Las cosas viejas de los pueblos nuevos
PauliNonius* / Soberania.org - 17/02/06
|
Julio Camba fue, tal vez, el satírico gallego con más chispa y “retranca” del humorismo gallego de todos los tiempos, y con Wenceslao Fernández-Flórez y Jardiel Poncela (Valle Inclán nunca logró contaminarse a fondo de tal maestría, optó por ser el maestro precursor del “esperpentismo”, género narrativo de indudable ancestro gallego), maestro de su siguiente generación, con talentos de la talla de, Daniel Alfonso Castelao, Curros Enriquez, Alvaro Cunqueiro y toda una pléyade de filósofos cachondos –y burlones– más jóvenes que llegó a los noveles Camilo José Cela y Gonzalo Torrente Ballester (y, éste mediante, al gran José Saramago –según él mismo: “el más gallego de los escritores portugueses después de Camoens y Pessoa” -).
A medio camino en el tiempo entre las dos grandes guerras, Julio Camba anduvo por el mundo en calidad de becario-reportero, periplo de trabajo estudioso a los que les debemos artículos de observación antropológica y cultural de los pueblos de Francia, Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos de América que –como dicen– “no tienen pérdida”.
El que hoy reproducimos para ustedes (título arriba –publicado por Vergara en el libro “Un año en el otro mundo”-), es una pequeña muestra.
Disfrútenla.
Paulino Núñez
“Una de las cosas más viejas que se dicen de los Estados Unidos –escribía Oscar Wilde– es eso de que los Estados Unidos son un país muy nuevo.” ¿Qué no hubiera escrito Oscar Wilde para epatar un poco a sus lectores? Claro que es viejo eso de que los Estados Unidos son un país nuevo. Cuando los Estados Unidos estaban más nuevos era cuando más se decía. Pero, en fin, eso no se decía antes de Jesucristo ni antes de Cristóbal Colón. El dicho no es, en realidad, muy viejo más que para los Estados Unidos, que lo vienen oyendo desde su infancia.
Los Estados Unidos son un país nuevo, no cabe duda. Lo que ocurre es que en los países nuevos es donde se encuentran las cosas más viejas del mundo. Hablando con un norteamericano, uno tiene a veces la sensación de hablar con un inglés de los tiempos de Cromwell. El puritanismo inglés apenas si ha dejado vestigios en la Inglaterra moderna. En los Estados Unidos, en cambio, y especialmente en Boston, se vive en plena exaltación puritana. Yo podría citar infinidad de leyes norteamericanas determinadas por un puritanismo que dejaría estupefactos a los ingleses.
¡Los países nuevos!... He ahí la América española, que debiera ser como una España juvenil, libre de todo prejuicio. Pues en gran parte de la América española se vive hoy como en la España del año de la Nanita. Lo que hay de nuevo allí no tiene nada de español. Lo que hay de español es viejísimo. En la América española se conservan costumbres que han sido abolidas ya de los rincones más ocultos de España. ¿Y las formas de lenguaje?
- Buenos días, señor licenciado –le dice un mejicano a otro-. Tenemos que platicar…
El caso de los países nuevos es el caso de esas tertulias españolas que los que hemos viajado algo hemos visto en las grandes capitales europeas. Parece que españoles que llevan largos años de residencia en París, en Londres o en Berlín deben de tener una mentalidad más europea que los que viven en España, y, generalmente, ocurre todo lo contrario. Yo he visto por esos mundos a españoles citando constantemente períodos de Cautelar y versos de Núñez de Arce. Si hubieran estado en España, esos hombres hubieran evolucionado como los demás. Fuera de ella, guardan el espíritu y la visión de la España que conocieron. En una reunión española de París o Berlín, uno tiene a veces la sensación de encontrarse en un polvoriento casino de provincias. ¿Qué no ocurrirá en la América española, adonde no llega, desde hace siglos, una influencia directa y eficaz de España?
Los Estados Unidos se encuentran en el mismo caso. Son, en cierto modo, un pueblo mucho más viejo que Inglaterra. El puritanismo norteamericano es algo que en Inglaterra no se concebiría más que entre las figuras de cera de Madame Tussaud. Sus maneras, su lenguaje, su traje mismo, no lo usa ya en Inglaterra absolutamente nadie.
El caso de Alemania tal vez tenga alguna relación con todo esto. Siendo Alemania uno de los países más nuevos en la civilización europea, es uno de los que tiene una preocupación más grande por su pasado, y esto se explica precisamente porque su pasado está relativamente fresco, y porque Alemania puede recordarlo con mucha más facilidad que Francia, España o Italia podrían recordar el suyo. Como es un país joven, Alemania tiene un espíritu viejo, y esto es, probablemente, lo que les ocurre a todos los países jóvenes.
Por donde resulta que acaso tenga razón Oscar Wilde al decir que eso de llamarle a los Estados Unidos un país nuevo es casi una chochez.
Ante “L´horreur Economique” (Yourzenar) y “The end of work” (Rifkin), el que sigue, les parecerá un trabajo de “anticipación”…
La mecánica como civilización
En Nueva York no hay manera de perder el tiempo. No hay cafés, no hay apenas plazas ni paseos con bancos a la disposición de los transeúntes. ¿Qué hacer cuando a uno le sobra media hora durante la jornada laborable? ¿Qué hacer para no hacer nada?... En otras ciudades, el Municipio se ha preocupado por los vagos, de los poetas, de los enfermos y de las personas de edad, creando para ellos plazas, parques y jardines. En algunas se les dan conciertos gratuitos. En muchas se les han hecho soportales para protegerlos de la lluvia y de la nieve. Esas ciudades tienen, además, el café, institución maravillosa, donde, mediante un precio módico, se alquila un trozo de diván por un plazo ilimitado y se adquiere el derecho de perder el tiempo, mientras en Nueva York sólo existen bares para beber de pie.
Nueva York, realmente, más que una ciudad, es una fábrica gigantesca. Aquí se ha supuesto que no debe de haber vagos, que no debe de haber poetas, que no debe de haber enfermos y que no debe de haber personas de edad. Se ha supuesto, en fin, que no se debe de perder el tiempo. Las mismas diversiones neoyorquinas exigen una energía prodigiosa y son una forma más de actividad nacional. Tanto en los cabarets como en las reuniones particulares, no hay medio de quedarse sin hacer nada. Es preciso bailar unos bailes gimnásticos, concentrar la atención en un espectáculo, jugar, oír música estridente y violenta… Es preciso hacer algo constantemente…
Y esto es terrible, aunque no lo parezca, porque yo creo que toda la civilización se ha hecho a ratos perdidos y que su labor será interrumpida en cuanto la humanidad se niegue sistemáticamente a perder el tiempo. Yo creo que la civilización es precisamente obra de los vagos, de los enfermos, de los poetas y de las personas de edad, y los concejales de las ciudades europeas deben creerlo también, cuando tanto se preocupan de estas diversas categorías sociales. Y yo les daría un consejo a las autoridades neoyorquinas: el de que fomenten el ocio.
No hay actividad intelectual –les diría yo– en medio de una gran actividad física. Fomenten ustedes el ocio, y para ello comiencen abaratando un poco las subsistencias. Luego supriman los trenes que pasan sobre algunas avenidas, a fin de que las gentes, libres del estrépito incesante, puedan pasearse por ellas conversando o siguiendo el hilo de un pensamiento interior. Esta admirable organización del tráfico que ustedes han hecho con objeto de atropellar a los transeúntes, suprímanla también, para ver si logran crear un público de personas que callejeen lentamente, que observen y que vean. Construyan ustedes soportales, planten árboles, pongan bancos. Den conciertos públicos y, sobretodo, favorezcan el establecimiento de cafés, porque de nada sirven las bibliotecas de una ciudad donde no hay cafés. De este modo, dos o tres millones de personas llegarán a perder tres o cuatro horas cada día. Supongamos –a los norteamericanos les gusta ver las cosas en números-, supongamos ocho millones de horas dedicadas diariamente al ocio –las horas, naturalmente, de muchísima gente-, y supongamos esto durante cincuenta años. El total sería de unos ciento cincuenta millones de horas que se habrían pasado sin hacer ningún esfuerzo físico, “flaneando”, curioseando, soñando, conversando o pensando tonterías. Ciento cincuenta mil millones de horas de aislamiento, de inconsciencia y de libertad mental, en que el cerebro parece como si se separara de su dueño y hace, no las cosas que le interesan al dueño, sino las que le interesan a él, trabajando con un plan, desde luego, porque el cerebro siempre tiene su plan que le impone a su dueño cuando se va a una biblioteca o a un laboratorio… De esos ciento cincuenta mil millones de horas no exageraríamos calculando una pérdida de ciento cuarenta y nueve mil novecientos noventa y nueve mil. Novecientas noventa y tantas, en cambio, habrían servido para hacer música, versos, novelas, cuadros, ensayos, estatuas, etc., cosas que no pueden sobrar jamás en una ciudad como New York. Y en sólo una hora restante, en media nada más, o únicamente en cinco minutos, hubiera podido surgir uno de esos pensamientos fundamentales que dirigen a la humanidad durante siglos y siglos, porque estos pensamientos se extraen al sinfín de las horas perdidas por un procedimiento parecido al que sirve en química para obtener el radium…
Esto les diría yo a los concejales neoyorquinos. Les aconsejaría que fomentasen el ocio, considerándolo base de la civilización; pero es probable que los concejales neoyorquinos admitiesen mi teoría y rechazasen mi consejo. Aquí hay una tendencia a sustituir la conversación con el baile, el pensamiento con la gimnasia casera y la civilización con la mecánica.
(*) PauliNonius / E-mail: paulinon@cantv.net
Imprimir
Enviar |
|
|
Volver |
|
|
|
Portada |
|