Chávez y la caída de Ollanta Humala
Manuel Malaver
/ Semanario La Razón (Venezuela) - 12/02/06
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¿Por qué Chávez no midió hacia dónde podía conducir a Humala semejante junta, exponiéndolo a una caída estrepitosa en las encuestas?
Aunque aún es temprano para hacer cálculos aproximados sobre los resultados de las elecciones presidenciales peruanas del 9 de abril próximo, es sintomático que el candidato del Partido Nacionalista Peruano, Ollanta Humala, empezara a desplomarse en las encuestas al otro día de aparecer en Caracas como invitado al primer encuentro entre Hugo Chávez y el recién electo presidente de Bolivia, Evo Morales.
Puede decirse que hasta ese fatídico 3 de enero del 2006 el teniente coronel, Humala, lucía como un fenómeno electoral de ascenso torrencial e inevitable, de signo igual o parecido al de Alberto Fujimori cuando a comienzos de los 90 desbancó al establecimiento político en menos de 3 meses, posicionándose, en consecuencia, como una amenaza cierta para los punteros, el socialdemócrata, Alán García y la socialcristiana, Lourdes Flores.
Las encuestas no mentían, y de un modesto 9 por ciento que le atribuía la encuestadora IDICE en octubre pasado, el ex-etnocacerista pasó de un 12 por ciento en noviembre, a un 23 por ciento en diciembre que le permitió desalojar a García del segundo lugar y ya se daba por seguro que en algún momento de enero desplazaría a Lourdes Flores del primero.
Y fue en este contexto donde un Chávez exultante, embriagado por la reciente elección de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, ansioso por decretar que había nacido el eje La Habana-Caracas-Lima-La Paz y los días de Bush, el capitalismo, la globalización y el neoliberalismo estaban contados, lo invita a Caracas y le da el beso de la muerte.
La pregunta es: ¿Por qué Ollanta Humala que tenía toda la razón del mundo para sentirse a un paso de la presidencia del Perú, que no era un político improvisado puesto que desde su más temprana juventud militaba en una extraña organización indigenista, ultranacionalista y etnocentrista que clama por la superioridad de la raza india cobriza contra las otras razas y en especial de la blanca (“Solo los cobrizos andinos serán considerados nacionales y el resto serán solo ciudadanos con derechos”), fundada por su padre, Isaac; que encabezó, además, un alzamiento militar en las postrimerías del montesinismo-fujimorismo “incrustándose en la retina nacional”, según la feliz expresión de Álvaro Vargas Llosa, aceptó la invitación de Chávez, sin percibir que de cara al electorado peruano era una jugada riesgosa y que Chávez simplemente podía estar usándolo como nuevo payaso de su circo triunfal?
¿Necesidades de financiamiento, urgencia por aparecer con dos triunfadores, táctica para diferenciarse del discurso racista de su padre Isaac y su hermano Antauro que seguían definiéndose como etnocaceristas y presentarse como el candidato de un nacionalismo más suave y en capacidad de captar los votos de la huérfana izquierda peruana y del aún más huérfano fujimorismo, según se lo recomendaba su asesor de imagen, Guido Lucioni?
Pero aún más: ¿Por qué Chávez no midió hacía dónde podía conducir a Humala semejante junta, exponiéndolo a una caída estrepitosa en las encuestas y colocando al borde del abismo una estrategia de expansión hacia el Sur que ahora puede quedar reducida a un Chávez vociferante, un Morales reticente, un Humala desbancado y un grupo de países (Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil) desesperados por desmarcarse del enano que lo arriesga todo al ego de sentirse el gigante del subcontinente?
Porque es que, por si Chávez no lo sabe, Perú es una especificidad sudamericana reacia a aceptar complementos en su definición histórica (puesto que ya la de “País de los Incas” le basta y le sobra) y siempre vio con reserva a estos libertadores llegados del trópico que le quitaron su condición de centro virreinal del Sur, y de paso, lo desmembraron del Alto Perú, la Bolivia de hoy.
Por eso, no es exagerado afirmar que ni Bolívar, ni Sucre, ni Páez, ni Gallegos, ni Rómulo Betancourt, ni Carlos Andrés Pérez, ni Chávez, ni los venezolanos en general, tenemos buena prensa en Perú y que quizá son mayoría los peruanos que piensan que su Libertador fue José de San Martín y no Simón Bolívar y su conexión histórica vecinal básica es con los países que una vez formaron los grandes virreinatos del profundo Sur y no con estos septentrionales tropicales, caribeños, bullangueros y volátiles.
Es una resistencia que apenas han vencido en el tiempo, Carreño el del Manual de Urbanidad, Doña Bárbara, José Gregorio Hernández, César Girón, la Billo’s, Renny Ottolina, José Luís Rodríguez, la Dimensión Latina, Oscar D’León, Soledad Bravo, Coraima Torres, Servando y Florentino en sus inicios, Sumito Estévez y por supuesto, nuestras insuperables mises.
Pero igualmente, y en otra dimensión y con inmensa propiedad, la inolvidable, Patricia Poleo, la periodista que tomó como suya la causa peruana de descubrir en Caracas el escondrijo donde el gobierno “revolucionario” de Hugo Chávez protegía de la justicia peruana al torturador, asesino y corrupto, Vladimiro Montesinos.
Hoy Patricia Poleo está contra su voluntad en Estados Unidos perseguida por la justicia chavista y Ollanta Humala pretende o pretendía que el electorado peruano olvidara esta venezolana-peruana a la hora de consignar sus preferencias en las encuestas.
Pero es que, además, se da la circunstancia de que todo este regreso a las raíces (sean incaicas, virreinales o republicanas) viene de movimientos y líderes marxistas y colectivistas que lo menos que piensan es Pachacutec, Pizarro, el Inca Gracilaso, Bolívar y el general Cáceres y lo que realmente les interesa es que el populismo nacionalista, o su variante el socialismo real, el mismo que se sacudieron los chinos, los rusos y los europeos del Este, retoñe y resucite en la tierra de promisión sudamericana.
Lo conoce y lo ha sufrido como ningún otro país de la región, el Perú del general Velazco Alvarado, de Alán García y de la ola de terrorismo que desató en los 80 la banda marxista y maoísta, socialista y etnocentrista de Sendero Luminoso con un saldo de 50 mil muertos, y disfrazados siempre en un supuesto retorno al pasado primigenio que significaría el rescate del las glorias del Incanato y el Tiwuantinsuyo.
De modo que se trata de un país que ha sufrido las consecuencias del mesianismo y el autoritarismo, tanto desde la calle como desde el poder y alérgico, en consecuencia, a embarcarse en una aventura que lo regresaría 500 años atrás pero en la nave de Lenin, Stalin, Mao, Chávez y Fidel Castro.
Y de ahí el naufragio tan temprano de Ollanta Humala en las encuestas, por eso el descalabro de sus opciones presidenciales en cuanto el electorado percibió que ni los andinos, ni los peruanos serían los ductores de su futuro, sino dos dictadores caribeños que cubriéndose con la gloria de los incas y los libertadores venían a perpetrar una de las estafas más escandalosas de la historia reciente.
En definitiva, un aterrizaje forzoso de las aspiraciones desmesuradas de Chávez y de Castro que deben reconocer que su mejor momento ha pasado y que para que continúen llamando la atención de la comunidad y los medios internacionales deben girar la mirada y sus pasos a otros delirios, a otras pesadillas.
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