Este es nuestro tiempo - I
Autonomía: el camino de las comunidades
José Ángel Quintero Weir* / Soberania.org - 09/10/06
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Relatos y otras notas para las hermanas y hermanos reunidos en el II Encuentro Indígena por la defensa de sus territorios. El Socuy. Edo. Zulia-Venezuela. 7 al 9 de octubre de 2006.
Primera Parte: Los principios de la Autonomía
Sirva este breve relato para emparejarnos en lo que hablaremos. Cuento:

Sucedió hace muchísimo tiempo que, estando Dios muy molesto con los hombres blancos por su insaciable ambición y avaricia, decidió como remedio, acabar con el mundo para comenzarlo de nuevo. Entonces, hizo el Dios llover durante muchos días con sus noches al punto que, todos los ríos del mundo se salieron de sus cauces; los lagos se agigantaron y el mar, crecido y encrespado, con su oleaje, destrozaba todo a su paso.
Al finalizar la tormenta, muy poca era la gente quedaba en el mundo; entre ellos un hombre quien, junto a su familia se encontraba subido en el techo de su casa rogando a su Dios que le auxiliara. En esas se estaba cuando vio venir una pequeña canoa con algunas gentes que le dijeron que bajara con su familia, que con ellos fuera a comenzar el mundo. El hombre dijo de inmediato que no, pues, él esperaba a que su Dios llegara para salvarlo.
Mientras, las aguas seguían subiendo, destruyendo más casas, cubriendo los árboles más altos y arrastrando todo cuanto en su camino encontraban. El hombre seguía allí, con el agua ya cubriéndole medio cuerpo. Pero, de pronto, una lancha con motor apareció. La gente que lo tripulaba lo vio y le dijo: ¡Oye! Vente con nosotros que vamos a empezar el mundo de nuevo. Mas, el hombre les dijo que no, que él estaba esperando a su Dios que de seguro iba a venir por él para salvarlo.
Así pasó el tiempo y, cuando ya el agua les llegaba al cuello, vio el hombre que una gran piragua se les aproximaba cargada de mucha gente quienes, al verlos, les gritaron: ¡Sálvense, vénganse con nosotros que vamos a iniciar de nuevo al mundo! Pero, tercamente, el hombre les dijo que no, pues, al cabo que él esperaba por su Dios que, reteseguro, vendría a salvarlo. Los de la piragua le insistieron un tanto pero ya de luego, se hartaron y se fueron.
Al fin de cuentas, el hombre y su familia fueron cubiertos por las aguas y, murieron. Ya bien muerto, el hombre viajó al lugar donde van todos los muertos y, allí, se encontró a su Dios. Entonces, muy molesto le reclamó diciéndole: Oye padrecito, ¿por qué no me buscaste? ¿por qué me abandonaste y me dejaste perecer con mi familia? Qué más querías que hiciera? Tres veces envié por ti: primero con la canoa, luego en una lancha con motor y ya de últimas con una piragua y las tres veces te negaste. Ahora, por no saber reconocer tu propio tiempo, bien muertito te has de quedar.
Así le respondió su Dios al hombre que, luego luego se fue directo a su purgatorio.
Hasta aquí el cuento. Pero, ¿qué nos quiere decir?, ¿qué tiene que ver con nuestra lucha actual?. En lo que sigue, trataremos de explicar.
I.- Primer principio:
"Sólo nosotros decidimos cuando es el tiempo de nosotros"
Dice Antonio Ashibatri (barí de la comunidad de Bakugbarí) que: “Antes, cuando no habían los blancos, los barí cantaban y tocaban música. Los ancianos dijeron que venían los blancos dispuestos a pelear, tal como lo habían anunciado los más antiguos saimadoyi. Venían a matar. Venían con armas, armas, muchas armas. Venían a matarnos. Desde entonces, guardamos los instrumentos musicales y comenzamos a pelear”. De igual manera, me contó una vez Josefita Medina de la Laguna de Sinamaica que: “En antes, los añú no vivían en la Laguna sino en un lugar llamado a’inmatualee. Allí vivían muchos añú, muchos wayuu. Pero llegaron los españoles y todos los que en a’inmatualee vivían, se volvieron pájaros y huyeron”.
De seguro, si buscamos entre los jayeechi wayuu o en los relatos Yukpa, también encontraremos historias similares; es decir, en la memoria de todos los pueblos indígenas está presente el hecho de que hubo un tiempo en que la vida era diferente: la gente trabajaba, tocaba música o cantaba, en otras palabras, eran dueños de su tiempo y de sus vidas. Pero, llegaron los conquistadores europeos y el tiempo cambió y, por tanto, también cambiaron sus vidas, pues, a partir de ese momento, los extranjeros esclavizaron sus cuerpos, se apoderaron y aprovecharon de sus recursos; en fin, establecieron otro tiempo y otra vida para todos los que originariamente en estas tierras vivían con su propio tiempo y su propia vida.
Para imponer este nuevo tiempo de pobreza y explotación a los pueblos indígenas, los europeos no sólo utilizaron la fuerza de las armas sino también, la imposición de sus ideas, según las cuales, los “indios” eran seres vacíos, sin historia, sin cultura; a veces, salvajes que había que domesticar o matar; a veces, eran como niños que había que adoctrinar, dirigir, enseñar; en fin, para los blancos europeos los indios eran una especie de vasija de barro vacía que ellos debían llenar con su tiempo y cultura, con su historia y formas de vida, hasta que pudiera ser considerado como integrado, es decir, que había llegado el tiempo en que no fuera considerado como “indio”. Sin embargo, como veremos más adelante, tampoco podía ser considerado como blanco.
En todo caso, la conquista y colonización europea rompió el tiempo, la posesión y el control del tiempo de los indígenas, para imponer su propio tiempo. Esto va a ser muy importante, pues, si para el indígena el tiempo del trabajo, el tiempo para la comunidad o el dedicado a la familia tiene un significado, para el blanco europeo significa otra cosa. Estos diferentes significados del tiempo van a incidir o, mejor, se van a manifestar en maneras distintas de organizarse social, económica, política y culturalmente.
Sin embargo, a pesar de la imposición del tiempo de los blancos, nos resistimos y continuamos actuando bajo nuestro propio tiempo, pues, no podemos asumir la idea de que “el tiempo es oro”. Como así actuamos, entonces ellos insisten en decir que “el indio es flojo”; “para qué quiere tierra si al indio no le gusta trabajar”; “el indio lo que quiere es estar echado en un chinchorro” y muchas mentiras como esas dicen y escriben en sus libros. Tanto lo han dicho que, aún muchos de nuestros hermanos indígenas y, por supuesto, los no indígenas, terminan creyendo que es verdad la mentira.
Ahora bien, a pesar de que los blancos europeos se apoderaron y cambiaron nuestro tiempo y nuestra vida, los antepasados supieron esperar y nos enseñaron a esperar, nos enseñaron la paciencia para no desesperarnos, para resistir. Entonces, vimos cómo llegó el tiempo de la guerra de independencia, la que no fue otra cosa que, una lucha entre blancos por el poder de los blancos. Fue la lucha de los blancos criollos por tener y ejercer el poder que tenían y ejercían los blancos europeos con el apoyo del Rey de España.
En ese momento, los indios tomaron dos caminos: los que creyeron en la promesa de los blancos criollos que les aseguraron la recuperación de su antiguo tiempo y vida, se lanzaron a morir por la causa de los patriotas. Los demás, decidieron esperar otro tiempo. Al final, luego que los blancos criollos se hicieron del poder, actuaron igualitamente que los blancos europeos; es decir, siguieron entendiendo que los indios eran seres vacíos y sin potestad de administrar su tiempo y sus vidas.
Para no hacer más largo este cuento, digamos que en esas pasaron cuatro llamadas repúblicas hasta que llegó al poder esta a la que llaman Quinta República y que encabeza Hugo Chávez. Al igual que las repúblicas anteriores, muchos hermanos y hermanas se convencieron de que este era nuestro momento. Muchos de buena o mala fe, decidieron lanzarse a apoyar con su trabajo y sus vidas esto que aparecía como el tiempo de recuperar nuestro tiempo. Pero, estamos viendo que los de la llamada Quinta república, al igual que los de las cuatro anteriores, terminan por decidir que los indígenas estamos obligados a esperar, que este no es nuestro tiempo sino el de ellos.
A cada revolución, sea la de los patriotas liderada por Bolívar; la de los federales liderada por Ezequiel Zamora; la de los adecos y copeyanos liderada por Betancourt y Caldera y hasta la de los comunistas liderada por los hermanos Machado, Pompeyo, Petkoff y hasta por Douglas Bravo, para todas estas revoluciones siempre estuvo claro que los indígenas estaban obligados a esperar, pues, a fin de cuentas, sus luchas estaban orientadas hacia la toma de su poder, de establecer su propio tiempo como el tiempo y la vida de todos los que en este país vivimos aún siendo y teniendo un tiempo y una vida diferentes.

Entonces llegó Chávez y todos creímos que se trataba de alguien distinto. ¿En cuántos discursos frente a nosotros dijo que respetaría la palabra de nosotros? ¿Cuántas veces, mientras era candidato, dijo que apoyaría nuestra lucha por recuperar nuestro tiempo y forma de vida? Sin embargo, Chávez y sus funcionarios han terminado por decidir que este no es nuestro tiempo sino el suyo, y que luego de más de cinco siglos de lucha por recuperar lo nuestro, aún tenemos que esperar.
En fin, lo que queremos decir es que desde la conquista y colonización hasta la hoy llamada quinta república, nuestro tiempo ha sido decidido por otros que no somos nosotros. Que desde la conquista europea hasta hoy no pasamos de ser esclavos de cuerpo y alma; carne de cañón para sus guerras o, seres sin palabra ni historia, vacíos llenados por unos y otros pero nunca por nosotros mismos con nuestra palabra, tiempo y vida. Para ellos, desde los conquistadores hasta Chávez, siempre se ha tratado de una lucha de ellos por su poder de ellos y, nunca de una lucha por el cambio del tiempo y de la vida de todos nosotros: indios, mestizos, negros, blancos que aquí en este país vivimos y morimos.
Para concluir, debemos entonces tener presente este primer principio de nuestra autonomía y que en nuestro corazón debe decir: a partir de este momento, cobramos conciencia de que no es posible que sigamos dejando la noción del tiempo en manos de nuestros enemigos o de aquellos que lo utilizan para sus propios intereses y luchas por el poder. Vale decir, sólo nosotros decidimos cuándo es el tiempo de nosotros; cuando y cómo será nuestra vida. Eso significa, que sólo nosotros decidimos cuándo es el momento de luchar. En este sentido, me atrevo a decirles que este es el momento de la lucha, pues, no hay ni habrá otro ya que el gobierno de la quinta república, a nuestras espaldas y sólo por mantenerse en el poder, está negociando nuestros últimos espacios de tierra, está entregando a transnacionales mineras, lo que sería nuestro último tiempo de vida en este país y este mundo, en el que nuestros antepasados nos enseñaron a resistir y a luchar.
II.- Segundo Principio:
"Nuestra autonomía está unida a nuestros territorios"
Así como los blancos se apoderaron de nuestro tiempo, asimismo y en la misma operación, se apoderaron de nuestros territorios, pues, si para ellos los indígenas son seres vacíos y sin cultura, así igualmente, consideraban vacíos los espacios que estos pueblos ocupaban ciertamente. Fue con este argumento que los conquistadores justificaron la aniquilación de los pueblos caribes y arawakos que antes de su llegada habitaban toda la costa norte de Venezuela y las islas frente al continente.
Los pueblos indígenas que han sobrevivido hasta hoy, lo han logrado, en parte, porque se hundieron en las regiones selváticas y aquellas que por mucho tiempo no fueron del interés, tanto para la economía colonial como para la posterior economía republicana. Sin embargo, al momento en que los blancos criollos fundan el Estado republicano de Venezuela, asumen como propia toda la extensión territorial en que habitaban los pueblos indígenas sobrevivientes de la conquista y colonización europea.
Pero, la república fue avanzando poco a poco sobre esos espacios. Primero, con el impulso de la economía agropecuaria, la que generó el establecimiento de las grandes haciendas que penetraron hacia regiones indígenas, talando montañas convertidas en potreros y, por supuesto, desplazando a sangre y fuego a los habitantes originarios. Luego fue el proceso de industrialización generado por la explotación petrolera. En este proceso el Estado venezolano entregó a las grandes transnacionales todo el espacio territorial posible para su exploración y explotación y donde quedaban incluidos los territorios indígenas. Finalmente, tenemos que mencionar la época de la construcción de las grandes carreteras y vías de comunicación, pues, esto también permitió la penetración, ocupación y desplazamiento de los pueblos indígenas de sus territorios.
Puede decirse entonces que, desde la conquista y colonización hasta la actual Quinta República, no ha cesado el proceso de despojo y desplazamiento territorial de los pueblos originarios. Que durante todo ese largo proceso, nunca se ha reconocido a los indígenas el derecho originario a la posesión, administración y control político sobre sus propios territorios. Que los pueblos indígenas siempre han sido considerados como extranjeros sin derechos en sus propias tierras y, por último, que siempre han sido considerados como población a ser sacrificada por los llamados grandes intereses nacionales.
No hay que hacer un gran esfuerzo para demostrar este despojo. Así por mencionar sólo algunos ejemplos, los añú perdieron la mayor parte de sus espacios de pesca en el lago de Maracaibo con la explotación petrolera y, en los pocos que les quedan, tienen que enfrentar los continuos derrames y accidentes de esta industria en los que no sólo se destruyen sus instrumentos de trabajo, sino que se destruyen ecológicamente los nichos de pesca vitales para su sobrevivencia. Por su parte, los barí han visto reducirse sus territorios al punto que, en la actualidad, encontramos comunidades pertenecientes a este pueblo, sobreviviendo encerrados en pequeños potreros de las grandes haciendas que ocupan los espacios que originariamente les pertenecían.
En fin, cada pueblo indígena conoce bien cómo a lo largo de la historia han sido desplazados de sus territorios. Sin embargo, debemos tener claro que aparejado al desplazamiento territorial se produce un desplazamiento de las formas de vida con el territorio asociadas; por tanto, se trata de que la pérdida territorial implica la pérdida o desaparición paulatina de principios fundamentales de las culturas, pues, al ser obligados a desplazarse de sus propios lugares, los pueblos no pueden sostener sus propias economías, haciéndose dependientes, o lo que es lo mismo, son empujados a la miseria, el hambre y la indigencia. Así por ejemplo, vemos cómo algunos hermanos Yukpa, quienes luego de haber perdido la mayor parte de sus tierras, viviendo en la mayor pobreza, terminan deambulando en la ciudad en la que están obligados a vivir de la mendicidad. Pero si por el contrario, las comunidades Yukpa se deciden a recuperar sus tierras hoy ocupadas por hacendados, de inmediato son acusados de invasores, de destructores de la propiedad privada y, por supuesto, son sometidos a represión por la Guardia Nacional o el Ejército, siempre dispuestos por el gobierno y el Estado para proteger a los fuertes y destruir a los débiles.
Así es como el Estado y sus gobiernos logran hacer desaparecer a los pueblos. Hay quienes dicen, por ejemplo, que los añú, los más antiguos habitantes del lago de Maracaibo, son un pueblo condenado a desaparecer, que ya no quedan o son muy pocos los que hablan su propia lengua. Pero, los que esto dicen, para nada se refieren a una de las causas de esta posible desaparición de los añú, la cual no es otra que la pérdida de su forma de vida, lo que está estrictamente vinculado a la pérdida de sus espacios donde ejercer lo que ha sido por siglos su autonomía económica: la pesca. El último zarpazo que prepara el gobierno y el Estado en contra de este pueblo es la construcción del llamado Puerto de Aguas Profundas en la zona de Zapara, así como el desplazamiento de los pobladores de Nazareth. Con ese puerto se acabará de manera definitiva la pesca en la región. Si en verdad permitimos que eso suceda, entonces sí que no hay duda, que el pueblo añú desaparecerá para siempre.
Lo mismo pudiéramos decir de los wayuu, pues, ya fueron desplazados de la región de Wasaalee, que en wayuunaiki es “el lugar donde bebemos” y no como lo dicen los de Corpozulia: Guasare, lugar de la explotación carbonífera. Si permitimos que esa explotación se expanda hacia El Socuy y Cachirí, los habitantes wayuu de estas tierras tendrán que desplazarse y cambiar sus siembras de yuca, maíz, auyama, frijoles, patilla, melón, su crianza de animales, por otras formas de vida que no les son propias; es decir, desaparecen como cultura wayuu.
En fin hermanas y hermanos, lo que nos hace ser barí, Yukpa, wayuu o añú, es la manera en que autónomamente nos organizamos para producir nuestros alimentos, nuestras casas, nuestra comunidad y eso no es posible, sin un espacio territorial propio, administrado por cada cultura según sus propias formas y normas culturales. Así, si queremos avanzar desde ahora en nuestra Autonomía, nuestro segundo principio es: Como pueblos, tenemos una existencia muy anterior a la existencia del Estado y sus gobiernos. Nuestros territorios que ocupamos, siempre han sido nuestros. Nuestra tierra, no sólo nos pertenece, sino que le pertenecemos, pues, la tierra es nuestra madre. Así las cosas, ningún gobierno está en condiciones de señalar, sin escuchar nuestra palabra, cuáles y hasta donde llegan los límites de nuestros territorios. Por esto, lo que exigimos del gobierno y del Estado es el reconocimiento de lo que nos pertenece mucho antes de su existencia y, con ello, exigimos el reconocimiento de nuestras formas culturales de vida, pues, ellas son las expresiones de nuestras identidades y de nuestras autonomías.
III.- Principio:
"Nosotros somos por el hacer que nos hace ser nosotros"
En wayuu la palabra wakuaipa es traducida por muchos como costumbre o, mejor, nuestra costumbre o nuestra tradición. Los añú sólo le agregan a la misma palabra la terminación –awa, entonces dicen: wakuaipawa, con la que se refieren a algo como: lo que hacemos que nos hace. Para los barí la palabra es: chiyi jum o también: chiyi jumsaramcha, que significa: lo hacemos nosotros por nosotros. Como vemos, todos los pueblos indígenas saben que aquello que los constituye como pueblos es lo que hacen para vivir en comunidad o como comunidad.
Así, un añú, por ejemplo, sabe que su hacer está vinculado a la pesca, a su palafito, por eso, son capaces de decir lo que una vez le escuché decir a una añú de Nazareth: “si a un añú le dáis una mansión de un doctor, la vive tres días, pues, al tercer día ¡pum! Otra vez a la orilla, a su palafito”. En otras palabras, todos los pueblos son tales, porque se constituyen mediante un hacer que los hace ser lo que son: diferentes a otros que a su vez, tienen su propio hacer. Porque su hacer los hace, es por lo que todos los pueblos del mundo defienden hasta la muerte ese hacer que los define.

Esta idea compartida fue la que permitió que, por mucho tiempo y antes de la conquista europea, existieran y convivieran, a pesar de sus diferencias, tantos pueblos y culturas en nuestro país y nuestro continente. Cada pueblo, en su propio hacer se reconoce a sí mismo y, por su hacer, reconoce a los otros pueblos como diferentes. Esto hace posible que cada pueblo defienda su hacer propio y, al mismo tiempo, se relacione con los otros pueblos en una especie de intercambio y complementariedad de haceres diferentes.
Pero esta idea nunca ha sido compartida por el Estado y su cultura dominante. Por el contrario, el Estado busca a toda costa, generar una cultura única, hegemónica y que, por esa misma condición, busca la desaparición de las llamadas culturas minoritarias o dominadas. Para ello, el Estado es capaz de crear todo un aparato de destrucción de culturas, encabezado por el propio sistema educativo, el que acompañado por las instituciones religiosas y aún el aparato militar-represivo, se encargan de someter, condicionar y desintegrar a las culturas diferentes.
Para justificar esta acción destructiva de culturas, el Estado las señala como pueblos y culturas atrasadas, estancadas en el tiempo, como prehistóricas, en fin, como culturas pobres que deben ser asimiladas por la gran “cultura nacional” para que así, puedan acceder a la historia, a la modernidad y al progreso. Por supuesto, esto no equivale sino a decir que, en la medida en que la cultura minoritaria o dominada se asimila a la cultura mayoritaria o dominante, en esa misma medida la cultura minoritaria desaparece como cultura diferente.
Por eso, cuando el Estado y sus gobiernos nos hablan acerca de que, lo que ellos quieren es llevar a nuestras comunidades el “desarrollo”, la “modernidad” y el “progreso” para que ya no vivamos como “indios”, “atrasados” y “prehistóricos”, lo que en verdad nos quieren decir e imponer es que abandonemos nuestra manera de ver y entender el mundo; nuestras formas de trabajar y de vivir en comunidad; en fin, que abandonemos nuestro hacer y, por lo tanto, que dejemos de ser lo que somos y que además, queremos seguir siendo.
Para aclarar mucho mejor, les contaré otra historia bien verdadera. Cuento:
Ocurrió en la Laguna de Sinamaica. Diré nombres diferentes, sus dueños verdaderos aún viven y les debemos respeto a ellos y sus familias. El caso es que estando en el palafito de mi amiga María Eugenia, llegaron su nieto Pedro y su yerno Juan harto borrachos. El joven su nieto, al verme, desconfió de tal manera que comenzó a atacarme, desafiándome. La vieja María Eugenia le decía que se estuviera quieto, que yo era su amigo de su casa. Pero el joven Pedro continuó su ataque, hasta que me levanté y le dije que hiciera caso a su abuela, pues, yo era amigo de su casa; entonces, para mi sorpresa, Pedro comenzó a llorar como un niño. Al principio creí que lloraba por efectos de su borrachera, pero luego entendí que no, que se trataba por lo que él mismo me relató y que ahora yo les cuento:
Dijo Pedro que siendo niño y estudiando en la escuela de la Laguna en la que los maestros eran en su mayoría maracaiberos, éstos, una y otra vez le decían que debía aprender bien a leer y a escribir para dejar de ser “indio pescador”, para poder salir de ese lugar, conseguir un mejor trabajo y, por supuesto, dinero y una mejor vida. Entonces Pedro les hizo caso. Estudió y salió del sexto grado y fue entonces que se fue a vivir en Santa Rosa de Aguas. Allí, entró a estudiar en un liceo de la ciudad, pero, cuando sus compañeros de estudio se enteraron que él era de la Laguna, comenzaron a apartarlo llamándole “indio” y fue tanta la burla que decidió abandonar sus estudios y se fue.
Pero ya más de grande, Pedro pensó que entrando en el ejército podría hacer valer lo que creía era su nueva condición de no “indio”. Entonces ingresó al servicio militar. Sin embargo, allí, nuevamente, todos le maltrataban, le obligaban a lustrar sus botas, pues, él no era más que el “indio” lagunero que quería ser blanco. Hasta que no pudo más y huyó. Desertó del ejército y a partir de ese momento hasta el presente, Pedro no es más que el “indio” desertor, traidor a una patria que nunca le aceptó como hijo sino como al menospreciado por pertenecer a una cultura diferente.
Como vemos a través del caso de Pedro, el Estado y sus instituciones están convencidos y, buscan convencernos de que nuestro futuro está en dejar de hacer lo que nos hace ser lo que somos, con lo que logran ponernos a depender de la falsa esperanza de convertirnos en algo que, ese mismo Estado y sus instituciones, jamás acepta que en verdad seamos: blancos. Es decir, insisten en que dejemos de ser “indios” pero, cuando a fin de cuentas, algunos de nuestros hermanos y hermanas deciden tomar este falso camino, el mismo Estado los denigra, los veja y los trata como ciudadanos de tercera y hasta de cuarta categoría y, esto se aplica, aún para aquellos que se creen estar enchufados al gobierno y sus poderes.
Por esto hermanas y hermanos, debemos decirnos siempre lo que una vez dijera uno de los más grandes sabios del pueblo wayuu: Ramón Paz Ipuana, quien dijo: “Wayuu wayá cheküsü werajirai wakuaipa”; es decir: “Somos wayuu y, por eso, debemos defender nuestra cultura”. Estas palabras de Ramón, creo yo, deben ser grabadas en nuestros corazones como la verdad del tercer principio en la lucha por nuestra Autonomía.
IV.- Cuarto Principio:
"Construir nuestra Autonomía es luchar por nuestra Dignidad"
Por último, un pueblo que defiende su hacer, es porque sabe que, en ese hacer que lo hace, está sembrada su dignidad como pueblo. Por eso, se niega a aceptar el sometimiento que, con todo su poder, pretende imponerle el Estado, sus gobiernos y representantes a través de supuestas ayudas y apoyos. Un pueblo digno es aquel que, como dicen los barí: “Chiyi bibaügshtroni”, lo que significa: “Nosotros no aceptamos limosnas”. Y esto es aplicable a todos los pueblos indígenas, pues, todos ellos saben trabajar, producir y crear para mantener a sus familias y a sus comunidades. Todos los pueblos indígenas saben que si no trabajan no comen; que nadie vendrá a darles nada si es que no espera algo a cambio. En fin, que lo que el Estado y sus gobiernos supuestamente dan a las comunidades siempre representa para éstas, la pérdida de su libertad, porque, quien acepta limosnas todo lo pierde, pues, detrás de la limosna siempre se esconde el robo de nuestra dignidad.

Este principio es, tal vez, el más importante de todos los que hasta ahora hemos mencionado, y, por lo mismo, el más difícil de sostener y de cumplir. A estas alturas, muchas son las necesidades que el Estado, sus gobiernos y cultura dominante ha logrado crear en nuestros pueblos. Pero, déjenme decirles que no es imposible de lograr, pues, todo depende de nosotros mismos, de nuestra verdadera disposición a luchar por construir autónoma y libremente, un país donde nadie sea vejado, humillado y excluido. Y estoy convencido de que esto es posible, porque lo he visto con mis ojos y sentido en mi corazón en la experiencia de nuestros hermanos zapatistas de Chiapas-México. Les cuento y, esto es lo último:
Las comunidades indígenas mayas zapatistas en rebeldía retomaron sus territorios que les habían arrebatado los gobiernos, los hacendados y el Estado mexicano. Allí, con las armas en la mano, han ido, poco a poco, construyendo sus autonomías como pueblos: con su educación autónoma; su salud autónoma; su economía autónoma, y, sobre todo, con su justicia y gobierno autónomos. Y todo esto no es posible sino estuviera recubierto por este principio esencial: su dignidad como pueblos con su propio hacer y defendiendo su hacer.
Pero como les digo, este es el más difícil de los principios, pues, muchos han sido los años en que los del poder nos han llamado: “pobres indios”; “atrasados indios”; “miserables indios”; “pedigüeños indios”. Y es que tanto nos lo han dicho que, hasta nosotros mismos hemos terminado por creer que estas viles mentiras son absolutas verdades.
Sin embargo, nuestros hermanos zapatistas han demostrado más de una vez, que sólo la defensa de la dignidad hace posible la construcción de la autonomía. Así, pues, como les cuento, los zapatistas nombran sus propias y autónomas autoridades, las que una vez nombradas se constituyen en sus llamadas Juntas de Buen Gobierno. Pero, sucedió el caso de que uno de estos hermanos miembro de las autoridades de una comunidad autónoma, inocentemente, cayó en la trampa de los del gobierno del estado y aceptó un dinero para la comunidad. Entonces, como respuesta, de inmediato la comunidad se reunió en asamblea y no sólo destituyó como autoridad a este compañero, sino que, en presencia de todos, le obligaron a romper, uno a uno, los billetes que le habían dado los del gobierno como limosna y para comprar la dignidad de toda la comunidad.
Para los del gobierno y, para muchos criollos, incluso amigos de los zapatistas, esta resolución de la comunidad fue casi una locura, especialmente por todas las necesidades económicas que ellas sufren, pero para los hermanos zapatistas está muy claro, pues, ellos también dicen como los barí; Chiyi bibaügshtroni”: “Nosotros no aceptamos limosnas”. Porque, lo que en verdad exigimos y por lo que luchamos es, por nuestro derecho a construir el bienestar de nuestras comunidades y pueblos, de manera autónoma, digna y libre.
Hermanas y hermanos:
He allí lo que considero los cuatro principios fundamentales para la construcción autónoma de nuestros pueblos, los principios de nuestra lucha por nuestra libertad. Esos principios se traducen en formas de organización y en acciones de lucha y, aunque sé que eso es parte fundamental, no me es posible en estas líneas desarrollarlas como se requiere. Pero, es mi palabra y compromiso con todos ustedes, que en lo muy prontamente venidero, les haré llegar esa segunda parte para someterla a discusión, tal como someto estas que ahora les hago llegar, para que, autónomamente, puedan ustedes decidir hasta dónde las apoyan y asumen.
Con el amor, la fe y la convicción de que nuestros enemigos serán derrotados por la fuerza de nuestra unión, organización y lucha, los abrazo a todos así como abrazo nuestra lucha.
José Quintero Weir /
Ciudad de México, Octubre de 2006
[*]José Ángel Quintero Weir / E-mail: arostomba@hotmail.com
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