El gasoducto de Fitzcarraldo
Ibsen Martínez
/ El Nacional (Venezuela) - 22/04/06
|
Expandir los gasoductos desde Bolivia hacia Brasil y Argentina, y hasta ocuparse de nuevas exploraciones, es cosa que, aún bajo el actual régimen de nacionalización, tendría un costo aproximado de 5.300 millones de dólares. El gasoducto Fitzcarraldo, tal como lo fabula el gran timonel de la redención latinoamericana, costaría una bicoca comparada con el daño ambiental que entraña el proyecto para el único pulmón que le va quedando al planeta
1 Brian Sweeny Fitzgerald —llamado “Fitzcarraldo” por los indígenas ama-zónicos— fue un magnate ferrocarrilero de origen irlandés que vivió en el Perú a comienzos del siglo pasado.
Su presencia en América se explica por haber intentado, sin éxito, juntar suficientes financistas para tender un ferrocarril trasandino; su leyenda emana de una incoercible y pasional debilidad por la ópera. Tan grande fue su afición al arte de Enrico Caruso —al parecer, apenas pudo cultivarla en América del Sur gracias al registro gramofónico—, que lo llevó a pretender la desmesura de construir un teatro de la ópera nada menos que en Iquitos, población ribereña del Amazonas, sita en el departamento peruano de Loreto.
Esto, al menos, es lo que propala su leyenda: se dice que Fitzcarraldo remontó en una ocasión el gran río con ánimo de llegar a tiempo de asistir a una velada lírica en el legendario Teatro Amazonas de Manaos, y que los percances de un malhadado viaje, sumados a un temporal interminable, le hicieron perdérsela.
De allí, pues, la gana ubérrima de contar en lo sucesivo con un teatro propio en la remota Iquitos; un teatro donde presentar al gran Caruso. Fitzgerald habría, pues, dedicado el resto de su vida a tratar de desarrollar el potencial cauchero del departamento de Loreto a fin de poder costear la edificación de una especie de teatro La Fenice, sólo que en la palafítica Iquitos, en lugar de Venecia.
A 2.000 kilómetros río arriba, y a pesar de que, en la Iquitos de entonces, los barones del caucho contaban con modestas salas de música frecuentadas por los grandes del arte lírico, Fitzcarraldo quiso erigir su Teresa Carreño.
De “gente que necesita terapia”, para usurpar un título de Sergio Dahbar, está hecha la historia de nuestro continente.
Es sabido que, a comienzos de los años 80, el cineasta alemán Werner Herzog partió de esta idea para el guión de su celebérrimo film Fitzcarraldo. La internacional snob encontró en 1982,y sigue encontrando, motivos para el “¡ahhhh!” y el “¡ohhhh!” ante esta película que, a mi parecer, no es más que una trivial aunque efectista exaltación de lo que Rafael López Pedraza llamaría “lo titánico”; lo voluntarista no estrictamente latinoamericano, por cierto.
Pienso que, al cabo, Werner Herzog es alemán, y ello debería recordarnos que su patria dio al mundo otro voluntarista titánico llamado Adolfo Hitler. El hecho de que Herzog dedicase otro de sus filmes a otro titánico malhechor llamado Lope de Aguirre me basta para sospechar en sus fijaciones una carga de tiranofilia que no se disipa con que me digan que es un tipo “de izquierda”.
Al contrario, la izquierda en general, y en especial la izquierda intelectual latinoamericana, ha sido también voluntariosa y titanista, dos rasgos estos, por cierto, característicos del militarismo latinoamericano ya pronto dos veces centenario. Por ello, quizá, buena parte de la izquierda en estos parajes se “derrite” ante los comandantes y los “subcomediantes” Marcos, ante los Castro, los Torrijos y los Chávez; la izquierda latinoamericana ha tenido pocas, por no decir ninguna, desviaciones civilistas, liberales y demócráticas en el sentido Montesquieu y Hanna Arendt de la vaina.
Por si quedase alguna duda de mis inclinaciones cinéfilas, consigno de una vez que el Fitzcarraldo de Werner Herzog siempre me pareció una reverendísima mierda. Igual que La vida es bella, La fiesta de Babette, La Sociedad de los Poetas Muertos, Amèlie y todo el cine de Carlos Saura.
Mi película favorita de todos los tiempos, la que con regusto he vuelto a ver más veces, es La Pandilla Salvaje, de Sam Peckinpah, en la que cuatro decadentes pistoleros gringos (muy borrachos), bajo el manod de William Holden, vuelven pomada a un centenar de revolucionarios mexicanos igualmente borrachos, bajo el mando del “Indio” Fernández, y en una orgiástica y asimétrica balacera final.
2 Una tubería de 8.000 kilómetros de longitud que, partiendo de Puerto Ordaz, atravesando el Amazonas, llegue hasta la Patagonia argentina. Titánica propuesta, ¿no es cierto?: ni más ni menos que el equivalente energético del Paso de los Andes.
Lo expertos afirman que, de hacerse realidad, estaríamos hablando del gasoducto más largo del planet. Su costo rondaría los 20.000 millones de dólares.
Gazprom, el consorcio gasífero ruso, y hasta hace poco —apenas días antes de la “turbonacionalización” boliviana—, el mismísimo presidente de Petrobrás, José Sergio Gabrielli, afirmaban que se trata de un proyecto razonablemente hacedero. Por otra parte, la francesa Total Gaz, la revista The Economist y, por cierto, el mismísimo ministro de Hidrocarburos boliviano, Andrés Soliz, aseguraban que se trata de un “bluff”, de pura logorrea chavista. Claro, habría que enterase de qué piensan ahora los brasileños, después del estacazo que les ha propinado el principal promotor del gasoducto al instigar una nacionalización bastante confiscatoria.
Expandir los gasoductos desde Bolivia hacia Brasil y Argentina, y hasta ocuparse de nuevas exploraciones, es cosa que, aún bajo el actual régimen de nacionalización, tendría un costo aproximado de 5.300 millones de dólares. El gasoducto Fitzcarraldo, tal como lo fabula el gran timonel de la redención latinoamericana, costaría una bicoca comparada con el daño ambiental que entraña el proyecto para el único pulmón que le va quedando al planeta.
3 Durante el rodaje de la película de Werner Herzog, valgan lo que valieren sus intenciones estéticas, es fama que ocurrieron toda clase de percances que, sugestivamente, subrayan todo lo que de inhumana imposibilidad alienta en su argumento.
Herzog, un perfeccionista, comenzó por construir un campamento en mitad de la selva amazónica que albergaba a las 1.100 personas de su equipo. La mayoría eran braceros locales. Su protagonista original, el carismático Jason Robards, enfermó cuando ya habían rodado 70% del material. Mick Jagger, alto pana de Herzog, y para quien habían especialmente escrito un papel, aprovechó el percance para sacudirse de aquel atolladero. Fue entonces cuando Herzog optó por el exoftálmico Klaus Kinski. Según cuentan muchos sobrevivientes del demencial rodaje de Fitzcarraldo, lo peor fue la denodada determinación de Herzog que se diría alimentada la inconducente obcecación del protagonista de su película.
La premisa dramática del film quiere que, para persuadir a posibles inversionistas europeos de que un emporio cauchero está a la mano, Fitzcarraldo debe demostrar la navegabilidad de una ruta extractora. Las imágenes que tanto admiraron los pazguatos cinéfilos que mencioné más arriba nos ofrecen un vapor de cuatro cubiertas haciendo la travesía de la selva amazónica.
En un cierto momento, una impracticable elevación del terreno obliga a trasladar el Molly —que así se llama el barco— de una riada a otra, con un complicado ingenio de poleas y polipastos.
Herzog se negó en redondo a hacer uso efectos especiales, y por eso en el rodaje usó dos cascos. De esa anacrónica conjunción —selva, vapor transoceánico— escapa el aroma “mágico realista” de esta película enamorada de la letal futilidad de los designios titánicos.
Venezuela bien pudo avenirse en el pasado a ser una pequeña nación hispanoamericana productora de energía fósil. Sus gobernantes actuales la pretenden, en cambio, motor de una revolución mundial contra el capitalismo globalizador. El resultado no puede ser sino gesticulatorio, retórico e irresponsablemente operático.
Con todo y no gustarme, el Fitzcarraldo de Herzog finaliza al menos mucho mejor que como habrá de terminar la revolución que nos ha tocado en suerte: aunque el irlandés empecinado no logra abrir nunca la ruta cauchera, los mejores cantantes líricos del mundo, enterados de su odisea, deciden venir todos a hacerle justicia al aficionado, y la película termina con una compañía de ópera que, a bordo de unos engalanados bergantines fluviales, canta “Los Puritanos”, de Bellini.
¿Quién entonará por nosotros “Vieni fra queste braccia” ?
Imprimir
Enviar |
|
|
Volver |
|
|
|
Portada |
|