Lula y Mefistófeles: La tierra feliz (II)
Norman Gall* / Soberania.org - 09/11/05
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Este ensayo fue escrito en medio de la peor crisis
política que ha vivido Brasil desde el colapso del
régimen democrático, a principios de los años
60. Si bien las instituciones democráticas son
mucho más sólidas hoy en día y las posibilidades
del retorno de un régimen militar son remotas,
el resultado de los problemas actuales todavía es
incierto. No obstante, el Instituto Fernand Braudel
de Economía Mundial considera que en estos
momentos podría ser útil analizar los contornos
generales de tales dificultades, así como los problemas
a largo plazo inherentes a éstas.
1. Lula y Mefistófeles: Guerra de termitas (I)

2. La tierra feliz
A pesar de todos estos problemas, Brasil
sigue siendo un país de aspiraciones. Los
brasileños se juzgan a sí mismos según
las normas políticas de las democracias
occidentales avanzadas. No obstante, la
visión que tienen de su propio país oscila –con grandes cambios de humor– entre triunfalismo y desesperación. Lula se quejó
frecuentemente de que Brasil padece una “herencia maldita”, la de una economía
y sociedad históricamente enraizadas en
la esclavitud y un asentamiento precario.
El pesimismo acerca de Brasil coexiste
insubstancialmente con la idea de Brasil
como una tierra feliz, el país del futuro,
una cornucopia de recursos naturales y
muchos talentos individuales, con lastimeros
y palpitantes ritmos de una música
popular nativa que se extiende más allá de
las fronteras; una potencia mundial para el
siglo XXI; la patria de Pelé y la única nación
que ha ganado la Copa Mundial de fútbol
cinco veces; un archipiélago continental de
comunidades que hablan el mismo idioma
bajo la misma bandera; país intocado por
las grandes guerras, en el que cohabitan
180 millones de personas de ascendencias
africana, europea, asiática y amerindia, sin
grandes explosiones causadas por conflictos étnicos.
Muchas personas tienen pocas oportunidades
en la vida, mientras que otras tienen
muchas. Brasil es una tierra feliz porque
ha tenido muchas oportunidades. A pesar
de las distorsiones e injusticias que se institucionalizaron
durante el periodo de inflación crónica, desde 1870 hasta alrededor
de 1980, Brasil encabezó a las principales
economías en lo que a crecimiento se refiere. Sin embargo, desde 1980, las elevadas
tasas de expansión económica decayeron
debido a las debilidades institucionales,
lo que llevó al surgimiento de la violencia
urbana, crisis de deuda recurrentes y dos
episodios de hiperinflación.
La lista de las otras debilidades institucionales
de Brasil es impresionante. En
al pasado, a su infancia en el polvoriento
pueblo de Garanhuns, en Pernambuco, al
interior del país: “Recuerdo que la primera
vez que comí arroz fue cuando estaba
enfermo. Me dolía la barriga, así que mi
madre compro un remedio; es decir, compró
arroz. En aquella época el arroz era poco
común en mi casa. Comíamos mandioca
y frijoles”. Hoy, este tipo de pobreza ha
disminuido considerablemente. En 2003, se
distribuyeron siete millones de pensiones
a familias rurales, que abarcan a 24 millones
de personas, o tres cuartas partes de
la población rural. La madre de Lula, doña
Lindu, era una mujer valiente y decidida,
analfabeta toda su vida, que dio a luz 11
hijos, cuatro de los cuales murieron durante
la infancia. En esos años, de cada mil niños
nacidos en Brasil, aproximadamente 200
morían antes de cumplir los cinco años de
edad. En la actualidad sólo mueren 34 de
esos niños. Brasil todavía tiene mucho más
muertes infantiles que los países ricos, pero
mucho menos que en el pasado. Cuando
Lula era niño, sólo seis millones de niños
estaban inscritos en escuelas primarias y
secundarias, en comparación con casi 40
millones hoy en día, aunque la calidad de
la enseñanza todavía es terrible.
El sistema político también se desarrolló.
En 1872, sólo un millón de los nueve millones
de brasileños eran elegibles para votar
y apenas 20 mil lo hacían. De acuerdo con
Richard Graham, “elecciones y violencia a
menudo iban de la mano. Si bien el resultado
de las elecciones frecuentemente podía
predecirse con facilidad a escala nacional,
las pugnas entre ciertos hombres por el poder
local cobraban enorme importancia”. El
control de jueces y jefes de policía decidía
las elecciones. Los perdedores a menudo
eran perseguidos y los ganadores obtenían
apadrinamiento e influencia en niveles jerárquicos
superiores e inferiores. En 1920,
el total de empleos federales, estatales y
locales era de aproximadamente 200 mil,
lo que equivalía a los votos necesarios
para ganar la elección presidencial de
1919. Desde 1945, cuando Lula nació, el
electorado de Brasil ha crecido 19 veces,
de 5.9 millones a 119 millones; pero el
parasitismo fiscal se extendió junto con el
crecimiento del sistema político.
Hoy en día, la economía brasileña es
diez veces más grande que cuando Lula
era niño. En 1950, cuando tenía cinco
años, la escasez de derivados de petróleo
en Brasil era tan grave que hasta el asfalto
para pavimentar las pocas carreteras del
país tenía que importarse. En esos tiempos,
Brasil sólo tenía 3 mil kilómetros de
carreteras pavimentadas, en comparación
con aproximadamente 160 mil hoy día, la
mayoría de las cuales, desafortunadamente,
tiene baches y está desgastada por falta de
mantenimiento e inversión. Actualmente,
Brasil no sólo es autosuficiente en petróleo,
sino que pronto exportará petróleo
y gas de sus yacimientos marítimos recientemente
descubiertos. Con enormes
extensiones de tierra cultivable barata y
sofisticada tecnología, el país se ha convertido
en una superpotencia agrícola. Ha
construido la mayor y más productiva base
industrial en el Hemisferio Sur, con una
talentosa clase empresarial que absorbe
nuevas tecnologías y técnicas de administración
y comercialización. Las principales
importaciones incluyen aviones tipo jet,
compresores, automóviles, autobuses y
partes automotrices. Hoy, Brasil es un
país rico y productivo, pero todavía tiene
muchos ciudadanos pobres.
No obstante, Brasil es una tierra feliz
porque continúa desarrollándose. Brasil
no sólo es la octava mayor economía del
mundo, sino también un crisol de procesos
de modernización a largo plazo.
Sus desalentadoras estadísticas sociales
esconden centros de excelencia tanto
en el sector público como en el privado.
Nodos de comunicación siguen llegando
a lo más profundo de su centro, animados
por una fantasía de expansión infinita
que caracteriza a las sociedades fronterizas
de América. La mística de la frontera
se moldeó en una estructura política de
organización precaria, que sobrevive tras
barreras de distancia, cultura y ley, las
cuales aislaron a su vasto interior del resto
de la economía mundial. El crecimiento
económico a largo plazo sobrevino a partir
del rápido crecimiento de los insumos
de mano de obra y tierra, alimentados
por una base de recursos virgen, de proporciones
continentales. Hoy la frontera
se extiende hasta los cerrados, enormes
bosques de matorrales que cubren llanuras
del tamaño de las Grandes Planicies de
Estados Unidos y a los que la agricultura
moderna está transformando en la más
dinámica frontera agrícola del mundo,
donde se cultiva soya, algodón, arroz, maíz
y azúcar. Habiendo superado enormes
dificultades de transporte al interior, los
productos agrícolas ahora se exportan a
mercados del exterior por medio de una
nueva línea de ferrocarril al puerto de
Santos, en Sao Paulo, y de un novedoso
sistema de barcazas de alta tecnología que
recorre los ríos Madeira y Amazonas. La
frontera hizo de Brasil un país ambicioso.
El ex presidente Fernando Henrique
Cardoso (1995-2003) alguna vez expresó
la esperanza de Brasil: “Estamos lejos de
ser un país desarrollado, pero tenemos
algo positivo: la aspiración de llegar a ser
uno de los países desarrollados; eso es lo
que nos mueve, ¿no es así?”
“El surgimiento de Brasil”
Hace tres décadas publiqué un ensayo: “El surgimiento de Brasil” (Commentary,
enero de 1977), en el que señalé que “en
un periodo relativamente corto, Brasil se
ha convertido en una nueva fuerza política
en el Hemisferio Occidental. La nación
tropical más grande y más importante del
mundo, aproximadamente del mismo tamaño
en superficie, población y producto
interno bruto que el resto de América del
Sur, Brasil se ha desarrollado hasta llegar
a ser la décima economía más grande del
mundo, uno de los principales socios comerciales
de las potencias industriales y
uno de los campos de inversión más redituables
para su capital excedente”. Desde
entonces, Brasil ha atravesado varias dificultades y transformaciones: una crisis de
deuda externa, estancamiento económico,
transición de un régimen militar a una democracia,
hiperinflación, reestructuración
gradual de las finanzas públicas que duró
dos décadas y ayudó a acabar con la inflación
crónica, un enorme incremento en el
gasto social a fin de superar la pobreza y
la injusticia, y la apertura de la economía
a mayor comercio e inversión. Durante la
pasada década, Brasil ha logrado estabilidad
política y económica, confirmando
mi creencia de hace tres décadas de que “el surgimiento de Brasil ha ofrecido a la
humanidad muchos retos, de los cuales
preservar el carácter del Nuevo Mundo
como una región de esperanza no es uno
de los menores”.
En 2003, Goldman Sachs, un banco de inversiones,
especuló audazmente que Brasil,
Rusia, India y China, en conjunto llamados
BRIC, “podrían convertirse en una fuerza
mucho mayor de la economía mundial. Si
las cosas marchan bien, en menos de 40
años, las economías de los BRIC podrían
ser más grandes que las del G6 [Francia,
Alemania, Italia, Japón, Gran Bretaña y
Estados Unidos] en términos de dólares
estadounidenses. La principal suposición
que subyace todas estas proyecciones es
que los BRIC mantienen entornos políticos
que apoyan el crecimiento”. De acuerdo con
un nuevo estudio del Consejo Nacional de
Inteligencia de Estados Unidos, Mapping the
Global Future:
“Los expertos reconocen que
Brasil es un Estado clave, con una democracia
dinámica, una economía diversificada y
una población emprendedora, un gran patrimonio
nacional e instituciones económicas
sólidas. Brasil es un socio natural tanto para
Estados Unidos como para Europa y para
potencias emergentes como India y China,
además de que tiene el potencial de hacer
más atractivas sus ventajas como exportador
neto de petróleo”.
Podríamos adquirir perspectiva al comparar
los recursos de Brasil con los de Rusia,
India y China, las otras grandes economías “emergentes”. Una clara diferencia es que
la población de Brasil, concentrada en una
masa de tierra principalmente llana y geológicamente
estable, padece menos a causa
de climas extremosos y desastres naturales,
tales como terremotos, huracanes e inundaciones,
que otras naciones continentales en
las que este tipo de desastres históricamente
han matado a decenas o cientos de miles
de personas en un solo evento. Brasil no
está plagado por la clase de tensiones étnicas,
religiosas y lingüísticas que afectan
a Rusia, India y China. Dichos países han
educado a elites científicas y tecnológicas
más numerosas que Brasil; no obstante,
la productividad por trabajador de Brasil
es mucho mayor, debido a que Rusia,
India y China tienen poblaciones rurales
mayores y más atrasadas, menor libertad
personal que en Brasil y menor acceso
a recursos naturales. Si bien un mayor
progreso se ha retrasado a causa de sus
derrochadoras y atrasadas instituciones
públicas, Brasil cuenta con un amplio y
eficiente sistema de distribución de bienes,
alimentos y la mayoría de los servicios,
que llega a las partes más remotas de su
inmenso territorio.
Brasil es el mayor abastecedor de mineral
de hierro del mundo. Su programa
de alcohol es pionero en la producción
a gran escala de combustibles a partir
de biomasa. Las enormes plantaciones
forestales de Brasil alimentan a una de
las industrias de celulosa más grandes y
de menor costo del mundo. No obstante,
su población ejerce menor presión sobre
los recursos naturales que India y China.
Los ríos brasileños, con enorme potencial
de generación de energía hidroeléctrica
de bajo costo, contienen 13% de las reservas
de agua dulce del mundo, en un
planeta que enfrentará grave escasez
de agua durante las próximas décadas. India padece una escasez endémica de
energía eléctrica porque su politizado
sector energético está administrado por
gobiernos que distribuyen la energía a
precios tan bajos o de manera gratuita,
que no pueden invertir para ampliar su
capacidad. Esta escasez afecta a 50 de las
grandes ciudades chinas, principalmente
a Beijing. Los reducidos flujos de los ríos
chinos han cortado la producción hidroeléctrica. Fábricas de papel, fundidoras y plantas petroquímicas carecen de agua
que requieren para operar continuamente.
Las sequías, más comunes al norte de
China, también se han extendido al sur. El
ritmo de envejecimiento de la población
de China y Rusia es más acelerado. Rusia está perdiendo población y la mortalidad
se está incrementando debido al deterioro
de la calidad de vida durante las pasadas
dos décadas. Brasil ha sido mucho
más eficaz que Rusia, India y China en
el control de la pandemia de SIDA. Sus
recursos energéticos son más accesibles
y mayores que los de India y China, que
necesitan combustible desesperadamente
a fin de alimentar a sus economías en
rápido crecimiento.
Durante la última década, Brasil podrá
haber tenido más éxito que Rusia, India
y China en el combate a la corrupción,
pero eso no significa mucho. La corrupción
es un problema grave en los cuatro
países, independientemente del grado
de democracia. Los elementos criminales
penetran las instituciones públicas. Por
ejemplo, de los 541 miembros del parlamento
de India elegidos en 2004, casi un
cuarto había enfrentado cargos criminales.
Si bien Brasil e India han desarrollado
democracias sólidas, la fragmentación
de sus sistemas de partidos políticos los
debilita, en la medida en que los políticos
compiten para distribuir favores entre grupos
de intereses políticos y descuidan las
inversiones en capital social y capacidad
productiva. (Continúa)
3. Lula y Mefistófeles:
Brasil necesita una nueva estrategia (III)
(*) Norman Gall es director ejecutivo del Instituto Fernand Braudel
de Economia Mundial y editor de Braudel Papers.
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