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Caracas / Venezuela -
 


Democracia militar
Tulio Hernández / El Nacional (Venezuela) - 11/02/07


La tentación del golpe de Estado, la idea de que es legítimo en determinadas condiciones apelar al uso de la fuerza militar para salir de un mal gobierno, es una recurrencia histórica en la que han coincidido en momentos muy diferentes, sin evaluar con sinceridad el significado de sus acciones, las más importantes razas políticas venezolanas –adecos, copeyanos, comunistas y, ahora, chavistas– de la era democrática.


Golpistas fueron en sus primeros tiempos los adecos, quienes en mala junta de Marcos Pérez Jíménez tomaron el camino de la asonada militar para poner fin al gobierno de Isaías Medina Angarita y, según ciertas interpretaciones, abortar el proceso de democratización del país que, gradualmente, se producía por entonces.

Es cierto que la llamada "Revolución de Octubre" abrió paso, tres años después, a las primeras elecciones directas y universales del país, las que ganó Rómulo Gallegos. Pero, también lo es que al poco tiempo de asumir la Presidencia, el compañero de armas de tres años atrás, con nuevo socios, entre los que se encontraba el propio ministro de Defensa, Carlos Delgado Chalbaud, emprendió otro golpe de Estado que postergó por casi una década la entrada del país a la vida democrática.

Golpistas de alguna manera, aunque con otros ingredientes, fueron los comunistas que apoyaron alzamientos militares como El Porteñazo y El Carupanazo y, posteriormente, prefirieron el camino de las armas, no el de los votos, para salir del gobierno de Acción Democrática y tomar por asalto el cielo de la revolución marxista.

Golpistas lo fueron también, y de la manera más tradicional, a sangre y fuego, los conjurados del 4 de febrero de 1992, quienes bajo el liderazgo de los tenientes coroneles Chávez Frías y Arias Cárdenas lograron tomar diversas plazas del interior del país, pero fallaron en el objetivo central de hacerse del gobierno desde Miraflores y tuvieron que aguardar unos pocos años, apenas seis, para instalarse en el palacio mayor, pero por la vía electoral.

El fundador de Copei, el para entonces ángel caído Rafael Caldera, aprovechó la ocasión, de alguna manera justificó a los golpistas y capitalizó el descontento popular para regresar, por vía electoral, pero a hombros de la fallida asonada, a ejercer por segunda vez la Presidencia de la República.

Y, no menos golpistas, pero definitivamente torpes e ineptos, incluso para un oficio tan elemental y burdo como el de dar golpes de Estado, fueron los militares y civiles de Pedro Carmona que, en una suerte de episodio tragicómico, lograron sacar del poder por pocas horas al presidente Hugo Chávez y su equipo, por entonces todavía novatos en asuntos de gobierno.

Lo interesante, y lo que nos obliga a reflexionar seriamente sobre qué tipo de principios democráticos predominan entre las clases dirigentes venezolanas, es que en cada uno de esos incidentes sus autores han considerado políticamente correcto, como el mejor y más rápido camino, recurrir a la fuerza militar para poner fin a un gobierno legítimamente electo o, en el caso de Medina, en franco camino de apertura democrática.

En todas estas ocasiones, además, los conjurados no han actuado solos sino que han contado con el respaldo abierto o soterrado de un amplio sector de la población que aprueba, ya abierta ya soterradamente, lo ocurrido.

Lo que quiere decir que para un importante número de venezolanos –tanto los que hoy celebran el 4 de febrero como una fecha patria, como los que en el 2002 le tiraban pantaletas a los militares exhortándolos a dar un golpe contra los golpistas de 1992, ahora en el poder– los golpes de Estado no son necesariamente condenables sino que hay "golpes buenos", los que favorecen a su bando político, y "golpes malos", los que emprende el bando político adversario.

Se trata de una verdadera maldición porque, desde una moral semejante, la posibilidad del golpe de Estado como alternativa para "enderezar" la vida torcida de la República está siempre a mano con suficiente justificación.

Es cierto, y hay que reconocerlo con serenidad, que luego del aprendizaje del perezjimenismo, los grandes partidos que construyeron la democracia venezolana hicieron un gran esfuerzo a partir del Pacto de Punto Fijo para impedir el regreso del militarismo al ejercicio del poder político.

Pero, obviamente, algo se hizo mal para que no sólo regresara a partir del golpe de 1992, sino que lo hiciera con una fuerza inusitada en un país que se supone había venido adquiriendo una sólida cultura democrática.

Ahora, estamos en plena involución. Lo ocurrido el pasado domingo 4 de febrero en el acto oficial de celebración del fallido golpe de Estado de 1992 es el más explícito, vulgar e impúdico gesto de reconocimiento y legitimación de la participación de los militares en la conducción política del país y, lo que es peor, la exaltación histórica del golpe de Estado, ese viejo recurso, atrasado y decimonónico, que tanto dolor y muerte le ha causado a los países de América Latina.

Se trata, como la denomina un buen amigo, de la "retrolución".


La revolución hacia atrás, los valores democráticos en retroceso. El militarismo de nuevo corte reivindicándose en la sociedad, gracias a un
cuidadoso dispositivo propagandístico concebido para apoyarse sobre los residuos de la vieja cultura caudillista y mesiánica, que los breves años de democracia no lograron hacer desaparecer.

Si alguien quiere entenderlo a cabalidad o si guarda alguna duda, le recomiendo que busque los avisos con los que la Alcaldía Metropolitana inundó la prensa nacional para conmemorar el 4F. A un lado, a la manera de un nuevo evangelio, un fragmento de las frases usadas por el teniente coronel Hugo Chávez para llamar, vía televisión en vivo, a sus compañeros de asonada a rendirse. Y, en el centro, una ilustración en la que un soldado en campaña, boina roja, y rostro chaviano, lleva en sus manos, heroico, a la manera de La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, un inmenso pabellón tricolor. La estética del dibujo, sorprendentemente anacrónica, elemental, recuerda el discurso gráfico compartido por la
maquinaria publicitaria del comunismo y del fascismo en donde el culto a la personalidad, la exaltación del heroísmo guerrerista y la disciplina militar, crearon una religión con su propio santuario en donde el autócrata es la emanación de Dios.

El Caudillo militar guiando al pueblo civil, como podrìamos llamar el dibujo, sintetiza como ninguna otra imagen el trasfondo ideológico del autoritarismo al que nos corresponde enfrentar si queremos entrar, más temprano que tarde, a la democracia del siglo XXI.

 

 

 


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