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Caracas / Venezuela -
 


Un asalto hitleriano al poder
Antonio Sánchez García / El Nacional (Venezuela) - 09/02/07

En rigor, no sólo Hitler sino todas las variantes del socialismo revolucionario y su matriz totalitaria, desde el leninista hasta el musolinniano, se enfilaron con una voracidad depredadora y canibalesca hacia un solo objetivo: la conquista del poder total y absoluto. Y consecuentemente, la pulverización de la democrática sociedad civil que quiso impedírselos. Las variables tuvieron más que ver con las peculiaridades de las situaciones sociopolíticas que Lenin, Mussolini y Hitler encontraron como obstáculos a vencer y dominar, que con una concepción estratégica, un predeterminado modelo de asalto al poder. Lo mismo sucedió con sus epígonos, desde Mao hasta Fidel Castro. El asunto era hacerse a como diera lugar con el poder absoluto. ¿Cómo? Acoplándose con astucia y ductilidad, con inescrupulosa brutalidad o cínico legalismo a las circunstancias específicas.

Recurriendo en cada caso al más expedito y adecuado de los medios. Siguiendo con irrestricta fidelidad las normas del maquiavelismo y el darwinismo más avasalladores. Siempre a la sombra de graves crisis de dominación y facilitados por la cobardía, pusilanimidad o terror de sus respectivas oposiciones.


Ya fuera un golpe de audacia –como el asalto al Palacio de Invierno en octubre de 1917–; mediante el sibilino deslizamiento seudo legal y democrático hacia la camarilla en el poder, como la Cancillería obtenida por Hitler en 1933; una guerra cruenta, masiva y prolongada, como la de la Larga Marcha que llevara a Mao al poder en 1949 o mediante la usurpación de los triunfos de una batalla civil contra la dictadura por un comando de guerrilleros inescrupulosos, como el de Castro en 1959.

En todos esos casos, el control absoluto del poder para su
despótico y tiránico ejercicio fue una carta oculta, consciente sólo para la camarilla del entorno. El discurso manifiesto fue mera táctica de distracción: la utopía, el paraíso terrenal, la construcción del futuro. O el implacable ataque discursivo contra el inerme sistema que estaba siendo aniquilado. El caso de Hitler es, de entre todos ellos, el paradigmático, pues logró la revolucionaria cuadratura del círculo: penetrar la institucionalidad y coparla, para corroerla, pervertirla y vaciarla desde su interior hasta permitir que su vacío fuera ocupado por una nueva legalidad usurpadora: "En su forma de producirse, la toma del poder por los nazis sigue constituyendo el modelo clásico del avasallamiento totalitario de las instituciones democráticas desde el interior, es decir, con la ayuda y no con la resistencia del poder estatal".

Alguien ha utilizado el símil de quienes van cambiando un puente ferroviario perno a perno, durmiente a durmiente, sin perturbar a los ingenuos viajeros que se desplazan en el tren que lo cruza día tras día. Hasta que al cabo de un tiempo cruzan un puente que ya es otro, sin siquiera advertirlo. Han pasado de una democracia a una dictadura como quien cambia de ropaje.

En rigor, no es Castro el modelo inmediato utilizado por la autocracia militarista venezolana que hoy pretende hacerse con el poder absoluto: es Hitler, arquetipo de todos los golpismos y caudillismos modernos, padre espiritual de quien gobierna la isla desde hace medio siglo y de quien le sigue sus pasos entre nosotros.

En primera instancia, Hitler intentó tomarse el poder mediante un golpe de Estado, el de la cervecería de Munich en 1923. Cumplió dos años de prisión y fue amnistiado. Tras ocho años de luchas "democráticas" alcanzó la cancillería para iniciar su demolición por el nazismo.

Castro lo intentó inicialmente mediante el asalto al Cuartel Moncada, pagado con dos años de cárcel para terminar también amnistiado.

Tras otros tres años y una lucha insurreccional usurpada a la dirigencia civil que la llevara a cabo exitosamente en las principales ciudades de Cuba, Castro conquistaría el poder. Chávez lo ensayó con el golpe de estado de 1992, para ir a la cárcel y ser amnistiado tras pasar los mismos emblemáticos dos años de prisión. Volvería siguiendo los pasos del caporal austriaco –una marcha a través de las luchas electorales y democráticas– para terminar siendo llevado al poder por la izquierda militarista que hoy le sirve de pantalla ideológica. Ya les llegará su hora, como a Röhm y sus secuaces en Alemania y a Escalante y al Partido Comunista en Cuba. Caimanes del mismo pozo.

La clave para Hitler fue entrar: una vez dentro, no lo sacaría nunca más nadie.
A no ser muerto, y luego de desatar la más espantosa de las guerras conocidas por el hombre. "Utilizaba para sus fines la táctica de la sorpresa, que le permitía ganar, golpe tras golpe, nuevas posiciones al enemigo, e impedía a las desmoralizadas fuerzas que intentaban oponérsele que se organizaran y apretaran sus filas nuevamente".

Necesitado de un parlamento absolutamente sumiso, el destino le puso en sus manos un tarado incendiario que redujo el Reichstag a cenizas. El pretexto perfecto: solicitó de inmediato a Hindenburg un decreto de emergencia, llamado "Para la protección del pueblo y del Estado", que le permitiría aplicar dictatorialmente desde la pena de muerte hasta la anulación de los gobiernos regionales. Fue el instrumento legal con el que gobernó desde ese ominoso 28 de febrero de 1933 hasta el 30 de abril de 1945, cuando se suicidara en las afueras de su Bunker berlinés.

Una auténtica, una impecable ley habilitante. Entonces como ahora, obtenida gracias a un parlamento que renunciara a su soberanía y se entregara atado de pies y manos a la voluntad insaciable del caudillo. Que como todos ellos, no careció de la maquiavélica fortuna de que hablaba nuestro Rómulo Betancourt: "Mientras, el destino jugaba a su favor, concediéndole casualidades, oportunidades y, una y otra vez, una punta de aquel manto que denominaba la Divina Providencia, y del cual parecía saber apropiarse con creciente serenidad".

Es Joachim Fest en su extraordinaria biografía de Hitler. Provoca citar al autor del Eclesiastés: "Nada nuevo brilla bajo el sol".


 

 

 


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