El gasoducto imposible
Manuel Malaver / Semanario La Razón (Venezuela) - 27/11/05
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Es sintomático que tanto en Venezuela, como en Argentina, se haya recibido con sorna el anuncio de los presidentes Hugo Chávez y Néstor Kirchner de construir un gasoducto que llevaría gas venezolano, vía Brasil, al país de las cataratas de Iguazú, las pampas y la Patagonia.
Cuando no con abierta incredulidad, ya que resulta tarea de expertos en la "teoría de los juegos" explicarse cómo un país que podría disponer en el corto o mediano plazo de los 52,3 billones de reservas de pies cúbicos de gas (TCF) no asociado en la vecina Bolivia, una de las reservas más limpias y no contaminadas del planeta (un número importante de las cuales ya están en explotación), va emprender el rodeo de buscarlos a 12 mil kilómetros más arriba.
Y en circunstancias que del total de las reservas probadas venezolanas (unos 143 billones de pies cúbicos mezclados con líquidos), solo 11 billones de pies cúbicos del llamado "gas libre" están disponibles, y sin políticas ni legislación que rentabilicen su explotación y comercialización.
No hablemos del detalle de que se trataría del segundo gasoducto más largo (el primero es el Siberia -Italia), caro e impredecible del mundo, ya que aparte de cruzar un territorio mayormente despoblado de más de 3 millones de kilómetros cuadrados, tendría que atravesar ríos, selvas, desiertos, y sabanas, sin poder escapar a las inclemencias de un clima inestable y extremo que no le daría tregua ni a trabajadores ni a instalaciones.
En una de las zonas ecológicamente más frágiles del globo, que tal como se vio durante la construcción del gasoducto de Camisea en Perú, atraería inmediatamente la atención y presencia de ONGs de los 5 continentes, así como de las etnias locales, que saldrán, para sorpresa de los etnicistas "bolivarianos", a defender sus territorios, habitat y cultura, o a exigir compensaciones difíciles de cubrir.
Y eso en el caso de que el gobierno brasileño, que ya tiene firmado un contrato de compraventa con Bolivia para el suministro de 16 millones de pies cúbicos de gas natural diario durante 20 años, se someta al rigor de los riesgos de un gasoducto sobre el que, al parecer, no se le ha consultado.
Pero es que tampoco resultaría claro ni siquiera para expertos en economía de las expectativas irracionales, y mucho menos para quienes realizan sus predicciones guiándose por los datos de la realidad, por qué Venezuela que tiene frente a sus costas, y a menos de 900 kilómetros de sus puertos y yacimientos, al mayor consumidor de gas natural del mundo, a los Estados Unidos de Norteamérica, cuyo consumo es de 670.000 millones de pies cúbicos anuales (el 26 por ciento de la demanda mundial), debe emprender un periplo tan largo y costoso para colocar su gas y quitándole, de paso, mercados naturales a proveedores como Perú y Bolivia
Una demanda que ya opera con déficit, por lo que se calcula que tendrá que aumentar en forma exponencial, llevándola de su actual marcador de unos 6 millardos de pies cúbicos diarios, a 25 millardos de pies cúbicos diarios para el año 2020.
Cifras que al parecer le dicen poco o nada al liderazgo energético de la revolución "bolivariana", no solo retrasado en las inversiones y alianzas empresariales que habría que hacer para que el país tome el rumbo de las tendencias energéticas mundiales, sino desviándose por razones políticas de sus mercados naturales para perder recursos y oportunidades en fantasías que al final se revelarán tan inviables como poco rentables.
Venezuela, en efecto, es el último de los gigantes energéticos con importantes reservas de gas natural en entender que, tal como afirmara la Agencia Internacional de Energía, AIE, en un informe de mediados del año pasado, "el gas natural será el combustible fósil de mayor crecimiento en las próximas décadas" y que, en consecuencia, debían apresurarse los productores en establecer estrategias que les permitiera la explotación y comercialización de un recurso de futuro tan promisor .
"Durante muchos años hemos estado de espaldas a la realidad del gas" le decía a mediados del año pasado el actual presidente de PDVSA y ministro de Energía, Rafael Ramírez, al periodista, Humberto Márquez, de la agencia de noticias IPS "por lo que ahora empezaremos a desarrollar nuevos campos en tierra firme y costa afuera, desde la Plataforma Deltana (extremo oriente, bajo aguas del océano Atlántico al este del Delta Orinoco) hasta el Golfo de Venezuela (al noroeste, en la frontera con Colombia)".
El empresario y experto, Luis Xavier Grisanti, presidente de la Asociación de las Empresas de Hidrocarburos sostenía por su parte: "Venezuela ha tenido un retraso de 10 años en la materia. Pero estamos sentados sobre depósitos gigantescos y en vez de ser los octavos del mundo en reservas de gas natural podríamos ser los terceros, después de Rusia e Irán".
Pero los "depósitos gigantescos" probados solo alcanzan 147 billones de pies cúbicos, de los cuales apenas 11 billones son gas libre, no asociado al petróleo -lo cual limita sus posibilidades como LNG- ubicado en la Plataforma Deltana , o proyecto Mariscal Sucre, y como lo admite el propio ministro de Minas y presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, con un enorme rezago con relación al resto de países que juegan fuerte en el área energética.
Habría que anotar a este respecto que mientras la producción gasífera venezolana apenas creció el 26 por ciento en los últimos 80 años, de 1992 al 2002 la de Nigeria aumentó el 320 por ciento, la de Trinidad y Tobago 120 por ciento, la de Irán 160 por ciento, la de Qatar 130 por ciento, Bolivia 80 por ciento y Colombia 53 por ciento.
O lo que es lo mismo, que en vez de estar ofreciendo unas reservas de gas que solo existen en el subsuelo y prometiendo llevarlas a Argentina a través del segundo gasoducto más largo, costoso, e impredecible del mundo, el presidente Chávez debería estar más bien preocupado en establecer las exactas reservas probadas y hacer las inversiones, alianzas y asociaciones que le permitirían tener en un tiempo fiable en los mercados tan capital recurso.
Tarea en la que definitivamente está atrasado, raspado y ponchado, ya que desde que se inició a mediados de la administración chavista la estrategia de la diversificación energética de Venezuela a través de la creación de una plataforma gasífera , el proyecto ha ido a trancas y barrancas, con marchas y contramarchas, avances y retrocesos, y siempre por razones políticas, ya que salen unos socios proimperialistas y entran los antiimperialistas, los del primer mundo por los del tercero, se sustituye una legislación e implementa otra, en medio de un clima de incertidumbre que lo menos que hace es estimular la inversión.
"Se calcula que globalmente existirá la disponibilidad de capital necesario para financiar las inmensas inversiones requeridas" escribía el experto petrolero y expresidente de PDVSA, Luís Giusti, en un artículo publicado en "El Nacional" a comienzos de año; "Sin embargo, los flujos de capital dependerán de la percepción de riesgos relativos al precio del gas, términos fiscales, condiciones políticas y ocurrencias geológicas".
En este contexto debe hacerse mención especial de la importancia crítica que habrán de tener las reformas de mercado y las políticas fiscales, así como también la eliminación de restricciones a la inversión extranjera, en particular en el Medio Oriente y África, de donde deberá provenir una gran parte de la nueva producción".
O sea, todo lo contrario a la restauración del modelo hiperestatista por el que marcha la revolución chavista, con el intervencionismo económico generándole un mundo artificial a la política, afectando las leyes que determinan el correcto desenvolvimiento de la economía, ocultando o deformando las estadísticas, acabando con la independencia de las instituciones responsables de la política monetaria como el Banco Central, y creando en definitiva "el paraíso de tontos" por el que marcha durante los primeros años la sociedad socialista, mientras tenga los recursos que, vía las expropiaciones no indemnizadas, o buenos precios de las materias primas, alimenta las fantasías de los jerarcas igualitaristas.
Que serán los "datos duros" que tendrán los que disponen de los recursos líquidos a la hora de arriesgarse a invertir en el segundo gasoducto "más largo, caro e impredecible" del mundo, y todo sin que existan razones que desde el punto de vista de la recuperación del capital y la rentabilidad aconsejen embarcarse en tamaña aventura.
Y todo sin contar que cómo desde la parte venezolana, del presidente Chávez y sus equipos, se trata más bien de una jugada geopolítica e ideológica, en cuanto los argentinos se cansen de elegir a Kirchner -decisión que estará a la vuelta de la esquina en cuanto sufran los resultados de sus peregrinas alianzas "estratégicas"- y peronistas menos radicales como Lavagna, o Duhalde, o menos volátiles y más pragmáticos como Menem asuman el poder y declaren que Estados Unidos vuelve a ser hermano de los rioplatenses, entonces olvídense del gasoducto, del proyecto que coronará la alianza eterna de bolivarianos y sanmartinianos, porque Chávez denunciará a los traidores, retirará las instalaciones, condenará los acuerdos y le ordenará a sus tropas una retirada hacia el norte en espera de nuevos e ingenuos aliados.
Y así el gasoducto se convertirá en una cruz más en el camino de los grandes proyectos chavistas fallidos, como el eje Orinoco-Apure, la recuperación de la deteriorada infraestructura vial venezolana, el rescate de los servicios públicos, el combate a la delincuencia, la lucha contra la corrupción y tantos otros cuya partida de defunción no me atrevo a autenticar aunque estén en fase agónica y terminal.
Chatarra, tubos, instalaciones y estaciones devoradas por la selva, herrumbradas por el polvo, fragmentadas por los tantos andantes que se fijarán en la utilidad de los desperdicios y con un inmenso letrero medio perdido en la maleza, tal vez escrito por una mano anónima, donde conste que la izquierda religiosa latinoamericana y mundial, la que Teodoro Petkoff también ha bautizado como "izquierda borbónica", como los borbones , "ni aprende ni olvida".
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