Espacio público, ¡ahora!
Rafael Uzcátegui* / Soberania.org - 17/10/06
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Algunas personas sometidas a largos períodos de encierro, frecuentemente presos por motivaciones políticas, han conseguido llegar a intensos estados mentales para hacer más leve su presidio. En estos, logran fundir la imaginación con la realidad y, levitando entre muros y barrotes, visitar parajes geográficos a miles de kilómetros de distancia vívidamente, detallando paisajes y vegetación, oliendo y tocando el rocío mañanero de praderas paradisíacas, bebiendo agua de manantiales de un azul furioso y puro. Con estas excursiones, los roles se intercambian y tienen una existencia más vital y plena que la suma de los carceleros que le rodean, carcomidos en el odio de su profesión.
Esta situación es una antítesis de aquella en la que se cree ser libre, condicionado por las restricciones que la cotidianidad hace pasar como “normales”. Una ciudad como Caracas es un ejemplo de esto. Un estudio nos debe la explicación de cómo sus habitantes cedieron paulatinamente el disfrute del espacio público, y fueron arrinconándose en cotos cerrados, azuzados por la paranoia y rodeados por innumerables aparatos que pretendían resguardar su integridad, en ocasiones con poco éxito.
Esta situación puede, y debe, enfocarse desde diferentes perspectivas. El que la llamada “inseguridad personal” sea una fija en el primer puesto de las preocupaciones de los habitantes de la ciudad, estimula que la retahíla de gobernantes anuncie, uno tras otro, “planes de seguridad”, machacando los mismos verbos y rumiando las mismas salidas represivas de siempre. Pero ni siquiera el incremento de funcionarios con armamento de guerra en la calle –cosa aceptada en pocos países que no estén en guerra-, puestos de control policial y tanquetas de la Guardia Nacional apostadas en las esquinas ha logrado bajar los índices de asesinados los fines de semana por armas de fuego, en hechos asociados a eso que denominan delitos contra la propiedad.
Sin duda todo este panorama, la triste “normalidad” en Caracas, tiene que ver con lo que cada uno de nosotros, y el conjunto del imaginario colectivo, entiende como “calidad de vida”. Para muchos tener un carro último modelo, para casi todos lucir el celular sofisticado y costoso y meterse una bola los quince y último. Pero pocos asocian “calidad de vida” a una que realmente merezca ser vivida, lo que incluye indefectiblemente el hábitat y el entorno en el que se desarrolla.
Existe un consenso acerca de que eso llamado “espacio público” es la garantía y precondición de la ciudadanía, pues son los sitios en donde en contacto con otros y otras -no miembros del círculo familiar inmediato-, ejercitamos la convivencia con los demás y aprendemos a reconocerlos -o no- como iguales. El detalle es que, en Caracas 2006, el espacio público como tal –repetimos, sitio plural y libre de construcción de ciudadanía- no existe. La ciudad ha sido paulatinamente cercada en cotos cerrados, privatizada por la política, la violencia, la especulación inmobiliaria, los mega centros comerciales y el miedo.
Alguna vez un documental testimonió la lucha de un barrio obrero barcelonés, el Besós, por la construcción de parques infantiles, áreas verdes y demás sitios de esparcimiento colectivo. Equipamiento, le denominaban, el cual había sido prometido por el Ayuntamiento local y olvidado cuando el alto flujo inmigratorio demandó más edificios. Pero los vecinos dijeron no, y emprendieron una dura lucha durante varias semanas, en las cuales se enfrentaron a la policía, en ocasiones, apertrechados tras las olvidadas barricadas de la transición post-franquista. Los vecinos y vecinas entendían que un barrio sin su plaza, caminerías y espacios para el juego de niños y chismorreo de abuelos no era un barrio completo. Esto es inconcebible en la Caracas de hoy, la capital del “socialismo del siglo XXI”, traficado como humanista al amparo de militares.
Precisamente quienes más sufren el desamparo de la seguridad son los sectores populares, cuyas esquinas están sembradas de cruces y siluetas en el suelo, damnificados por el aguacero de plomo en un país preñado de oro negro. Pero si entendemos a las personas como volcanes dormidos, un fogón de lava puede estarse cocinando en sus entrañas. Intermitentemente, piquetes de personas enfurecidas cierran calles y queman cauchos reclamando su derecho a vivir en paz. Pero la demanda, nuestra demanda, debe ir mucho más allá. No sólo que no nos maten por quitarnos un par de zapatos, sino que esas mismas suelas puedan desgastarse disfrutando calles y avenidas. Cualquiera que haya tenido la suerte de visitar Quito, Lima, Buenos Aires o Santiago entenderá lo que estamos hablando: el insondable placer de caminar la ciudad sin estar tanteando encima del hombro quien viene tras de nosotr@s.
Lo público tiene mucho que ver con lo privado. Los situacionistas desarrollaron una interesante crítica urbanística en la que demostraba como la arquitectura de las ciudades afectaba el comportamiento de sus habitantes. Si esto es así, la ciudad de los techos rojos sólo puede producir asesinos en serie. Apilados en bloques de hormigón, las estadísticas hablan de hasta tres familias dentro de una vivienda que escasamente es confortable para una. Pero ya el tema de la vivienda es pasto de suficiente demagogia como para que aportemos aquí nuestra cuota. La improvisación y las palabras bonitas (y huecas) monopolizan el lugar de la preparación y el conocimiento.
Paradójicamente, en una época de flujos lo que menos circulan son los cuerpos. Redes de dinero, información, diplomacia, pero no de personas. A nivel internacional las personas no pueden circular como quisieran, pero si estos muros deben ser echados abajo, primero debemos disfrutar el poder circular, libremente, por nuestra ciudad. Disfrutar de aceras apropiadas para caminar, de parques suficientemente verdes e iluminados, de un sistema efectivo de captura y reciclaje de desechos sólidos, de aire respirable, de viviendas adecuadas, dignas y amplias. Todo esto es tan vital para nuestro desarrollo pleno como personas como un salario justo, atención médica, educación y el resto de derechos. La luz al final del túnel no es evidente y no es sólo cosa de tener la ideología correcta -si es que existe-, pero esta es la ciudad en la que estamos envejeciendo y esta es la única vida que vamos a vivir.
[*] Rafael Uzcátegui - Email: rafaeluzcategui@hotmail.com
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