www.soberania.org
 
Artículo
Caracas / Venezuela -
 


En la lucha por su territorio, los barí y todos los pueblos indígenas de Venezuela seguirán el camino de Kumanda - III
José Ángel Quintero Weir* / Soberania.org - 22/09/06

III. Lo que está en el fondo



Mélida, la esposa de Antonio Ashibatri, en el recorrido que hice con Lusbi Portillo. Travesía que jamás, el G2 cubano llegará a creer que no fue intencional seguirle los pasos a los miembros de la Comisión de Demarcación, pero que nos llevó a la comunidad de Bagkúbarí. Allí, mientras los demás conversaban con Lusbi de su experiencia con la Comisión, Mélida me relataba una y otra vez que: cuando llegaron los agrimensores de la Comisión de Demarcación de los territorios indígenas, ella les insistía en que debían pasar a medir la Hacienda conocida como “El Bohío”. El hombre, una y otra vez le decía que eso no podía ser, pues, en esa hacienda se producía mucho queso, mucha leche, mucha carne. Mélida no entendía esas razones y, por eso, insistía: ¡Vayan a medir El Bohío! Y, el hombre que no, que allí se producía mucha leche, mucha carne, mucho queso. Hasta que, cansada de escuchar la misma respuesta –me dice: ¡Ya no aguanté más y cuando me lo volvió a decir, le dí,  duro por el pecho!.

El hombre, por supuesto, desconocía (y no tenía por qué saberlo), que “El Bohío”, hoy una gran hacienda que, efectivamente, es productora de carne, leche y queso fue, antes que nada, el centro desde el cual partían los territorios de la comunidad de Bagkúbarí. Allí aún pueden localizarse los palos centrales del antiguo “bohío” o Suagkaëg (casa colectiva), de esa comunidad. Allí permanecen, quemados por los antiguos colonos, pero marcando en la memoria de Mélida, Ashibatri, Joaquín Arostomba y todos los que pelearon contra la invasión labaddó (entiéndase: gringos, soldados y criollos; en definitiva: blancos), que tal es territorio de esa comunidad, por tanto, hoy justamente lo reclaman.



Por su parte, Mélida tampoco entendía por qué el perito encargado de la medición sólo atinaba a negarse a entrar a la hacienda El Bohío con el argumento de que allí había: mucho queso, mucha carne, mucha leche. Por eso, hastiada de escuchar la misma respuesta negativa ante lo que considera de natural justicia, Mélida no soportó más y le “dio, fuerte, por el pecho”. Imagino que el golpe fue terrible para el hombre, pues, estas mujeres son capaces de cargar en su espalda unos tres racimos de plátano atados a su cabeza, mientras en el pecho cuelgan sus bebés y, aún, son capaces de cargar en sus manos un manojo de yuca. Vale decir, se trata de mujeres muy, pero muy fuertes.

Pero, lo que tanto Mélida como el perito encargado no sabían es que ambos: la de la exigencia y el de la negativa, se estaban soportando en cosmovisiones radicalmente diferentes. Para Mélida se trataba de la recuperación del espacio territorial perdido sólo después de una guerra en la que la gente de Bagkúbarí se encontraba en absoluta desventaja; luego del asesinato indiscriminado y masivo de sus parientes y aliados. Para el agrimensor, se trataba de defender los “derechos” asumidos por el Estado y, en consecuencia, la defensa de los “derechos” del actual hacendado, cuya “productividad” es la marca definida por el mismo Estado como único baremo para el actual proceso de demarcación y, que él debía, a toda costa, proteger. En otras palabras, Mélida pensaba en la defensa de sus conucos de yuca y plátano para el consumo de la comunidad. El agrimensor pensaba en la defensa del consumo nacional y, por ende, del mercado. Mélida pensaba en la economía de subsistencia.  El agrimensor, en la economía de la oferta y la demanda: en el capitalismo. He allí el debate real.

Lo que nunca han querido reconocer (tramposamente) intelectuales “pagados” por la “revolución” chavista (léase: José Saramago, Eduardo Galeano y el más espectacular por idiota: Heinz Dieterich) es que, el dedo sobre la llaga de la supuesta revolución no lo está hundiendo George Bush, pues, sólo basta mirar las estadísticas que el propio gobierno públicamente ofrece para percatarse de cómo ha crecido en los últimos ocho años el intercambio comercial entre Venezuela y los Estados Unidos en el que, por supuesto, el superavit no se lo lleva, precisamente, Venezuela. Basta con releer un tantito los periódicos oficialistas o “escuálidos” para precisar, cómo en medio de los ataques a Afganistán e Irak la “revolución”, por boca de su jefe, lamentaba la muerte de niños afganos e irakíes pero, por boca del ministro petrolero y presidente de la petrolera nacional (PDVSA), se garantizaba el suministro petrolero diario a los Estados Unidos.


Por otro lado, la encrucijada de la llamada “revolución” chavista no se encuentra en la posibilidad de que la “oposición” sea capaz de aglutinarse alrededor de un candidato único que le dispute a Chávez la silla presidencial y, mucho menos, en la cacareada e “inminente confrontación” con el imperio norteamericano con George Bush a la cabeza, leyenda cansadamente proclamada por “el líder”.

En verdad, la real encrucijada de la “revolución “ chavista la están marcando desde hace rato, los pueblos y comunidades indígenas y las comunidades pobres oriundas del campo venezolano hoy presentes en las barriadas más pobres de las principales ciudades de la república.
Y esto es así, por cuanto se trata de poblaciones humanas culturalmente diferentes, organizadas a partir de principios que terminan confrontados, tanto con el liberal capitalismo, como con el denominado socialismo, sea éste etiquetado como “socialismo real” o, el inventado por Chávez: “socialismo del siglo XXI”. En todo caso, se trata de la confrontación de dos modos civilizatorios y societarios radicalmente contrapuestos y, que en estos momentos, entran en rigurosa batalla: los unos por su sobrevivencia; los otros, por su hegemonía.

La negación a cumplir con la autodemarcación realizada por las comunidades indígenas y, en la que evidencian la historia del despojo territorial del que han sido víctimas, so pretexto de que ya en tales espacios se encuentran asentadas haciendas “productivas” o, se localizan lotes de minas entregadas (sin consulta previa a las comunidades afectas) a transnacionales, pone en evidencia el verdadero carácter capitalista, globalizador y neoliberal del gobierno pretendida y autoproclamado como “revolucionario” y “socialista”.



Cuando Mélida reclama para su comunidad los derechos sobre la ahora llamada hacienda “El Bohío” lo hace desde su perspectiva de visión según la cual, tal es el punto de origen de la comunidad. El espacio que los define histórica y ancestralmente como barí y como comunidad. Por su mente no pasan las toneladas de carne, litros de leche o guacales de queso  que el personero gubernamental defiende; por el contrario, ella piensa en la historia que hizo posible su particular historia: la casa comunitaria, el suagkaëg; por tanto, su rabia traducida en el golpe al pecho del agrimensor es manifestación de la impotencia en hacerse comprender, en la imposibilidad de hacer comprender al funcionario del gobierno y al gobierno mismo que, lo que los barí exigen es, respeto al derecho a ser autónomos, a su dignidad y a la libertad de ser, ahora y para siempre, barí. Sin embargo, la decisión del gobierno parece estar tomada y, nada tiene que ver con las aspiraciones de Mélida o el resto de los barí y pueblos indígenas de Venezuela.

Por otro lado, lo que el gobierno no dice (y el agrimensor tampoco tiene por qué saberlo), es que casi el 80% del subsuelo del territorio barí contiene las principales minas de carbón y, que a sus espaldas, ya han sido otorgadas en concesión a transnacionales norteamericanas, chilenas, brasileñas y surafricanas; en la continuidad de una política neo-colonial que ha terminado por definirnos como una especie de campo minero-extractivo, a pesar de que, está demostrado, tal política destruye nuestras posibilidades futuras de agua, producción agropecuaria, soberanía alimentaria y, en fin, de vida. Pero, en su defecto, y este parece ser el pensamiento sobre el que se sustenta la “revolución” chavista, produce dólares inmediatos, susceptibles de entrar en circulación bajo supuestos programas sociales o, mejor dicho, bajo programas populistas que profundizan la dependencia de las comunidades del Estado y por esa misma vía de las transnacionales.

De tal manera que lo que en estos momentos se está planteando, no es la confrontación electoral entre la opción continuista, hegemónica y autoritaria de Chávez contra la oposición derechista, cuarta-republicana e imperialista de Manuel Rosales, no. En verdad, el debate subterráneo, ocultado tanto por el gobierno como por la oposición partidista, es el que plantean las comunidades indígenas venezolanas en la lucha por sus territorios. Pues, lo que éstas están poniendo sobre la mesa de las definiciones no es sólo su derecho a un espacio geográfico donde sustentar sus vidas, sino fundamentalmente, una manera de entender la vida del mundo y con él  la futura vida de la sociedad, de nuestra sociedad.

Así, mientras los gobiernos (aún el de la llamada “revolución” bolivariana) piensan en términos del mercado mundial, la productividad, las exportación de materias primas en bruto, la captación de inversiones transnacionales, etcétera, en función de un mítico “crecimiento económico” entendido como única vía para salir de la pobreza, las comunidades; en cambio, defienden a muerte sus espacios en virtud de su autonomía de producción, su soberanía agroalimentaria; es decir, la continuidad de sus economías de subsistencia. Pero, sobre todo, la posibilidad de sostener sus formas de convivencia en consonancia con lo que ha constituido por siempre sus respectivas cosmovisiones.

En fin de cuentas, se trata de que los Barí de la Sierra de Perijá han colocado en el disparadero a la “revolución” chavista y a los supuestos “revolucionarios” que la dirigen. Para Chávez el enemigo no es Manuel Rosales, ni Carlos Ortega ni mucho menos George Bush. Para Chávez el verdadero enemigo, el que en verdad le quita el sueño pues lo deslengua de manera definitiva y contundente es Mélida, Antonio Ashibatri, Joaquín Arostomba, Ignacio de Kumanda, María Askambio y todos los barí que, no sólo están dispuestos a morir por sus tierras, sino por hacer posible un país en el que se respete la pluralidad de naciones y, por tanto, de pluralidad de economías que lo conforman.

Es eso lo que está en el fondo del debate por la demarcación de los territorios indígenas. Verlo de otra manera o, no entender que de eso se trata, nos aleja del verdadero objetivo estratégico de la lucha la que Mélida, con su insistencia y su rabia, ha intentado enseñarnos, no sólo como su único e irrenunciable camino, sino como nuestra propia posibilidad de sobrevivencia.


[*]José Ángel Quintero Weir / E-mail: arostomba@hotmail.com

 

 

Leer 2da. Parte:

En la lucha por su territorio, los barí y
todos los pueblos indígenas de Venezuela
seguirán el camino de Kumanda - II

José Ángel Quintero Weir* / Soberania.org - 20/09/06

Leer 1era. Parte:

En la lucha por su territorio, los barí y
todos los pueblos indígenas de Venezuela
seguirán el camino de Kumanda - I

José Ángel Quintero Weir* / Soberania.org - 18/09/06

.....................................................................................................................................

Versión completa en formato Adobe PDF / Páginas: 10 / Tamaño: 49 KB

En la lucha por su territorio, los barí y
todos los pueblos indígenas de Venezuela
seguirán el camino de Kumanda

José Ángel Quintero Weir* / Soberania.org - 22/09/06

 

 

 


Imprimir Imprimir Enviar a un amigo Enviar
Arriba
Volver
Volver a página anterior
 
Regresar a Portada
Portada
 
Contacto: soberania.org@gmail.com