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Dos visiones antagónicas de moralidad
José Pinto* / Soberania.org - 19/04/06

Nicolás Maquiavelo y Santo Tomás Moro hombres cuya notoriedad vivencial trascendió a comienzos del siglo XVI, durante el Renacimiento, época en la que casi toda la Europa occidental ofrecía una estructuración basada en monarquías absolutas (con su poder absoluto: soberanía), adoptando una política consciente de explotación de recursos nacionales, de fomento del comercio, tanto interior como exterior, de desarrollo del poder nacional, y de concentración de las fuerzas militares y de la administración de justicia, fueron dos maneras distintas de vivir, pensar y morir. Ambos son citados como ejemplos antagónicos de cómo deben dirigirse los destinos de los pueblos.

Niccolo Macchiavelli  o Nicolás Maquiavelo nació en Florencia el 3 de mayo de 1469.  Fue escritor, jurista, diplomático y político. Consagró su vida a la teoría y praxis política, la que dedujo de su observación y su experiencia directa de la confusión política de la época. Su prestigio comenzó pronto, y a los veinticinco años se le nombró secretario del gobierno Dei Dieci. Se desempeñó, luego, en distintas legaciones en algunos estados de Italia y en Alemania, misiones éstas que hubo de comentar en sus escritos.

Maquiavelo escribió su obra "De Principatibus", conocida también como “El príncipe”, entre julio y diciembre de 1513, en la villa llamada L¨Albergaccio, de Sant` Andrea in Perrcussina, cerca de San Casiano.  La anunció por primera vez el 10 de diciembre de 1513 en una carta célebre a su amigo Francesco Vettori y más tarde, en 1516, antepuso al tratado una dedicatoria a Lorenzo de Médicis.

En su obra, de acuerdo a su criterio, expone las buenas cualidades que debería tener un gobernante, como mantener la fidelidad y mostrar integridad, y observa que “no es necesario que un príncipe (un gobernante) tenga todas las buenas cualidades, pero es muy necesario que parezca que las tenga”.  Según él, si el gobernante posee y practica invariablemente esas buenas cualidades, éstas resultan nocivas, mientras que la apariencia de poseerlas es útil.  Para Maquiavelo, parecer ser clemente, fiel, humano, religioso y recto es bueno, sin embargo el gobernante debe estar dispuesto a obrar de modo contrario cuando las circunstancias lo exijan, es decir, los resultados son los que cuentan y es por ellos por lo que el pueblo juzga. Si el príncipe tiene buen éxito en establecer y mantener su autoridad, los medios que emplee serán siempre calificados de honorables y serán aprobados por todos “El fin justifica los medios”.

Para Maquiavelo el hombre es por naturaleza perverso y egoísta, sólo preocupado por su seguridad y por aumentar su poder sobre los demás; sólo un estado fuerte, gobernado por un príncipe astuto y sin escrúpulos morales, puede garantizar un orden social justo que frene la violencia humana. Consideró que el gobernante tiene derecho a valerse de medios inmorales para la consolidación y conservación del poder. En su opinión, es legítimo en la esfera de la política utilizar un medio inmoral para alcanzar un fin bueno. El príncipe o el gobernante, tiene como misión la felicidad de sus súbditos y ésta sólo se puede conseguir con un Estado fuerte. Para conseguirlo tendrá que recurrir a la astucia, al engaño y, si es necesario, a la crueldad. La virtud fundamental es la prudencia, para la conveniencia del Estado. Si el interés de la patria exige traición o perjurio, se comete. "La grandeza de los crímenes borrará la vergüenza de haberlos cometido". Los medios no importan: no es necesaria la moral, sino un realismo práctico, no lo que debe ser, sino lo que es en realidad. Admiraba al poderoso sin escrúpulos pero hábil, sólo por hombres así podía asegurarse el buen gobierno en una sociedad corrompida y decadente, en la que el egoísmo y maldad natural del hombre tienen abundantes oportunidades, donde la rectitud, la devoción al bien común y el espíritu religioso, están muertos o sumergidos por el libertinaje, la ilegalidad y la infidelidad, sólo un gobernante absoluto puede mantener unidas las fuerzas centrífugas y crear una sociedad fuerte y unificada. La virtud cívica depende de la ley; la reforma sólo es posible por la acción de un legislador todopoderoso. Es necesario que haya un solo hombre que establezca el método y de cuya mente dependa toda organización, se necesita un legislador absoluto.

Para Maquiavelo la mejor forma de gobierno es la República: "el gobierno de muchos es mejor que el de unos pocos", y justifica la romana como la más perfecta. Aunque él era republicano y aspiraba a convertir a Florencia en un Estado fuerte, en El Príncipe acepta, como mal menor, que en ciertos momentos de corrupción y desorden es más útil y eficaz la acción de un solo personaje, adornado de cualidades excepcionales.

Acusado de conspiración contra los Medici fue apresado. El nuevo pontífice, León X, medió para liberarlo y Maquiavelo se retiró a su pequeña propiedad en San Casciano, cerca de Florencia donde enfermo muere el 22 de junio de 1527.

Contrariamente a la concepción de Maquiavelo está el testimonio, dado hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, de Sir Thomas More, o Santo Tomás Moro como es conocido en algunos sectores de la iglesia cristiana, quien es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. También fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio de la persona humana.

Nacido en Londres en 1478 en el seno de una familia respetable; entró desde joven al servicio del arzobispo de Canterbury Juan Morton, canciller del Reino. Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam.

En un momento de crisis política y económica del país, el rey Enrique VIII le nombró canciller del Reino. Tomás, primer laico en ocupar este cargo, afrontó un período extremadamente difícil, esforzándose en servir al rey y al país. Fiel a sus principios, trató de promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quienes buscaban sus propios intereses en detrimento de los débiles. En 1532, no queriendo dar su apoyo al proyecto del rey quien quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión. Se retiró de la vida pública, aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos.

Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres, donde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control. Durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de sus propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado el 6 de julio de 1535.

Ya en el andamio para la ejecución, Santo Tomás Moro le dijo a la gente allí congregada que el moría como "El buen servidor del rey, pero primero Dios" ("the King's good servant-but God's first"). Nos recuerda las palabras de Jesús: "Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.”

Es lamentable que hoy, muchos gobernantes, justifiquen la filosofía Maquiavélica para gobernar de “El fin justifica los medios”.  El imperialismo norteamericano como máximo exponente del poder mundial seduce a sus conciudadanos y representantes mundiales ante la ONU con esa cínica práctica, para justificar la muerte de millares de inocentes por todo el orbe, alegando el peligro inminente de su sobrevivencia, pero con el fin oculto de preservar su hegemonía militar, política y económica mundial, así mismo, en el mundo de reyecitos y principados, de dictadorzuelos y capitostes, esta práctica filosófica e inmoral es el canon rutinario de consulta.

Qué gran modelo y ejemplo imperecedero de coherencia moral es la de Sir Thomas More para todos, en especial para los llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana.  Pidámosle a los gobernantes, políticos y jueces que la valentía de este venerable hombre les inspire para mantenerse firmes e íntegros en la verdad sin guardar odios ni venganzas.





(*) José Pinto - Email: guariche1000@yahoo.com







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