercadotecnia política más caro de
Brasil, Duda reveló que 10.5 millones
de reales de la factura de 25 millones de
reales que cobró por la campaña mediática
de Lula fueron pagados de manera
ilegal, a través de un esquema de lavado
de dinero oculto en otros países, afirmando
que, para obtener el dinero que se le debía,
se le indicó que abriera una cuenta bajo el
nombre de Dusseldorf en BankBoston de
Bahamas. “Nosotros sabíamos que el dinero
era de caixa 2”, declaró Duda. “No somos
tontos. Teníamos que recibirlo de esta forma
o de otro modo no nos pagarían. Dado que
la campaña había terminado, ya no teníamos
poder de negociación”. Fuentes del PT señalaron que la campaña presidencial de
Lula costó cerca de 200 millones de reales,
diez veces más que lo que se informó a las
autoridades electorales y cuatro veces más
que lo que gastó su rival más cercano. Si bien
los pagos fuera de libros y las transferencias
ilegales hacia y desde cuentas clandestinas
extranjeras han sido tolerados en la política
brasileña durante mucho tiempo, la magnitud
de estas operaciones y el soborno masivo de
legisladores con pagos en efectivo era algo
nuevo. Los muchos millones de dólares en
pagos ilegales a políticos estremecieron a
una nación con salario mínimo de cerca de
100 dólares mensuales y en la que un salario
de 500 dólares mensuales es considerado
como ingreso de clase media. Toninho de Barcelona, principal operador del mercado
negro en Brasil, quien actualmente purga una
condena de 25 años de prisión, afirma que
el PT ha estado lavando dinero en el extranjero
desde 1989, año de la primera campaña
electoral de Lula a la presidencia.
A lo largo de la escalada de escándalos,
Lula insistió en que no sabía nada de los
pagos ilegales. El día siguiente al testimonio
explosivo de Duda Mendonça, bajo presión
para hacer una declaración pública, Lula
pronunció un breve discurso televisado, en
el que enunció: “con toda franqueza, me
siento traicionado; traicionado por prácticas
inaceptables de las cuales nunca tuve conocimiento”.
Pero ese mismo día la revista Época publicó una entrevista con Valdemar
Costa Neto, líder del pequeño Partido Liberal
(PL), quien renunció a su cargo de diputado
después de que Roberto Jefferson lo acusara
de recibir sobornos del PT para hacer que el
PL participara en la alianza de partidos que
eligió a Lula y en la coalición de gobierno.
Valdemar dijo que Lula había estado presente
en una reunión realizada el 19 de junio de
2002 en casa de José Dirceu, en Brasilia, para
ayudar a resolver un estancamiento en torno
al dinero. “Empecé pidiendo 20 millones de
reales para terminar aceptando 15 millones”,
declaró Valdemar. “Lula estaba en el cuarto
de a lado. Sabía que estábamos negociando
cantidades. Yo dije: ‘Vamos a arreglarnos
con diez millones’. Entonces Lula entró para
autorizar la operación. [Posteriormente] Zé
Dirceu eligió operar con Roberto Jefferson. Jefferson siempre estaba con ellos, en compañía
de Lula. Se metieron en esto porque
quisieron. Jefferson es un personaje conocido
en este mercado, con malas intenciones,
peligroso”. “Maquillaje Extremo”
Roberto Jefferson todavía usa algunos
de los holgados trajes que compró cuando
pesaba 170 kg, antes de someterse a una
cirugía para retirar parte de su estómago. No obstante, de acuerdo con un sondeo
entre telespectadores, “el supuesto villano” se robó el show y cautivó a la gente. Abogado
penalista que toma lecciones de canto
y cuenta con una habilidad de actuación
ilimitada, el ex obeso con anteojos de fondo
de botella parece haber salido del programa
de televisión ‘Extreme Makeover’ directo al
teatro de las investigaciones televisadas de
la CPI”. Hace una década, Roberto Jefferson
ganó notoriedad al encabezar la defensa del
presidente Collor en el Congreso, contra el
proceso de destitución.
Roberto Jefferson es una de esas personalidades
exóticas que ocasionalmente alcanza la
fama en la cultura política de Brasil. Usando
una pulsera de candomblé, religión afrobrasileña
folclórica, se defendió brillantemente
y con humor cáustico durante las audiencias
televisadas conforme develaba el sistema de
sobornos a congresistas, ideado por el PT y
conocido como mensalão, el cual consistía
en pagos mensuales en efectivo que sumaban
muchos millones de dólares. “Es más barato
pagar un ejército de mercenarios que compartir
el poder”, observó Mefistófeles. “Es más
fácil rentar un diputado que discutir con él un
proyecto de gobierno. El que recibe una paga
no piensa”. La principal justificación para estos
sobornos era el financiamiento de los gastos
de campaña. Jefferson dijo que soportó una “presión brutal” de diputados de su propio
partido que querían más dinero. “Presión,
presión, presión, dinero, dinero, dinero”.
Si bien su apetito por la comida disminuyó,
la sed de poder de Roberto Jefferson no
cambió. Elegido por primera vez en 1983,
luego de ganar popularidad como “abogado
de los pobres” en un programa diario de
televisión, Jefferson es uno de los diputados
que ha permanecido durante más tiempo en
el Congreso, con un profundo conocimiento
del funcionamiento del sistema político.
Durante las dos últimas décadas el PTB ha
apoyado virtualmente a todos los gobiernos
federales y ha propuesto muy pocas leyes.
La mitad de sus diputados ha sido acusada o
juzgada por evasión fiscal, desvío de fondos o
fraude. En la misma elección que llevó a Lula
y al PT al poder en 2002, el PTB sólo había
logrado la elección de 26 de sus miembros
a la Cámara de Diputados, formada por 513
escaños. Al cabo de unos cuantos meses, la
base de diputados del partido se había duplicado,
debido a los promiscuos cambios de
un partido a otro, endémicos en la política
brasileña, gracias a los esfuerzos del PT para
seducir diputados de partidos menores a fin
de engrosar las filas de los partidos aliados
al nuevo gobierno, con el objeto de formar
una mayoría en el Congreso. Se dice que el
PTB habría controlado 2 mil de los 20 mil
nombramientos presidenciales efectuados
desde que Lula asumió el poder. Menos
interesado en cargos ministeriales para él o
para otros miembros del PTB, Jefferson se
concentró en obtener puestos ejecutivos clave
en corporaciones estatales casi autónomas,
dotadas de grandes presupuestos sujetos a
muy poca supervisión, como el monopolio
estatal de reaseguramiento que controla 800
millones de dólares estadounidenses en depósitos
en el extranjero, y como empresas
estatales de energía eléctrica y la policía
federal de caminos de Río de Janeiro. Entre
estas agencias estaba el servicio de Correos,
donde se iniciaron los problemas.
A mediados de mayo de 2005, la revista Vejapublicó y difundió en su página Internet una
entrevista – videograbada con una cámara
escondida – con un funcionario menor de la
oficina de Correos que de manera casual se
embolsó una propina de 3 mil reales ($1,200
US). “Somos tres y trabajamos juntos”, dijo el
funcionario, Maurício Marinho, en el video.
“A los tres nos designó Roberto Jefferson. Es un acuerdo con el gobierno. Nosotros
nombramos al director, a un asesor y al jefe
de departamento. Yo soy el jefe de departamento. El partido tiene conocimiento sobre
todos los tratos que cerramos”.
Marinho proporcionó
más detalles a los fiscales. Roberto
Jefferson dijo que apenas conocía a Marinho,
pero posteriormente se informó que ambos
sostuvieron una animada conversación en un
restaurante de una pequeña ciudad de Mato
Grosso do Sul.
Conforme el video se repetía una y otra
vez en televisión, Lula trató de defender a
su nuevo aliado diciendo: “Debemos mostrar
solidaridad con nuestros socios”. Lula y el PT
fracasaron en sus desesperados esfuerzos por
bloquear una CPI y luego trataron de distanciarse
de Jefferson y del PTB lanzando una
investigación policíaca. Entonces Jefferson concedió una extensa entrevista al diario
Folha de São Paulo en la que describió el
amplio esquema del mensalão para sobornar
a docenas de congresistas. “Me di cuenta de
que el gobierno actuaba para aislar al PTB”,
dijo. “Tendrán que cortar la cabeza de alguien
en la guillotina y tirar sangre y carne
a los chacales. Veja dijo que soy un hombrebomba,
y ¿qué se hace con una bomba? O se
desactiva o se hace explotar. Veo que están
evacuando los alrededores para aislar al PTB
y hacerlo explotar”. Valério y Delúbio
La audacia de los esquemas creados por
estos hombres es más extraña que cualquier
ficción. El principal responsable del dinero y
hacelotodo era Marcos Valério de Souza, un
pelón de 44 años, tenso y de voz suave que
invariablemente viste trajes negros, administra
18 empresas y 150 cuentas bancarias, y cuyo
grupo de agencias de publicidad en la ciudad
de Belo Horizonte servía como conducto
para el lavado de dinero y pago de sobornos
a decenas de políticos. Aunque Valério era
muy poco conocido en Belo Horizonte antes
de la elección de Lula, se enriqueció tan
rápido que compró 13 caballos pura sangre
para su hija adolescente e importó de Suiza
y Bélgica a dos campeones olímpicos de
equitación a fin de que la entrenaran para
competencias. Sus esquemas eran financiados
mediante contratos de publicidad inflados
suscritos con agencias gubernamentales, y a
través del pago de comisiones a cambio de
influencia política para el desvío de depósitos
provenientes de los corruptos fondos de
pensiones del sector público brasileño hacia
bancos favorecidos. Los servicios de Valério
incluían desde el financiamiento del baile de
toma de posesión de Lula en enero de 2003,
hasta el pago de honorarios a un ex procurador
general federal, Aristedes Junquiera,
para defender al PT en la investigación de
secuestro y asesinato de Celso Daniel, el
alcalde petista de Santo André.
Valério realizó 41 pagos en efectivo por un
total de 36 millones de reales, principalmente
a políticos, a partir de sus cuentas en el
Banco Rural de Belo Horizonte, una pequeña
institución con la que tenía un contrato de
publicidad desde 1995. El Banco Rural ha
estado en problemas con el Banco Central casi constantemente desde que adquirió
notoriedad en 1992, cuando abrió cuentas “fantasma” bajo nombres falsos como parte
del esquema de sobornos y pago de comisiones
operado por el tesorero de campaña
del presidente Fernando Collor, P. C. Farias,
quien se dice habría recaudado cerca de 350
millones de dólares, los cuales nunca se han
recuperado. Valério ayudó al Banco Rural en
sus exitosas apelaciones ante el Banco Central para la reducción de sus sanciones, en
audiencias en las que era acompañado por el
abogado del Tesoro Nacional, Glênio Guedes,
quien renunció a su cargo poco después de que se revelara que había recibido pagos por
un total de 2.5 millones de reales, de una de
las empresas de Valério.
En 1984, el Banco Rural abrió el Trade
Link Bank en las Islas Caimán y se involucró
a fondo en un esquema ilegal de lavado
de dinero por 30 mil millones de dólares
estadounidenses en el que participaban el
crimen organizado y cientos de políticos de
diferentes partidos, operado a través de la
sucursal neoyorquina de Banestado [banco
del estado de Paraná], y de una cuenta en
J. P. Morgan, bajo el nombre de Beacon
Hill. Una investigación del fiscal de
distrito de Manhattan, Robert Morgenthau,
y de la policía federal brasileña estaba
por llegar a su punto culminante en abril de
2003, poco después de la toma de posesión
de Lula, cuando el agente de la policía federal
encargado de la investigación en Nueva
York fue repentinamente retirado y enviado
a un oscuro puesto en una provincia al sur
de Brasil. El agente, José Francisco de Castilho
Neto, recientemente informó al diario
O Estado de São Paulo que el esquema de
Banestado “involucraba a gente de las más
altas jerarquías de los dos gobiernos [de los
presidentes Fernando Henrique Cardoso
(1995-2002) y Lula]. Hoy, estoy convencido de
que todo este esquema de lavado de dinero
que estábamos a punto de revelar fue montado
principalmente para sacar de Brasil fondos
secretos de los dos partidos”. Entre tanto, el
Congreso investigaba a Banestado, con un
diputado del PT, José Mentor, como relator.
Mentor ayudó a ocultar la participación del
Banco Rural en el esquema y telefoneó a
Valério con una información que dio lugar
a la rápida destrucción de 25 expedientes de
documentos, de acuerdo con la ex secretaria
de Valério. Mentor recibió pagos por un total
de 120 mil reales, de los 50 millones de reales
en transferencias realizadas de las cuentas
de Valério en el Banco de Brasil, del que se
vieron obligados a renunciar varios funcionarios
nombrados por el PT. El 14 de mayo,
cuando los procuradores federales reabrieron
la investigación, Mentor propuso al Congreso
una ley de amnistía para los responsables de
transferencias ilegales de dinero.
La pista del dinero
El origen de todo el dinero, calculado en
2 mil millones de reales (unos 800 millones
de dólares estadounidenses), todavía no
está claro. Debemos remontarnos muy atrás
en la historia para encontrar un escándalo
de tales proporciones y complejidad, tal
vez hasta los fraudes y sobornos revelados
luego del colapso de la fiebre especulativa
que dio lugar a la Burbuja de los Mares del
Sur en Inglaterra, en los años 1711-20, y
que comprometió a la familia real, a varios
ministros y miembros del Parlamento, y a los
principales mercaderes y corredores de bolsa.
En América Latina es necesario remontarse
hasta la corrupción en Cuba bajo el régimen
del presidente Carlos Prío Socorrás (1948-52),
que despejó el camino para la ascensión
de Fidel Castro al poder. En el gabinete de
Prío había líderes estudiantiles idealistas de
la generación anterior, como algunos de
los asociados de Lula en la actualidad, que
habían caído en lo que el historiador Hugh
Thomas describió como “el gangsterismo y
la corrupción que carcomieron al Legislativo
y al Ejecutivo”. El anterior gobierno cubano
electo, del presidente Ramón Grau San Martín (1944-48), también despertó grandes esperanzas
y resultó igual de malo. El ministro de
educación de Grau llegó a Miami, después
de abandonar su cargo, con 20 millones de
dólares en efectivo (cerca de 180 millones
en dinero actual) en su maleta.
Las maletas llenas de dinero se convirtieron
en el último grito de la moda en Brasil. La ex secretaria de Valério, Fernanda Karina
Ramos Somaggio, reveló que Marcos Valério enviaba en aviones privados maletas llenas
de efectivo para ser distribuido entre políticos
en Brasilia. “A veces retiraban un
millón de reales en efectivo del Banco
Rural”, rememora Karina. Los retiros
en efectivo se realizaban – dijo – en
la víspera de las frecuentes reuniones que Marcos Valério sostenía en Brasilia y Sao Paulo
con Delúbio Soares y Sílvio Pereira, tesorero
y secretario general del PT respectivamente,
cuyos risibles esquemas se parecían a las
creaciones del canal de televisión Cartoon
Network.
Karina explicó que la directora de finanzas
de la agencia de publicidad, Simone Vasconcellos,
se había quejado con ella de que
estaba cansada de contar dinero y entregar
efectivo a políticos en cuartos de hotel en
Brasilia. “En tres ocasiones transporté el
efectivo para Valério: dos veces al hotel Blue
Tree Park y una vez a un taxi estacionado
en un centro comercial en Brasilia”, declaró
posteriormente Simone a la policía. “Me preocupaba
ser identificada por desconocidos
y entregarles grandes sumas de efectivo sin
saber de quiénes se trataba”.
Hubo más cargamentos de efectivo en maletas
para políticos de otros estados de Brasil.
El 8 de julio, en el aeropuerto de Sao Paulo, la
policía federal encontró 200 mil reales en una
maleta y 100 mil dólares estadounidenses en
efectivo en la ropa interior de un asistente del
presidente de la Asamblea Estatal de Ceará,
hermano del presidente nacional del PT, José Genoino, quien de inmediato renunció a su
cargo. La policía posteriormente se enteró de
que el efectivo que transportaba la mula, o
mensajero, era el pago de una comisión de
una empresa constructora por un contrato
de 500 millones de reales que había ganado
para construir una línea de transmisión
eléctrica de alto voltaje, financiada por el
Banco del Noreste, institución federal. Tres
días más tarde, en el aeropuerto de Brasilia,
la policía arrestó a João Batista Ramos da
Silva., diputado del conservador Partido del
Frente Liberal (PFL) y obispo de la Iglesia
Universal del Reino de Dios, cuando
trataba de cargar en un avión particular
maletas llenas de 10.4 millones de reales
en efectivo (unos 4 millones de dólares
estadounidenses). João Batista fue expulsado
del PFL al día siguiente.
Esta tragedia todavía no termina y su
resultado aún está sujeto a elección. La revista
The Economist culpó de los actuales
problemas a “la arrogante ingenuidad de un
partido cuya aceptación de la democracia y
el capitalismo es muy reciente. Varios de los
lugartenientes caídos de Lula parecen haber
llevado al gobierno dos nociones marxistas:
que un fin superior justifica el uso de medios
reprobables, y que el partido está por encima
del Estado.” Dicho todo esto, la evolución de
las instituciones brasileñas en décadas recientes
ofrece la esperanza de que este episodio
pueda dar lugar a mayores avances.
Las riendas del poder
En la época de la Burbuja de los Mares
del Sur, la política británica probablemente
no era menos corrupta que la política brasileña
actual. Al mismo tiempo, Inglaterra estaba desesperada por lograr estabilidad
financiera y consolidar su crédito a fin de
pagar por sus múltiples guerras del siglo
XVIII; necesitaba reducir las tasas de interés
y convertir su deuda de corto plazo en deuda
de largo plazo, del mismo modo que Brasil ha estado tratando de hacerlo desde la crisis
de deuda externa de los 80 y el surgimiento
de la hiperinflación a principios de los 90.
De modo que para modernizar las finanzas
públicas y la administración, Inglaterra realizó
una serie de reformas parciales que duraron
todo un siglo, lo cual permitió a la Corona
contraer enormes deudas a un interés bajo.
En The Sinews of Power: War, Money and
the English State, 1688-1783, John Brewer observó que “el impacto de la Burbuja de los
Mares del Sur y la dolorosa reconstrucción
financiera que siguió ayudaron a garantizar
un alto grado de probidad financiera a partir
de ese entonces”.
Del mismo modo, desde la crisis de la deuda
externa en 1982, Brasil ha tomado una serie
de pasos importantes a fi n de modernizar
sus finanzas públicas y su administración.
Entre estas medidas está la abolición del financiamiento abierto (conta de movimento)
al Banco do Brasil, que constituía un motor
de inflación; la fusión de gastos monetarios
y fiscales en un presupuesto unificado; el
incremento en la eficiencia profesional de
la recaudación de impuestos; la creación
de la oficina del Secretario del Tesoro para
administrar la deuda pública y la prohibición
al Banco Central de hacer préstamos al gobierno;
la privatización de bancos estatales
corruptos y deficitarios; el establecimiento
de una procuraduría federal independiente
y de un Consejo de Control de Actividades
Financieras (COAF) para detectar lavado de
dinero y otras transacciones financieras ilícitas;
y la aprobación en el 2000 de una Ley de
Responsabilidad Fiscal que establece límites
de gasto y crédito en todos los niveles de gobierno.
Estas innovaciones están incompletas
y deberían continuar, pero ya hacen menos
factible un retorno a las décadas de inflación
crónica como las vividas en el siglo XX.
El descubrimiento de la actual ola de escándalos
en Brasil fue posible gracias a un
sofisticado sistema financiero que rastrea
fácilmente movimientos de dinero. Ya no
se permite a los bancos cambiar cheques al
portador. Por eso los pillos se vieron obligados
a cargar grandes cantidades de efectivo
en maletas y ropa interior. La mayoría de
los edificios de oficinas en las grandes
ciudades de Brasil fotografían y tienen
registros de todos sus visitantes. Cámaras de vigilancia en lugares públicos, desde
aeropuertos hasta corredores de hoteles,
graban los movimientos de la gente. Por eso
fue fácil rastrear las idas y venidas de políticos
y sus asistentes y parientes, haciendo
retiros de efectivo de las cuentas de Valério
en la sucursal del Banco Rural ubicada en
un centro comercial de Brasilia.
Pero estos mecanismos se activaron sólo
después de que se habían descubierto los
crímenes. Las burocracias produjeron pocos
denunciantes. Los auditores del sector público
tienen sobrecarga de trabajo y obedecen a sus
jefes políticos. “Este escándalo salió a la luz
no por el Congreso, los auditores del Banco
Central o los esfuerzos de la Policía Federal”,
dijo Gilberto Amaral, consultor de impuestos".
“Lo supimos porque alguien involucrado en
el esquema de corrupción abrió la boca. Fue
un arreglo de cuentas entre gángsteres”. (Continúa)
2. Lula y Mefistófeles: La tierra feliz (II)
3. Lula y Mefistófeles:
Brasil necesita una nueva estrategia (III)
(*) Norman Gall es director ejecutivo del Instituto Fernand Braudel
de Economia Mundial y editor de Braudel Papers.
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