Ya basta de odios y rencores,
el perdón es necesario, señor presidente
José Pinto* / Soberania.org - 21/04/06
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Se dice que el libro mas leído en el mundo es la Biblia, y usted, señor presidente, parece que realmente le gusta su lectura porque muchas veces en sus alocuciones cita algunos de sus versículos y capítulos, lo cual nos agrada mucho a la gran mayoría del pueblo venezolano porque somos cristianos. Le voy a recordar un par de ellos para que entremos en calor:
“Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre Celestial os perdonará a vosotros, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones” (Mateo 6: 14,15).
Jesús responde ante la pregunta de un escriba, que estaba atento a las respuestas que él daba a sus discípulos, sobre cuál era el primer mandamiento y le dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12: 30,31).
Sabemos, Sr. Presidente, que por su investidura usted es una persona que se relaciona constantemente con el prójimo, tal vez en mayor grado que el común de nosotros los venezolanos, usted se reúne con sus ministros, con los gobernadores y alcaldes, con las comunidades, con la familia, en fin con toda la sociedad venezolana. En esa suma de relaciones con todos los niveles de la sociedad, siempre va a encontrar conflictos debido al egocentrismo, lucha por el poder, malos entendidos y también por los deseos ilícitos de una riqueza temprana de muchos de nuestros congéneres.
Para que usted pueda relacionarse adecuadamente con todos esos grupos sociales, para que pueda tener un verdadero acercamiento, pueda direccionar sus conflictos y resolver sus necesidades, para que lo puedan entender y usted pueda escucharlos, es necesario que usted baje de su umbral y se ponga en sintonía con cada uno de ellos. En vez de levantar la voz con amenazas altisonantes, debe bajar su cabeza y acercar sus oídos para escuchar sus peticiones y consejos. Debe usted aprender a amar y oír a las personas con las que se relaciona, sin juzgarlas por ser de una u otra afiliación política, distinta a la que usted milita, por ser escuálidos o emeverristas, por ser de una u otra religión y debe aceptarlos con sus defectos y virtudes porque ellos son venezolanos y usted gobierna para todos ellos, recuerde además que también usted es imperfecto, ya que no es extraterreno, usted también comete errores y actos de injusticia, usted es descendiente del primer Adán como todos ellos. Y para que esto suceda señor presidente debe usted “amar a su prójimo” con todas sus letras y “sentirse como ellos”, de lo contrario la brecha que más y más nos separa cada día a todos los venezolanos seguirá creciendo infinitamente, el rico despreciará más al pobre y el pobre odiará aun más al rico, y la violencia se apoderará de todos los rincones venezolanos.
También señor presidente hay que aprender a expresar el amor correctamente: Amar no es suficiente, es necesario también expresar ese amor hacia los otros en forma adecuada, en libertad: “No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18). Procuremos siempre la enseñanza: “Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe... Sólo la cultura da libertad... No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura”, Miguel de Unamuno (1864-1936).
Un obstáculo que debemos derribar para expresar el amor, es el orgullo y los patrones de conducta practicados desde niños, que nos impiden mostrar el amor hacia los otros. Cuando deseemos expresar el amor a otros, no debemos empezar a buscar si estas personas nos han dado amor alguna vez o si ciertamente han estado de acuerdo con nosotros en todo lo que hacemos, debemos pensar que: “Es más bienaventurado dar que recibir” (Hechos 20:35). Porque cuando damos en forma incondicional sembramos la semilla del amor que dará su fruto a su tiempo, de lo contrario, “cosecharemos tempestades”.
Jesús dijo: “Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque ¿Si amáis a los que os aman, que recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿Qué hacéis más que otros? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mateo 5:44-48).
El rencor nos ata fuertemente a quien creemos nos contraría. El odio, los sentimientos de venganza y los resentimientos van engrosando esta cadena, y esos sentimientos solo nos traen soledad, frustración, desconfianza, hostilidad hacia los demás, los llamaremos: “burros (Bush), traidores (Frijolito II), aliados del imperio (opositores), quintas columnas, infiltrados y demás cosas (a los revolucionarios críticos de su gobierno)”, y no nos dejarán relacionarnos adecuadamente con nuestro prójimo, ni con uno mismo y lo que es peor: con el Cristo que está dentro de cada uno de nosotros. El perdón es la única salida para la prisión del rencor, de la ira y de la frustración así como para el acercamiento armonioso entre cada uno de nosotros.
Hace unos seis años unos laicos colombianos escribieron durante la conmemoración de los 40 años de la muerte en combate del sacerdote Camilo Torres Restrepo, el 15 de febrero de 1966, algunas reflexiones: “…afirmó el obispo mártir de Guatemala, Monseñor Juan Gerardi, - la verdad y la justicia concebidas a la luz del Evangelio, no son sinónimos de venganza -. La justicia se expresa en la necesidad de corregir y enderezar lo que deshumaniza a las personas y a los pueblos, siendo la sanción solo un factor que debe armonizarse con otras dimensiones de la corrección. La reconciliación cristiana está lejos de identificarse con el olvido o la impunidad, pues desde tiempos remotos definió su autenticidad mediante requisitos que se difundieron en los más tradicionales catecismos: reconocer el error cometido y confesarlo ante la comunidad; arrepentimiento y compromiso con un cambio de actitud, y reparación de lo que fue destruido o dañado.
Ni la verdad ni la justicia ni la reparación que reclaman las víctimas son factores que incidan en la continuidad de la violencia; son los requisitos más elementales que revelan cuándo la superación de la violencia es auténtica y no una farsa que encubre violencias más destructivas.”
Termino diciendo, lo que una vez aprendí de memoria de tanto escucharlo a una hermosa señora que repetidamente me lo leía (desconozco la autoría):
“Gracias Dios mío por enseñarme como se maneja la vida cuando se tiene un ideal. Gracias por enseñarme como se nutre el amor, cuando tiene un valor permanente. Gracias por enseñarme como se carga la cruz, cuando se lleva por dentro. Gracias por enseñarme como goteando el perdón, se limpia el alma”.
(*) José Pinto - Email: guariche1000@yahoo.com
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