Los hombres misteriosos detrás de la guerra de Bush
Michael Lind*
/ Rebelión (España)
- 14/05/03
|
Los aliados y los enemigos de EE.UU. por igual están
perplejos. ¿Qué pasa en Estados Unidos? ¿Quién
formula la política exterior? ¿Qué están
tratando de lograr? Explicaciones cuasi-marxistas que involucran
a las grandes petroleras o al capitalismo estadounidense se equivocan.
Sí, las compañías y los contratistas petroleros
aceptarán los despojos del botín iraquí. Pero
el negocio petrolero, con su sesgo arabista, no impulsó esta
guerra ni apoya la estrecha alianza de la administración
Bush con Ariel Sharon. Además, el presidente
Bush
y el vicepresidente Cheney
no son genuinos "magnates del petróleo de
Texas" sino políticos de carrera que, entre
temporadas en la vida pública, hubieran utilizado sus conexiones
para enriquecerse como figuras decorativas en el negocio del trigo,
si hubiesen sido residentes de Kansas, o en compañías
tecnológicas, si hubiesen sido californianos.
Igualmente errónea es la teoría de que las civilizaciones
estadounidense y europea se desarrollan en direcciones opuestas.
La tesis de Robert Kagan, el propagandista neoconservador,
de que los estadounidenses son marciales y los europeos pacifistas,
es una estupidez absoluta. Una mayoría de los estadounidenses
votó por Al Gore o por Ralph Nader en 2000. Si no
fuera por la sobre-representación de estados escasamente
poblados, derechistas, tanto en el colegio electoral presidencial
como en el Senado, la Casa Blanca y el Senado estarían actualmente
controlados por los demócratas, cuyos puntos de vista y valores,
en todo, sea la guerra o el estado de bienestar, son muy cercanos
a los de los europeos occidentales.
Tanto la teoría económica determinista como la del
choque de culturas son tranquilizadoras: suponen que la
reciente revolución en la política exterior de EE.UU.
es el resultado de oscuras pero comprensibles fuerzas en un mundo
ordenado. La verdad es más alarmante. Como secuela
de varias contingencias extrañas e impredecibles -como la
selección en lugar de la elección de George W. Bush,
y el 11 de septiembre- la política exterior de la
única potencia global del mundo está siendo decidida
por una pequeña
camarilla que no es representativa ni de la
población de EE.UU. ni del establishment mayoritario de las
relaciones exteriores.
El grupo principal que ahora está a cargo consiste de intelectuales
neoconservadores de la defensa (son los llamados "neoconservadores"
porque muchos de ellos comenzaron como izquierdistas anti-estalinistas
o liberales antes de desplazarse hacia la extrema derecha). Dentro
del gobierno, los principales intelectuales de la defensa incluyen
a Paul Wolfowitz, secretario adjunto de la defensa.
Es el cerebro de la defensa de la administración Bush; Donald
Rumsfeld es una figura ya mayor que tiene la posición
de secretario de la defensa sólo porque el propio Wolfowitz
es demasiado controvertido. Otros incluyen a Douglas Feith,
el número tres en el Pentágono; Lewis "Scooter"
Libby, un protegido de Wolfowitz que es jefe del estado
mayor de Cheney; John R Bolton, un derechista asignado
al Departamento de Estado para controlar a Colin
Powell; y Elliott Abrams, recientemente
nombrado para dirigir la política del Medio Oriente en el
Consejo Nacional de Seguridad. Afuera están James
Woolsey, el antiguo director de la CIA, que trató repetidamente
de asociar a Sadam Husein tanto con el 11-S como con las cartas
con ántrax en EE.UU., y Richard Perle, que acaba
de renunciar de su puesto no- remunerado de asesor del departamento
de defensa después de un escándalo de lobby. Muchos
de estos "expertos" nunca sirvieron en
las fuerzas armadas. Pero sus cuarteles están ahora en la
oficina del secretario de defensa civil, donde estos designados
políticos republicanos son despreciados y mirados con recelo
por los soldados de carrera, en su mayor parte republicanos.
La mayor parte de los intelectuales neoconservadores de
la defensa tienen sus raíces en la izquierda, no la derecha.
Sin productos del movimiento trotskista de los años 30 y
40, sobre todo judíos-estadounidenses, que se transformó
en liberalismo anticomunista entre los años 50 y 60 del siglo
XX y finalmente en una especie de derecha militarista
e imperial sin precedentes en la cultura o la historia política
de EE.UU. Su admiración por las tácticas
del partido Likud de Israel, incluyendo la guerra preventiva como
el ataque de Israel de 1981 contra el reactor nuclear Osirak de
Irak, se mezcla con extrañas salvas de entusiasmo ideológico
por la "democracia". Llaman su ideología
revolucionaria "wilsonianismo" (por el
presidente Woodrow Wilson), pero es en realidad la teoría
de Trotsky de la revolución permanente mezclada con la versión
de sionismo de extrema derecha del Likud. Los genuinos wilsonianos
estadounidenses creen en la autodeterminación de gente como
los palestinos.
Los intelectuales neoconservadores de la defensa, igual
si están dentro o alrededor del Pentágono, se encuentran
al centro de un "pentágono" metafórico del
lobby de Israel y la derecha religiosa, más los think-tanks
[gabinetes estratégicos], las fundaciones y los imperios
mediáticos. Los think-tanks como el American Enterprise Institute
(AEI) [Instituto de la Empresa de EE.UU.] y el Centro de Estudios
Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés),
albergan a los neoconservadores "que entran y salen" cuando
se encuentran fuera del gobierno (Perle es un asociado del AEI).
El dinero proviene no tanto de las corporaciones, sino de fundaciones
conservadoras que ya existen durante decenios, como las fundaciones
Bradley y Olin que utilizan los legados de magnates muertos desde
hace tiempo. La política exterior neoconservadora no refleja
de ninguna manera directa los intereses empresariales. Los
neoconservadores son ideólogos, no oportunistas.
El mayor vínculo entre los think-tanks conservadores y el
lobby de Israel es el Instituto Judío de Asuntos
de Seguridad Nacional (Jinsa, por sus siglas en inglés)
de Washington, que apoya al Likud, que involucra a muchos expertos
no-judíos de la defensa, enviándolos a viajes a Israel.
Llevó allí al general retirado Jay Garner,
que ahora fue el elegido por Bush como pro-cónsul de Irak
ocupado. En octubre de 2000, firmó una carta de Jinsa que
comenzaba diciendo: "Creemos que durante los recientes
disturbios en Israel, las Fuerzas Israelíes de Defensa [ejército
israelí, N.d.T.] han mostrado considerable circunspección
frente a la violencia letal organizada por el liderazgo de [la]
Autoridad Palestina".
El propio lobby israelí está dividido en alas judía
y cristiana. Wolfowitz y Feith tienen lazos estrechos con
el lobby israelí judío-estadounidense. Wolfowitz,
que tiene parientes en Israel, ha servido como la conexión
de la administración Bush con el Comité Estadounidense-Israel
de Asuntos Públicos [AIPAC, por sus siglas en inglés].
Feith recibió un premio de la Organización Sionista
de EE.UU., citándolo como un "activista pro-Israel".
Mientras estuvo alejado del poder durante los años Clinton,
Feith, en colaboración con Perle, preparó un plan
político para el Likud que recomendaba que el gobierno de
Israel abandonara el proceso de paz de Oslo, reocupara los territorios
y aplastara el gobierno de Yasir Arafat.
Expertos semejantes no son judíos-estadounidenses típicos,
los que en su mayoría votaron por Gore en 2000. Los
partidarios más fervientes del Likud en el electorado republicano
son los fundamentalistas protestantes del sur. La derecha
religiosa cree que Dios dio toda Palestina a los judíos,
y las congregaciones fundamentalistas gastan millones para subvencionar
los asentamientos judíos en los territorios ocupados.
El último rincón del pentagón neoconservador
está ocupado por varios imperios mediáticos derechistas,
con raíces -por extraño que parezca- en la Comunidad
Británica de Naciones y en Corea del Sur. Rupert
Murdoch difunde propaganda a través de su canal Fox Television.
Su revista, dirigida por William Kristol, el antiguo jefe de equipo
de Dan Quayle (vicepresidente, 1989-93), actúa como portavoz
de los intelectuales de la defensa como Perle, Wolfowitz, Feith
y Woolsey, así como del gobierno de Sharon. The National
Interest (del que fui editor ejecutivo, 1991-94) es financiada ahora
por Conrad Black, propietario del Jerusalem Post y del imperio Hollinger
en Gran Bretaña y Canadá.
Lo más extraño de todo es la red mediática
centrada en el Washington Times - de propiedad
del mesías surcoreano (y ex convicto), el reverendo Sun
Myung Moon- que es propietario de la agencia noticiosa
UPI. UPI es dirigida ahora por John O'Sullivan,
el escritor de discursos de Margaret Thatcher que solía trabajar
como editor para Conrad Black en Canadá.
A través de canales semejantes, el estilo sensacionalista
del periodismo británico de derecha, así como su sustancia
eurofóbica, han contaminado el movimiento conservador de
EE.UU.
Los ángulos neoconservadores del pentágono fueron
unidos en los años 90 por el Proyecto para un Nuevo Siglo
Estadounidense (PNAC), dirigido por Kristol desde
las oficinas del Weekly Standard. Mediante una
técnica de relaciones públicas utilizada primero por
sus predecesores trotskistas, los neoconservadores publicaron una
serie de cartas abiertas, cuyos firmantes a menudo incluyeron a
Wolfowitz y a otros futuros miembros del equipo de política
exterior de Bush. Llamaban a que EE.UU. invadiera y ocupara
Irak y a que apoyara las campañas de Israel contra los palestinos
(graves advertencias contra China eran otros de sus favoritos).
Durante los dos períodos de Clinton, estas diatribas
fueron ignoradas por el establishment de la política exterior
y por los medios mayoritarios. Ahora están siendo estudiadas
intensamente.
¿Cómo lograron apoderarse de la administración
Bush estos intelectuales neoconservadores de la defensa -un pequeño
grupo enfrentado a la mayor parte de la elite de la política
exterior de EE.UU., tanto republicana como demócrata? Pocos
apoyaron a Bush durante las primarias presidenciales. Temían
que el segundo Bush sería como el primero -un pelele que
no ocupó Bagdad en la primera guerra del Golfo y que había
presionado a Israel para que participara en el proceso de paz de
Oslo- y que su administración, de nuevo como sucedió
con la de su padre, sería dominada por republicanos moderados
realistas como Colin Powell, James Baker y Brent Scowcroft.
Apoyaron al heterodoxo senador John McCain hasta
que se definió que Bush obtendría la nominación.
Y entonces tuvieron un golpe de suerte -Cheney fue puesto a cargo
de la transición presidencial (el período entre la
elección en noviembre y el acceso al poder en enero). Cheney
aprovechó su oportunidad para llenar la administración
con sus aliados de la línea dura. En lugar de convertirse
en el presidente de facto de la política exterior, como muchos
habían esperado, el Secretario de Estado Powell se vio restringido
por la red derechista de Cheney, incluyendo a Wolfowitz, Perle,
Feith, Bolton y Libby.
Los neoconservadores se aprovecharon de la ignorancia e
inexperiencia de Bush. A diferencia de su padre, un veterano
de la Segunda Guerra Mundial que había sido embajador en
China, director de la CIA y vicepresidente, George W. era
un playboy de limitada educación que había fracasado
repetidamente en los negocios antes de llegar a ser gobernador de
Texas, una posición más bien ceremonial (el
lugarteniente del gobernador del estado tiene más poder).
Su padre es esencialmente un republicano moderado del nordeste;
George W., crecido en Texas occidental, absorbió la combinación
cultural texana de machismo, anti-intelectualismo y religiosidad
manifiesta. Siendo hijo de padres de episcopalianos de
clase alta, se convirtió al fundamentalismo sureño
en una crisis de los 40 años. El ferviente sionismo cristiano
junto con una admiración los soldados israelíes machos
que algunas veces coexisten con la hostilidad hacia los intelectuales
liberales judíos-estadounidenses, es una característica
de la cultura sureña.
El joven Bush se alejaba de Powell y prefería a
Wolfowitz ("Wolfie", como lo llama) incluso antes
que el 11-S le diera algo de lo que carecía: una misión
en la vida en lugar de seguir los pasos de su papá. Hay signos
de distanciamiento entre el cauteloso padre y las cruzadas del hijo:
el año pasado, veteranos de la primera administración
Bush, incluyendo a Baker, Scowcroft y Lawrence Eagleburger, advirtieron
en público contra una invasión de Irak sin la autorización
del Congreso y de la ONU.
No está claro si George W. comprende totalmente
la grandiosa estrategia que Wolfowitz y otros asesores están
desarrollando. Parece creer de verdad que hubo una amenaza inminente
a Estados Unidos de las "armas de destrucción masiva"
de Sadam Husein, algo que los principales neoconservadores dicen
en público, pero que no creen ellos mismos porque son demasiado
inteligentes. El Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense
llamó a una invasión de Irak durante los años
Clinton, por motivos que no tenían nada que ver con posibles
vínculos entre Sadam y Osama bin Laden. Cartas abiertas firmadas
por Wolfowitz y otros exhortaban a que EE.UU. invadiera y ocupara
Irak, a que bombardeara bases de Hizbolá en Líbano
y a que amenazara a estados como Siria e Irán con ataques
de EE.UU. si continuaban auspiciando el terrorismo. Las
afirmaciones de que la intención no es proteger al pueblo
de EE.UU. sino hacer que el Medio Oriente sea seguro para Israel,
son descartadas por los neoconservadores como malicioso antisemitismo.
Pero Siria, Irán e Irak son enemigos a muerte, se apuntan
unos a otros con sus armas, y el objetivo de los terroristas que
apoyan es Israel, no EE.UU. Los neoconservadores llaman a la guerra
contra Irán como próximo paso, aunque desde cualquier
punto de vista racional, el nuevo arsenal nuclear de Corea del Norte,
es un problema mucho más grande para EE.UU.
Ésta es, por lo tanto, la extraña historia de cómo
los neoconservadores se apoderaron de Washington y condujeron a
EE.UU. a una guerra en el Medio Oriente que no tiene nada que ver
con alguna amenaza plausible a EE.UU., a la que se opone el público
de todos los países del mundo, con la sola excepción
de Israel. Lo que asusta es el rol de la casualidad y de la personalidad.
Después de los ataques de al-Qaeda, probablemente cualquier
presidente de EE.UU. hubiera iniciado una guerra para derrocar a
los protectores talibán de bin Laden en Afganistán.
Pero todo lo que EE.UU. ha hecho desde entonces habría sido
diferente si las reglas electorales del siglo XVIII en EE.UU. no
le hubieran dado a Bush la presidencia y si Cheney no hubiese aprovechado
el período de transición para convertir el ejecutivo
de la política exterior en una reunión del PNAC,
Para encontrar un equivalente británico, habría que
imaginarse un gobierno Tory [conservador, N.d.T.], en el que Downing
Street y Whitehall [sede del Primer Ministro y del gobierno, respectivamente,
N.d.T.] estuvieran controlados por seguidores del reverendo Ian
Paisley, por euro-escépticos extremos, nostálgicos
del imperio y tipos militares reaccionarios -todos determinados,
por una serie de motivos estratégicos o religiosos, a invadir
Egipto. Su objetivo sería recuperar el Canal de Suez como
un primer paso en una campaña para restaurar el Imperio Británico.
Sí, es así de extraño.
* Michael Lind, Whitehead Fellow en la New America
Foundation en Washington, DC, es autor de "Made in Texas: George
W Bush and the Southern Takeover of American Politics". "La
lucha a través de los tiempos ha sido por rescatar a la libertad
del agarrón del poder ejecutivo" Daniel Webster (1782-1852)
New Statesman, 7 de abril de 2003. http://www.newstatesman.com
Traducido para Rebelión por Germán Leyens
| |
|
Arriba |
 |
Portada |
|