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Artículo
Caracas / Venezuela - Sábado 17/05/03
 


Los hombres misteriosos detrás de la guerra de Bush
Michael Lind* / Rebelión (España) - 14/05/03

Los aliados y los enemigos de EE.UU. por igual están perplejos. ¿Qué pasa en Estados Unidos? ¿Quién formula la política exterior? ¿Qué están tratando de lograr? Explicaciones cuasi-marxistas que involucran a las grandes petroleras o al capitalismo estadounidense se equivocan. Sí, las compañías y los contratistas petroleros aceptarán los despojos del botín iraquí. Pero el negocio petrolero, con su sesgo arabista, no impulsó esta guerra ni apoya la estrecha alianza de la administración Bush con Ariel Sharon. Además, el presidente Bush y el vicepresidente Cheney no son genuinos "magnates del petróleo de Texas" sino políticos de carrera que, entre temporadas en la vida pública, hubieran utilizado sus conexiones para enriquecerse como figuras decorativas en el negocio del trigo, si hubiesen sido residentes de Kansas, o en compañías tecnológicas, si hubiesen sido californianos.

Igualmente errónea es la teoría de que las civilizaciones estadounidense y europea se desarrollan en direcciones opuestas. La tesis de Robert Kagan, el propagandista neoconservador, de que los estadounidenses son marciales y los europeos pacifistas, es una estupidez absoluta. Una mayoría de los estadounidenses votó por Al Gore o por Ralph Nader en 2000. Si no fuera por la sobre-representación de estados escasamente poblados, derechistas, tanto en el colegio electoral presidencial como en el Senado, la Casa Blanca y el Senado estarían actualmente controlados por los demócratas, cuyos puntos de vista y valores, en todo, sea la guerra o el estado de bienestar, son muy cercanos a los de los europeos occidentales.

Tanto la teoría económica determinista como la del choque de culturas son tranquilizadoras: suponen que la reciente revolución en la política exterior de EE.UU. es el resultado de oscuras pero comprensibles fuerzas en un mundo ordenado. La verdad es más alarmante. Como secuela de varias contingencias extrañas e impredecibles -como la selección en lugar de la elección de George W. Bush, y el 11 de septiembre- la política exterior de la única potencia global del mundo está siendo decidida por una pequeña camarilla que no es representativa ni de la población de EE.UU. ni del establishment mayoritario de las relaciones exteriores.

El grupo principal que ahora está a cargo consiste de intelectuales neoconservadores de la defensa (son los llamados "neoconservadores" porque muchos de ellos comenzaron como izquierdistas anti-estalinistas o liberales antes de desplazarse hacia la extrema derecha). Dentro del gobierno, los principales intelectuales de la defensa incluyen a Paul Wolfowitz, secretario adjunto de la defensa. Es el cerebro de la defensa de la administración Bush; Donald Rumsfeld es una figura ya mayor que tiene la posición de secretario de la defensa sólo porque el propio Wolfowitz es demasiado controvertido. Otros incluyen a Douglas Feith, el número tres en el Pentágono; Lewis "Scooter" Libby, un protegido de Wolfowitz que es jefe del estado mayor de Cheney; John R Bolton, un derechista asignado al Departamento de Estado para controlar a Colin Powell; y Elliott Abrams, recientemente nombrado para dirigir la política del Medio Oriente en el Consejo Nacional de Seguridad. Afuera están James Woolsey, el antiguo director de la CIA, que trató repetidamente de asociar a Sadam Husein tanto con el 11-S como con las cartas con ántrax en EE.UU., y Richard Perle, que acaba de renunciar de su puesto no- remunerado de asesor del departamento de defensa después de un escándalo de lobby. Muchos de estos "expertos" nunca sirvieron en las fuerzas armadas. Pero sus cuarteles están ahora en la oficina del secretario de defensa civil, donde estos designados políticos republicanos son despreciados y mirados con recelo por los soldados de carrera, en su mayor parte republicanos.

La mayor parte de los intelectuales neoconservadores de la defensa tienen sus raíces en la izquierda, no la derecha. Sin productos del movimiento trotskista de los años 30 y 40, sobre todo judíos-estadounidenses, que se transformó en liberalismo anticomunista entre los años 50 y 60 del siglo XX y finalmente en una especie de derecha militarista e imperial sin precedentes en la cultura o la historia política de EE.UU. Su admiración por las tácticas del partido Likud de Israel, incluyendo la guerra preventiva como el ataque de Israel de 1981 contra el reactor nuclear Osirak de Irak, se mezcla con extrañas salvas de entusiasmo ideológico por la "democracia". Llaman su ideología revolucionaria "wilsonianismo" (por el presidente Woodrow Wilson), pero es en realidad la teoría de Trotsky de la revolución permanente mezclada con la versión de sionismo de extrema derecha del Likud. Los genuinos wilsonianos estadounidenses creen en la autodeterminación de gente como los palestinos.

Los intelectuales neoconservadores de la defensa, igual si están dentro o alrededor del Pentágono, se encuentran al centro de un "pentágono" metafórico del lobby de Israel y la derecha religiosa, más los think-tanks [gabinetes estratégicos], las fundaciones y los imperios mediáticos. Los think-tanks como el American Enterprise Institute (AEI) [Instituto de la Empresa de EE.UU.] y el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), albergan a los neoconservadores "que entran y salen" cuando se encuentran fuera del gobierno (Perle es un asociado del AEI). El dinero proviene no tanto de las corporaciones, sino de fundaciones conservadoras que ya existen durante decenios, como las fundaciones Bradley y Olin que utilizan los legados de magnates muertos desde hace tiempo. La política exterior neoconservadora no refleja de ninguna manera directa los intereses empresariales. Los neoconservadores son ideólogos, no oportunistas.

El mayor vínculo entre los think-tanks conservadores y el lobby de Israel es el Instituto Judío de Asuntos de Seguridad Nacional (Jinsa, por sus siglas en inglés) de Washington, que apoya al Likud, que involucra a muchos expertos no-judíos de la defensa, enviándolos a viajes a Israel. Llevó allí al general retirado Jay Garner, que ahora fue el elegido por Bush como pro-cónsul de Irak ocupado. En octubre de 2000, firmó una carta de Jinsa que comenzaba diciendo: "Creemos que durante los recientes disturbios en Israel, las Fuerzas Israelíes de Defensa [ejército israelí, N.d.T.] han mostrado considerable circunspección frente a la violencia letal organizada por el liderazgo de [la] Autoridad Palestina".

El propio lobby israelí está dividido en alas judía y cristiana. Wolfowitz y Feith tienen lazos estrechos con el lobby israelí judío-estadounidense. Wolfowitz, que tiene parientes en Israel, ha servido como la conexión de la administración Bush con el Comité Estadounidense-Israel de Asuntos Públicos [AIPAC, por sus siglas en inglés]. Feith recibió un premio de la Organización Sionista de EE.UU., citándolo como un "activista pro-Israel". Mientras estuvo alejado del poder durante los años Clinton, Feith, en colaboración con Perle, preparó un plan político para el Likud que recomendaba que el gobierno de Israel abandonara el proceso de paz de Oslo, reocupara los territorios y aplastara el gobierno de Yasir Arafat.

Expertos semejantes no son judíos-estadounidenses típicos, los que en su mayoría votaron por Gore en 2000. Los partidarios más fervientes del Likud en el electorado republicano son los fundamentalistas protestantes del sur. La derecha religiosa cree que Dios dio toda Palestina a los judíos, y las congregaciones fundamentalistas gastan millones para subvencionar los asentamientos judíos en los territorios ocupados.

El último rincón del pentagón neoconservador está ocupado por varios imperios mediáticos derechistas, con raíces -por extraño que parezca- en la Comunidad Británica de Naciones y en Corea del Sur. Rupert Murdoch difunde propaganda a través de su canal Fox Television. Su revista, dirigida por William Kristol, el antiguo jefe de equipo de Dan Quayle (vicepresidente, 1989-93), actúa como portavoz de los intelectuales de la defensa como Perle, Wolfowitz, Feith y Woolsey, así como del gobierno de Sharon. The National Interest (del que fui editor ejecutivo, 1991-94) es financiada ahora por Conrad Black, propietario del Jerusalem Post y del imperio Hollinger en Gran Bretaña y Canadá.

Lo más extraño de todo es la red mediática centrada en el Washington Times - de propiedad del mesías surcoreano (y ex convicto), el reverendo Sun Myung Moon- que es propietario de la agencia noticiosa UPI. UPI es dirigida ahora por John O'Sullivan, el escritor de discursos de Margaret Thatcher que solía trabajar como editor para Conrad Black en Canadá. A través de canales semejantes, el estilo sensacionalista del periodismo británico de derecha, así como su sustancia eurofóbica, han contaminado el movimiento conservador de EE.UU.

Los ángulos neoconservadores del pentágono fueron unidos en los años 90 por el Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC), dirigido por Kristol desde las oficinas del Weekly Standard. Mediante una técnica de relaciones públicas utilizada primero por sus predecesores trotskistas, los neoconservadores publicaron una serie de cartas abiertas, cuyos firmantes a menudo incluyeron a Wolfowitz y a otros futuros miembros del equipo de política exterior de Bush. Llamaban a que EE.UU. invadiera y ocupara Irak y a que apoyara las campañas de Israel contra los palestinos (graves advertencias contra China eran otros de sus favoritos). Durante los dos períodos de Clinton, estas diatribas fueron ignoradas por el establishment de la política exterior y por los medios mayoritarios. Ahora están siendo estudiadas intensamente.

¿Cómo lograron apoderarse de la administración Bush estos intelectuales neoconservadores de la defensa -un pequeño grupo enfrentado a la mayor parte de la elite de la política exterior de EE.UU., tanto republicana como demócrata? Pocos apoyaron a Bush durante las primarias presidenciales. Temían que el segundo Bush sería como el primero -un pelele que no ocupó Bagdad en la primera guerra del Golfo y que había presionado a Israel para que participara en el proceso de paz de Oslo- y que su administración, de nuevo como sucedió con la de su padre, sería dominada por republicanos moderados realistas como Colin Powell, James Baker y Brent Scowcroft. Apoyaron al heterodoxo senador John McCain hasta que se definió que Bush obtendría la nominación.

Y entonces tuvieron un golpe de suerte -Cheney fue puesto a cargo de la transición presidencial (el período entre la elección en noviembre y el acceso al poder en enero). Cheney aprovechó su oportunidad para llenar la administración con sus aliados de la línea dura. En lugar de convertirse en el presidente de facto de la política exterior, como muchos habían esperado, el Secretario de Estado Powell se vio restringido por la red derechista de Cheney, incluyendo a Wolfowitz, Perle, Feith, Bolton y Libby.

Los neoconservadores se aprovecharon de la ignorancia e inexperiencia de Bush. A diferencia de su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que había sido embajador en China, director de la CIA y vicepresidente, George W. era un playboy de limitada educación que había fracasado repetidamente en los negocios antes de llegar a ser gobernador de Texas, una posición más bien ceremonial (el lugarteniente del gobernador del estado tiene más poder). Su padre es esencialmente un republicano moderado del nordeste; George W., crecido en Texas occidental, absorbió la combinación cultural texana de machismo, anti-intelectualismo y religiosidad manifiesta. Siendo hijo de padres de episcopalianos de clase alta, se convirtió al fundamentalismo sureño en una crisis de los 40 años. El ferviente sionismo cristiano junto con una admiración los soldados israelíes machos que algunas veces coexisten con la hostilidad hacia los intelectuales liberales judíos-estadounidenses, es una característica de la cultura sureña.

El joven Bush se alejaba de Powell y prefería a Wolfowitz ("Wolfie", como lo llama) incluso antes que el 11-S le diera algo de lo que carecía: una misión en la vida en lugar de seguir los pasos de su papá. Hay signos de distanciamiento entre el cauteloso padre y las cruzadas del hijo: el año pasado, veteranos de la primera administración Bush, incluyendo a Baker, Scowcroft y Lawrence Eagleburger, advirtieron en público contra una invasión de Irak sin la autorización del Congreso y de la ONU.

No está claro si George W. comprende totalmente la grandiosa estrategia que Wolfowitz y otros asesores están desarrollando. Parece creer de verdad que hubo una amenaza inminente a Estados Unidos de las "armas de destrucción masiva" de Sadam Husein, algo que los principales neoconservadores dicen en público, pero que no creen ellos mismos porque son demasiado inteligentes. El Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense llamó a una invasión de Irak durante los años Clinton, por motivos que no tenían nada que ver con posibles vínculos entre Sadam y Osama bin Laden. Cartas abiertas firmadas por Wolfowitz y otros exhortaban a que EE.UU. invadiera y ocupara Irak, a que bombardeara bases de Hizbolá en Líbano y a que amenazara a estados como Siria e Irán con ataques de EE.UU. si continuaban auspiciando el terrorismo. Las afirmaciones de que la intención no es proteger al pueblo de EE.UU. sino hacer que el Medio Oriente sea seguro para Israel, son descartadas por los neoconservadores como malicioso antisemitismo. Pero Siria, Irán e Irak son enemigos a muerte, se apuntan unos a otros con sus armas, y el objetivo de los terroristas que apoyan es Israel, no EE.UU. Los neoconservadores llaman a la guerra contra Irán como próximo paso, aunque desde cualquier punto de vista racional, el nuevo arsenal nuclear de Corea del Norte, es un problema mucho más grande para EE.UU.

Ésta es, por lo tanto, la extraña historia de cómo los neoconservadores se apoderaron de Washington y condujeron a EE.UU. a una guerra en el Medio Oriente que no tiene nada que ver con alguna amenaza plausible a EE.UU., a la que se opone el público de todos los países del mundo, con la sola excepción de Israel. Lo que asusta es el rol de la casualidad y de la personalidad. Después de los ataques de al-Qaeda, probablemente cualquier presidente de EE.UU. hubiera iniciado una guerra para derrocar a los protectores talibán de bin Laden en Afganistán. Pero todo lo que EE.UU. ha hecho desde entonces habría sido diferente si las reglas electorales del siglo XVIII en EE.UU. no le hubieran dado a Bush la presidencia y si Cheney no hubiese aprovechado el período de transición para convertir el ejecutivo de la política exterior en una reunión del PNAC,

Para encontrar un equivalente británico, habría que imaginarse un gobierno Tory [conservador, N.d.T.], en el que Downing Street y Whitehall [sede del Primer Ministro y del gobierno, respectivamente, N.d.T.] estuvieran controlados por seguidores del reverendo Ian Paisley, por euro-escépticos extremos, nostálgicos del imperio y tipos militares reaccionarios -todos determinados, por una serie de motivos estratégicos o religiosos, a invadir Egipto. Su objetivo sería recuperar el Canal de Suez como un primer paso en una campaña para restaurar el Imperio Británico. Sí, es así de extraño.

* Michael Lind, Whitehead Fellow en la New America Foundation en Washington, DC, es autor de "Made in Texas: George W Bush and the Southern Takeover of American Politics". "La lucha a través de los tiempos ha sido por rescatar a la libertad del agarrón del poder ejecutivo" Daniel Webster (1782-1852) New Statesman, 7 de abril de 2003. http://www.newstatesman.com
Traducido para Rebelión por Germán Leyens


 
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