La clave está en la calle
René Balestra / Diario La Nación (Argentina) - 14/03/06
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"Es así en todo y en todas las escalas; la mala conducta de aquellos que están en el poder es correlativa de la mala conducta de aquellos sobre quienes se ejerce el poder." (H. Spencer)
La mujer o el hombre de la calle, en este escrito, es el común. Cualquiera de nosotros; el anónimo habitante de cualquier país que hace la historia y la padece. El que importa. El que verdaderamente importa y al cual -paradójicamente- nunca se lo tiene en cuenta.
Nunca se lo tiene en cuenta de verdad; salvo en épocas electorales o en la literatura ramplona de todos los días en que, en diarios, revistas y otros medios de comunicación, es verbalmente halagado. En los hechos, en la porfiada realidad, esos medios -machaconamente- lo degradan dirigiéndose a ellos en términos soeces o excitando lo inferior que todos llevamos dentro.
Desde luego, ¡qué duda cabe!, existen las excepciones. Pero, lo sabemos desde los bancos de la escuela primaria, la excepción confirma la regla, y la regla es la generalidad. Y la generalidad -ésta sí que es una regla de oro- no tiene ni miras de ser excepcional. Racionalmente y gramaticalmente tiene que ser así: lo excepcional no es lo ordinario; no es lo normal. Y aquí no hay ningún misterio. No todos los escritores son Jorge Luis Borges, no todos los pianistas son Martha Argerich, no todas las mujeres abnegadas son Teresa de Calcuta.
¿Por qué, entonces, la generalidad de la calle habría de ser elogiable? Esta tendencia automática a atribuir virtudes al común -disfrazada de progresismo- esconde la idea reaccionaria que asoló al siglo XX y amenaza al XXI: la de que ese común, general y ordinario continúe siendo masa y no llegue nunca a ser pueblo. Menos aún, ciudadanía consciente, permitiendo de esta manera que los manipuladores perversos sigan con su oficio oligárquico de manejarla, utilizarla y explotarla.
La realidad, que invariablemente es de piedra por lo sólida, nos muestra cotidianamente que el común de la calle suele ser salvaje, generalmente es inculto y siempre es "repentista". Demasiados medios de comunicación y algunos centros políticos viven, pese a ello, halagándolo. Lo hacen porque viven de esto. Disimulan o justifican sus empujones, sus groserías, sus excesos de todo tipo. No sólo futbolísticos o musicales.
No los condenan nunca. Los exaltan y los consideran eternas víctimas siempre. Casi, casi, los convierten en héroes anónimos. En una inmensa ola perversa y recíproca, este mundo, o submundo, infecta a estos medios con una popularidad agobiante y los medios enfermos alimentan y acrecientan la infección.
El resultado, en nuestro país, está a la vista. Lo registran la televisión, la policía y la Justicia. El poder central premia la transgresión, avala el exceso, recompensa con cargos oficiales al violador. Ciertos círculos afeitados del fascismo de izquierda, y algunos que todavía continúan con barba, escriben y elaboran argumentos que servirán de coartada a este robusto y creciente vandalismo.
Esto no es una equivocación: es una industria y un negocio que da réditos económicos y políticos. Hay una gruesa capa que vive de esto. No es la mayoría del pueblo, pero es una inmensa minoría. No es, tampoco, una novedad, porque esta capa inculta acompaña la historia humana desde siempre. Pero la casta que hoy explota a la gente común quiere y consigue que continúe siendo masa. Que no se convierta nunca en ciudadanía.
Recordemos que la palabra "ciudadano" tiene la misma raíz que la palabra "civilizado". El ciudadano es persona; se pertenece a sí mismo y porque se pertenece es su propio mayordomo y su propio cancerbero. No necesita -ni tolera- capataces ajenos que le digan lo que tiene que pensar, lo que tiene que querer, lo que tiene que hacer.
La ardua tarea de elevar al común, siempre, fue una empresa titánica. Los mejores ejemplares de la humanidad fueron aquellos que lograron levantar a la gleba o levantarse ellos mismos de la gleba. Pero, lo enseña la física, subir demanda esfuerzo y bajar no. Como objetos, bajar es grato; como sujetos, subir es empeñoso.
Enfrentar la molicie del común fue siempre tarea de estadistas esforzados. Incluso la palabra "educar", etimológicamente, significa esfuerzo. Educere quiere decir "conducir hacia arriba". Los conductores, los estadistas, los hombres por los cuales en estos días aciagos sentimos una inmensa nostalgia, fueron levantadores de pueblos, elevadores del común, civilizadores de las masas bárbaras que se convirtieron, al elevarse por millones, en dueñas de sus respectivos destinos. En la historia argentina, en la historia no del ayer sino del hoy, del ahora y del aquí, Mitre, Sarmiento y Avellaneda, que amaron los libros, no son personajes librescos. Ellos tienen vigencia; son actuales, porque los seguimos necesitando.
Las sociedades, siempre, han tenido y tienen los gobernantes y las instituciones que se les parecen. Esta verdad tan enorme, por serlo -es la gran ironía de la política-, suele no verse. La clave para el progreso social y para todo progreso (económico, político, cultural) está en educar, en cultivar, en elevar el hombre de la calle. El común es el que verdaderamente importa, el que da el tono de un país, no sus personajes excepcionales.
La figura formidable de Rubén Darío, con ser tan inmensa, no consigue transmitir su genialidad a toda su nación. Esto no es un pecado de Nicaragua, sino una comprobación universal de la historia.
A contramano de esta verdad, en la Argentina desorientada de nuestros días, que no acaba de retomar su rumbo, mentes equivocadas creen que "la cosa" está en educar muy bien a una capa delgada de jóvenes exquisitos. Ignoran la sentencia de Victoria Ocampo: "El menos dotado confunde su juventud con un glorioso porvenir".
Suele ocurrir que los jóvenes tengan sólo una poca cantidad de años. Por otra parte, en la genética humana no existen los paladares negros. Por la sencilla razón de que la superioridad de los perros radica en el repertorio de sus aptitudes orgánicas, cosa que se puede heredar, mientras que la superioridad humana radica en su espíritu y en su razón. El misterio biológico sigue haciendo girar los bolilleros de esa lotería.
Leonardo dijo que el misterio del mundo es lo visible. En realidad, lo fantasmagórico suele estar expuesto y, de tanto estarlo, no ser advertido. Chesterton tiene un cuento, El hombre invisible, en el que el asesino está a la vista de todos, todos los días (el cartero) y por eso es el único del que no se sospecha. Aquí y en cualquier nación que acerquemos al análisis. Nada hay más parecido a las instituciones finlandesas, noruegas, irlandesas o canadienses que sus respectivas sociedades. En la calle, en el tráfago diario de su tránsito están la clave, la fuente y el reflejo de sus respectivas administraciones, de sus parlamentos, de sus tribunales de justicia.
Tenemos que volver a empezar. Obsesivamente, tenemos que preocuparnos y ocuparnos por educar a la calle. A su mujer y a su hombre común. Como un pase de magia, que no tendrá nada de mágico, cuando eso ocurra, empezaremos a mejorar.
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