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Caracas / Venezuela -
 


Privatización de espacios públicos
Manuel Isidro Molina* / Semanario La Razón (Venezuela) - 11/02/07

La invasión y destrucción de los espacios públicos ha sido una constante en la Venezuela “puntofijista” y “chavista”. Millardos y más millardos serán gastados en la recuperación del bulevar de Sabana Grande y la reconstrucción de la plaza Diego Ibarra, en Caracas, después de ocho años de desidia. Ejemplos similares sobran a lo largo y ancho del país, pero resaltan especialmente en nuestra semidestruida, agredida y desordenada ciudad capital, especialmente en los municipios Libertador y Sucre.

La buhonería, se sabe, es reflejo de una crisis profunda de desempleo y subempleo, que tiene también componentes delictivos mafiosos, ignorancia y escasa disciplina social toleradas irresponsablemente por unas autoridades cuyo fracaso les salta en la cara. El fenómeno debe ser asumido como producto de carencias estructurales y tratado como tal, estratégicamente, para superarlo; pero, nunca como un modus vivendi. Incluso, los propios buhoneros deben comprender que ese lance mercantil es de subsistencia y no un “oficio” o “trabajo” estable ni encomiable.


DISCIPLINA Y RESPONSABILIDAD

El derecho al trabajo exige disciplina y responsabilidad en su desempeño, cumplimiento de metas, horarios y objetivos, condiciones higiénicas y de seguridad. No es, el derecho al trabajo, como todo derecho social, un acto unívoco al servicio del “trabajador”, pues todo trabajador, como los empresarios y gobernantes, tenemos una responsabilidad social que atender y cumplir a favor de la sociedad.

El trabajo buhoneril no puede seguir siendo tolerado como un “libre” desempeño de particulares en contra de la sociedad, de los derechos ciudadanos colectivos, de los espacios públicos y de los bienes colectivos (obras y servicios) que nos pertenecen a todos. Lo reafirmo coloquialmente: el malandrismo que alimenta la conducta de buena parte de la buhonería capitalina debe ser reducido a cero, como las estructuras mafiosas que se han ido tejiendo durante años de incompetencia oficial, complicidad y corrupción politiquera.


CARACAS: UNA VERGÜENZA

Pequeños comerciantes y comerciantes ambulantes siempre han  existido. Pero hubo tiempos en que convivían sin agredir ni delinquir; más bien, en Caracas, eran parte de la cotidianidad, amables, respetuosos, cordiales y hasta pintorescos. Los vendedores y vendedoras de los “mercados libres” municipales fueron construyendo futuro, levantaron sus familias, educaron a sus hijos y dieron su contribución al desarrollo armónico de la ciudad. Igual respeto merecen los buhoneros decentes y responsables que buscan su sustento diariamente, mientras surgen mejores opciones; pero vertical condena merecen quienes malandrean, vulgares y descompuestos, en nuestras plazas, calles y aceras.

Algo parecido ocurre con la conducta censurable de motorizados irresponsables y agresivos, sean “mototaxistas” o mensajeros. ¿Quién los autoriza a agredir a peatones y conductores de automóviles? Circulan por aceras, se desplazan contrariando las rutas de circulación, invaden los rayados peatonales y van maltratando verbalmente a peatones y conductores. Y no hay autoridad que los someta, reeduque y les exija respeto a la ciudad y sus habitantes.

El caos buhoneril se ha alimentado de los ilegales “telefoneros”, con toldos y sillas, muchos de ellos robándose la electricidad descaradamente, y para colmo ubicados en las esquinas de las aceras, violan la ley de Telecomunicaciones y su Reglamento, así como todo el ordenamiento nacional y municipal de la vida urbana.

Caracas es una vergüenza, sin exageraciones. No ha tenido, durante décadas, gobernantes nacionales, regionales y municipales con visión estratégica, eficaces y capaces de convocar y canalizar las enormes potencialidades de los ciudadanos y ciudadanas de la más pujante ciudad venezolana. La mediocridad política y administrativa ha reinado: su desarrollo urbano planificado fue truncado, permitieron la anarquía total; su vialidad es la misma (pero en peores condiciones) que hace veinte años; el terminal de “La Bandera” es un  insulto a nuestra dignidad capitalina; no se ha construido un solo mercado libre en más de cincuenta años; y la delincuencia está desatada e instalada con bandas estructuradas que combaten en ventaja contra policías semipodridas, muchos de cuyos funcionarios no son más que delincuentes uniformados, comenzando por los infelices “martilladores”, sean éstos policías metropolitanos o municipales, fiscales de tránsito o guardias nacionales, una plaga tolerada por las autoridades y también, lamentablemente, por parte de la ciudadanía.

El caos automotriz es otro torrente de la malandrización caraqueña. Las propias autoridades contribuyen al desorden estacionando los vehículos oficiales en avenidas, calles y aceras en forma prepotente e insultante. Las avenidas Urdaneta, Andrés Bello, Baralt, Francisco de Miranda o Lecuna son espacios de circulación vehicular anarquizados totalmente, sin orden ni concierto, y los funcionarios públicos nacionales regionales y municipales contribuyen a incrementar el caos. No hay respeto por nada ni por nadie, pues esos burócratas y sus choferes son insolentes, abusadores. Una simple orden que prohíba, bajo sanción de despido, este abuso de poder y desconsideración hacia la ciudadanía, basta para reducir el caos automotor capitalino. Todo ese embotellamiento, infernal embotellamiento, colapsa la ciudad, afecta el desempeño económico y el desarrollo normal de todas las actividades capitalinas, sean culturales, estudiantiles, personales, médicas o profesionales.


ESPACIOS PÚBLICOS PRIVATIZADOS

Así, los espacios públicos han sido colapsados, destruidos, privatizados salvajemente, en contra de los habitantes, visitantes y traseuntes de nuestra gran capital. Pero específicamente, el caos buhoneril ha disminuido nuestra calidad de vida, ha envilecido la gran ciudad, la maltrata y humilla. Sin embargo, el fenómeno debe ser atendido en un contexto, no en forma aislada, pues si reina el abuso de poder y la irresponsabilidad de las autoridades, nadie podrá pretender una solución parcial.


CAOS Y MALANDRISMO

Ya el buhonerismo cotidianizado y parcialmente malandrizado es insoportable. Ni Caracas ni los caraqueños lo merecemos. La politiquería ha alimentado el fenómeno. Durante los últimos ocho años, el caos se ha incrementado exponencialmente. El problema no ha sido atacado culturalmente, sociopolíticamente. El caos persiste y aumenta porque se le ha justificado y hasta estimulado como modo de vida. Se nos ha convertido en un salvajismo precapitalista, muy lejos de la responsabilidad social y la organización eficiente de los trabajadores y las comunidades que alientan la búsqueda humanista hacia el socialismo democrático, que es lo único que puede tenerse como modo de vida sustentable en el siglo XXI.


OCHO AÑOS DE FRACASOS

Ocho años de fracasos continuos han agravado los problemas de Caracas. Grüber Odreman, Alfredo Peña y Juan Barreto forman parte de ese caos, junto a los alcaldes municipales, concejales, ministros y presidentes de las empresas e institutos del Estado. Antonio Ledezma,  Aristóbulo Istúriz, Freddy Bernal y los burócratas de sus respectivas gestiones, integran la lista de corresponsables, en el caso de Libertador. En ellos no está la solución de los problemas, que han generado, tolerado o irresponsablemente no atacado y conjurado.

Caracas es el reino del desorden y el malandrismo. Sus autoridades (nacionales, regionales y municipales) son cortesanos, están metidos hasta el cuello en el marasmo caraqueño.


AMOR Y ÉTICA

La primera medida para rescatar las bondades de nuestra querida Caracas, es ética: establecer, sin contemplaciones, la responsabilidad y eficiencia de los funcionarios que la gobiernan; cambio de mentalidad y adecentamiento anímico. Lamentablemente, Caracas es una ciudad vulgar, grotesca, arruinada estéticamente, a pesar de sus inmensas bellezas naturales y arquitectónicas. La gente de Caracas se ha puesto “fea”, agresiva, paranoica, indecente, individualista, descortés. Con eso nos confrontamos a diario, pero pocos lo asumen como problema central del caos. Si no hay un cambio cultural que nos haga solidarios, atentos, cordiales y respetuosos de normas y leyes, difícilmente evolucionaremos positivamente.

Caracas exige, hoy, después de tanto desafuero, una alta dosis de amor y respeto, expresados en una nuevas cultura afectiva y responsabilidad social. El malandrismo –en todas sus formas- sobra porque empobrece.

Los espacios públicos caraqueños, bellos e imponentes, deben ser rescatados para el disfrute colectivo, dentro de un proyecto estratégico plural y participativo que nos eleve hacia los próximos cincuenta años.


EL CONFESIONARIO

• LEVY BENSHIMOL, presidente, y la Junta Directiva Nacional del CNP deben establecer junto con su Comisión Electoral Nacional y el Consejo Nacional Electoral el cronograma definitivo para las elecciones en el Colegio Nacional de Periodistas. Desde 1998, no se hacen elecciones en el CNP, ¡una vergüenza! Basta ya, de justificaciones y explicaciones plañideras. ¿hasta cuándo?

• DESIREE SANTOS AMARAL, secretaria general de la Seccional Caracas, y sus compañeros de directiva deben ocuparse y destrancar el juego eligiendo una nueva Comisión Electoral regional confiable, plural, equilibrada. Igual debe ocurrir en la Seccional Zulia, donde la confrontación interna tiene ribetes de irresponsabilidad gremial. ¿Qué quieren? ¿Terminar de destruir el histórico gremio periodístico venezolano?

• DESDE EL GOBIERNO pretenden ponerle la mano al CNP, billete, mucho billete en mano. Su proselitismo es espantosamente burocrático y acaudalado, con pautas publicitarias fluyendo a manos llenas. Se arrepentirán, la mayoría del gremio no acepta esa tendencia concentradora de poder y monopartidista, pues el CNP (como la AVP) siempre ha sido la casa grande del pluralismo, el entendimiento y la diversidad.



 

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La otra cara del Imperio
Manuel Isidro Molina / Soberania.info - 15/03/04

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[*] Manuel Isidro Molina / E-mail: manuelisidro21@gmail.com







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