El mito democrático
de las Fuerzas Armadas
Venezolanas
Humberto Decarli R.* / Soberania.org - 28/09/06
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Extractos
Introducción
Unos de los mitos recurrentes del modelo político vigente reside en
definir a las fuerzas armadas venezolanas como democráticas. Las
administraciones nacidas a partir de la caída de la dictadura
perezjimenista se encargaron de publicitar la idea de ser una institución
civilista supeditada al poder existente nacido de elecciones.
Desde
Rómulo Betancourt hasta Hugo Chávez todos han coincidido en
sustentar tal criterio y así de una vez por todas adjudicarse una porción
de legitimidad. Para todos ellos el ejército nacional es sólo un soporte
del régimen civil.
En auxilio de esa apreciación aducen la poca base conspiracional
ocurrida en el estadio de la democracia formal y representativa en
Venezuela. Si bien es cierto que inmediatamente al derrocamiento del
general de Michelena se presentó mucho ruido de sables, con la bonanza
petrolera disminuyó ostensiblemente las inquietudes en el seno de ese
cuerpo.
Como muestra de las turbulencias originales en la institución armada
tenemos el alzamiento del general Castro León en la Planicie, aplastado
con la disuasión de un despliegue de masas enorme, el de San Juan de
Los Morros en el regimiento de Caballería; y el alzamiento de San
Cristóbal (1959) encabezado por el mismo general. Todas quedaron
frustradas por el apoyo popular contrario y porque los alzados no eran
verdaderos voceros de los oficiales a la sazón.
Además, las tentativas de La Guaira, el Barcelonazo (1961), el Carupanazo (1962) y el Porteñazo (1962), se consumieron y luego
vino un período de relativa quietud. Si apenas el alzamiento de Ramo
Verde (1966), la desobediencia pública del general Flores y la suspicacia
del general García Villasmil durante el primer período calderista
ocuparon espacio noticioso como excepciones al equilibrio, no por
ello se podía hablar de institucionalidad. Como veremos más adelante
en el curso de esta exposición, primero con el anticomunismo atizado
por Betancourt y luego con la corrupción a partir del primer gobierno
de C.A. Pérez, se había logrado atenuar cualquier incomodidad de los
uniformados.
Empero, cuando el experimento populista hace aguas al reducirse
los petrodólares se delata la verdadera realidad del ejército y ocurren
los movimientos extraños durante la última etapa de la gestión de Jaime
Lusinchi y las asonadas del año de 1992. Eran factores exógenos los
causantes de la quietud militar y no razones institucionales. No ha habido
un proceso de acumulación histórica institucional y de allí la
imposibilidad de tener una secuencia en esa dirección.
Venezuela no es una excepción dentro de América Latina en este
renglón. Toda la zona se caracterizó por estar dominada luego de la
independencia por una cúpula heredera del poder peninsular, hispánico
o luso. Fueron élites sin identidad alguna porque pretendían emular a
los europeos sin serlos, fundaron naciones con valores racistas iniciados
con la exclusión de los demás sectores sociales y resolvieron el problema
de la gobernabilidad mediante la copia de los sistemas legales del Viejo
Continente pero sin aplicarlos y el caudillo y el funcionario copaban la
escena del poder.. En fin, construyeron un espejo quebrado porque la
imagen reflejada se descomponía.
Se puede aseverar que la “democracia” adeca y copeyana se sustentó
absolutamente en la hipertrofia financiera del Estado y nada más.
Especular sobre las bondades del modelo electoral no es más que una
especulación vacua porque de no haber existido esa indigestión de
dinero generado por la venta de crudo seríamos un país como Bolivia o
Siria en los años sesenta del pasado siglo en cuanto a cambios de
gobierno.
El actual primer magistrado expresa con frecuencia loas a los
uniformados y sus criterios son eminentemente militaristas. Su visión del mundo es desde la óptica castrense y de allí su preferencia por los
oficiales para administrar al país. Igualmente la vocinglería del
puntofijismo nos presentaba al sector militar como auxiliar del poder
civil y reiteradamente insistía en la ausencia de conspiraciones exitosas,
denotativo de una aparente postura institucionalista.
No obstante, esa postura es realmente ideológica. Lo afirmo
empleando este último término en sentido estricto, vale decir, con su
significado de versión falaz de la realidad impuesta por los detentadores
del poder. Pienso que sostener la democratización de nuestros militares
es falso o en el mejor de los casos, una ingenuidad.
El Ejército actual no es libertador
Hugo Chávez siempre trata de identificar a los actuales
administradores de la violencia del Estado con el ejército de Simón
Bolívar. Haciendo abstracción de una estimación crítica de la conducta
de los oficiales que dirigieron el proceso de independencia en tanto
expulsaron a los peninsulares y fundaron una nación con un conjunto
de aberraciones intrínsecas, no hay ningún parangón en tal juicio de
valor... (Continúa)
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de las
Fuerzas Armadas
Venezolanas
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