Objetos conservados pese a siglos de ocupaciones no resistieron
la euforia del pillaje
Robert Fisk
/ The Independent - 12/04/03
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Bagdad,
12 de abril. Desparramadas por el piso en decenas de miles
de piezas quedaron las invaluables reliquias de la historia de Irak.
Los saqueadores fueron de estante en estante para sacar sistemáticamente
estatuas, vasijas y ánforas de los asirios y los babilonios,
los sumerios, los medos, los persas y los griegos, y las arrojaron
al piso de concreto.
Nuestros pies crujían sobre los destrozos de las figuras
de mármol, las estatuas de piedra y las vasijas que habían
sobrevivido a todos los sitios a los que Bagdad se ha visto sometida,
todas las invasiones de Irak a lo largo de la historia, sólo
para ser destruidas cuando Estados Unidos llegó a "liberar"
la ciudad.
Los iraquíes lo hicieron. Se lo hicieron a su propia
historia, destruyeron físicamente la evidencia de los miles
de años de cultura de su nación.
Desde que los talibanes se embarcaron en su orgía
de destrucción contra los Budas de Bamián y las estatuas
del museo de Kabul -más aún, quizá desde la
Segunda Guerra Mundial o antes-, jamás habían sido
tantos tesoros arqueológicos reducidos a pedazos en forma
tan gratuita y sistemática.
"Esto es lo que nuestra propia gente hizo a su historia",
dijo el hombre de larga vestimenta cuando iluminamos con nuestras
antorchas los montones de las una vez perfectas vasijas sumerias
y estatuas griegas, ahora decapitadas y sin brazos, en el almacén
del Museo Nacional de Arqueología de Irak.
"Necesitamos que los soldados estadunidenses
protejan lo que quedó. Necesitamos a los estadunidenses aquí.
Necesitamos policías."
Pero todo lo que el guardia del museo, Abdul-Setar Abdul-Jaber,
experimentó este sábado fueron tiroteos entre los
saqueadores y los residentes locales; las balas silbaban sobre nuestras
cabezas afuera del museo y se incrustaban en las paredes de los
edificios de departamentos de la zona.
"Mire esto", decía, recogiendo
un gran trozo de alfarería cuyos delicados dibujos y labios
bellamente decorados encontraron un fin violento cuando el jarrón,
quizá de 60 centímetros de alto en su forma original,
fue roto en cuatro. "Era asirio". Los asirios
dominaron la región casi 2 mil años antes de Cristo.
¿Y qué hacían los estadunidenses,
como nuevos dominadores de Bagdad? Bueno, esta mañana
estaban reclutando a los odiados ex policías de Saddam para
que restauraran la ley y el orden por cuenta de ellos. El último
ejército que hizo algo parecido fue el de Mountbatten
en el sureste de Asia, que empleó al derrotado ejército
japonés para controlar las calles de Saigón -con bayoneta
calada- tras la recaptura de Indochina en 1945.
Ex policías de Bagdad, de respetable apariencia, hacían
fila afuera del hotel Palestina después
de escuchar que por la radio se les llamaba a reanudar sus "funciones"
en las calles. Por la tarde, por lo menos ocho altos oficiales de
la policía, todos muy formales en sus uniformes verdes -el
mismo color de los del partido Baaz-, se presentaron a ofrecer sus
servicios a los estadunidenses, acompañados de un infante
de marina. Pero no había indicios de que ninguno fuera enviado
al Museo de la Antigüedad.
Entre tanto, la "liberación" se ha transformado
en ocupación. Enfrentados por una multitud de enfurecidos
iraquíes en la plaza Firdos, que demandaban un nuevo gobierno
"para nuestra protección, paz y seguridad",
los marines, que deberían brindar esa protección,
se limitaron a mirarlos, hombro con hombro y con las armas listas.
La realidad que los estadunidenses -y, por supuesto, Donald
Rumsfeld- no logran ver es que en el régimen de Saddam
los pobres y desposeídos fueron siempre los musulmanes chiítas;
las clases medias siempre fueron los sunitas, como Saddam mismo.
Y son los sunitas quienes están padeciendo el pillaje
de los chiítas.
Así pues, los tiroteos que se desataron hoy entre propietarios
y saqueadores fue, de hecho, un conflicto entre musulmanes
sunitas y chiítas. Al no poner fin a esta violencia
-al atizar con su inactividad la violencia étnica- los estadunidenses
están provocando una nueva guerra civil en Bagdad.
Al anochecer recorrí en auto la ciudad por más de
una hora. Cientos de calles tienen ahora barricadas hechas de tabiques,
automóviles quemados y troncos de árbol, vigiladas
por hombres armados que están dispuestos a matar a cualquier
extraño que amenace sus casas o negocios. Así
es como empezó la guerra civil en Beirut, en 1975.
Unas cuantas patrullas de marines se aventuraron hoy en los suburbios
-apostándose junto a hospitales que ya habían sido
saqueados-, pero por tercer día consecutivo ardieron hogueras
en la ciudad al anochecer. Las llamas consumían el edificio
del ayuntamiento y en el horizonte otras enormes hogueras lanzaban
altísimas columnas de humo al aire.
Muy pocos marines, demasiado tarde. Un grupo de ingenieros y trabajadores
de plantas purificadoras de agua se presentó hoy al cuartel
de los marines para implorar protección de modo que pudieran
volver a su trabajo. También llegaron trabajadores de la
industria eléctrica. Pero Bagdad es ya una ciudad
en guerra consigo misma, a merced de pistoleros y ladrones.
No hay electricidad, como tampoco agua ni ley y orden, así
que avanzamos a tientas en la oscuridad del sótano del museo,
tropezando con estatuas derribadas y toros alados destrozados. Cuando
alumbré con mi antorcha un estante lejano, contuve el aliento.
Todas las vasijas y jarrones -"3,500 a.C.", decía
un letrero en la esquina- yacían en pedazos en el suelo.
¿Por qué? ¿Cómo pudieron hacer
esto? ¿Por qué, cuando la ciudad estaba ya
en llamas y la anarquía había sentado sus reales -y
menos de tres meses después de que arqueólogos estadunidenses
y funcionarios del Pentágono se reunieron para hablar sobre
los tesoros del país y se colocó el Museo Arqueológico
de Bagdad en una base militar de datos-, permitieron los estadunidenses
que la turba destruyera la invaluable herencia de la antigua Mesopotamia?
Y todo esto ocurrió mientras el secretario de la
Defensa de EU, Donald Rumsfeld, se mofaba de la prensa por decir
que la anarquía se había adueñado de Bagdad.
Por mucho más de 200 años, arqueólogos occidentales
y locales han estado reuniendo los vestigios de este centro de la
primera civilización en palacios, zigurats y tumbas de tres
mil años de antigüedad. Sus cientos de miles de fichas
manuscritas -a menudo en inglés y en la graciosa caligrafía
del siglo XIX- están ahora desparramadas en el arrasado santuario.
Levanté una tarjetita. "Finales del siglo II,
no. 1680", decía con lápiz.
Para abrirse paso hacia el almacén, la turba había
derribado las macizas puertas de acero, entrando desde un patio
posterior, para subir esculturas y otros tesoros a automóviles
y camionetas.
Cuando llegué los saqueadores tenían unas horas de
haberse marchado y nadie, ni siquiera el guardia del museo ataviado
con la larga vestimenta gris, tenía idea de cuánto
se habían llevado. Una vitrina que alguna vez contuvo objetos
de piedra y pedernal de 40 mil años de antigüedad
estaba destrozada y vacía. Nadie sabe qué ocurrió
con los relieves asirios del palacio real de Jorsabad, ni los sellos
de hace 5 mil años ni los aretes de hoja de oro de hace 4
mil 500 años con los que enterraban a las princesas sumerias.
Llevará décadas clasificar lo que dejaron, los torsos
de piedra destrozados, los tesoros funerarios, las piezas de joyería
que refulgen entre los jarrones rotos.
Las turbas que vinieron -musulmanes chiítas en su mayoría,
de las casuchas de Ciudad Saddam- probablemente no tenían
idea del valor de las vasijas y estatuas. Su destrucción
parece haber sido producto tanto de la ignorancia como de la furia.
En la vasta biblioteca del museo, sólo unos cuantos libros
-en su mayoría obras arqueológicas de mediados del
siglo XIX- parecían haber sido robados o destruidos. Carecían
de valor para los saqueadores.
Encontré intacta una colección completa del Geographical
Journal, de 1893 a 1936; junto a ella estaba un libro a la rústica
llamado Bagdad, la ciudad de la paz, pero cientos de hojas de índices
habían sido sacadas de sus cajas y arrojadas sobre escaleras
y pasamanos.
Arqueólogos británicos, franceses y alemanes tuvieron
un papel preponderante en el descubrimiento de algunos de los más
esplendorosos tesoros de Irak. Gertrude Bell, la
gran arabista, intrigante diplomática y espía británica,
llamada la reina sin corona de Irak, cuya tumba yace no lejos del
museo, fue una entusiasta favorecedora de sus trabajos. Los alemanes
construyeron la moderna sede del museo, junto al río Tigris,
reabierto apenas en 2000, después de nueve años de
estar cerrado tras la primera guerra del golfo Pérsico.
Mientras los estadunidenses cercaban Bagdad, los soldados de Saddam
mostraron casi el mismo desprecio por sus tesoros que los saqueadores.
En los jardines del museo se ven claramente aún sus trincheras
y puestos de artillería, uno de ellos cavado junto a la enorme
efigie en piedra de un toro alado.
Apenas hace unas semanas, Jabir Jalil Ibrahim,
director de la Oficina Estatal de Antigüedades de Irak, se
refirió al contenido del museo como "la herencia
de una nación". Eran, decía, "no
sólo objetos para admirar y disfrutar: de ellos tomamos fuerza
para mirar hacia el futuro. Representan la gloria de Irak".
Ibrahim ha desaparecido, como tantos empleados del gobierno en
Bagdad, y el señor Abdul-Jaber y sus colegas
tratan ahora de defender lo que queda de la historia de la nación
con una colección de rifles Kalashnikov. "No
queremos tener armas, pero ahora todos debemos tenerlas",
me dijo. "Tenemos que defendernos porque los estadunidenses
dejaron que esto ocurriera. Hicieron una guerra contra un hombre,
entonces, ¿por qué nos abandonan a esta guerra y a
estos criminales?"
Media hora después me puse en contacto con la unidad de
asuntos civiles de la infantería de marina estadunidense
y le di la localización exacta del museo y la condición
en que se encontraba su acervo. Un capitán me dijo:
"probablemente vamos a ir allá".
Demasiado tarde. La historia de Irak había sido
saqueada ya por los ladrones que los estadunidenses soltaron sobre
la ciudad con su "liberación".
"¡Usted es estadunidense!", me gritó
una mujer en inglés esta mañana, confundiendo mi nacionalidad.
"Váyase a su país. Aquí no los queremos.
Odiábamos a Saddam y ahora odiamos a Bush porque está
destruyendo nuestra ciudad."
Fue una fortuna que no visitara el Museo de la Antigüedad
y viera por sí misma que la herencia misma de su nación,
así como de su ciudad, había sido destruida.
© The Independent - Traducción para La Jornada: Jorge
Anaya
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