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Caracas / Venezuela -
 


El tirano y la demócrata
Tulio Hernández / El Nacional (Venezuela) - 17/12/06

Cualquiera que sea su signo ideológico, los salvadores de la patria –especialmente cuando se trata de personalidades fuertes atrapadas por ideologías extremas–, suelen al morir dejar a sus países profundamente divididos, polarizados y marcados por el odio entre bandos. Es lo que ocurrió en España a la muerte de Franco, lo que acaba de ocurrir en Chile con la de Pinochet, y será lo que sin duda ocurrirá en Cuba y en Florida cuando Fidel Castro exhale, más temprano que tarde, su último suspiro.

Porque un salvador de la patria, a diferencia de un líder demócrata, es alguien que se asume como el Único, el Elegido para –ya por la vía de las armas como los antes mencionados, ya por la de los votos, como Adolfo Hitler– echarse sobre sus hombros el destino del país al que pertenece y literalmente "limpiarlo" de alguna plaga que lo ha invadido, llámese el comunismo en el caso de Pinochet, los capitalistas y el imperialismo en el de Fidel, o los judíos y otras "razas inferiores" en el de Hitler.

Para realizar esa misión, porque todo acto de limpieza étnica o política requiere de mucha disciplina y de pulsos que no tiemblen a la hora de aniquilar al enemigo, el salvador de la patria necesita convertirse en una figura mítica, extremamente amada y extremamente temida, capaz de unificar en torno a un discurso inequívoco a sus seguidores y especialmente a su ejercito.

Un discurso que generalmente se sustenta en una lógica común: el mundo y el país son lugares de confrontaciones intensas donde una parte de la población es agente del mal, enemiga de la justicia, la libertad o la civilización según sea el caso, razón por la cual es necesario eliminarla moralmente, políticamente o, incluso, físicamente si es necesario.


Por eso los salvadores de la patria, y sus seguidores, justifican la existencia de partidos únicos, el control de la prensa por parte del Estado y el partido, el culto a la personalidad, los encarcelamientos masivos, los fusilamientos por juicios populares, las caravanas de la muerte o campos de concentración y genocidios estratégicamente planificados.

Los salvadores de la patria generalmente, como Franco, Fidel, o nuestro Juan Vicente Gómez, suelen morir en el poder. Su presencia física, su carisma o el temor que imponen entre sus allegados hace que sólo la muerte permita la alternancia a su liderazgo nacional. Pero hay excepciones. Y Pinochet ha sido una de ellas. Deseoso como estaba de que su mandato fuese en lo posible legítimo y legal, y respondiendo a una fuerte tradición legalista chilena, el dictador de los lentes oscuros hizo aprobar una constitución que contemplaba la realización de un plebiscito mediante el cual el pueblo decidía si continuaba o no al frente del país.

Fue un exceso de confianza.


La oposición democrática chilena puso de lado sus diferencias, especialmente las existentes entre la democracia cristiana y las diversas izquierdas, hizo política desde un lugar que no era la rabia ni la desesperación, realizó una astuta campaña más esperanzadora que "antipinochetista", se aseguró de que el árbitro electoral realmente lo fuera, y terminó echando al dictador del poder sin necesidad de que se derramará una gota de sangre más.

Sin embargo, la victoria –es necesario subrayarlo– ocurrió por un estrecho margen. Algo así como 52% en contra del tirano y 48% a su favor. Lo que nos obliga a recordar que los dictadores y los tiranos no siempre son una mera imposición por la fuerza de las armas, que muchos de ellos ejercen su despotismo a hombros de inmensas masas enardecidas que, como bien lo muestran los documentales sobre el fascismo, les aclaman y babean derretidos de emoción ante las arengas del un líder generalmente narcisista y retórico.

No era ese, sin embargo, el caso de Pinochet. A diferencia de Hitler o de Fidel –seducidos por los desfiles militares, las grandes pompas, los mítines multitudinarios con millares de niños y adultos uniformados vitoreando, y los discursos extensos y emotivos capaces de arrancar secuenciales salvas de aplausos entre sus adoradores– Pinochet optó por el silencio grave. Su fuerza fundamental devino del terror sanguinario e implacable contra la disidencia, de haberle devuelto la serenidad beatífica a unas clases altas y medias que vivieron aterrorizadas el gobierno de Allende, y de haber hecho ingresar a Chile en un modelo económico pujante que todavía hoy se muestra exitoso.

De allí la nación partida. Hace por lo menos cinco años en un viaje a Santiago, el autor de estas líneas se vio varias veces perturbado al encontrar, primero, que en una tienda del centro de la ciudad se vendían figuras del general Pinochet análogas a la de nuestro José Gregorio Hernández. Y, luego, que en restaurante muy conocido del centro de la ciudad había una pintura de algo así como el all star chileno en la que la figura del general aparecía acompañado entre otras por las de Pablo Neruda, Gabriela Mistral y el mismo presidente Allende posando juntos a la manera de los jugadores de los equipos de fútbol.

Pinochet, por suerte para todos, y especialmente para los chilenos, ha muerto y la presidente Bachelet como cuota de despedida le ha dado una última lección. Igual que aquel hizo con Allende, la Presidenta chilena pudo haberlo condenado a un entierro anónimo sin reconocimiento oficial alguno.

Razonablemente se le negaron honores de ex presidente, lo contrario hubiese significado legitimar los golpes militares y el terrorismo de Estado, pero en cambio –sobrepasando sus propias heridas– la Presidenta y su equipo aceptaron que se le rindieran honores militares, incluso se nombró una representación oficial, en las exequias de quien, no debemos olvidarlo, fuera jefe del ejército de un gobierno democrático.

Dos grupos han quedado desencantandos, el de los derechistas extremos empeñados en que el dictador recibiera pompas fúnebres de ex presidente de la república, y el de los izquierdistas que encuentran en el gesto de haber enviado a la ministra de Defensa al velatorio del general una manera vergonzosa de reconocer al régimen de asesinos y de traicionar la memoria de sus víctimas.


Mirado desde lejos, las decisiones tomadas parecen sabias y sobre todo demuestran la voluntad de reconciliación que subyace en ellas. El mensaje es claro.

Los salvadores de la patria y los tiranos vienen al mundo a dividir y gobiernan para sólo una parte de la nación condenando a la otra al exilio, el escarnio, la muerte o el silencio. Los lideres demócratas tienen en cambio la tarea de impedir la exclusión, unir, garantizar la convivencia entre diferentes y reconciliar a las partes divididas.

Con la decisión tomada, Bachelet ha demostrado que respeta a ese 30% de chilenos que, según las encuestas, aún sienten simpatías por el general. Es una demócrata y, por lo tanto, gobierna para todos y no para un sector. Y es una cristiana que sabe que el perdón forma parte de la reconciliación nacional, aceptando eso sí aquel lema argentino de "perdonar sí, olvidar no".





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